no os sea grato.
EL CORO
¡Concédanos el cielo la dicha de conservar en nuestras palabras y
acciones la incorruptible pureza, cuyas leyes sublimes nacieron en
el seno de las regiones celestes! No deben el ser estas leyes a la
raza de los mortales; el Olimpo solo les dio nacimiento, y el sueño
del olvido no podrá jamás alcanzarlas. Por ellas Zeus es grande y
no envejece nunca. La tiranía produce el orgullo, que, locamente
embriagado de cuanto hay de extravagante, se eleva a las alturas
escarpadas, donde sus pasos tórnanse vacilantes y poco firmes. Poderoso
dios, no interrumpamos estos debates esclarecedores, que deben salvar
a la ciudad; oye los votos que te dirigimos y nunca cesaremos de
considerarte como nuestro dios tutelar.
Si, sin temor a la justicia, sin respetar las moradas eternas de los
dioses, algún mortal da rienda suelta a su orgullo en sus palabras o en
sus actos; si aumenta sus riquezas por medios ilícitos; si persiste en
su impiedad y se apega insensatamente a deseos que le están vedados,
que el destino más funesto sea su patrimonio, y la sanción de su
culpable insolencia. ¿Y quién vendría entonces a defenderle de los
dardos destinados a horadar su alma? Si semejantes acciones fueran
honradas, ¿para qué en adelante nuestras danzas sagradas en honor de
los inmortales? No iríamos ya con nuestros votos al lugar sagrado
que se llama el centro de la tierra, ni al templo abesiano, ni al de
Olimpia, donde Zeus es adorado, si los oráculos que han sido publicados
resultan inútiles para los humanos. ¡Oh, soberano de los dioses, oh
Zeus, tú que tienes bajo tu imperio el universo, si es cierto que te
dignas oirnos, no te olvides de ti mismo; no olvides los intereses
de tu poder inmortal! Ya las predicciones anunciadas a Layo son
consideradas como nulas; Apolo no tendrá ya honores que pretender: el
culto de los dioses está destruido.
[Ilustración]
[Ilustración]
ACTO CUARTO
ESCENA PRIMERA
YOCASTA, EL CORO
YOCASTA (_Al Coro._)
Cabezas de esta comarca, se me ha venido al pensamiento ir al templo de
nuestros dioses a ofrecer las guirnaldas y los perfumes que llevo en
las manos; pues Edipo deja arrebatar su espíritu por mil ideas crueles.
Ya, como un hombre fuera de sí, juzga del presente por el pasado,
no escucha sino las palabras que le anuncian algún motivo de temor.
Intento tranquilizarle, y mis esfuerzos son inútiles. Apolo Licio, a
vos cuyo altar está aquí cerca, a vos voy a llevar mis votos y mis
ofrendas. Dignaos favorecernos con vuestros divinos socorros; todos
temblamos viendo la consternación de que es presa el piloto del estado.
ESCENA II
UN MENSAJERO, YOCASTA, EL CORO
UN MENSAJERO (_Al Coro._)
¿Podríais decirme, oh tebanos, dónde está el palacio de Edipo y, sobre
todo, si lo sabéis, en dónde puede estar el rey?
EL CORO
Extranjero, he ahí su palacio; Edipo está en su casa; esta princesa es
la madre de los hijos del rey.
EL MENSAJERO
¡El cielo la haga dichosa! ¡Que la ilustre esposa de tal príncipe no
vea en torno suyo sino corazones felices!
YOCASTA
Extranjero, sed feliz también; merecéis serlo en premio de vuestros
favorables deseos; pero decidnos qué asunto os trae y qué tenéis que
hacernos saber.
EL MENSAJERO
Un acontecimiento favorable para vuestra casa y para vuestro esposo.
YOCASTA
¿Qué acontecimiento? ¿De dónde venís?
EL MENSAJERO
Vengo de Corinto; la noticia de que voy a daros parte no puede menos de
alegraros... y de afligiros a la vez.
YOCASTA
¿Qué noticia es esa y cómo podrá producir efectos tan contrarios?
EL MENSAJERO
Los habitantes del istmo van a nombrar a Edipo rey de la comarca. Así
se dice.
YOCASTA
¡Cómo! ¿El viejo Polibio no es ya el soberano?
EL MENSAJERO
No lo es ya, pues la muerte le encerró en la tumba.
YOCASTA (_A una de sus mujeres._)
Esclava, corred a anunciar al rey lo que acabáis de oir. (_Aparte._)
¡Predicciones de los dioses, en lo que habéis quedado! Edipo huyó hace
tiempo la presencia de Polibio para evitar darle la muerte, y he aquí
que, previniendo ese golpe fatal, Polibio sucumbe sin morir a sus manos.
ESCENA III
LOS PRECEDENTES, EDIPO
EDIPO
Yocasta, cara esposa, ¿para qué me mandáis llamar?
YOCASTA
Escuchad a este extranjero, y ved, luego de oirle, en lo que quedan las
respetables predicciones de los dioses.
EDIPO
¿De qué país es y qué viene a decirme?
YOCASTA
Es de Corinto; os anuncia que vuestro padre ya no existe, que sus días
han terminado.
EDIPO
¿Qué decís, extranjero? Explicadme vos vuestro mensaje.
EL MENSAJERO
Sí, ante todo he de confirmaros lo que he dicho: sabed que, en efecto,
Polibio ha muerto.
EDIPO
¿Se ha conspirado contra su vida, o alguna enfermedad le ha hecho
perecer?
EL MENSAJERO
El menor accidente basta para precipitar en la tumba un cuerpo
debilitado por los años.
EDIPO
¿El infortunado, por lo visto, ha sucumbido a una enfermedad?
EL MENSAJERO
Había vivido largos años.
EDIPO
¿Quién podría, señora, en adelante, recurrir al antro profético de
Delfos, al vano lenguaje de las aves, a esos oráculos que me anunciaban
que debía matar a mi padre? Muere, desciende a la tumba; y yo, yo estoy
aquí, no he atentado contra su vida, a menos que el dolor de haberme
perdido no haya anticipado su muerte; pues sólo de esta manera puedo
ser su asesino. Así, pues, Polibio, con todos sus frívolos oráculos,
yace ahora en la morada de los muertos.
YOCASTA
¿No os lo había yo dicho?
EDIPO
Me lo habéis dicho, pero mi corazón no escuchaba sino su temor.
YOCASTA
Desterrad de vuestro espíritu todos esos pensamientos.
EDIPO
¡Cómo! ¿No debo aun temer el lecho de mi madre?
YOCASTA
¿Qué debe temer un mortal a quien sale bien todo lo que depende de la
fortuna y todo lo que depende de su previsión está oculto en el obscuro
porvenir? Lo mejor de la vida es dejarse llevar, mientras se puede, por
el acaso. Cesad de temer vuestra unión incestuosa con la que os dio el
ser. ¡Cuántos hombres han soñado que compartían el lecho de su madre!
Los que no se cuidan de esas vanas ideas viven días más felices.
EDIPO
Todo eso sería bueno si la que me dio el ser hubiera cesado de vivir.
Pero mientras respire no puedo, pese a vuestras razones, evitar el
temor.
YOCASTA
La muerte de vuestro padre es ya para vos una gran luz.
EDIPO
Es grande, sin duda; pero mientras mi madre viva, tiemblo.
EL MENSAJERO
¿Quién es esa mujer que os inspira tanto temor?
EDIPO
Mérope: la esposa de Polibio.
EL MENSAJERO
¿Y qué puede, que se refiera a ella, alarmaros?
EDIPO
Una predicción terrible, anunciada por los dioses.
EL MENSAJERO
¿Se puede saber o debe ignorarse?
EDIPO
La sabréis: Febo me predijo que yo debía un día casarme con mi madre y
que mis propias manos harían correr la sangre de mi padre. He aquí lo
que hace largo tiempo me hizo abandonar Corinto; puedo estar contento
de ello. ¡Sin embargo es tan dulce gozar de la vista de los que nos han
dado el ser!
EL MENSAJERO
¡Cómo! ¿Ese temor os hizo dejar nuestros muros?
EDIPO
Quería evitar el ser un día el asesino de mi padre.
EL MENSAJERO
¡Cómo, habiendo venido, oh príncipe, en vuestro servicio, podría yo
demorar el libraros de tal inquietud!
EDIPO
Beneficio tan grande sería pagado con un gran reconocimiento.
EL MENSAJERO
Eso, en efecto, ha conducido aquí mis pasos: la esperanza de que a
vuestra vuelta a Corinto yo obtendría alguna gracia de vos.
EDIPO
Me guardaré bien de encontrarme allí nunca con los autores de mis días.
EL MENSAJERO
Hijo mío, bien se ve que ignoráis lo que hacéis...
EDIPO
¿Qué decís, anciano? En nombre de los dioses, dignaos instruirme.
EL MENSAJERO
Si por huir de vuestros padres evitáis el volver a Corinto...
EDIPO
Temo ver a Apolo justificar su oráculo.
EL MENSAJERO
¡Teméis mancillaros con algún crimen viviendo con ellos!
EDIPO
He ahí, anciano, he ahí el motivo eterno de mis temores.
EL MENSAJERO
Ignoráis que vuestros temores no tienen ningún fundamento legítimo.
EDIPO
¿Cómo no van a tenerlo? Siendo yo, en efecto, el hijo de Polibio...
EL MENSAJERO
Es que Polibio no es nada vuestro.
EDIPO
¿Qué decís? ¡Polibio no era mi padre!
EL MENSAJERO
No lo era más que lo soy yo.
EDIPO
¿Y qué hay de semejante entre el que me dio el ser y el que no es nada
mío?
EL MENSAJERO
Ni a él ni a mí nos lo debéis.
EDIPO
¿Y por qué me llamaba su hijo?
EL MENSAJERO
Sabed que os recibió de mis manos como un presente que le era caro.
EDIPO
¿Y qué pudo hacerle querer lo que recibió de mano extraña?
EL MENSAJERO
El dolor de verse sin hijos.
EDIPO
¿Me comprasteis para darme al príncipe, o erais vos mi padre?
EL MENSAJERO
Yo os había encontrado oculto en una garganta del Citerón.
EDIPO
¿Con qué objeto andabais por esa montaña?
EL MENSAJERO
Guardaba rebaños que pacían en aquellos valles.
EDIPO
¿Ibais, pues, errante como un pastor mercenario?
EL MENSAJERO
Sí, hijo mío; pero fuí vuestro salvador.
EDIPO
¿A qué males, a qué peligros estaba yo entregado cuando vos me
salvasteis?
EL MENSAJERO
Las articulaciones de vuestros pies podrían ser testigos.
EDIPO
¡Oh cielos! ¿Qué males antiguos venís a recordarme?
EL MENSAJERO
Yo os libré de los lazos que herían vuestros pies.
EDIPO
Es verdad; conservo la señal de las indignas mantillas con que fué
envuelta mi niñez.
EL MENSAJERO
También debéis a vuestro infortunio el nombre que lleváis.
EDIPO
En nombre de los dioses, ¿fueron mis padres los que me dieron ese
nombre? Explicaos.
EL MENSAJERO
Lo ignoro, pero aquel de quien os recibí debe saberlo mejor que yo.
EDIPO
¡Cómo! ¿Me recibisteis de otro y no fuisteis vos quien me encontró?
EL MENSAJERO
No, no fuí yo. Otro pastor os puso en mis manos.
EDIPO
¿Qué pastor era ese? ¿Podría yo conocerle?
EL MENSAJERO
Era uno de los servidores de Layo.
EDIPO
¿Del último rey de este país?
EL MENSAJERO
Del mismo. Guardaba los rebaños de ese príncipe.
EDIPO
¿Vive todavía? ¿Podría yo verle?
EL MENSAJERO
Habitantes de esta comarca, vosotros debéis saberlo.
EDIPO
¿Hay entre vosotros alguno que conozca al pastor de que habla este
anciano, y que le haya visto, ya en el campo, ya aquí? Apresuraos a
decírnoslo: he aquí el momento de descubrirlo todo.
EL CORO
No creemos que ese pastor sea otro que el campesino que vos habéis ya
deseado ver. Pero Yocasta misma podría decirlo mejor que nadie.
EDIPO
¿Pensáis, señora, que el hombre de que hemos ya deseado la presencia
sea el mismo a quien se refiere este anciano?
YOCASTA
¿Quién es ese hombre? ¿Y a quién se refiere? Dejad esas vanas
indagaciones y no os preocupéis de lo que os ha relatado.
EDIPO
No, no se dirá que teniendo semejantes indicios me he descuidado en
esclarecer mi nacimiento.
YOCASTA
En nombre de los dioses, si os preocupa algo vuestra vida, no persigáis
tal averiguación. Bastante sufro ya.
EDIPO
Tranquilizaos ya, señora; aunque cambiando de madre por tercera vez,
se descubriera en mí al esclavo de los esclavos, vuestro rango no se
degradaría.
YOCASTA
Dejaos persuadir, os lo suplico; no hagáis indagaciones.
EDIPO
No obtendréis de mí que renuncie a conocer la verdad.
YOCASTA
Tengo grandes razones para daros mejores consejos.
EDIPO
Esos consejos me fatigan hace mucho tiempo.
YOCASTA
¡Desgraciado! ¡Haga el cielo que no conozcáis nunca quién sois!
EDIPO
¿Me traerán pronto al pastor? Dejadla complacerse en el orgullo de su
origen.
YOCASTA
¡Infortunado! He ahí todo lo que puedo deciros y os digo por última vez.
ESCENA IV
EDIPO, EL MENSAJERO, EL CORO
EL CORO
¿Por qué, príncipe, por qué la reina ha salido así, cual desgarrada por
un dolor amargo? Mucho tememos que su silencio anuncie desgracias sin
cuento.
EDIPO
Que anuncie lo que quiera; no dejo por eso de querer conocer mi
origen, por humilde que pueda ser. Llena del vano orgullo femenino,
se avergüenza de mi obscuridad. Pero aunque yo no me considerase sino
como el hijo feliz de la fortuna, no me creería deshonrado. Sin duda
la fortuna es mi madre. Los meses y los días, creciendo conmigo, me
han dado fuerza y magnitud; con semejante destino, no se me verá nunca
cambiar hasta el punto de querer ignorar quién soy.
EL CORO
Si poseyéramos el arte de la adivinación; si alguna luz viniese a
alumbrar nuestro espíritu, oh Citerón, lo juramos por el Olimpo, el
día que luce no transcurriría sin vérsenos, agradecidos a la alegría
que proporcionas a nuestros amos, celebrarte con nuestros cantos y
nuestras danzas, como el conciudadano, como el nodrizo, como el padre
de Edipo. ¡Apolo, dios conservador, seamos gratos a tus ojos! ¿Qué
dios, hijo mío, os dio el ser? ¿Alguna hija de Febo, sorprendida en
los bosques por el dios Pan, a quien seduce el apartamiento campesino?
¿Hermes, quizá? ¿O acaso os recibió Dionisos de manos de las ninfas,
habitantes del Helicón, de las ninfas que son a menudo las compañeras
de sus juegos?
EDIPO (_Viendo al pastor que le traen._)
Sí, sin haber visto nunca a ese anciano, puedo hacer alguna conjetura;
creo adivinar al pastor cuya presencia deseamos hace tiempo; su mucha
edad concuerda con lo que se ha dicho y con la de este Extranjero.
(_Señalando al Mensajero venido de Corinto._) Reconozco, además, a los
que le conducen; están a mi servicio. Pero vosotros (_al Coro_) que le
habéis conocido antiguamente, debéis saber mejor que yo...
EL CORO
Es él, le reconocemos, estad bien seguro. Era, más que otro alguno,
adepto a Layo, de quien guardaba los rebaños.
EDIPO
A vos os interrogo ante todo, habitante de Corinto: ¿ese anciano es el
que queréis designar?
EL MENSAJERO
El mismo que veis.
ESCENA V
LOS PRECEDENTES, EL DOMÉSTICO
EDIPO
Y vos, anciano, miradme y responded a lo que os pregunte. ¿Estabais al
servicio de Layo?
EL VIEJO DOMÉSTICO
Fuí su esclavo, no comprado, sino criado en su casa.
EDIPO
¿De qué trabajo estabais encargado? ¿Qué empleo era el vuestro?
EL VIEJO DOMÉSTICO
Casi siempre estuve al cuidado de los rebaños.
EDIPO
¿A qué sitio los conducíais más frecuentemente?
EL VIEJO DOMÉSTICO
Al monte Citerón y a los campos vecinos.
EDIPO
¿Tenéis alguna idea de haber conocido allí a este hombre?
EL VIEJO DOMÉSTICO
¿En qué ocasión? ¿Y de qué hombre me habláis?
EDIPO
Del hombre que aquí veis. ¿No habéis tenido relación con él?
EL VIEJO DOMÉSTICO
No la bastante para que mi memoria le recuerde con facilidad.
EL MENSAJERO
No tiene nada de extraño; pero, señor, voy yo a recordarle
distintamente lo que ha echado en olvido; pues harto sé que no lo
ignora. Cuando en el monte Citerón conducíamos, él dos rebaños y yo
uno solo, le veía con frecuencia, durante tres meses enteros, desde el
fin de la primavera hasta la aparición de la estrella del Norte. Al
acercarse el invierno, yo tornaba con mi rebaño a mis establos y él
tornaba con los suyos al de Layo. (_Al Viejo Doméstico._) ¿Lo que digo
es verdad o no?
EL VIEJO DOMÉSTICO
Lo que decís es muy cierto, bien que hace mucho tiempo.
EL MENSAJERO
Bien, decid. ¿Os acordáis de que me entregasteis un niño para criarle
como mi propio hijo?
EL VIEJO DOMÉSTICO
¿Qué queréis decir y por qué esas preguntas?
EL MENSAJERO (_Señalando a Edipo._)
Ved, amigo mío, ved al que era entonces de una edad tan tierna.
EL VIEJO DOMÉSTICO
El cielo os confunda... ¿No os callaréis?
EDIPO (_Al Viejo Doméstico._)
Basta, anciano; no riñáis a este hombre. Vuestras palabras, no las
suyas, merecen castigo.
EL VIEJO DOMÉSTICO
¿Y cuál es la falta que he cometido, mi generoso amo?
EDIPO
No confesar el niño de que habla.
EL VIEJO DOMÉSTICO
Habla sin saber nada y fuera de sazón.
EDIPO
Hablarás de buen grado o los castigos te harán hablar.
EL VIEJO DOMÉSTICO
En nombre de los dioses, ahorrad a un desgraciado anciano...
EDIPO
Que le aten al instante las manos a la espalda.
EL VIEJO DOMÉSTICO
¡Infeliz de mí! ¿Y por qué? ¿Qué queréis saber?
EDIPO
¿Entregaste a este hombre el niño de que habla?
EL VIEJO DOMÉSTICO
Se lo entregué. ¿Por qué no hallé aquel día el fin de mi vida?
EDIPO
Lo encontrarás si no dices la verdad.
EL VIEJO DOMÉSTICO
Antes pereceré si la digo.
EDIPO
Este hombre, bien se ve, sólo busca dilaciones.
EL VIEJO DOMÉSTICO
No las busco; he dicho que se lo había entregado.
EDIPO
¿De quién lo habías recibido? ¿Era tuyo o de algún otro?
EL VIEJO DOMÉSTICO
No era mío; lo había recibido.
EDIPO
¿De qué ciudadanos? ¿De qué casa?
EL VIEJO DOMÉSTICO
En nombre de los dioses, no me preguntéis más.
EDIPO
Si tengo que repetirte la pregunta, date por muerto.
EL VIEJO DOMÉSTICO
Era un niño nacido en casa de Layo.
EDIPO
¿Era un esclavo o un hijo suyo?
EL VIEJO DOMÉSTICO
¡Esto es lo que más trabajo me cuesta decir!
EDIPO
Y a mí oir; pero no importa, es necesario que lo oiga.
EL VIEJO DOMÉSTICO
Pasaba por hijo de Layo. Pero la reina, que está en el palacio, podría
mejor que nadie sacaros de dudas.
EDIPO
¿Os entregó ella el niño?
EL VIEJO DOMÉSTICO
Sí, príncipe.
EDIPO
¿Con qué objeto?
EL VIEJO DOMÉSTICO
Para que le hiciese perecer.
EDIPO
¡Desgraciada! ¡Una madre!
EL VIEJO DOMÉSTICO
Temiendo un oráculo espantoso.
EDIPO
¿Qué decía ese oráculo?
EL VIEJO DOMÉSTICO
Que el niño debía asesinar a los autores de sus días.
EDIPO
Y entonces, ¿cómo pudisteis entregarlo a este anciano?
EL VIEJO DOMÉSTICO
Tuve piedad, señor, y se lo dí a este extranjero para que lo llevase a
su patria. Le salvó de sus males para reservarle otros mayores, pues
si sois, en verdad, quien él dice, ¡ved todo el horror de vuestro
infortunio!
EDIPO
¡Ay de mí, todo está ya en claro! Luz del día, te miro por última
vez, yo que he nacido de quien nunca hubiera debido nacer; yo que he
contraído lazos incestuosos; yo que he vertido la sangre que hubiera
debido respetar.
EL CORO
¡Razas infortunadas de los mortales! ¡No sois a mis ojos sino vanas
sombras! ¿Quién entre los hombres ha conocido nunca otra dicha que la
de parecer un momento feliz, gozar un instante de tal ilusión y caer al
punto en el abismo? Contemplando tu infortunio, no tenemos en nada la
felicidad de los mortales, oh desgraciado Edipo, que elevándote todo
lo alto que le es dable a un mortal, has gozado todos los favores del
destino; que hiciste perecer al monstruo de faz de doncella armado de
garras crueles y famoso por sus enigmas; que fuiste para nuestra patria
una muralla contra la muerte; que mereciste, en fin, ser nombrado
nuestro rey. Todos los honores te han rodeado en el trono brillante de
Tebas, y ¿qué hombre en las más grandes desgracias, en las más crueles
revoluciones de su vida fué nunca más infortunado que tú ahora? ¡Oh,
famoso Edipo, en qué puerto has abordado como padre, esposo e hijo!
¡Cómo, infortunado, cómo el lecho paterno ha podido sufrir en silencio
semejantes horrores! El tiempo, que todo lo ve, te ha descubierto a tu
pesar; hace justicia, al fin, a ese himeneo execrable, donde el que
fué engendrado engendró a su vez. Hijo de Layo, hagan los dioses que
no te veamos nunca. De nuestra voz gimiente, sólo se pueden ya esperar
acentos de dolor; y para decir verdad, tú nos volviste a la vida y tú
nos hundes nuevamente en la tumba.
[Ilustración]
ACTO QUINTO
ESCENA PRIMERA
EL CORO, UN OFICIAL DEL PALACIO
EL OFICIAL
¡Vosotros, a quien se reverencia en la comarca! ¡qué horrores vais a
oir! ¡Qué aflicción va a llenar vuestros corazones, si aún os inspira
algún interés la casa de los Labdácidas! Nunca las aguas del Istros ni
del Fasis serán suficientes para lavar cuanto este palacio encierra de
mancillas y de iniquidades. Unas y otras, sin que las fuerce nadie, van
a salir a la luz. Los más aflictivos de todos los males son los que el
infortunado se procura a sí mismo.
EL CORO
¡Oh, los que conocemos son ya harto dolorosos! Para añadirles más, ¿qué
tenéis que decirnos?
EL OFICIAL
Una palabra bastará para enteraros. La reina ha muerto.
EL CORO
¡Desgraciada princesa! ¿Y cómo ha perecido?
[Ilustración]
EL OFICIAL
Por su propia mano. Las circunstancias más dolorosas de su muerte no
han llegado hasta mí, pues mis ojos no han podido verlas; pero en la
medida que mi espíritu pueda sugerírmelo, vais a conocer todo lo que ha
sufrido. Apenas, en los transportes que la agitaban, hubo franqueado
el pórtico del palacio, arrancándose los cabellos con ambas manos, se
dirige a su lecho nupcial: entra, cierra la puerta, llama a Layo, el
esposo que hace tiempo no existe. Evoca la prenda antigua de su unión,
el hijo que ha llegado a ser el asesino de su padre y que del seno
mismo de su madre ha hecho salir una deplorable descendencia; gime
sobre el lecho funesto donde ha tenido esposo de su esposo e hijos
de su hijo. Ignoro cómo su muerte ha seguido a sus gemidos; pues los
gritos de Edipo, que han resonado en mi oído, me han impedido darme
cuenta de su deplorable fin. Mis ojos se han vuelto hacia el príncipe
que, corriendo de acá para allá, pedía que se le diese una espada; que
se le dijese dónde estaba su mujer, no su mujer, sino la que llevó en
su seno al padre y a los hijos. En su extravío, un dios, sin duda, se
lo ha hecho saber; pues ninguno de los presentes osaba responderle; lo
cierto es que, marchando como sobre los pasos de un guía invisible,
se lanza con gritos terribles contra la puerta, la fuerza, la hunde
y penetra en la cámara, donde vimos a la reina pendiente del lazo
fatal que acababa de quitarle la vida. En cuanto la ve, el infortunado
lanza horribles rugidos y se apresura a desatar el nudo de que pende.
Apenas cae en tierra (¡espectáculo horrible!) se apodera de los broches
de oro de sus vestiduras y con ellos se horada los ojos, gritando que
no la vería más, ni a ella ni al objeto de sus crímenes, ni al objeto
de sus tormentos; y que en adelante, hundidos en las tinieblas sus
ojos, confundirían lo que había de esquivar y lo que había de buscar.
Pronunciando estas palabras, que repitió muchas veces, se levantó los
párpados y se arrancó los ojos. Una sangre negra corría por su rostro,
no gota a gota, sino como en lluvia tempestuosa. Ved cómo uno y otro
han dado rienda suelta a su desesperación; ved cómo ambos esposos han
mezclado sus dolores y sus males. Con lo que la antigua felicidad,
que parecía antes digna de ese nombre, no es hoy sino lamentos,
desesperación, oprobio y muerte; se ha cambiado en cuanto, entre
nosotros, merece el nombre de infortunio.
EL CORO
Y el desgraciado, ¿qué hace en medio de sus males?
EL OFICIAL
Habla de abrir las puertas, de mostrar a todos los tebanos al
que asesinó a su padre, al que de su madre... pronuncia palabras
impuras que no me atrevo a repetir; habla de precipitarse fuera de
nuestro muro, de que no debía permanecer aquí, bajo el peso de las
imprecaciones que su boca ha lanzado sobre sí mismo. Pero carece de
fuerza y de vista; sus males son demasiado grandes para que pueda
soportarlos. Va a testimoniároslo; abre las puertas del palacio; vais a
ver un horrible espectáculo que haría sentir compasión al enemigo más
cruel.
ESCENA II
EDIPO, EL CORO
EL CORO
¡Cielos, qué horripilante estado, el más horrible de cuantos se
hayan nunca ofrecido a nuestros ojos! Desgraciado, ¿qué delirio os
ha arrebatado, qué demonio ha podido colmar vuestra desgracia con
males tan crueles? ¡Ay, infortunado! En vano querríamos hablaros,
interrogaros, miraros, ni siquiera podemos posar en vos nuestra mirada,
de tal modo nos horroriza vuestro estado.
EDIPO
¡Ay, infeliz de mí! ¿Dónde estoy, en qué sitio resuena mi voz? ¿Dónde
me has precipitado?
EL CORO
En cuanto hay de más horrible, de más inaudito, de más espantoso.
EDIPO
¡Oh nube de obscuridad extendida sobre mí, nube execrable, indecible,
invencible, interminable! ¡Ay, cien veces ay, cuánto dolor reunido en
el aguijón que me ha horadado los ojos y en el recuerdo de mis males!
EL CORO
En medio de tan gran infortunio, son en efecto dos tormentos que
deplorar, dos tormentos que sufrir.
EDIPO (_Al Coro._)
¡Amigos míos, sois los únicos que me quedan; sólo vosotros no huís
de un desgraciado privado de la luz; sólo vosotros os apiadáis de
él! Aunque hundido en las tinieblas, sé quiénes sois, os reconozco,
reconozco vuestra voz.
EL CORO
¡De qué crueldad os habéis hecho víctima a vos mismo! ¿Cómo habéis
podido arrancaros así los ojos? ¿Qué demonio os ha inspirado ese furor?
EDIPO
Apolo, amigos míos; Apolo ha querido colmar así mis males. Pero no otro
que yo me ha herido; sólo he sido yo. ¿Y de qué me hubiera servido ya
la luz, no quedándome ya que ver sino objetos dolorosos?
EL CORO
¡Oh, es muy cierto!
EDIPO
¿Qué me quedaba, en efecto, que ver, que amar, que oir con algún
placer? Amigos míos, daos prisa en llevarme fuera de aquí; llevaos
a este malvado, a este miserable, cargado de imprecaciones, el más
aborrecido de los dioses.
EL CORO