Puntual, como la hora misma, entró Abelarda, á la de la cita, en las
Comendadoras. La iglesia, callada y obscura, estaba que ni de encargo
para el misterioso objeto de una cita. Quien hubiera visto entrar á la
chica de Villaamil, se habría pasmado de notar en ella su mejor ropa,
los verdaderos trapitos de cristianar. Se los puso sin que lo advirtiera
su madre, que había salido á las cinco. Sentóse en un banco, rezando
distraída y febril, y al cuarto de hora entró Víctor, que al pronto no
veía gota, y dudaba á qué parte de la iglesia encaminarse. Fué ella á
servirle de guía, y le tocó el brazo. Diéronse las manos y se sentaron
cerca de la puerta, en un lugar bastante recogido y el más tenebroso de
la iglesia, á la entrada de la capilla de los Dolores.
Á pesar de su pericia y del desparpajo con que solía afrontar las
situaciones más difíciles, Víctor, no sabiendo cómo desflorar el asunto,
estuvo mascando un rato las primeras palabras. Por fin, resuelto á
abreviar, encomendándose mentalmente al demonio de su guarda, dijo:
--Empiezo por pedirte perdón, vida mía; perdón, sí, lo necesito, por mi
conducta... imprudente... El amor que te tengo es tan hondo, tan
avasallador, que anoche, sin saber lo que hacía, quise lanzarte por
las... escabrosidades de mi destino. Estarás enojadísima conmigo, lo
comprendo, porque á una mujer de tu calidad, proponer yo como
propuse...! Pero estaba ciego, demente, y no supe lo que me dije. ¡Qué
idea habrás formado de mí! Merezco tu desprecio. Proponerte que
abandonaras tus padres, tu casa, por seguirme á mí, á mí, cometa errante
(recordando frases que había leído en otros tiempos y enjaretándolas con
la mayor frescura), á mí que corro por los espacios, sin dirección fija,
sin saber de dónde he recibido el impulso ni adónde me lleva mi carrera
loca...! Me estrellaré; de fijo me estrellaré. Pero sería un infame,
Abelarda (tomándole una mano), sería el último de los monstruos si
permitiera que te estrellaras conmigo... tú, que eres un ángel: tú, que
eres el encanto de tu familia... ¡Oh! te pido perdón, y me pondría de
rodillas para alcanzarlo. Cometí gravísimo atentado contra tu dignidad,
ultrajé tu candor, proponiéndote aquella atrocidad nacida en este
cerebro calenturiento... en fin, perdóname, y admite mis honradas
excusas. Te amo, te amo, y te amaré siempre, sin esperanza, porque no
puedo aspirar á poseer tan... rica joya. Insultaría á Dios si tal
aspiración tuviese...
No acortaba la _Miau_ á comprender bien aquella palabrería, de sentido
tan opuesto á lo que esperaba escuchar. Mirábale á él, y después á la
imagen más próxima, un San Juan con cordero y banderola, y le preguntaba
al santo si aquello era verdad ó sueño.
--Estás, estás perdonado--murmuró respirando muy fuerte.
--No extrañes, amor mío--prosiguió él, dueño ya de la situación,--que en
tu presencia me vuelva tímido y no sepa expresarme bien. Me fascinas, me
anonadas, haciéndome ver mi pequeñez. Perdóname el atrevimiento de
anoche. Quiero ahora ser digno de ti, quiero imitar esa serenidad
sublime. Tú me marcas el camino que debo seguir, el camino de la vida
ideal, de las acciones perfectamente ajustadas á la ley divina. Te
imitaré; haré por imitarte. Es preciso que nos separemos, mujer
incomparable. Si nos juntamos, tu vida corre peligro y la mía también.
Estamos cercados de enemigos que nos acechan, que nos vigilan... ¿Qué
debemos hacer?... Separarnos en la tierra, unirnos en las esferas
ideales. Piensa en mí, que yo ni un instante te apartaré de mi
pensamiento...
Abelarda, inquietísima, se movía en el banco como si éste se hallara
erizado de púas.
--¿Cómo olvidar que cuando toda la familia me despreciaba, tú sola me
comprendías y me consolabas? ¡Ah! no se olvida eso en mil años. Te
aseguro que eres sublime. Soy un miserable. Déjame abandonado á mi
triste suerte. Sé que has de pedir á Dios por mí, y esto me consuela. Si
yo creyera, si yo pudiera prosternarme ante ese altar ó ante otro
semejante, si yo rezar pudiese, rezaría por ti... Adiós, amor mío.
Quiso cogerle una mano, pero Abelarda la retiró, volviendo la cara hacia
el opuesto lado.
--Tu esquivez me mata. Bien sé que la merezco... Anoche estuve contigo
irrespetuoso, grosero, indelicado. Pero ya has dicho que me perdonabas.
¿Á qué ese gesto? Ya, ya sé... Es que te estorbo, es que te soy
aborrecible... Lo merezco; sé que lo merezco. Adiós. Estoy expiando mis
culpas, porque ahora quiero separarme de ti, y ya ves, no puedo...
¡Clavado en este banco!... (impaciente, y atropellándose por concluir
pronto). ¿Te acordarás de mí en tu vida futura?... Oye un consejo:
cásate con Ponce, y si no te casas, entra en un convento, y reza por él
y por mí, por este pecador... Tú has nacido para la vida espiritual.
Eres muy grande, y no cabes en la estrechez del matrimonio ni en la...
prosaica vida de familia... No puedo seguir, mujer, porque pierdo la
razón... deliro y... Valor... un supremo esfuerzo... Adiós, adiós.
Y como alma que lleva Satanás, salió de la iglesia, refunfuñando. Tenía
prisa, y se felicitaba de haber saldado una fastidiosa cuentecilla.
«¡Qué demonio!--dijo, mirando su reloj y avivando el paso.--Pensé
despachar en diez minutos y he empleado veinte. ¡Y _aquélla_ esperándome
desde las seis!... Vamos, que sin poderlo remediar me da lástima de esta
inefable cursi. Van á tener que ponerte camisa... ó corsé de fuerza».
Y Abelarda, ¿qué hacía y qué pensaba? Pues si hubiera visto que al
púlpito de la iglesia subía el Diablo en persona y echaba un sermón
acusando á los fieles de que no pecaban bastante, y diciéndoles que si
seguían así no ganarían el infierno; si Abelarda hubiera visto esto, no
se habría pasmado como se pasmó. La palabra del monstruo y su salida
fugaz dejáronla yerta, incapaz de movimiento, el cerebro cuajado en las
ideas y en las impresiones de aquella entrevista, como substancia echada
en molde frío y que prontamente se endurece. Ni le pasó por la cabeza
rezar, ¿para qué? Ni marcharse, ¿adónde? Mejor estaba allí, quieta y
muda, rivalizando en inmovilidad con el San Juan del gallardete y con la
Dolorosa. Ésta se hallaba al pie de la cruz, rígida en su enjuto vestido
negro y en sus tocas de viuda, acribillado el pecho de espaditas de
plata, las manos cruzadas con tanta fuerza, que los dedos se confundían
formando un haz apretadísimo. El Cristo, mucho mayor que la imagen de su
madre, extendíase por el muro arriba, tocando al techo del templete con
su corona de abrojos, y estirando los brazos á increíble distancia.
Abajo velas, los atributos de la Pasión, exvotos de cera, un cepillo con
los bordes de la hendidura mugrientos, y el hierro del candado muy
roñoso; el paño del altar goteado de cera; la repisa pintada imitando
jaspe. Todo lo miraba la señorita de Villaamil, no viendo el conjunto,
sino los detalles más ínfimos, clavando sus ojos aquí y allí como aguja
que picotea sin penetrar, mientras su alma se apretaba contra la esponja
henchida de amargor, absorbiéndolo todo.
Vinieron á coincidir en el tiempo dos gravísimos actos, cada uno de los
cuales pudo decidir por sí solo la vida ulterior de la insignificante y
trastornada joven. Con diferencia de dos horas y media, se realizaron el
suceso que acabo de referir y otro no menos importante. Ponce,
conferenciando con doña Pura en la sala de ésta, sin testigos, se mostró
enojado porque los padres de su prometida no habían fijado aún el día de
la boda.
--Pues por fijado, hijo, por fijado. Ramón y yo no deseamos otra cosa.
¿Le parece á usted que á principios de Mayo? ¿el día de la Cruz?
Poco antes doña Pura había explicado la ausencia de su hija en la
tertulia por el grandísimo enfriamiento que aquella tarde cogiera en las
Comendadoras. Entró en casa castañeteando los dientes, y con un
calenturón tan fuerte, que su madre la mandó acostarse al momento. Era
esto verdad; mas no toda la verdad, y la señora se calló el asombro de
verla entrar á horas desusadas y con un vestido que no acostumbraba
ponerse para ir de tarde á la iglesia mas próxima. «Eso es, lo mejorcito
que tienes; estropéalo donde no lo puedes lucir, y dedícate á refregar
con ese casimir tan rico de catorce reales los bancos de la iglesia,
llenos de mugre, de polvo y de cuanta porquería hay». También se calló
que su hija no contestaba acorde á nada de cuanto le decía. Esto, el
chasquido de dientes y la repugnancia á comer movieron á doña Pura á
meterla en la cama. No las tenía la señora todas consigo, y estaba
cavilosa buscando el sentido de ciertas rarezas que en la niña notaba.
«Sea lo que quiera--pensó,--cuanto más pronto la casemos, mejor». Sobre
esto dijo algo á su marido; pero Villaamil no se había dignado contestar
sílaba; tan tétrico y cabizbajo andaba.
Abelarda, que se hacía la dormida para que no la molestase nadie, vió á
Milagros acostando á Luisito, el cual no se durmió pronto aquella
noche, sino que daba vueltas y más vueltas. Cuando ambos se quedaron
solos, Abelarda le mandó estarse callado. No tenía ella ganas de jarana;
era tarde y necesitaba descanso.
--Tiíta, no puedo dormirme. Cuéntame cuentos.
--Sí, para cuentos estoy yo. Déjame en paz ó verás...
Otras veces, al sentir á su sobrino desvelado, la insignificante, que le
amaba entrañablemente, procuraba calmar su inquietud con afectuosas
palabras; y si esto no era bastante, se iba á su cama, y arrullándole y
agasajándole, conseguía que conciliara el sueño. Pero aquella noche,
excitada y fuera de sí, sentía tremenda inquina contra el pobre
muchacho; su voz la molestaba y hería, y por primera vez en su vida
pensó de él lo siguiente: «¿Qué me importa á mí que duermas ó no, ni que
estés bueno ni que estés malo, ni que te lleven los demonios?»
Luisito, hecho á ver á su tía muy cariñosa, no se resignaba á callar.
Quería palique á todo trance, y con voz de mimo, dijo á su compañera de
habitación:
--Tía, ¿viste tu por casualidad á Dios alguna vez?
--¿Qué hablas ahí, tonto?... Si no te callas, me levanto y...
--No te enfades... pues yo, ¿qué culpa tengo? Yo veo á Dios, lo veo
cuando me da la gana; para que lo sepas... Pero esta noche no le veo más
que los pies... los pies con mucha sangre, clavaditos y con un lazo
blanco, como los del Cristo de las melenas que está en Monserrat... y me
da mucho miedo. No quiero cerrar los ojos, porque... te diré... yo nunca
le he visto los pies, sino la cara y las manos... y esto me pasa...
¿sabes por qué me pasa?... porque hice un pecado grande... porque le
dije á mi papá una mentira, le dije que quería ir con la tía Quintina á
su casa. Y fué mentira. Yo no quiero ir más que un ratito para ver los
santos. Vivir con ella no. Porque irme con ella y dejaros á vosotros es
pecado, ¿verdad?
--Cállate, cállate, que no estoy yo para oir tus sandeces... ¿Pues no
dice que ve á Dios el muy borrico?... Sí, ahí está Dios para que tú le
veas, bobo...
Abelarda oyó al poco rato los sollozos de Cadalsito, y en vez de piedad,
sintió, ¡cosa más rara!, una antipatía tal contra su sobrino, que mejor
pudiera llamarse odio sañudo. El tal mocoso era un necio, un farsante
que embaucaba á la familia con aquellas simplezas de ver á Dios
y de querer hacerse curita; un hipócrita, un embustero, un
mátalas-callando... y feo, y enclenque, y consentido además...
Esta hostilidad hacia la pobre criatura era semejante á la que se inició
la víspera en el corazón de Abelarda contra su propio padre, hostilidad
contraria á la naturaleza, fruto sin duda de una de esas auras
epileptiformes que subvierten los sentimientos primarios en el alma de
la mujer. No supo ella darse cuenta de cómo tal monstruosidad germinara
en su espíritu, y la veía crecer, crecer á cada instante, sintiendo
cierta complacencia insana en apreciar su magnitud. Aborrecía á Luis, le
aborrecía con todo su corazón. La voz del chiquillo le encalabrinaba los
nervios, poniéndola frenética.
Cadalsito, sollozando, insistió: «Le veo las piernas negras con
manchurrones de sangre, le veo las rodillas con unos cardenales muy
negros, tiíta... tengo mucho miedo... ¡Ven, ven!»
La _Miau_ crispó los puños, mordió las sábanas. Aquella voz quejumbrosa
removía todo su ser, levantando en él una ola rojiza, ola de sangre que
subía hasta nublarle los ojos. El chiquillo era un cómico, fingido y
trapalón, bajado al mundo para martirizarla á ella y á toda su casta...
Pero aun quedaba en Abelarda algo de hábito de ternura que contenía la
expansión de su furor. Hacía un movimiento para echarse de la cama y
correr á la de Luis con ánimo de darle azotes, y se reprimía luego. ¡Ah!
como pusiera las manos en él, no se contentaría con la azotaina... le
ahogaría, sí. ¡Tal furia le abrasaba el alma y tal sed de destrucción
tenían sus ardientes manos!
--Tiíta, ahora le veo el faldellín todo lleno de sangre, mucha sangre...
Ven, enciende luz, ó me muero de susto; quítamele, dile que se vaya. El
otro Dios es el que á mí me gusta, el abuelo guapo, el que no tiene
sangre, sino un manto muy fino y unas barbas blanquísimas...
Ya no pudo ella dominarse, y saltó del lecho... Quedóse á su orilla
inmovilizada, no por la piedad, sino por un recuerdo que hirió su mente
con vívida luz. Lo mismo que ella hacía en aquel instante, lo había
hecho su difunta hermana en una noche triste. Sí, Luisa padecía también
aquellas horribles corazonadas de aborrecer á su progenitura, y cierta
noche que le oyó quejarse, echóse de la cama y fué contra él, con las
manos amenazantes, trocada de madre en fiera. Gracias que la sujetaron,
pues si no, sabe Dios lo que habría pasado. Y Abelarda repetía las
mismas palabras de la muerta, diciendo que el pobre niño era un
monstruo, un aborto del infierno, venido á la tierra para castigo y
condenación de la familia.
Llevóla este recuerdo á comparar la semejanza de causas con la semejanza
de efectos, y pensó angustiadísima: «¿Estaré yo loca, como mi
hermana?... ¿Es locura, Dios mío?»
Volvió á meterse entre sábanas, prestando atención á los sollozos de
Luis, que parecían atenuarse, como si al fin le venciera el sueño.
Transcurrió un largo rato, durante el cual la tiíta se aletargó á su
vez; pero de improviso despertó sintiendo el mismo furor hostil en su
mayor grado de intensidad. No la detuvo entonces el recuerdo de su
hermana; no había en su espíritu nada que corrigiese la idea, ó mejor
dicho, el delirio de que Luis era una mala persona, un engendro
detestable, un ser infame á quien convenía exterminar. Él tenía la culpa
de todos los males que la agobiaban, y cuando él desapareciera del
mundo, el sol brillaría más y la vida sería dichosa. El chiquillo aquél
representaba toda la perfidia humana, la traición, la mentira, la
deshonra, el perjurio.
Reinaba profunda obscuridad en la alcoba. Abelarda, en camisa y
descalza, echándose un mantón sobre los hombros, avanzó palpando...
Luego retrocedió buscando las cerillas. Habíasele ocurrido en aquel
momento ir á la cocina en busca de un cuchillo que cortara bien. Para
esto necesitaba luz. La encendió, y observó á Luis que al cabo dormía
profundamente. «¡Qué buena ocasión!--se dijo;--ahora no chillará, ni
hará gestos... Farsante, pinturero, monigote, me las pagarás... Sal
ahora con la pamplina de que ves á Dios... Como si hubiera tal Dios, ni
tales carneros...» Después de contemplar un rato al sobrinillo, salió
resuelta. «Cuanto más pronto, mejor». El recuerdo de los sollozos del
chico, hablando aquellos disparates de los pies que veía, atizaba su
cólera. Llegó á la cocina y no encontró cuchillo, pero se fijó en el
hacha de partir leña, tirada en un rincón, y le pareció que este
instrumento era mejor para el _caso_, más seguro, más ejecutivo, más
cortante. Cogió el hacha, hizo ademán de blandirla, y satisfecha del
ensayo, volvió á la alcoba, en una mano la luz, en otra el arma, el
mantón por la cabeza... Figura tan extraña y temerosa no se había visto
nunca en aquella casa. Pero en el momento de abrir la puerta de
cristales de la alcoba, sintió un ruido que la sobrecogió. Era el del
llavín de Víctor girando en la cerradura. Como ladrón sorprendido,
Abelarda apagó de un soplo la luz, entró, y se agachó detrás de la
puerta, recatando el hacha. Aunque rodeada de tinieblas temía que Víctor
la viese al pasar por el comedor y se hizo un ovillo, porque la furia
que había determinado su última acción se trocó súbitamente en espanto
con algo de femenil vergüenza. Él pasó alumbrándose con una cerilla,
entró en su cuarto y se cerró al instante. Todo volvió á quedar en
silencio. Hasta la alcoba de Abelarda llegaba débil, atravesando el
comedor y las dos puertas de cristales, la claridad de la vela que
encendiera Víctor para acostarse. Cosa de diez minutos duró el reflejo;
después se extinguió, y todo quedó en sombra. Pero la cuitada no se
atrevía ya á encender su luz; fué tanteando hasta la cama, escondió el
hacha bajo la cómoda próxima al lecho, y se deslizó en éste
reflexionando: «No es ocasión ahora. Gritaría, y el otro... Al otro le
daría yo el hachazo del siglo; pero no basta un hachazo, ni dos, ni
ciento... ni mil. Estaría toda la noche dándole golpes y no le acabaría
de matar».