--¡Colocarme!--exclamó Villaamil poniendo toda su alma en una palabra.
Sus manos, después de andar un rato por encima de la cabeza, cayeron
desplomadas sobre los brazos del sillón. Cuando esto se verificó, ya
doña Pura no estaba allí, pues había salido con la carta, y llamó desde
la escalera á su nieto, que estaba en la portería.
Ya eran cerca de la seis cuando Luis salió con el encargo, no sin volver
á hacer escala breve en el escritorio de los memorialistas. «Adiós, rico
mío--le dijo Paca besándole.--Ve prontito para que vuelvas á la hora de
comer. (Leyendo el sobre.) Pues digo... no es floja caminata, de aquí á
la calle del Amor de Dios. ¿Sabes bien el camino? ¿No te perderás?»
¡Qué se había de perder, ¡contro!, si más de veinte veces había ido á la
casa del señor de Cucúrbitas y á las de otros caballeros con recados
verbales ó escritos! Era el mensajero de las terribles ansiedades,
tristezas é impaciencias de su abuelo; era el que repartía por uno y
otro distrito las solicitudes del infeliz cesante, implorando una
recomendación ó un auxilio. Y en este oficio de peatón adquirió tan
completo saber topográfico, que recorría todos los barrios de la Villa
sin perderse; y aunque sabía ir á su destino por el camino más corto,
empleaba comúnmente el más largo, por costumbre y vicio de paseante ó
por instintos de observador, gustando mucho de examinar escaparates, de
oir, sin perder sílaba, discursos de charlatanes que venden elixires ó
hacen ejercicios de prestidigitación. Á lo mejor, topaba con un mono
cabalgando sobre un perro ó manejando el molinillo de la chocolatera lo
mismito que una _persona natural;_ otras veces era un infeliz oso
encadenado y flaco, ó italianos, turcos, moros falsificados que piden
limosna haciendo cualquiera habilidad. También le entretenían los
entierros muy lucidos, el riego de las calles, la tropa marchando con
música, el ver subir la piedra sillar de un edificio en construcción, el
Viático con muchas velas, los encuartes de los tranvías, el trasplantar
árboles y cuantos accidentes ofrece la vía pública.
--Abrígate bien--le dijo Paca besándole otra vez y envolviéndole la
bufanda en el cuello.--Ya podrían comprarte unos guantes de lana. Tienes
las manos heladitas, y con sabañones, ¡Ah, cuánto mejor estarías con tu
tía Quintina! ¡Vaya, un beso á Mendizábal, y hala! _Canelo_ irá
contigo.
De debajo de la mesa salió un perro de bonita cabeza, las patas cortas,
la cola enroscada, el color como de barquillo, y echó á andar gozoso
delante de Luis. Paca salió tras ellos á la puerta, les miró alejarse, y
al volver á la estrecha oficina, se puso á hacer calceta, diciendo á su
marido: «¡Pobre hijo! Me le traen todo el santo día hecho un carterito.
El sablazo de esta tarde va contra el mismo sujeto de estos días. ¡La
que le ha caído al buen señor! Te digo que estos Villaamiles son peores
que la filoxera. Y de seguro que esta noche las tres _lambionas_ se irán
también de pindongueo al teatro y vendrán á las tantas de la noche.
--Ya no hay cristiandad en las familias--dijo Mendizábal grave y
sentenciosamente.--Ya no hay más que suposición.
--Y que no deben nada en gracia de Dios (meneando con furor las agujas).
El carnicero dice que ya no les fía más aunque le ahorquen; el frutero
se ha plantado, y el del pan lo mismo... Pues si esas muñeconas supieran
arreglarse y pusieran todos los días, si á mano viene, una cazuela de
patatas... Pero, Dios nos libre... ¡Patatas ellas! ¡pobrecitas! El día
que les cae algo, aunque sea de limosna, ya las tienes dándose la gran
vida y echando la casa por la ventana. Eso sí, en arreglar los trapitos
para suponer no hay quien les gane. La doña Pura se pasa toda la mañana
de Dios enroscándose las greñas de la frente, y la doña Milagros le ha
dado ya cuatro vueltas á la tela de aquella eternidad de vestido, color
de mostaza para sinapismos. Pues digo, la antipática de la niña no para
de echar medias suelas al sombrero, poniéndole cintas viejas, ó alguna
pluma de gallina ó un clavo de cabeza dorada de los que sirven para
colgar láminas.
--Suposición de suposiciones... Consecuencias funestas del
materialismo--dijo Mendizábal, que solía repetir las frases del
periódico á que estaba suscrito.--Ya no hay modestia, ya no hay
sencillez de costumbres. ¿Qué se hizo de aquella pobreza honrada de
nuestros padres, de aquella... (no recordando lo demás) de aquella,
pues... como quien dice?...
--Pues el pobre D. Ramón, cuando cierre el ojo, se irá derecho al cielo.
Es un santo y un mártir. Créete que si yo le pudiera colocar, le
colocaba ¡Me da una lástima! Con aquellas miradas que echa parece que se
va á comer á la gente, ¡pobre señor!, y se la comería á una, no por
maldad, sino por puras hambres (clavándose en el pelo la cuarta aguja).
Da miedo verle. Yo no sé cómo el señor Ministro, cuando le ve entrar en
las oficinas, no se muere de miedo y le coloca por perderle de vista.
--Villaamil--dijo Mendizábal con suficiencia--es un hombre honrado, y
el Gobierno de ahora es todo de pillos. Ya no hay honradez, ya no hay
cristiandad, ya no hay justicia. ¿Qué os lo que hay? Ladronicio,
irreligiosidad, desvergüenza. Por eso no le colocan, ni le colocarán
mientras no venga el único que puede traer la justicia. Yo se lo digo
siempre que pasa por aquí y se para en el portal á echar un párrafo
conmigo: «No le dé usted vueltas, D. Ramón, no le dé usted vueltas. De
todo tiene la culpa la libertad de cultos. Porque ínterin tengamos
racionalismo, mi señor don Ramón, ínterin no sea aplastada la cabeza de
la serpiente, y... (perdiendo el hilo de la frase y no sabiendo ya por
dónde andaba) y en tanto que... precisamente... quiero decir, digo...
(cortando por lo sano). ¡Ya no hay cristiandad!
Entretanto, Luisito y Canelo recorrían parte de la calle Ancha y
entraban por la del Pez, siguiendo su itinerario. El perro, cuando se
separaba demasiado, deteníase mirando hacia atrás, la lengua de fuera.
Luis se paraba á ver escaparates, y á veces decía á su compañero esto ó
cosa parecida: «_Canelo_, mira qué trompetas tan bonitas». El animal se
ponía en dos patas, apoyando las delanteras en el borde del escaparate;
pero no debían de ser para él muy interesantes las tales trompetas,
porque no tardaba en seguir andando. Por fin llegaron á la calle del
Amor de Dios. Desde cierta ocasión en que _Canelo_ tuvo unos ladridos
con otro perro, inquilino en la casa de Cucúrbitas, adoptó el
temperamento prudente de no subir y esperar en la calle á su amigo. Éste
subió al segundo, donde el incansable protector de su abuelo vivía; y el
criado que le abrió la puerta púsole aquella noche muy mala cara. «El
señor no está». Pero Luisito, que tenía instrucciones de su abuelo para
el caso de hallarse ausente la víctima, dijo que esperaría. Ya sabía que
á las siete, infaliblemente, iba á comer el señor D. Francisco
Cucúrbitas. Sentóse el chico en el banco del recibimiento. Los pies no
le llegaban al suelo, y los balanceaba como para hacer algo con qué
distraer el fastidio de aquel largo plantón. El perchero, de pino
imitando roble viejo, con ganchos dorados para los sombreros, su espejo
y los huecos para los paraguas, le había producido en otro tiempo gran
admiración; pero ya le era indiferente. No así el gato, que de la parte
interior de la casa solía venir á enredar con él. Aquella noche debía de
estar ocupado el micho, porque no aportó por el recibimiento; pero en
cambio vió Luis á las niñas de Cucúrbitas, que eran simpáticas y
graciosas. Solían acercarse á él, mirándole con lástima ó con desdén,
pero nunca le habían dicho una palabra halagüeña. La señora de
Cucúrbitas, que á Luis le parecía, por lo gruesa y redonda, una
imitación humana del elefante _Pizarro_, tan popular entonces entre los
niños de Madrid, solía también dejarse rodar por allí, y ya conocía bien
Cadalsito sus pasos lentos y pesados. La señora llegaba al ángulo que el
pasillo de la derecha formaba con el recibimiento, y desde aquel punto
miraba con recelo al mensajero. Después se internaba sin decirle una
palabra. Desde que el chico la sentía venir se levantaba rígido, como un
muñeco de resortes, recordando las lecciones de urbanidad que le había
dado su abuelo. «¿Cómo está usted?... ¿Cómo lo pasa usted?» Pero la mole
aquélla, rival en corpulencia de Paca la memorialista, no se dignaba
contestarle, y se alejaba haciendo estremecer el suelo, como la máquina
de apisonar que Luis había visto en las calles de Madrid.
Aquella noche fué muy tarde á comer el respetable Cucúrbitas. Observó el
nieto de Villaamil que las niñas estaban impacientes. La causa era que
tenían que ir al teatro y deseaban comer pronto. Por fin sonó la
campanilla, y el criado fué presuroso á abrir la puerta, mientras las
pollas, que conocían los pasos del papá y su manera de llamar, corrían
por los pasillos dando voces para que se sirviera la comida. Al entrar
el señor y ver á Luisín, dió á entender con ligera mueca su desagrado.
El niño se puso en pie, soltando el saludo como un tiro á boca de jarro,
y Cucúrbitas, sin contestarle, metióse en el despacho. Cadalsito,
aguardando á que el señor le mandara pasar, como otras veces, vió que
entraron las hijas dando prisa á su papá, y oyó á éste decir: «Al
momento voy... que saquen la sopa», y no pudo menos de considerar cuán
rica sopa sería aquella que á sacar iban. Esto pensaba, cuando una de
las señoritas salió del despacho y le dijo: «Pasa tú». Entró gorra en
mano, repitiendo su saludo, al cual se dignó al fin contestar D.
Francisco con paternal acento. Era un señor muy bueno, según opinión de
Luis, el cual, no entendiendo la expresión ligeramente ceñuda que tenía
en su cara lustrosa el próvido funcionario, se figuró que haría aquella
noche lo mismo que las demás. Cadalsito recordaba muy bien el trámite:
el señor de Cucúrbitas, después de leer la carta de Villaamil, escribía
otra ó, sin escribir nada, sacaba de su cartera un billetito verde ó
encarnado, y metiéndolo en un sobre se lo daba y decía: «Anda, hijo; ya
estás despachado». También era cosa corriente sacar del bolsillo duros ó
pesetas, hacer un lío y dárselo, acompañando su acción de las mismas
palabras de siempre, con esta añadidura: «Ten cuidado, no lo pierdas ó
no te lo robe algún tomador. Mételo en el bolsillo del pantalón...
Así... guapo mozo. Anda con Dios».
Aquella noche, ¡ay!, en pie, delante de la mesa _de ministro_, observó
Luis que D. Francisco escribía una carta, frunciendo las peludas cejas,
y que la cerraba sin meter dentro billete ni moneda alguna. Notó también
el niño que al echar la firma, daba mi hombre un gran suspiro, y que
después le miraba á él con profundísima compasión.
--Que usted lo pase bien--dijo Cadalsito cogiendo la carta; y el buen
señor le puso la mano en la cabeza. Al despedirle, le dió dos perros
grandes, añadiendo á su acción generosa estas magnánimas palabras: «Para
que compres pasteles». Salió el chico tan agradecido... Pero por la
escalera abajo le asaltó una idea triste: «Hoy no lleva nada la carta».
Era, en efecto, la primera vez que salía de allí con la carta vacía. Era
la primera vez que D. Francisco le daba perros á él, para su bolsillo
privado y fomentar el vicio de comer bollos. En todo esto se fijó con la
penetración que le daba la precoz experiencia de aquellos mensajes.
«Pero ¡quién sabe!--dijo después con ideas sugeridas por su
inocencia;--puede que le diga que le colocan mañana...»
_Canelo_, que ya estaba impaciente, se le unió en la puerta. Se pusieron
ambos en camino, y en una pastelería de la calle de las Huertas compró
Luis dos bollos de á diez céntimos. El perro se comió uno y Cadalsito el
otro. Después, relamiéndose, apresuraron el paso, buscando la dirección
más corta por el mismo laberinto de calles y plazuelas, desigualmente
iluminadas y concurridas. Aquí mucho gas, allí tinieblas; acá mucha
gente; después soledad, figuras errantes. Pasaron por calles en que la
gente, presurosa, apenas cabía; por otras en que vieron más mujeres que
luces; por otras en que había más perros que personas.