Cuéntase lo que le pasó al caballero en la redoma de peces, con otros
raros sucesos y visiones.
Con arranque de obediente fe se arrojó el caballero tras de la Madre,
y nadó un rato, luchando con la corriente... La distancia entre ambos
nadadores se alargó al poco rato. La Madre ondeaba gallardamente
sobre las aguas, metiéndose y sacándose con airosos meneos de pez o
de sirena... De pronto, Gil fue acometido de terror... La corriente
le envolvía; perdió la serenidad. Viendo a la Madre vencedora de las
inquietas aguas, cerca ya de la otra orilla, se tuvo por abandonado.
Quiso retroceder, con la esperanza de agarrarse a unas ramas de sauce
que colgaban no lejos del punto en que él se arrojara... ¡Horrible
momento! No podía nadar en ninguna dirección. Llamando a su garganta
toda la energía que le quedaba, gritó:
--Madre, Madre, me ahogo... Sálvame...
Pero la nereida iba ya lejos... Estaba de Dios, o de la Madre, que
_Asur, hijo del Victorioso_, no pereciese en el río, pues cuando mayor
era su apuro, vio venir un deforme bulto y oyó voces de aliento. El
bulto que hacia él navegaba era un barquichuelo, más bien balsa o
chalana. En ella iban dos hombres o monstruos marinos, que dirigían la
embarcación con una pértiga que apoyaban en el fondo.
--¡Eh, caballero! --gritó una voz marinera--: aguántese, que allá vamos.
Cuentan las historias conservadas en el archivo de los Franciscanos
Descalzos de Ocaña, que _Asur_ fue sacado del Tajo con un aparato de
pesca que llaman butrón... y que la chalana le transportó a la orilla
izquierda, donde fue arrojado como cuerpo exánime, y puesto boca abajo,
echó por esta considerable cantidad de agua. Hiciéronse cargo de él
unos hombres vestidos de túnicas rojas, que le llevaron a cuestas por
tierra cenagosa, hasta llegar a una casa que en su ingreso parecía de
labor, más adentro vivienda suntuosa de un rico hacendado campesino.
Por de pronto, metiéronle en un aposento donde había chimenea o cocina,
bien provista de lumbre que alimentaban troncos y raíces de olivo.
Frente a esta pusieron a Gil, que al dulce calor volvió de su asfixia;
y despojado de sus ropas viejas que se podían torcer, y fuertemente
sacudido de estrujones y friegas, le vistieron de nuevo con prendas
interiores finísimas. Luego le calentaron por dentro con un vino blanco
manchego que resucitaba a los difuntos, y el hombre se encontró en
la plenitud y goce de su ser. Llegó al colmo su sorpresa cuando los
benéficos hombres, que más bien parecían fantasmas, le endilgaron una
roja túnica de damasco como la que ellos gastaban... Los tragos de vino
desataron en Gil la locuacidad. Preguntó dónde estaba, y por qué le
vestían con aquel elegante ropón colorado. Pero los graves sujetos no
le respondieron palabra. Una sonrisa y el dedo en la boca eran, sin
duda, el lenguaje usual y corriente en aquella morada del buen callar.
Hallábase, pues, el asendereado caballero en una nueva esfera de la
vida de encantamiento, que de las anteriores se distinguía por la
mudanza de las formas de rusticidad y pobreza en formas de elegante
pulcritud. Un rato tardó en hacerse cargo de su indumentaria. De
medio cuerpo abajo, su empaque era calzón corto, media negra de seda,
zapato de charol con trabilla, al uso de clérigo presumido; en el
cuerpo, camisa de vuelillos y chaqueta de terciopelo con haldetas;
sobre todo esto, la túnica roja sujeta a la cintura con faja del mismo
color. Apenas hubo terminado de reconocer su atavío, los silenciosos
compañeros, vestidos como él, le guiaron por señas hacia otras
estancias amuebladas con ricos bargueños, tapices, credencias y otras
lindas antiguallas, que vagamente se distinguían a la tímida luz de
arcaicos velones.
Llegaron a un ancho comedor, con mesa dispuesta para magnífica cena
de veinte o más cubiertos. En la cabecera estaba sentada la Madre,
ya restituida en su soberana belleza y majestad. Quedó Gil pasmado
de verla, y no pudo contener las demostraciones de su respeto y
admiración. La dama, risueña, le impuso silencio llevándose el
dedo a la boca. Vestía túnica blanca de finísima tela con pliegues
estatuarios; adornaba su seno con frescas rosas coloradas y amarillas;
sus cabellos, recogidos con suprema elegancia, conservaban la nítida
blancura, y su rostro, de infinita belleza y gracia, era la imagen de
la dignidad concertada con dulce y afable alegría.
Sentose Gil en el sitio que le indicaron. Tres comensales había entre
él y la izquierda de la Madre. A la derecha de esta se sentaba un
caballero anciano, de faz noble y escuálida, de barba gris puntiaguda,
tipo tan exacto del Greco, que por un instante se dudaría si era real
o pintado. Su vestido en nada se diferenciaba del de los demás. La
mayor rareza de aquel recinto era que los comensales y los que servían
la mesa llevaban el mismo uniforme, ya descrito, de la roja sotana. En
aquel palacio del silencio no había criados ni señores. Todos, fuera de
la soberana Madre, eran lo mismo. Tan solo el prócer de macilenta faz
ostentaba cierto aire de indefinible principalía. Recordando el cuadro
del Greco, Gil le bautizó con el nombre de _Conde de Orgaz_.
La cena de que participó el caballero fue de la más genuina culinaria
española: especiosos guisos, estofados y pepitorias; frutas, miel entre
hojuelas, suplicaciones y cañutillos; vinos de Esquivias y Yepes. A la
Madre asistían dos servidores colocados tras ella: el uno era copero;
el otro le mudaba las viandas, y al terminar le sirvió el aguamanil.
Advirtió _Asur_ cierta modernización en el estilo de comer. Hacía los
platos, en la cola de la mesa, un maestresala que poseía la virtud
de adivinar la porción correspondiente al gusto y apetito de cada
uno. Como allí todo era contrario al orden natural de las cosas, los
comensales no hablaban, ni los cuchillos y tenedores de plata hacían
ruido alguno sobre la finísima porcelana de los platos... Acabose al
fin el mágico banquete, que Gil diputó como aparato dispuesto por el
sabio Merlín o por los mismos demonios.
Sin cháchara de sobremesa ni nada parecido, levantose la Madre, a
todos hizo afable reverencia, y se retiró por la puerta más próxima,
cuyo tapiz levantó el fantasma copero. Siguiola el _Conde de Orgaz_, y
otros que algo se asemejaban a creaciones del Greco por sus místicos
rostros... Desaparecida la Señora, se descompuso el comedor, hundiose
la mesa, voló la vajilla, extinguiéronse las luces, y los rojos duendes
se iban filtrando por las paredes sin decir _Jesús_ ni _buenas noches_.
Desconsolado y tristísimo quedó el buen Gil viendo que la Madre partía
sin decirle tan siquiera _por ahí te pudras, hijo_... Las interesantes
crónicas de Ocaña no entran en pormenores de cómo pasó el caballero la
noche, ni de sus atontados pasos en aquel laberinto. Solo consignan
que durmió en cama limpia y blanda, y que al siguiente día salió de su
estancia vestido con el propio uniforme que le endilgaron al sacarle
del río. En el comedor encontró abundante desayuno, y dos, tres o
cuatro compañeros de cautiverio que le hablaron con el puro lenguaje
de los ojos. A fuerza de aplicación, iba penetrando los secretos de
aquel extraño idioma... Ya comprendía los signos elementales... pronto
podría dar y recibir la expresión de las ideas más comunes... acabaría
por dominar la mágica sintaxis hasta sostener una conversación larga y
sutil.
Reconoció después el edificio, que era extensísimo, todo en planta
baja, y de estructura circular. Corriendo de sala en sala, se volvía
en veinte minutos al punto de partida. No se conocían allí las
escaleras, no se encontraba un solo peldaño. Los pasos no producían
ningún rumor sobre un suelo en que los baldosines lustrosos eran como
blanda y muda felpa... Andando, andando, salió el caballero a un
jardín, cuyo piso enteramente plano estaba exactamente al nivel del de
las habitaciones. Las plantas de aquel jardín parecían de cristal, y
sus lindas flores no exhalaban ni el más leve aroma. Ningún airecillo
las acariciaba. El ambiente era quieto y callado, de una opacidad
semejante al vapor de agua. Los términos lejanos se perdían en la
pesada atmósfera de agua y leche mezcladas. No había sol... La luz que
alumbraba el jardín y la casa era luz pasada por invisibles cedazos de
agua. También el jardín era circular, rodeando la casa. Lo limitaba,
por la parte contraria a esta, una lisa pared de esmerilada substancia
dura. Pensó Gil que aquel mágico recinto radicaba en las honduras del
Tajo, o era reproducción del que visitó don Quijote al descender a la
cueva de Montesinos.
Por entre los floridos arbustos del jardín vio Gil algunos compañeros
duendes, que aburridos vagaban sin formar grupos ni hablar unos
con otros. «O esto es una redoma de peces --se dijo-- y yo uno de
tantos pececillos colorados, o he descendido a un limbo de cartujos
pisciformes, erigido en aguas del Leteo.» Buscando alivio a su fastidio
inmenso, volvió del jardín a la casa, y recorriendo a la ventura las
habitaciones, pensaba que tal vez habría en alguna de ellas biblioteca
donde los peces pudieran engañar el pausado tiempo con lecturas
amenas. Vio trípticos, tapices, papeleras; libros no parecían en parte
alguna. Divagando fue a dar en una estancia recogida y misteriosa
situada en el centro del edificio, donde lucían armaduras en maniquíes,
panoplias bien surtidas de espadas y pistolones; y cuando examinaba con
ojos de aristócrata estas riquezas, resbalaron sus miradas hacia un
espejo, en el cual le sorprendieron resplandores extraños, seguidos de
un ir y venir de sombras o sombrajos que en la superficie del cristal
se movían. La distraída atención del caballero quedó presa en aquel
fenómeno, con la idea de que el espejo no reflejaba lo externo, sino
que a su cristal traía luces e imágenes de su propia interioridad
mágica... Estando en estas dudas o sospechas, advirtió que de las
oscilaciones de luz y sombra se determinaba una figura, y mirando,
mirando, toda el alma en los ojos, llegó a ver tan claro como la misma
realidad el rostro de Cintia.
Prorrumpió Gil en gritos de alegría llamando a su mujer, cual si
estuviera en la estancia próxima. En el cristal plantó sus dos manos
creyéndolo puerta vidriera que podía ceder al impulso. Pronto se hizo
cargo de que se hallaba en presencia de un fenómeno igual al de la casa
de Becerro en Madrid.
--¿Eres tú, mi Cintia --le dijo--; tú en persona, o eres pintura
mentirosa con que estos duendes rojos quieren burlarme?
--Yo soy --replicó ella con divina sonrisa, mostrando en completa
claridad su persona de medio cuerpo arriba--. No esperabas que nos
viéramos. Yo, sí. Hace días que me lo decía el corazón. No sé cómo
puede ser el que nos veamos... y que hablemos... Misterio es que
penetraremos algún día.
Y él exclamó:
--Por tu vida, Cintia, dime dónde estás, si lo sabes. Yo te juro que no
sé dónde estoy.
A lo que ella respondió con franca risa:
--Anoche, antes de dormirme, te vi dentro de una redoma de peces. Eras
un lindo pececillo rojo, y nadabas airosamente entre otros del mismo
color.
--Pues no veías más que la verdad; que si esto no es una pecera, es
cosa muy parecida. Para mí, que vivo en una encantada mansión en las
profundidades del Tajo. ¿Ves la funda colorada que me han puesto?
--Ya te veo, sí: estás muy guapo; y a mí, ¿me ves con mi vestidito de
percal y este delantal tan majo que me he hecho yo misma?
--Eres un sol de hermosura, Cintia de mi vida. Todas las diosas del
Olimpo son caricaturas comparadas contigo. Siento una pena horrible por
no poder abrazarte y darte mil besos. Pero no me has dicho... ¿Estás en
Sigüenza?
--Sí, hijo mío: ¿dónde querías que estuviese? Vivo, y vivo muy bien con
la madre de Regino, en el Colegio de San Antonio. Por cierto, Gil, que
debo desengañarte... Con pocas palabras limpiaré tu corazón de rencores
injustos. Atiende a lo que te digo: Regino es un caballero. Créelo
ciegamente... De su madre ¿qué puedo decirte? Cuantos elogios de ella
hiciera yo no llegarían a lo cierto. Vivo en completa tranquilidad, sin
otra pena que tu ausencia. El cariño y el respeto de todos me hacen
llevadera esta situación, que espero ver pronto terminada. Si en los
primeros días me molestó un poquito el enfadoso don Ramiro Gaitón,
Regino supo espantarle gallardamente, y el importuno señor ya no me
manda recados ni cartitas.
--¡Ay, Cintia del alma! ¡qué consuelo me das con lo que acabas de
decirme! No es consuelo tan solo: la vida me has dado. Creo en ti como
en Dios, y no necesito saber más para devolver a Regino mi estimación.
Otra cosa: vives tranquila y sin enojos; pero sobre tu alma pesará el
tiempo: tendrás días de plomo, horas de mortal fastidio...
--Así es, marido mío. Últimamente he combatido el tedio gracias a
unos cuantos niños de esta vecindad, con los cuales he formado una
escuelita, la más meritoria distracción que pudiera imaginar. Visitas
no vienen aquí, ni yo las admito. Pero de algunos días acá tengo un
entretenimiento y una compañía que son muy de mi agrado. Vas a verlo,
Gil. No quiero dilatar más la sorpresa que pensaba darte.
Diciendo esto miró al suelo la linda mujer, y en el mismo instante
saltó a su brazo, y del brazo al hombro, un vivaracho animalejo. Era la
ardilla de Cíbico.
--Mira, _niña_; mira al cristal: ¿no ves a Gil? --díjole Cintia
acariciándole el rabo.
Fijose el animal, y viendo lo que se le señalaba, hizo con las patitas
delanteras y el hocico unas muecas y garatusas muy monas, saludo al
amigo no visto en tanto tiempo.
Contestó Gil con risas y bromas cariñosas a la salutación de la
bestezuela, y luego quiso saber cómo había venido a tales manos. La
historia no podía ser más sencilla. Disputábanse una tarde dos monjitas
del Convento de Almazán sobre cuál tenía más derecho a jugar con la
ardilla. Una quiso arrebatarla tirándole de una pata; otra la cogió por
el pescuezo, y en esta porfía, el atormentado animalito mordió a una de
ellas en un dedo y le hizo sangre. Puso el grito en el cielo la monja
herida; alborotose la comunidad, dividiéndose en dos bandos clamorosos,
y para poner fin al escándalo, la madre Priora determinó cortar por
lo sano, regalando el cuerpo de discordia a un canónigo de Sigüenza
que aquel día fue a predicarles un sermón. Cargó el reverendo con el
bicho, y al regresar a su pueblo obsequió con él a una señora rica y
beata, de cuyas manos pasó a las de la madre de Regino. Los biógrafos
de Cíbico refieren que la tal dama santurrona, doña Ángela Conejo,
hermana de don León Conejo, escribano en Molina de Aragón, tenía
parentesco con Bartolo, y estaba al corriente de sus locos afanes en
busca de la preciosa _niña_. De aquí vino el depositarla en el Colegio
de San Antonio, mientras parecía _Corre-corre_, a su vez perdido en la
divagación mercantil por Brihuega o Cifuentes.
Contó Cintia estas menudencias a su marido, el cual se holgó mucho de
oírlas. Después de esto, propuso Gil a su mujer que aproximaran sus
caras al cristal, por una parte y otra, para besarse cuanto quisieran.
Pero intentado el contacto, no pudo realizarse porque el espejo era un
medio de comunicación telepática extraño a la física que conocemos
y gozamos en nuestra limitada ciencia. Cuando aproximaban al cristal
sus amantes bocas, las imágenes se desvanecían. Maldijeron ambos
la insuficiente virtud del sortilegio, y como Cintia manifestase,
dolorida, que a su fin tocaba la conferencia (sabíalo por la íntima
voz del alma, que en aquellas vegadas era la inspiración de todos sus
pensamientos), no quiso Gil que las imágenes se borraran sin hacer a la
de Cintia esta advertencia importante:
--Si Regino, si cualquiera otra persona te dijese que me han fusilado,
no lo creas. Vivo estoy, alma mía. Me pasaron por las armas... pero
como si no... ¿No lo entiendes? Yo tampoco... Ya te lo explicaré.
¡Ay, cuándo acabará esta vida prisionera, esta vida de purgatorio,
desencajada de la vida común!
--Ya se acerca el fin, ya está próximo el resucitar... --murmuró la
bella mujer, apagándose.
¡Preciosa luz, cuyos últimos destellos eran sonrisas! Extinguida ya la
imagen, aún sonreía en la profunda oscuridad.