XXVI

Del encuentro que tuvo _Asur_ con otro aristócrata, y de lo que

hablaron por señas previniendo su desencanto.

Consolado quedó el caballero con la visión de Cintia; pero su

alma seguía tropezando en las tristezas que bordan el camino de

la esperanza... El resto de aquel día y los siguientes, con sus

larguísimas noches, pasó divagando en salas desiertas, o en el jardín

de cristalinas flores sin aroma. Entre los fantasmas, duendes o

pececillos que eran sus aburridos consortes en el fluvial presidio

esmerilado, distinguió a unos cuantos, que a menudo se producían en el

mudo lenguaje mímico piscilógico. Y entre estos pocos, se singularizó

uno que le inspiraba simpatía cariñosa, y era más expresivo y más

inteligible que los demás. Aconteció que a los tantos o cuántos días

(la cifra de días se ignora), le tuvo ya por amigo, y entreteniéndose

ambos en el ejercicio de muecas, ojeadas y garatusas, empezó el cautivo

a iniciarse en el parloteo redomil: de allí a la posesión del tal

idioma no había ya más que un paso. Con entender al amigo y poder

contestarle repitiendo los signos que fácilmente se asimilaba, la vida

del caballero fue menos ingrata y sus horas menos soporíferas.

Llegaron a entablar larguísimas conversaciones, que el narrador se ve

obligado a reproducir, sin responder de su exactitud, por ser este caso

el más inverosímil y maravilloso de las aventuras del encantado Tarsis.

Sin dudar de la veracidad del reverendo franciscano descalzo que nos

ha transmitido aquellos interesantes coloquios, es deber del narrador

señalar el sin igual prodigio de que con signos o pucheros de la boca,

guiños de los ojos y algún meneo de las manos, se expresen hechos y

abstracciones que aun con todos los recursos del lenguaje oral, no

habrían de exteriorizarse fácilmente. Pero como ello cae debajo de la

desconocida ley de encantamiento o hechicería, forzoso será cerrar los

ojos y tragarlo todo, sin reparar en que pase por el gaznate alguna

ruedecilla de molino.

Lo primero que hizo entender a Gil el amigo y compañero de tediosa

esclavitud, fue que aquel recinto del quietismo acuático era comúnmente

la postrera etapa o estación del vía-crucis correccional. Bien

baqueteados llegaban allí los penitentes, con las voluntades bien

sacudidas y las entendederas abiertas a la razón. Allí se les daba la

última pasadita, el barniz que llamaban _cura del silencio_, soberano

remedio que atajaba el flujo de las palabras ociosas.

La estancia en aquel Limbo solía durar dos o tres años, y una vez

cursada la asignatura del buen callar, salían ya los caballeros en

disposición de volver al mundo. Protestó _Asur_ con airado gesto

de la duración de aquel lento suplicio; pero el amigo no tardó en

tranquilizarle, diciéndole que en la pecera sin ruido las leyes del

tiempo se regían por cómputos y divisiones distintas de las del mundo.

Lo que en este se llama un día, en la pecera era un mes lunario.

--De modo --añadió el informante--, que si tú, pongo por caso, te

duermes esta noche a las ocho en punto y despiertas a la misma hora de

mañana, puedes decir que has dormido veintisiete días, siete horas,

cuarenta y tres minutos y once segundos y medio.

Abriendo en todo su grandor ojos y boca, expresó Gil su admiración y

alegría. Y no era para menos, pues contados de aquel modo, dos años en

la pecera equivalían a veintiséis días solares. Más extraordinario que

esto era que tan complicada explicación se diese haciendo morritos con

los labios, enseñando ahora los dientes, ahora la lengua, y agregando

como elemento prosódico el punteado de las manos. No era lícito emplear

el alfabeto digital de sordomudos, ni podrían hacerlo los pececillos

aunque quisieran, pues al entrar en la redoma desconocían absolutamente

las letras, así por lo gráfico como por lo mímico... En una segunda

conversación, paseando entre arbustos de cristal, el amigo se excedió

en la confianza.

--Parece mentira --dijo con rapidísimas contracciones de boca y nariz--

que no me hayas conocido. Yo te conocí desde que entraste en la redoma.

Mírame bien, Carlos de Tarsis. ¿No te acuerdas de Pepe Azlor, Duque de

Ribagorza? (Gran dilatación de boca fue el signo de inteligencia del

caballero _Asur_.)

--Yo fui encantado antes que tú --prosiguió el pececillo-- por

desatinos y aberraciones que ahora no son del caso... Yo he corrido

como tú; yo he rodado como piedra que arrastran los ríos, y de tanto

correr y rodar, mi ser anguloso y cortante se ha pulimentado... Ya

estoy bien redondito... Como en nuestro cautiverio andante se nos

permite y aun se nos recomienda el amor que vigoriza nuestras almas,

yo... Antes te diré que me han tenido largo tiempo en la galería más

honda y más negra de una mina de carbón... Justo castigo a mi perversa

frivolidad... Hacinados como reses dormíamos los trabajadores en una

cuadra próxima a la mina, y en aquellos horrendos lugares conocí a una

linda muchacha, vendedora de aguardiente. Me enamoré de ella, y he

aquí que vivimos felices... y... En fin, que mi Cloris será, y no me

pesa, Duquesa de Ribagorza. Y ahora, dejo a un lado mis cosas y voy

a las tuyas, que de ellas tengo conocimiento por hallarme casi en el

punto de extinción de mi condena. Entre paréntesis, querido Tarsis, yo

saldré mañana... Sigo contándote, y dispensa mis digresiones... Tú te

enamoraste de una maestra de escuela: la seguiste, la robaste, y en

libre ayuntamiento con ella estuviste unos días... Desde aquellos días

al presente ha pasado un año...

No pudo contenerse _Asur, hijo del Victorioso_, y con boca y nariz,

ayudado de las flexibles manos, soltó este donoso parlamento:

--Anoche vi a mi mujer en un espejo que tenemos en la sala de

armaduras. No habló conmigo como la primera y segunda vez que nos

vimos. No hacía más que reír y reír del modo más gracioso. Llevaba en

brazos un niño chiquitín.

Y el otro le dijo:

--Tu mujer te ha dado descendencia, como a mí la mía. Eso nos

encontraremos al volver al mundo...

Viéndole caviloso y mohíno, le llevó al rincón más apartado del

jardín, para recatarse de los vagantes compañeros, y a solas cambiaron

las declaraciones más íntimas.

--Ya te lo he dicho: salgo mañana --murmuró Azlor, que en la suma

discreción no empleaba otro lenguaje que el de los ojos.

Y Gil replicó angustiado:

--¿Pero hasta cuándo ¡por vida de Merlín! me tendrá la Madre en este

presidio bobo? ¿Has hablado tú con ella?

--Sí --significó el otro--. Soy su pariente en décimo grado por la

rama de Aragón. Las confianzas que tiene conmigo no las tiene con

nadie... Aquí se nos presentó anoche. Yo dormía. Me despertó un ruido

de catarata... Salté, salí... Encontré a mi Señora en este mismo sitio

donde ahora estamos... Con interés vivo me preguntó por ti... contome

lo del alumbramiento de tu mujer, a quien tiene en grande estimación

por su talento y virtudes... Luego hacia ti resbaló la conversación...

Dice que eres de buen natural, con el grave defecto de arrebatarte

fácilmente. Te dará de alta cuando la _cura del silencio_ te haya

secado la vena del decir ocioso. Yo abogué por ti... Vaciló nuestra

Señora... Por fin, cediendo a mis ruegos, diome licencia para llevarte

mañana conmigo...

--¡Mañana!... ¡salgo mañana de esta redoma! --exclamó Gil, si exclamar

es abrir la boca extremando la elasticidad de los labios--. Tanta dicha

me trastorna, querido Azlor... No podré contener las ganas de alzar el

grito, de cantar un himno a la libertad...

--¡Silencio... por los clavos de Cristo, silencio! Sigue mi ejemplo,

querido Tarsis. Ya ves que soy muy callado.

--Ya lo veo.

--Condición precisa impuesta por la Madre: saldrás conmigo si poniendo

un punto en tu boca demuestras haber ganado borla de doctor en la

Facultad del buen callar... A esta triste morada vienen los que por

hablar demasiado ahogaron en océanos de palabras la voluntad y el

pensamiento de la vida hispánica. Casi todos los que ves aquí son

oradores... Hablaron mucho y no hicieron nada. Maestros son algunos

de la palabra altísona, fascinadores públicos, que con la magia

de su arte y la diversidad de sus retóricas convirtieron la torre

de la elocuencia en torre de Babel... Y el más notado de nuestros

compañeros, ese que llamas _el Conde de Orgaz_, tres veces fue dado

de alta, y otras tantas volvió acá, por reincidencia en el vicio que

le devora. No es propiamente orador, sino hablador. Su elocuencia

consiste en despotricar con gracia y facundia, refiriendo vida y

milagros de cuantas damas y caballeros hay en la Corte, y aderezando su

maledicencia con chistes sangrientos y reticencias traperas. Entiendo

yo que ese no se curará jamás. Por su vejez en cierto modo gloriosa

en el ciclo picaresco de nuestra raza, es el único a quien se concede

aquí el uso de los naipes. Se pasa los días sinódicos, que son meses,

haciendo solitarios...

--No quisiera verme en tan duros castigos --dijo Tarsis--; y para que

me saquen pronto de aquí, y no vuelvan a traerme, pondré en mi boca

cuantos puntos y puntadas sean menester... Da pena ver a estos que

fueron habladores convertidos en pececillos, sin otra señal de vida

que el ondear perenne en las curvas del cristal, sin otro lenguaje que

el abrir y cerrar de bocas, como un signo confesional de la religión

del bostezo... Ya rabio por salir... Dime cómo se sale y cómo cambiamos

de ropa, pues con este empaque pisciforme no podríamos volver al mundo

sin que nos apedrearan.

No fueron muy explícitos los informes que el caballero Azlor dio al

caballero Tarsis acerca de la salida de la reclusión. Primero dijo

que los absueltos eran sacados con un aparato de pesca; después, que

se escabullían subiéndose al techo de una de las habitaciones, o que

en la circular tapia cristalina del jardín había una puertecilla,

un torno, una trampa... La propia indeterminación se advierte en el

relato del fraile franciscano tan descalzo como erudito. El santo

varón quiere describir el cómo y dónde de la salida, y se hace un

lío... En un pasaje de su cronicón asegura que vio salir a muchos

con el traje fresco que usaba nuestro padre Adán en el Paraíso, y

en otro habla de que los echaban con un aparato de noria, vestidos

con la ropa que trajeron al entrar. Forzoso es prescindir de estas

referencias equívocas en lo accidental, y atenernos a las fundamentales

aseveraciones del reverendo; que si el tal dejó fama de _trolista_,

inventor de cuentos para la infancia, también la tuvo de gran teólogo y

comentador de los sagrados libros.

Bajo la fe y autoridad del religioso cronista, puede afirmarse que a

media mañana de un claro día (no hay indicación de fecha ni cosa que lo

valga) se encontraron Azlor y Tarsis fuera del cristalino palacio, y

que lo primero que se les vino a las mientes fue cambiar de ropa, pues

aún llevaban las sotanas de color purpúreo, de tela suave y escamosa.

El caballero Azlor propuso, con buen acuerdo, que se encaminaran a su

finca, camino de Añover de Tajo, donde fácilmente se limpiarían de

aquella piel ictínea, pues no era decente presentarse en el mundo como

escapados de un _aquarium_. Dicho y hecho. En tres cuartos de hora

llegaron a las posesiones de Azlor, donde hallaron abrigo, comodidad y

servidumbre hacendosa. Como ambos caballeros tenían la misma talla y

carnes, con ropa del uno se vistieron elegantemente los dos.

--Al cumplir mi condena --dijo el que ya no se llamaba Gil--, no me

sentiré dichoso si no logro complementar mi vida. Y te aseguro que me

estorban estos cuellos y esta corbata, y el traje todo que envuelve

mi humanidad. Cree que me siento celtíbero... Espero con ansiedad la

impresión que ha de causarme la gente que hace tiempo perdí de vista.

Sus ideas entiendo que han de parecerme extrañas y en pugna con las

mías.

--En igual situación me encuentro --replicó el otro--. Puedes

creer que me cargan los guantes. Me siento visigodo... Pero ya nos

arregostaremos, como se dice por allá... ¿Y qué hacemos ahora? La

Madre me ordenó que volvamos a nuestras viviendas, como si de ellas

hubiéramos salido ayer. En tu casa y la mía encontraremos lo que

dejamos, y nuestra ausencia no habrá sido notada. Esto excede al

desatino de los más locos ensueños; pero así ha de ser... quien

manda, manda. Vayamos a Madrid penetrándonos de que esto no es más

que un despertar, un abrir de ojos, que nos pone delante el mundo que

desapareció al cerrarlos por cansancio... o del sueño.

--Así es --dijo Tarsis, ya metidos los dos en el automóvil y corriendo

hacia la Sagra--. Pero fíjate en una cosa, Pepe. Lo primero que tenemos

que hacer, para que no se rían de nosotros, es enterarnos bien del

día en que vivimos. ¿En qué fecha estamos, en qué mes, en qué año? La

estación parece otoñal. Están rompiendo la tierra en los barbechos...

Por Dios, Pepe: pregúntale a tu _chauffeur_. Es ridículo no tener idea

del tiempo que hemos pasado en presidio.

--Ya buscaré yo un discreto modo de hacer la pregunta sin que

parezcamos tontos o desmemoriados insubstanciales --dijo Azlor--. Si he

de decirte la verdad, creo que no debemos preguntar nada, y esperar a

que la conversación corriente nos descifre el enigma.

--¡Pero el año, Pepe, el año...!

--Lo sabremos por los primeros almanaques que nos salgan al rostro...

Todos los años son iguales a un año cualquiera.

A medida que avanzaban hacia la Corte, en el cerebro de uno y otro

iban recobrando su casilla las ideas que dispersó el interregno vital.

Diríase que eran ideas proscriptas que volvían al hogar patrio. Esto

que ocurre cuando regresamos de un largo viaje, en aquel caso fue como

un despertar del ensueño a la realidad, lo que no siempre es grato.

Así lo pensaba el buen Tarsis, que se entristeció sintiendo entrar en

su memoria los nombres e imágenes de todos sus amigos y relaciones de

antaño, y viendo resurgir su anterior y nada meritoria existencia...

Arrastrados por la fogosa gasolina, pasaron como huracán por Illescas,

Torrejón de la Calzada, Parla, Getafe. Acortando marcha, hicieron su

entrada en Madrid por el puente de Toledo, y esquivaron la puerta y

calle del mismo nombre, torciendo por las Rondas en dirección de las

barriadas del Este... En la imaginación de Tarsis, todo lo que veía

se le representó como cosa despintada, como artificio que funcionaba

torpemente, como semblante triste mal embadurnado de alegría.

--¡Oh, Madrid, patria mía! --exclamó--. Con más gusto entré en Boñices.

El caballero encantado (cuento real... inverosí­mil) · 第 27 / 34 题