No eran las once de la mañana del día siguiente, día último de mes, por
más señas, cuando Villaamil subía con trabajo la escalera encajonada del
Ministerio, parándose á cada tres ó cuatro peldaños para tomar aliento.
Al llegar á la entrada de la Secretaría, los porteros, que la tarde
anterior le habían visto salir en aquella actitud lamentable que
referida está, se maravillaron de verle tan pacífico, en su habitual
modestia y dulzura, como hombre incapaz de decir una palabra más alta
que otra. Desconfiaban, no obstante, de esta mansedumbre, y cuando el
buen hombre se sentó en el banco, duro y ancho como de iglesia, y arrimó
los pies al brasero próximo, el portero más joven se acercó y le dijo:
--Don Ramón, ¿para qué viene por aquí? Estése en su casa y cuídese, que
tiempo tiene de rodar por estos barrios.
--Puede que tengas razón, amigo Ceferino. En mi casa metidito, y acá se
las arreglen estos señores como quieran. ¿Yo qué tengo que ver? Verdad
que el país paga los vidrios rotos, y no puede uno ver con indiferencia
tanto desbarrar. ¿Sabes tú si han llevado ya al Ministro el nuevo
Presupuesto ultimado? No sabes... Verdad, ¡á ti que más te da! Tú no
eres contribuyente... Pues desde ahora te digo que el nuevo Presupuesto
es peor que el vigente, y todo lo que hacen aquí una cáfila de
barbaridades y despropósitos. Ahí me las den todas. Yo en mi casa tan
tranquilo, viendo cómo se desmorona este país, que podría estar nadando
en oro si quisieran.
Á poco de soltar esta perorata, el pobre cesante se quedó solo,
meditando, la barba en la mejilla. Vió pasar algunos empleados conocidos
suyos; pero como no le dijeron nada, no chistó. Consideraba quizás la
soledad que se iba formando en torno suyo, y con qué prisa se desviaban
de él los que fueron sus compañeros y hasta poco antes se llamaban sus
amigos. «Todo ello--pensó con admirable observación de sí
mismo--consiste en que mis desgracias me han hecho un poco extravagante,
y en que alguna vez la misma fuerza del dolor es causa de que se me
escapen frases y gestos que no son de hombre sesudo, y contradicen mi
carácter y mi... ¿cómo es la palabreja?... ¡ah! mi idiosincrasia...
¡Todo sea por Dios!»
Distrájole de su meditación un amigo que entraba, y que se fué derecho á
él en cuanto le vió. Era Argüelles, _el padre de familia_, envuelto en
su capa negra, ó más bien ferreruelo, el sombrerete ladeado á la
chamberga, el bigote retorcido, la perilla enhiesta y erizada por el
roce del embozo. Antes de subir á Contribuciones solía entrar un rato
en el Personal, para desahogar las penas de su alma con un amigo que le
daba cuenta de todo, y así alimentaba sus ilusiones de un próximo
ascenso.
--¿Qué hace usted por aquí, amigo Villaamil?--le dijo en el tono que se
emplea con los enfermos graves.--¿Quiere usted que tomemos café? Pero
no; quizás el café le sentará mal. Hay que cuidarse, y si vale mi
consejo, haría usted muy bien en no parecer por esta _posá del Peine_ en
muchos días.
--¿Adónde vamos? (levantándose).
--Al Personal. Echaremos un parrafillo con Sevillano, que nos enterará
de los nombramientos del día. Venga usted.
Y se internaron por luengo corredor, no muy claro, que primero doblaba
hacia la derecha, después á la izquierda. Á lo largo del pasadizo
accidentado y misterioso, las figuras de Villaamil y de Argüelles
habrían podido trocarse, por obra y gracia de hábil caricatura, en las
de Dante y Virgilio buscando por senos recónditos la entrada ó salida de
los recintos infernales que visitaban. No era difícil hacer de D. Ramón
un burlesco Dante por lo escueto de la figura y por la amplia capa que
le envolvía; pero en lo tocante al poeta, había que substituirle con
Quevedo, parodiador de la _Divina Comedia_, si bien el bueno de
Argüelles, más semejanza tenía con el _Alguacil alguacilado_ que con el
gran vate que lo inventó. Ni Dante ni Quevedo soñaron, en sus
fantásticos viajes, nada parecido al laberinto oficinesco, al campaneo
discorde de los timbres que llaman desde todos los confines de la vasta
mansión, al abrir y cerrar de mamparas y puertas, y al taconeo y
carraspeo de los empleados que van á ocupar sus mesas colgando capa y
hongo; nada comparable al mete y saca de papeles polvorosos, de vasos de
agua, de paletadas de carbón, á la atmósfera tabacosa, á las órdenes
dadas de pupitre á pupitre, y al tráfago y zumbido, en fin, de estas
colmenas donde se labra el panal amargo de la Administración. Metiéronse
Villaamil y su guía en un despacho donde había dos mesas y una sola
persona, que en aquel momento se mudaba el sombrero por un gorro de pana
morada, y las botas por zapatillas. Era Sevillano, oficial de
secretaría, buen mozo, aunque algo machucho, bien quisto en la casa, con
fama de cuquería. Saludó el tal á Villaamil con recelo, mirándole mucho
á la cara: «Vamos tirando,» contestó el cesante eterno, y ocupó una
silla junto á la mesa.
--¿De lo mío nada...?--dijo Argüelles, usando una fórmula interrogativa
y afirmativa á la vez.
--Nada--replicó el presumido Sevillano, que al ponerse delante de la
mesa, parecía movido del deseo de que le vieran las zapatillas bordadas
y de que admiraran su breve pie,--lo que se llama nada. Ni te han
propuesto ni ese es el camino.
--No me coge de nuevo--gruñó el otro soltando capa y sombrero, como si
quisiera oponer á la publicidad de las zapatillas de Sevillano la
exhibición de sus encrespadas melenas.--Ese perro de Pantoja me ha
engañado ya tres veces, y me engañará la cuarta si no le doy la
morcilla. Yo lo paso todo, con tal que no me eche el pie adelante ese
gorgojo repulsivo de Guillén. ¡Vamos, si le ascienden á él antes que á
mí; si un _padre de familia_ cargado de hijos y que lleva todo el peso
de la oficina, se ve pospuesto á ese aborto inútil que mata el tiempo
pintando monos...! (Volviéndose á Villaamil en solicitud de su
aquiescencia.) ¿Tengo razón ó no tengo razón? ¿Le parece á usted que
después de tantos años en este empleo, todavía les parezca temprano para
darme el ascenso, y en cambio se lo den á ese coco, mamarracho, mal
hombre y peor amigo, que además no sabe poner una minuta?
--Cabalmente, cabalmente por eso, por ser una inutilidad--afirmó
Villaamil con inmenso pesimismo,--tiene asegurada su carrera.
--Yo me sublevo--declaró con rabia _el caballero de Felipe IV_ dando una
patada.--Si ascienden á ése antes que á mí, me voy al Ministro y le
digo... vamos, le suelto una frescura. Esto es peor que insultarle á uno
y escupirle la cara. Sí, porque tanto polaquismo requema la sangre, y le
entran á uno ganas de echarse la moral á la espalda y casarse con Judas.
Esa garrapata de Guillén, con sus chuscadas y sus versitos y sus
porquerías, se ha hecho popular aquí. Le ríen las gracias estúpidas...
Todos tenemos algo de culpa en darle alas, lo reconozco... Yo le aseguro
á usted, amigo D. Ramón, que no volverá á enseñar delante de mí sus
monigotes. Ya le diré yo cuántas son cinco, ya le diré...
Argüelles se detuvo, creyendo ver en el rostro de Villaamil señales de
excitación; pero, contra lo que temía, el anciano escuchaba sereno, no
mostrándose lastimado por el recuerdo de las groseras burlas.
--Dejarle, dejarle--contestó.--Por mi parte, sé sobreponerme á esas
majaderías. Acuérdese usted; ayer, al enterarme de que se burlaban de
mí, no dije esta boca es mía; ¿verdad que no? Estas cosas se desprecian,
y nada más. Después me tropecé en la calle con el chico de Cucúrbitas,
Urbanito, el cual está en Aduanas, y me contó que allí había ido Guillén
con las aleluyas, que son una pura sandez. Ni siquiera hay un chiste en
ellas. Que si, de niño, en vez de envolverme en pañales, me envolvían en
nóminas... que si le propuse al Ministro el _income tax_... Y á él,
pregunto yo ahora, á él, el muy asno, ¿qué le va ni le viene con que yo
proponga el _income tax_? ¿Qué entiende él de esas materias tan
superiores al entendimiento de un escuerzo sietemesino? Luego dice que
doy sablazos... calumnia infame, porque si en las horribles trinquetadas
que paso, la necesidad me impulsa á pedir el auxilio de un amigo, eso no
quiere decir que sea yo un petardista. Pero estas injurias hay que
llevarlas con muchísima paciencia, y no dar al infame denostador ni
siquiera el gusto de nuestras quejas, porque se engreiría del mal que
hace. Desprecio, indiferencia, y que vomite veneno hasta que se le seque
el alma. ¡Ah! yo no obsequiaré nunca á esos reptiles con el favor de mis
miradas. Y á ese tal le he dado yo calor en mi seno, vean ustedes,
porque él va á mi casa, adula á mi familia, se bebe mi vino, y allí
parece que nos quiere á todos como hermanos. ¡Valiente bicharraco!... Y
digo más: digo que Pantoja también tiene algo de culpa, porque le
permite perder el tiempo en hacer estas porquerías... Todos sus
mamarrachos los conozco lo mismo que si los hubiera visto, pues Urbanito
no omitió detalle. Pasa por tonto este chico; pero yo afirmo que tiene
mucho talento, y lo que es á memoria no hay quien le gane. Díjome
también que con las iniciales de los títulos de mis cuatro Memorias ha
compuesto Guillén el mote de Miau, que me aplica en las aleluyas. Yo lo
acepto. Esa M, esa I, esa A y esa U, son, como el _Inri_, el letrero
infamante que le pusieron a Cristo en la cruz... Ya que me han
crucificado entre ladrones, para que todo sea completo, pónganme sobre
la cabeza esas cuatro letras en que se hace mofa y escarnio de mi gran
misión.