Toda aquella noche estuvo la insignificante en un estado próximo á la
demencia, dividido su espíritu entre la alegría loca y una tristeza
sepulcral. Á ratos sentíase acometida de punzante suspicacia. Había
entregado su voluntad sin condiciones, sin exigir en cambio la rendición
del albedrío del otro y el término de aquellos amores con mujer
desconocida, amores de compromiso sin duda, difíciles de romper. ¿Los
rompía y liquidaba todas sus atrasadas cuentas de amor? Así tenía que
ser. Y francamente, no estaba de más haberlo dicho. ¡Pero si no había
habido tiempo para nada, ni pudieron darse y pedirse las explicaciones
propias del caso!... Fué como un relámpago aquel trueque y abandono
mutuo de ambas voluntades. Convenía, pues, en la primera coyuntura,
despejar la situación, alejando todo temor de duplicidad, y poner para
siempre á un lado á la señora aquella de las cartas. Hecho esto,
Abelarda se entregaría sin ningún trámite al hombre que le había
absorbido el alma; renunciaba á toda libertad, era suya, de él, en la
forma y condiciones que él quisiese, con escándalo ó sin escándalo, con
honra ó sin honra.
Mientras comían, Villaamil observaba á su hija, poniendo en su rostro
los rasgos más enérgicos de aquella ferocidad tigresca que le
caracterizaba. Comía sin apetito, y creeríase que devoraba una pieza
palpitante y medio viva, que gemía y temblaba con dolores horribles,
clavada en su tenedor. Doña Pura y Milagros no osaron hablarle de la
colocación de Víctor. Ambas estaban mohínas, lúgubres y con cara de
responso, y la misma Abelarda concluyó por formar parte de aquel
silencioso coro de sepulcrales figuras. Aquella noche no había Real. El
cesante se metió en su despacho, y las tres _Miaus_ fueron á la sala,
donde se reunieron el ínclito Ponce y las de Cuevas. Abelarda tuvo
momentos de febril locuacidad, y otros de meditación taciturna.
Á las doce se acabó la tertulia, y á dormir... La casa en silencio,
Abelarda en vela, esperando á Víctor para decirse lo que por decir
estaba, y vaciar de lleno alma en alma, cambiando los vasos su
contenido. Pero dió la una, la una y media, y el galán no parecía. Entre
dos y tres, la infeliz muchacha se hallaba en estado febril, que
encendía en su mente los más peregrinos disparates. Le habían matado...
También podía ser que el abrazo, el besuqueo y la declaración de la
escalera fueran una burla infame... Esta idea la rechazaba por ser
demasiado absurda y no caber, según ella, dentro de los moldes de la
humana maldad. Luego pensaba (y eran ya las tres y media) que la
elegantona de las cartas coronadas, al enterarse aquella misma noche de
que el amante se le iba, ó al oir de su propio labio tristes acentos de
ruptura, tramaba contra él horrible venganza, le convidaba á cenar y le
envenenaba, echándole en una copa de Jerez el veneno de los Borgias. Con
las extrañas cavilaciones mezclaba la sosa mil lances que había visto en
las óperas, las conjuraciones que arma la mezzo-soprano contra el tenor,
porque éste la desprecia por la tiple; las perrerías del barítono para
deshacerse de su aborrecido rival, la constancia sublime del tenor (y
eran ya las cuatro), que sucumbiendo á las combinadas artimañas del bajo
y la contralto, revienta en brazos de la tiple, y concluyen ambos
diciéndose que se amarán en el otro mundo.
Las cinco, y Víctor sin parecer. El cerebro de Abelarda era un volcán,
que desfogaba por los ojos en destellos de calentura, por los labios en
monosílabos de despecho, de amor, de cólera. Sólo dos veces, en la
temporada aquélla, había pasado el _hombre superior_ toda la noche fuera
de casa; y la primera vez que esto sucediera, entró á eso de las diez de
la mañana en un desorden lamentable, denunciando con su actitud, con sus
palabras y hasta con su ropa, los excesos de una noche de festín entre
personas de vida poco regular. ¡Si sucedería lo mismo aquella segunda
vez!... Pero no; algo había ocurrido. Entre el tiernísimo paso de la
escalera y aquella ausencia inexplicable, había un enigma, algo
misterioso, quizás una desgracia ó una monstruosidad que la pobre
muchacha, en la ofuscación de su inteligencia, no acertaba á comprender.
Las seis, y nada. Rompió á llorar, y tan pronto reclinaba su cabeza
sobre la almohada, como se sentaba en un baúl ó iba de una parte á otra
de la habitación, cual pájaro saltando en su jaula de palito en palito.
Llegó el día, y nada. El primero á quien Abelarda sintió levantarse fué
su padre, que pasó camino de la cocina y después del despacho. Las ocho.
Doña Pura no tardaría en abandonar las ociosas plumas. Como ya, aunque
Víctor entrase, no era posible hablar á solas con él, la dolorida se
acostó, no para dormir ni descansar, sino para que su madre no cayese en
la cuenta de la noche toledana. Más de las nueve eran ya cuando entró el
trasnochador con muy mal cariz. Doña Pura le abrió la puerta sin decirle
una sola palabra. Metióse en su cuarto, y Abelarda, que salía del suyo,
le sintió revolviéndose en el estrecho recinto, donde apenas cabían la
cama, una silla y el baúl. «Si vas á la iglesia--díjole Pura, sacando
unos cuartos del portamonedas,--te traes cuatro huevos... Que te
acompañe Luis. Yo no salgo. Me duele la cabeza. Tu padre está
disgustadísimo, y con razón. ¡Mira que colocar á este perdulario y
dejarle á él en la calle, á él, tan honrado y que sabe más de
Administración que todo el Ministerio junto! ¡Qué Gobiernos, Señor, qué
Gobiernos! ¡Y se espantan luego de que haya revolución! Te traes cuatro
huevos. ¡No sé cómo saldremos del día!... ¡Ah! tráete también el cordón
negro para mi vestido y los corchetes».
Abelarda fué á la iglesia, y al volver con los encargos de su madre,
halló á ésta, su tía y Víctor en el comedor, enzarzados en furiosa
disputa. La voz de Cadalso sobresalía, diciendo:
--Pero, señoras mías, ¿yo qué culpa tengo de que me hayan colocado á mí
antes que á papá? ¿Es esto razón bastante para que todos en esta casa me
pongan cara de cuerno? Pues ganas me dan, como hay Dios, de tirar la
credencial á la calle. Antes que nada, la paz de la familia. Yo
desviviéndome porque me quieran, yo tratando de hacer olvidar los
disgustos que les he causado, y ahora, ¡válgame Dios!, porque al
Ministro se le antoja colocarme, ya falta poco para que mi suegra y la
hermana de mi suegra me saquen los ojos! Bueno, señoras; arañen, peguen
todo lo que gusten; yo no he de quejarme. Mientras más perrerías me
digan, más he de quererles yo á todos.
--¡Como si no supiéramos--objetó doña Pura hecha un áspid--que tú tienes
vara alta en el Ministerio, y que si hubieras querido, ya Ramón tendría
plaza...!
--¡Por Dios, mamá, por Dios!--replicó Víctor revelando verdadera
consternación.--Eso es del género inocente... No puedo creer que usted
lo diga con formalidad. ¡Que yo...! vamos; ¡tengo entre la familia una
reputacioncita...! ¿Y si yo jurase que he gestionado por papá más que
por mí? ¿Si yo lo jurase? Claro, no me creerían. Pero, créanlo ó no, lo
digo y lo sostengo.
Abelarda no intervino en la reyerta, pero mentalmente se ponía de parte
de su hermano político. En esto entró Villaamil, y Víctor se fué
resueltamente á él: «Usted que es un hombre razonable, dígame si cree,
como estas señoras, que yo he gestionado ó trabajado ó intrigado porque
me colocaran á mí y á usted no. Porque aquí me están calentando las
orejas con esa historia, y francamente, me aflige oirme tratar como un
Judas sin conciencia. (Con noble acento.) Yo, Sr. D. Ramón, me he
portado lealmente. Si he tenido la desgracia de ir por delante de otros,
no es culpa mía. ¿Sabe usted lo que yo haría ahora?... y que me muera si
no digo verdad. Pues cederle á usted mi plaza.»
--Si nadie habla del asunto--replicó Villaamil con serenidad, que
obtenía violentándose cruelmente.--¡Colocarme á mí! ¿Crees que alguien
piensa en tal cosa? Ha pasado lo natural y lógico. Tú tienes allá... no
sé dónde... buenos padrinos ó madrinas... Yo no tengo á nadie... Que te
aproveche.
Cerró la puerta de su despacho, dejando en el pasillo á Víctor, algo
confuso y con una respuesta entre labio y labio, que no se atrevió á
soltar. Aun quiso engatusar á doña Pura en el comedor, tratando de
rendir su ánimo con expresiones servilmente cariñosas. «¡Qué desgracia
tan grande, Dios mío, no ser comprendido! Me consumo por esta familia,
me sacrifico por ella, hago mías sus desgracias y suyos mis escasos
posibles, y como si nada. Soy y seré siempre aquí un huésped molesto y
un pariente maldito. Paciencia, paciencia».
Dijo esto con afectación hábil, en el momento de sacar papel y
disponerse á escribir sobre la mesa del comedor. Ausentarse vió ante sí
á su cuñada, de pié y mirándole, sosteniendo la barba entre los dedos
de la mano derecha, actitud atenta, pensativa y cariñosa semejante,
salva la belleza, á la de la célebre estatua de Polimnia en el grupo
antiguo de las Musas. No era preciso ser lince para leer en las pupilas
y expresión de la insignificante estas ó parecidas reconvenciones:
«¿Pero qué haces ahí sin atenderme? ¿No sabes que soy la única persona
que te ha comprendido? Vuélvete hacia mí, y no hagas caso de los
demás,.. Estoy aguardándote desde anoche, ¡ingrato!, y tú tan distraído.
¿Qué se hicieron tus planes de escapatoria? Estoy pronta... Me iré con
lo puesto».
Al verla en tal actitud y al leer en sus ojos la reconvención, cayó
Víctor en la cuenta de que estaba en descubierto con ella. Maldito si
desde la noche anterior se había vuelto á acordar del paso de la
escalera, y si lo recordaba era como un hecho baladí, cual humorada
estudiantil sin consecuencias para la vida. Su primera impresión, al
despertarse la memoria, fué de disgusto, cual si recordase la precisión
impertinente de pagar una visita de puro cumplido. Pero al instante
compuso la fisonomía, que para cada situación tenía una hermosa máscara
en el variado repertorio de su histrionismo moral; y cerciorándose de
que no andaba por allí su suegra, puso una cara muy tierna, miró al
techo, después á su cuñada, y entre ambos se cruzaron estas breves
cláusulas:
--Vida mía, tengo que hablarte... ¿dónde y cuándo?
--Esta tarde... en las Comendadoras... á las seis.
Y nada más. Abelarda se escapó á arreglar la sala, y Víctor se puso á
escribir, arrojando con desdén la careta y pensando de este modo: «La
chiflada ésta quiere saber cuándo tocan á perderse... ¡Ah!... pues si tú
lo cataras... Pero no lo catarás».