Sevillano y Argüelles, que al principio le habían oído con algo de
respeto, en cuanto oyeron aquella salida, titubearon entre la compasión
y la risa, prevaleciendo al fin la primera, que expresó Sevillano en
esta forma:
--Hace bien usted en despreciar tales miserias. Nada más repugnante que
hacer burla de un hombre digno y desgraciado. Aquí me trajeron también
los muñecos esos; pero no los quise ver... Ahora, si ustedes quieren,
tomaremos café.
Entró el mozo con el servicio; Villaamil rehusó cortésmente el obsequio,
y los otros dos se sentaron para tomar á gusto, en vaso muy colmadito,
el brebaje aromático que es alegría y consuelo de las oficinas.
--Pues le he de decir á usted--manifestó el cesante con la serenidad de
un hombre dueño de sus facultades,--que se vaya usted haciendo á la
injusticia, que se familiarice con las bofetadas y se acostumbre á la
idea de ver á ese piojo pasándole por delante. La lógica española no
puede fallar. El pillo delante del honrado; el ignorante encima del
entendido; el funcionario probo debajo, siempre debajo. Y agradezca
usted que en premio de sus servicios no le limpian el comedero... que no
sé, no sé si sacar también esa consecuencia lógica.
--Armo un tiberio, créalo usted, lo armo, pero gordo--dijo el _padre de
familias_ entre sorbo y sorbo.--Como le asciendan antes que á mí, crea
usted que todo el Colegio de Sordomudos me tendrá que oir.
--Le oirá y callará, y no habrá más remedio que conformarse. Véase mi
raciocinio (acercando su silla á las de los bebedores de café). ¿Quién
le apoya á usted? Nadie; y digo nadie, porque no le apoya ninguna mujer.
--Eso es verdad,
--Bueno. Cuando veo un nombramiento absurdo, pregunto: _¿quién es ella?_
Porque es probado; siempre que una nulidad se sobrepone á un empleado
útil, ponga usted el oído y escuchará rumor de faldas. ¿Apostamos á que
sé quién ha pedido el ascenso del cojo? Pues su prima, la viuda del
comandantón aquel que está en Filipinas, esa tal Enriqueta, frescachona,
más suelta que las gallinas, de la cual se dice si tuvo que ver ó no
tuvo que ver con nuestro egregio Director. Ahora, sabiendo á qué
aldabas se agarra ese morral de Guillén, ayúdenme ustedes á sentir.
Nada, el amigo Argüelles, con toda su prole arrastras, se quedará
ladrando de hambre, y el otro ascenderá, y ole morena.
Sevillano confirmaba con una sonrisa las acres observaciones del
trastornado Villaamil, que no lo parecía al decir cosas tan á pelo; y el
_caballero de Felipe IV_ se atusaba sus engrasadas melenas y se retorcía
el bigote, dándole á la perilla tales tirones, que á poco más se la
arranca de cuajo.
--Lo vengo diciendo hace tiempo, ¡cáscaras! Se necesita no tener
vergüenza para servir á este cabrón del Estado. Y ya que el amigo
Villaamil está hoy de buena pasta, le diremos una cosa que no sabe.
¿Quién recomendó á Víctor Cadalso para que echaran tierra al expediente
y encimita le encajaran un ascenso?
--Ello debe de ser cosa de hembras; alguna joven sensible que ande por
ahí, porque Víctor las atrapa lindamente.
--Le apoyaron dos Diputados--dijo Sevillano:--hicieron fuerza de vela
sin conseguir nada, hasta que vino presión por alto...
--Pero si me ha dicho Ildefonso Cabrera--observó el viejo
acalorándose--que ese pelele está liado con marquesas, duquesas y cuanta
señorona hay en la alta sociedad...
--No haga usted caso, D. Ramón--indicó Argüelles.--Si, después de todo,
su yerno de usted es un cursi... así como suena, un cursilón. No se ve
ya un mozo verdaderamente elegante, como los de mi tiempo. Ríase usted
de todas esas conquistas de Víctor, que no tiene más amparo que el de mi
vecina. En el principal de mi casa vive un marqués... no me acuerdo del
título; es valenciano y algo así como Benengeli, algo que suena á
morisco. Este marqués tiene una tía, dos veces viuda... una criatura,
como quien dice... Mi mujer, que ya pasó de los cincuenta, asegura que
estando ella de corto (mi mujer, se entiende), conoció á esa señora en
Valencia, ya casada. En fin, que los sesenta y pico no hay quien se los
quite, y aunque debió de ser buena moza, ya no hay pintura que la salve
ni remiendo que la enderece.
--Y cuando menos, mi yernecito ha seducido toda esa inocencia.
--Aguárdese usted. Es cosa pública en Valencia que el tiburón ese se
enamoriscó de Cadalso, y él... también la quiso, por supuesto, con su
cuenta y razón. Vinieron juntos á Madrid; enredito allá, enredito aquí.
Á mí nadie tiene que contármelo, pues le veo en la calle, esperando á la
abuela, porque los marqueses no le permiten entrar en la casa. Ella sale
en su coche, muy emperejilada, toda fofa y hueca, con unas témporas así,
todo postizo, se entiende, y la cara con más pintura que el _Pasmo de
Sicilia_... Se para en la esquina de Relatores, y allí entra el terror
de las doncellas y se van qué sé yo adónde... Y me ha contado el lacayo,
que es vecino mío en el sotabanco de la izquierda, que casi todos los
días recibe carta la tarasca, y en seguida le larga á su nene tres
pliegos... El lacayo echa las cartas al correo, y me cuenta lo que dice
el sobre y las señas... Quiñones, 13, segundo.
--Si yo me sorprendiera de esto--declaró Villaamil entre risueño y
desdeñoso,--sería un niño de teta. ¡Y esa fantasma ha venido aquí, al
templo de la Administración (indignándose), á arrojar sobre el Estado la
ignominia de sus recomendaciones en favor de un perdis...!
--No, por aquí no ha parecido, ni lo necesita--apuntó Sevillano.--Con el
teclado de sus relaciones, mueven ésas todo el Ministerio, sin poner los
pies en él.
--Les basta decir una palabrita á cualquier pájaro gordo. Luego descarga
aquí la nota...
--De esas que no piden, sino mandan.
--Á raja tabla... Hágase... Y hecho está, y ole morena,.. No sería malo
un buen pararrayos para esas chispas, un Ministro de carácter. ¿Pero
dónde está ese Mesías? (dándose fuerte puñetazo en la rodilla). La
condenada Administración es una hi de mala hembra con la que no se puede
tener trato sin deshonrarse... Pero los que tienen hijos, amigo
Argüelles, ¿qué han de hacer sino prostituirse? Á ver, búsquese usted
por ahí un felpudito que le ampare. Usted tiene todavía buen ver. Á poco
que se emperifolle, le salen las conquistas así... y le pica en el
anzuelo una lamprea con conchas... Animarse, pollo... ¡Pues si yo
tuviera veinte años menos...!
Sevillano se reía, y Argüelles se pavoneaba henchido de fatuidad,
enroscándose aquella birria de bigote pintado... No parecía echar en
saco roto la exhortación, porque la edad no le había curado de su
vanidad de Tenorio.
--Francamente, señores--manifestó con acento de hombre muy
corrido,--nunca me ha gustado el amor como negocio... El amor por el
amor. Ni con dinero encima cargo yo con una res como esa de Víctor,
contemporánea del andar á pie, y que todo lo tiene postizo, todo
absolutamente, créanme ustedes.
--¡Fuera remilgos, y á ellas!--dijo Villaamil, á quien le había entrado
hilaridad nerviosa.--No están los tiempos para hacer _fu_ á nada... Este
_padre de familias_ es terrible. No le gustan más que las doncellitas
tiernas.
--Pues de broma ha dicho usted la verdad. De quince á veinte. Lo demás
para bobos.
--¡Vamos, que si le cayera á usted un pimpollo como ese de Víctor!...
Porque la tal debe de tener guita, y á su vera no hay bolsillo vacío...
Ahora me explico que mi yerno, cuando se le acabaron los dineros que
afanó por el enjuague de Consumos, gastaba del capítulo de guerra de
esa vejancona... ¡Vamos (dándose otro palmetazo en la rodilla), que
vivimos en una condenada época en que no podemos ni siquiera
avergonzarnos, porque el estiércol, la condenada costra de estiércol que
llevamos en la cara nos lo impide!
Levantóse para salir. Argüelles suspiró y con un gesto despidióse de
Sevillano, que se puso á trabajar antes de que salieran.
--Vamos á la oficina--dijo el caballero alguacilado, embozándose en el
ferreruelo, cogiendo del brazo á su amigo é internándose por los
pasillos;--que ese mal bicho de Pantoja me chillará si tardo. ¡Qué vida,
D. Ramón, qué vida!... Y á propósito. ¿No observó usted que mientras
hablábamos de la señora que protege á Víctor, Sevillano no chistaba? Es
que también él se calza á una momia... sí... ¿no sabía usted? la viuda
de aquel Pez y Pizarro que fué Director de Loterías en la Habana, primo
de nuestro amigo D. Manuel. Eso lo saben hasta los perros... y ella le
protege, le regala cada dos años su ascensito.
--¿Qué me dice usted? (parándose y mirándole cara á cara, en una actitud
propiamente dantesca). Conque Sevillano... Sí; ya decía yo que ese chico
iba demasiado aprisa. Era yo Jefe de Negociado, cuando entró de
aspirante con cinco mil...
Se persignó y siguieron hasta Contribuciones. Pantoja y los demás
recibieron al sufrido cesante con sobresalto, temerosos de una escena
como la del día anterior. Pero el anciano les tranquilizó con su
apacible acento y la serenidad relativa de su rostro. Sin dignarse mirar
a Guillén, fué á sentarse junto al Jefe, á quien dijo de manos á boca:
--Hoy me encuentro muy bien, Ventura. He descansado anoche, me despejé,
y estoy hasta contento, me lo puedes creer, echando chispas de contento.
--Más vale así, hombre, más vale así--repuso el otro observándole los
ojos.--¿Qué traes por acá?
--Nada... la querencia... hoy estoy alegre... ya ves cómo me río
(riendo). Es posible que hoy venga por última vez, aunque... te lo
aseguro... me divierte, me divierte esta casa. Se ven aquí cosas que le
hacen á uno... morir de risa.
El trabajo concluyó aquel día más pronto que de ordinario, porque era
día de paga, la fecha venturosa que pone feliz término á las angustias
del fin de mes, abriendo nueva era de esperanzas. El día de paga hay en
las salas de aquel falansterio más luz, aire más puro y un no sé qué de
diáfano y alegre que se mete en los corazones de los infelices
jornaleros de la Hacienda pública.
--Hoy os dan la paga--dijo Villaamil á su amigote, suspendiendo aquel
reir franco y bonachón de que afectado estaba.
Ya se conocía en el ruido de pisadas, en el sonar de timbres, en el
movimiento y animación de las oficinas, que había empezado la operación.
Cesaba el trabajo, se ataban los legajos, eran cerrados los pupitres, y
las plumas yacían sobre las mesas entre el desorden de los papeles y las
arenillas que se pegaban á las manos sudorosas. En algunos
departamentos, los funcionarios acudían, conforme les iban llamando, al
despacho de los habilitados, que les hacían firmar la nominilla y les
daban el trigo. En otros, los habilitados mandaban un ordenanza con los
santos cuartos en una hortera, en plata y billetes chicos, y la
nominilla. El Jefe de la sección se encargaba de distribuir las raciones
de metálico y de hacer firmar á cada uno lo que recibía.