III

Al entrar en la calle de la Puebla, iba ya Cadalsito tan fatigado que,

para recobrar las fuerzas, se sentó en el escalón de una de las tres

puertas con rejas que tiene en dicha calle el convento de Don Juan de

Alarcón. Y lo mismo fué sentarse sobre la fría piedra, que sentirse

acometido de un profundo sueño... Más bien era aquello como un

desvanecimiento, no desconocido para el chiquillo, y que no se

verificaba sin que él tuviera conciencia de los extraños síntomas

precursores. «¡Contro!--pensó muy asustado,--me va á dar aquello... me

va á dar, me da...» En efecto, á Cadalsito _le daba_ de tiempo en tiempo

una desazón singularísima, que empezaba con pesadez de cabeza, sopor,

frío en el espinazo, y concluía con la pérdida de toda sensación y

conocimiento. Aquella noche, en el breve tiempo transcurrido desde que

se sintió desfallecer hasta que se le nublaron los sentidos, se acordó

de un pobre que solía pedir limosna en aquel mismo escalón en que él

estaba. Era un ciego muy viejo, con la barba cana, larga y amarillenta,

envuelto en parda capa de luengos pliegues, remendada y sucia, la cabeza

blanca, descubierta, y el sombrero en la mano, pidiendo sólo con la

actitud y sin mover los labios. Á Luis le infundía respeto la venerable

figura del mendigo, y solía echarle en el sombrero algún céntimo, cuando

lo tenía de sobra, lo que sucedía muy contadas veces.

Pues como iba diciendo, cayó el pequeño en su letargo, inclinando la

cabeza sobre el pecho, y entonces vió que no estaba solo. Á su lado se

sentaba una persona mayor. ¿Era el ciego? Por un instante creyó Luis que

sí, porque tenía barba espesa y blanca, y cubría su cuerpo con una capa

ó manto... Aquí empezó Cadalso á observar las diferencias y semejanzas

entre el pobre y la persona mayor, pues ésta veía y miraba y sus ojos

eran como estrellas, al paso que la nariz, la boca y frente eran

idénticas á las del mendigo, la barba del mismo tamaño, aunque más

blanca, muchísimo más blanca. Pues la capa era igual y también

diferente; se parecía en los anchos pliegues, en la manera de estar el

sujeto envuelto en ella; discrepaba en el color, que Cadalsito no podía

definir. ¿Era blanco, azul ó qué demonches de color era aquél? Tenía

sombras muy suaves, por entre las cuales se deslizaban reflejos

luminosos como los que se filtran por los huecos de las nubes. Luis

pensó que nunca había visto tela tan bonita como aquélla. De entre los

pliegues sacó el sujeto una mano blanca, preciosísima. Tampoco había

visto nunca Luis mano semejante, fuerte y membruda como la de los

hombres, blanca y fina como la de las señoras... El sujeto aquél,

mirándole con paternal benevolencia, le dijo:--¿No me conoces? ¿No sabes

quién soy?

Luisito le miró mucho. Su cortedad de genio le impedía responder.

Entonces el señor misterioso, sonriendo como los obispos cuando

bendicen, le dijo:--Yo soy Dios. ¿No me habías conocido?

Cadalsito sintió entonces, además de la cortedad, miedo, y apenas podía

respirar. Quiso envalentonarse mostrándose incrédulo, y con gran

esfuerzo de voz pudo decir:--¿Usted Dios, usted?... Ya quisiera...

Y la aparición, pues tal nombre se le debe dar, indulgente con la

incredulidad del buen Cadalso, acentuó más la sonrisa cariñosa,

insistiendo en lo dicho:--Sí, soy Dios. Parece que estás asustado. No me

tengas miedo. Si yo te quiero, te quiero mucho...

Luis empezó á perder el miedo. Se sentía conmovido y con ganas de

llorar.

--Ya sé de dónde vienes--prosiguió la aparición.--El señor de Cucúrbitas

no os ha dado nada esta noche. Hijo, no siempre se puede. Lo que él

dice, ¡hay tantas necesidades que remediar!...

Cadalsito dió un gran suspiro para activar su respiración, y contemplaba

al hermoso anciano, el cual, sentado, apoyando el codo en la rodilla y

la barba resplandeciente en la mano, ladeaba la cabeza para mirar al

chiquitín, dando, al parecer, mucha importancia á la conversación que

con él sostenía:--Es preciso que tú y los tuyos tengáis paciencia, amigo

Cadalsito, mucha paciencia.

Luis suspiró con más fuerza, y sintiendo su alma libre de miedo y al

propio tiempo llena de iniciativas, se arrancó á decir esto:--¿Y cuándo

colocan á mi abuelo?

La excelsa persona que con Luisito hablaba dejó un momento de mirar á

éste, y fijando sus ojos en el suelo, parecía meditar. Después volvió á

encararse con el pequeño, y suspirando, ¡también él suspiraba!,

pronunció estas graves palabras:--Hazte cargo de las cosas. Para cada

vacante hay doscientos pretendientes. Los Ministros se vuelven locos y

no saben á quién contentar. Tienen tantos compromisos, que no sé yo cómo

viven los pobres. Paciencia, hijo, paciencia, que ya os caerá la

credencial cuando salte una ocasión favorable... Por mi parte, haré

también algo por tu abuelo... ¡Qué triste se va á poner esta noche

cuando reciba esa carta! Cuidado no la pierdas. Tú eres un buen chico.

Pero es preciso que estudies algo más. Hoy no te supiste la lección de

Gramática. Dijiste tantos disparates, que la clase toda se reía, y con

muchísima razón. ¿Qué vena te dió de decir que el _participio expresa la

idea del verbo en abstracto_? Lo confundiste con el _gerundio_, y luego

hiciste una ensalada de los _modos_ con los _tiempos_. Es que no te

fijas, y cuando estudias estás pensando en las musarañas...

Cadalsito se puso muy colorado, y metiendo sus dos manos entre las

rodillas, se las apretó.

--No basta que seas formal en clase; es menester que estudies, que te

fijes en lo que lees y lo retengas bien. Si no, andamos mal; me enfado

contigo, y no vengas luego diciéndome que por qué no colocan á tu

abuelo... Y así como te digo esto, te digo también que tienes razón en

quejarte de _Posturitas_. Es un ordinario, un mal criado, y ya le

restregaré yo una guindilla en la lengua cuando vuelva á decirte _Miau_.

Por supuesto que esto de los motes debe llevarse con paciencia; y cuando

te digan _Miau_, tú te callas y aguantas. Cosas peores te pudieran

decir.

Cadalsito estaba muy agradecido, y aunque sabía que Dios está en todas

partes, se admiraba de que estuviese tan bien enterado de lo que en la

escuela ocurría. Después se lanzó á decir:

--¡Contro, si yo le cojo!...

--Mira, amigo Cadalso--le dijo su interlocutor con paternal

severidad,--no te las eches de matón, que tú no sirves para pelearte

con tus compañeros. Son ellos muy brutos. ¿Sabes lo que haces? Cuando te

digan _Miau_, se lo cuentas al maestro, y verás como éste pone á

_Posturitas_ en cruz media hora.

--Vaya que si lo pone... y aunque sea una hora.

--Ese nombre de _Miau_ de lo encajaron á tu abuela y tías en el paraíso

del Real, es á saber, porque parecen propiamente tres gatitos. Es que

son ellas muy relamidas. El mote tiene gracia.

Sintió Luis herida su dignidad; pero no dijo nada.

--Ya sé que esta noche van también al Real--añadió la aparición.--Hace

un rato les ha llevado ese Ponce los billetes. ¿Por qué no les dices tú

que te lleven? Te gustaría mucho la ópera. ¡Si vieras qué bonita es!

--No me quieren llevar... ¡bah!... (desconsoladísimo). Dígaselo usted.

Aun cuando á Dios se le dice _tú_ en los rezos, á Luis le parecía

irreverente, _cara á cara_, tratamiento tan familiar.

--¿Yo? No quiero meterme en eso. Además, esta noche han de estar todos

de muy mal temple. ¡Pobre abuelito tuyo! Cuando abra la carta... ¿La has

perdido?

--No, señor, la tengo aquí--dijo Cadalso, sacándola.--¿La quiere usted

leer?

--No, tontín. Si ya sé lo que dice... Tu abuelo pasará un mal rato; pero

que se conforme. Están los tiempos muy malos, muy malos...

La excelsa imagen repitió dos ó tres veces el _muy malos_, moviendo la

cabeza con expresión de tristeza; y desvaneciéndose en un instante,

desapareció. Luis se restregaba los ojos, se reconocía despierto y

reconocía la calle. Enfrente vió la tienda de cestas en cuya muestra

había dos cabezas de toro, con jeta y cuernos de mimbre; juguete

predilecto de los chicos de Madrid. Reconoció también la tienda de

vinos, el escaparate con botellas; vió en los transeúntes _personas

naturales_, y á _Canelo_, que á su lado seguía, le tuvo por verídico

perro. Volvió á mirar á su lado buscando un rastro de la maravillosa

visión, pero no había nada. «Es que me dió _aquéllo_--pensó Cadalsito,

no sabiendo definir lo que le daba;--pero me ha dado de otra manera».

Cuando se levantó tenía las piernas tan débiles, que apenas se podía

sostener sobre ellas. Se palpó la ropa, temiendo haber perdido la carta;

pero la carta seguía en su sitio. ¡Contro!, otras veces le había dado

aquel desmayo, pero nunca había visto personajes tan... tan... no sabía

cómo decirlo. Y que le vió y le habló, no tenía duda. ¡Vaya con el

_Señorón_ aquél!... ¡Si sería el Padre Eterno en _vida natural!_... ¡Si

sería el anciano ciego que le quería dar un bromazo!...

Pensando de este modo, dirigióse Luis á su casa con toda la prisa que

la flojedad de sus piernas le permitía. La cabeza se le iba, y el frío

del espinazo no se le quitaba andando. _Canelo_ parecía muy

preocupado... ¡Si habría visto también algo!... ¡Lástima que no pudiese

hablar para que atestiguara la verdad de la visión maravillosa! Porque

Luis recordaba que, durante el coloquio, Dios acarició dos ó tres veces

la cabeza de _Canelo_, y que éste le miraba sacando mucho la lengua...

Luego _Canelo_ podría dar fe...

Llegó por fin á su casa, y como le sintieran subir, Abelarda le abrió la

puerta antes de que llamara. Su abuelo salió ansioso á recibirle, y el

niño, sin decir una palabra, puso en sus manos la carta. Don Ramón fué

hacia el despacho, palpándola antes de abrirla, y en el mismo instante

doña Para llamó á Luis para que fuera á comer, pues la familia estaba ya

concluyendo. No le habían esperado porque tardaba mucho, y las señoras

tenían que irse al teatro de prisa y corriendo, para coger un buen

puesto en el paraíso antes de que se agolpara la gente. En dos platos

tapados, uno sobre otro, le habían guardado al nieto su sopa y cocido,

que estaban ya fríos cuando llegó á catarlos; mas como su hambre era

tanta, no reparó en la temperatura.

Estaba doña Pura atando al pescuezo de su nieto la servilleta de tres

semanas, cuando entró Villaamil á comer el postre. Su cara tomaba

expresión de ferocidad sanguinaria en las ocasiones aflictivas, y aquel

bendito, incapaz de matar una mosca, cuando le amargaba una pesadumbre

parecía tener entre los dientes carne humana cruda, sazonada con acíbar

en vez de sal. Sólo con mirarle comprendió doña Pura que la carta había

venido _in albis_. El infeliz hombre empezó á quitar maquinalmente las

cáscaras á dos nueces resecas que en el plato tenía. Su cuñada y su hija

le miraban también, leyendo en su cara de tigre caduco y veterano la

pena que interiormente le devoraba. Por poner una nota alegre en cuadro

tan triste, Abelarda soltó esta frase:--Ha dicho Ponce que la ovación de

esta noche será para la Pellegrini.

--Me parece una injusticia--afirmó doña Pura con sus cinco sentidos--que

se quiera humillar á la Scolpi Rolla, que canta su parte de Amneris muy

á conciencia. Verdad que sus éxitos los debe más al buen palmito y á que

enseña las piernas. Pero la Pellegrini con tantos humos no es ninguna

cosa del otro jueves.

--Calla, mujer--indicó Milagros doctoralmente.--Mira que la otra noche

_dijo_ el _fuggi fuggi, tu sei perdutto_ como no lo hemos oído desde los

tiempos de Rossina Penco. No tiene más sino que bracea demasiado, y,

francamente, la ópera es para cantar bien, no para hacer gestos.

--Pero no nos descuidemos--dijo Pura.--En noches así, el que se

descuida se queda en la escalera.

--¡Quiá!... ¿Pero no creéis que Guillén ó los chicos de Medicina nos

guardarán los asientos?

--No hay que fiar... Vámonos, no nos pase lo de la otra noche, ¡Dios

mío!, que si no es por aquellos muchachos tan finos, los de Farmacia,

¿sabes?, nos quedamos en la puerta como unas pasmarotas.

Villaamil, que nada de esto oía, se comió un higo pasado, creo que

tragándolo entero, y fué hacia su despacho con paso decidido, como quien

va á hacer una atrocidad. Su mujer le siguió, y cariñosa le dijo:--¿Qué

hay? ¿Es que esa nulidad no te ha mandado nada?

--Cero--replicó Villaamil con voz que parecía salir del centro de la

tierra.--Lo que yo te decía, se ha cansado. No se puede abusar un día y

otro día... Me ha hecho tantos favores, tantos, que pedir más es

temeridad. ¡Cuánto siento haberle escrito hoy!

--¡Bandido!--exclamó iracunda la señora, que solía dar esta denominación

y otras peores á los amigos que se ladeaban para evitar el sablazo.

--Bandido no--declaró Villaamil, que ni en los momentos de mayor

tribulación se permitía ultrajar al _contribuyente_.--Es que no siempre

se está en disposición de socorrer al prójimo. Bandido, no. Lo que es

ideas no las tiene ni las ha tenido nunca; pero eso no quita que sea

uno de los hombres más honrados que hay en la Administración.

--Pues no será tanto (con enfado impertinente), cuando le luce el pelo

como le luce. Acuérdate de cuando fué compañero tuyo en la Contaduría

Central. Era el más bruto de la oficina. Ya se sabía; descubierta una

barbaridad, todos decían: «Cucúrbitas». Después, ni un día cesante, y

siempre para arriba. ¿Qué quiere decir esto? Que será muy bruto, pero

que entiende mejor que tú la aguja de marear. ¿Y crees que no se hace

pagar á tocateja el despacho de los expedientes?

--Cállate, mujer.

--¡Inocente!... Ahí tienes por lo que estás como estás, olvidado y en la

miseria; por no tener ni pizca de trastienda y ser tan devoto de _San

Escrúpulo bendito_. Créeme, eso ya no es honradez, es sosería y necedad.

Mírate en el espejo de Cucúrbitas; él será todo lo melón que se quiera,

pero verás cómo llega á Director, quizás á Ministro. Tú no serás nunca

nada, y si te colocan, te darán un pedazo de pan, y siempre estaremos lo

mismo (acalorándose). Todo por tus gazmoñerías, porque no te haces

valer, porque _fray modesto_ ya sabes que no llegó nunca á ser guardián.

Yo que tú, me iría á un periódico y empezaría á vomitar todas las

picardías que sé de la Administración, los enjuagues que han hecho

muchos que hoy están en candelero. Eso, cantar claro, y caiga el que

caiga... desenmascarar á tanto pillo... Ahí duele. ¡Ah! entonces verías

cómo les faltaba tiempo para colocarte; verías cómo el Director mismo

entraba aquí, sombrero en mano, á suplicarte que aceptaras la

credencial.

--Mamá, que es tarde--dijo Abelarda desde la puerta, poniéndose la

toquilla.

--Ya voy. Con tantos remilgos, con tantos miramientos como tú tienes,

con eso de llamarles á todos _dignísimos_, y ser tan delicado y tan de

ley que estás siempre montado al aire como los brillantes, lo que

consigues es que te tengan por un cualquiera. Pues sí (alzando el

grito), tú debías ser ya Director, como esa es luz, y no lo eres por

mandria, por apocado, porque no sirves para nada, vamos, y no sabes

vivir. No; si con lamentos y con suspiros no te van á dar lo que

pretendes. Las credenciales, señor mío, son para los que se las ganan

enseñando los colmillos. Eres inofensivo, no muerdes, ni siquiera

ladras, y todos se ríen de ti. Dicen: «¡Ah, Villaamil, qué honradísimo

es! ¡Oh! el empleado _probo_...» Yo, cuando me enseñan un _probo_, le

miro á ver si tiene los codos de fuera. En fin, que te caes de honrado.

Decir honrado, á veces es como decir ñoño. Y no es eso, no es eso. Se

puede tener toda la integridad que Dios manda, y ser un hombre que mire

por sí y por su familia...

--Déjame en paz--murmuró Villaamil desalentado, sentándose en una silla

y derrengándola.

--Mamá--repetía la señorita, impaciente.

--Ya voy, ya voy.

--Yo no puedo ser sino como Dios me ha hecho--declaró el infeliz

cesante.--Pero ahora no se trata de que yo sea así ó asado; trátase del

pan de cada día, del pan de mañana. Estamos como queremos, sí... Tenemos

cerrado el horizonte por todas partes. Mañana...

--Dios no nos abandonará--dijo Pura intentando robustecer su ánimo con

esfuerzos de esperanza, que parecían pataleos de náufrago.--Estoy tan

acostumbrada á la escasez, que la abundancia me sorprendería y hasta me

asustaría... Mañana...

No acabó la frase ni aun con el pensamiento. Su hija y su hermana le

daban tanta prisa, que se arregló apresuradamente. Al envolverse en la

cabeza la toquilla azul, dió esta orden á su marido: «Acuesta al niño.

Si no quiere estudiar, que no estudie. Bastante tiene que hacer el

pobrecito, porque mañana supongo que saldrá á repartirte dos arrobas de

cartas».

El buen Villaamil sintió un gran alivio en su alma cuando las vió salir.

Mejor que su familia le acompañaba su propia pena, y se entretenía y

consolaba con ella mejor que con las palabras de su mujer, porque su

pena, si le oprimía el corazón, no le arañaba la cara, y doña Pura, al

cuestionar con él, era toda pico y uñas toda.

Miau · 第 8 / 49 题