NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_, las negrita entre
=iguales= y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.
* Se ha modernizado la ortografía del original impreso y se han
puesto tildes a las mayúsculas.
* Las páginas en blanco han sido eliminadas.
* Algunas ilustraciones se han desplazado ligeramente para no
interrumpir un párrafo.
TRILOGÍA
SÓFOCLES
[Ilustración]
LOS GRANDES AUTORES
POEMAS :: NOVELAS :: TEATRO
CADA TOMO CONSTA DE UNAS 300 PÁGINAS, TIRADAS A DOS TINTAS SOBRE
EXCELENTE PAPEL PLUMA, RICAMENTE ORNAMENTADO POR DISTINGUIDOS ARTISTAS.
En rústica: 3 ptas., tomo. -- Encuadernado: 4’50 ptas., tomo.
OBRAS PUBLICADAS
Virgilio.--=La Eneida.=--Traducción de E. de Ochoa. Ornamentación
de Antonio Saló.
Milton.--=El paraíso perdido.=--Traducción de Juan Mateos, Pbro.
Ornamentación de Coll Salieti.
Anónimo.--=Romancero del Cid.=--Edición ordenada y revisada por
Luis C. Viada y Lluch. Ornamentación de Antonio Saló.
Mistral.--=Mireya.=--Traducción de Lorenzo Riber. Ornamentación de
Antonio Saló.
Dante.--=La divina comedia.=--Traducción de M. Aranda Sanjuan.
Ornamentación de Antonio Saló.
Homero.--=Iliada.=--Traducción de Manuel Vallvé. Ornamentación de
Manuel Farriols.
Walter Scott.--=La novia de Lammermoor.=--Traducción de J. Lleonart
y Carlos Riba Bracons. Ornamentación de Antonio Saló.
Tirso de Molina.--=El bandolero.=--Edición prologada, transcrita y
revisada por Luis C. Viada y Lluch. Ornamentación de Antonio Saló.
Cervantes.--=Entremeses.=--Edición cuidadosamente revisada por Luis
C. Viada y Lluch. Ornamentación por J. Junceda.
Beaumarchais.--=El barbero de Sevilla: Las bodas de
Fígaro.=--Traducción de José Pérez Bojart. Ornamentación de Ramón
Baixeras.
Shakespeare.--=Hamlet: Romeo y Julieta.=--Traducción de J.
Roviralta Borrell. Ornament. de Antonio Saló.
Sófocles.--=Edipo Rey: Edipo en Colona: Antígona.=--Trad. de J.
Pérez Bojart. Ornamentación de J. d’Ivori.
EN PRENSA
Goethe.--=Fausto.=--Traducción de J. Roviralta Borrell.
Ornamentación de Manuel Farriols.
SÓFOCLES
EDIPO REY
EDIPO EN COLONA
ANTÍGONA
VERSIÓN CASTELLANA DE
JOSÉ PÉREZ BOJART
MCMXX
[Ilustración]
ORNAMENTADA POR J. D’IVORI
EDITORIAL IBÉRICA
J. PUGÉS S. EN C. -- BARCELONA
[Ilustración: LOS GRANDES AUTORES
: TEATRO :]
EDIPO REY
PERSONAJES
EDIPO
CREÓN
EL GRAN SACERDOTE
TIRESIAS
YOCASTA
EL CRIADO DE LAYO
UN MENSAJERO
UN OFICIAL DE EDIPO
EL CORO, compuesto de ancianos tebanos.
[Ilustración]
ACTO PRIMERO
ESCENA PRIMERA
EDIPO. EL GRAN SACERDOTE. EL CORO
EDIPO
Nuevos retoños del antiguo Cadmo, hijos míos. ¿Qué motivo os obliga a
venir así a prosternaros en los escalones de este palacio, llevando
en la mano las ramas reservadas para los suplicantes? El humo del
incienso, los cantos lúgubres, los lamentos resuenan en toda la ciudad.
No os he enviado a nadie, he venido yo mismo, hijos míos, a informarme
del motivo de vuestras quejas; sí, Edipo, tan loado en toda Grecia,
viene a escucharos. Hablad, pues, ¡oh, anciano! ya que a vos os cuadra
explicaros por ellos. ¿Qué temor, qué esperanza os han reunido en este
sitio? Contad con el deseo que tengo de auxiliaros. Sería yo insensible
si no estuviera conmovido por el estado suplicante en que os veo.
EL GRAN SACERDOTE
Vos que reináis sobre mi patria, Edipo, ved cuántos ciudadanos de
todas edades, prosternados ante vuestros altares, unos en la infancia
y arrastrándose apenas aún, otros en la fuerza de la juventud; mirad
esos ancianos que son los pontífices de los dioses; a mí, que soy el
gran Sacerdote de Zeus. El resto de los tebanos, llevando en la mano
las ramas de los suplicantes, está prosternado en la plaza pública, o
en ambos templos de Palas, o sobre la ceniza profética del Ismeno. Ya
lo veis, Edipo; esta ciudad, tanto tiempo combatida por la tempestad,
no puede ya levantar su cabeza por cima de las olas ensangrentadas
que la sumergen. Los gérmenes de los frutos de la tierra se secan en
los cálices de las flores; los rebaños perecen, y las mujeres ven
morir en su seno a sus hijos. Un dios cruel, armado de tea terrible,
una espantosa peste, ha venido a caer sobre esta ciudad y cambia en
un desierto la antigua morada de los hijos de Cadmo. El negro Hades
se enriquece con nuestros lamentos y con nuestros lloros. Estas
gentes y yo, sin embargo, no venimos a imploraros como a un dios;
mas os consideramos, entre todos los mortales, como el más capaz de
socorrernos en medio de las vicisitudes de la vida y de las desgracias
enviadas por los dioses. Vos, llegando a nuestros muros, nos librasteis
del tributo que el monstruo cruel nos había impuesto, sin que ninguno
de nosotros os suministrase ni os preparase los medios. Sólo por la
inspiración de un dios salvasteis nuestra vida en peligro; todos aquí
lo publican y lo piensan. A vos, pues, poderoso Edipo, a vos venimos,
como suplicantes, a pedir hoy algún socorro, si habéis oído la voz de
los dioses o si algún mortal ha podido iluminaros. Hemos visto, a
menudo, grandes desgracias servir de inspiración a los mortales que
la experiencia ha hecho hábiles con sus consejos. Venid, ¡oh, el más
sabio de los hombres! a levantar esta ciudad abatida; venid y sabed
que esta comarca os nombra hoy su salvador, por reconocer vuestra
antigua prudencia: aparte de que con razón podríamos ya olvidar
vuestros primeros beneficios si, tras de habernos sacado del abismo,
nos dejarais caer de nuevo en él. Levantad, afirmad, pues, esta
ciudad sobre sus cimientos; ved lo que habéis ya hecho por ella bajo
favorables auspicios; sed también hoy lo que fuisteis entonces. ¿No es
mejor para vos, mientras reinéis en esta tierra, reinar sobre hombres
que sobre muros desiertos? Las murallas, las naves no son nada cuando
se las despoja de los hombres que las habitan.
EDIPO
Desgraciados hijos, estoy lejos de ignorar el objeto de los votos que
os traen ante mí. Demasiado sé en qué estado funesto estáis todos
hundidos; y, no obstante, por desgraciados que seáis, no hay entre
vosotros quien sea tan infortunado como yo. El dolor de cada uno de
vosotros sólo tiene un objeto; sólo a vosotros os atañe, mientras que
mi corazón gime a la vez por la ciudad, por vosotros y por mí. No
creáis haberme sacado de un profundo sueño; sabed que no hay lágrimas
que yo no haya vertido ni medios diversos que mi imaginación no haya
estudiado. El único que he podido encontrar a propósito para socorreros
lo he puesto en práctica. Al hijo de Meneceo, Creón, con quien me unen
los lazos de la sangre, le he enviado a Delfos al templo de Apolo, para
preguntar a este dios lo que debo ordenar, lo que debo hacer por la
salvación de esta ciudad. Cuento los días, los mido por el tiempo que
le era necesario, y me aflijo con sus retrasos. ¿Qué hace? Su ausencia
es mucho más larga de lo que parecía que había de ser. Creed que en
cuanto llegue me consideraré el peor de los hombres si no ejecuto
cuanto el dios me haya prescrito.
EL GRAN SACERDOTE
No podéis hablar más a punto; en este momento me anuncian la llegada de
Creón, que avanza hacia nosotros.
EDIPO
¡Oh soberano Apolo, ojalá, favorecido por la fortuna, vuelva tan
contento como su rostro parece anunciar!
EL GRAN SACERDOTE
Su corazón está satisfecho; podemos lisonjearnos de ello; de lo
contrario, no aparecería, como le vemos, llevando en la cabeza una rama
de laurel cargada de frutos.
ESCENA II
LOS PRECEDENTES, CREÓN
EDIPO
Pronto lo sabremos: vedle junto a nosotros; podemos interrogarle. Hijo
de Meneceo, querido príncipe, hermano mío, ¿qué nuevas nos traéis de
parte del dios?
CREÓN
Buenas nuevas; pues lo que pueda haber en ellas de enojoso no es para
nosotros sino una fuente de dicha, si el resultado es tal como debe
esperarse.
EDIPO
¿Qué significan esas palabras? No encuentro en ellas motivo de temor;
pero no veo casi nada que me tranquilice.
CREÓN
¿Deseáis que me explique en medio de todo ese pueblo que nos escucha, o
queréis entrar en vuestro palacio?
EDIPO
Hablad ante ellos; pues me duelen harto más sus males que los míos.
CREÓN
Os diré, pues, lo que el oráculo de Apolo me ha dicho. Nos ordena, sin
la menor obscuridad, alejar de esta tierra la fuente de impureza que
alimentamos y cesar de mantenerla con nuestros males.
EDIPO
¿Qué purificación, qué remedio emplear en nuestra calamidad?
CREÓN
Es necesario desterrar a un hombre, o que la sangre que ha causado las
desgracias de esta ciudad sea lavada con sangre.
EDIPO
¿Y quién es el mortal de quien hay que vengar la muerte?
CREÓN
Príncipe, tuvimos un rey llamado Layo; reinaba en esta ciudad antes de
estar sometida a vuestro imperio.
EDIPO
Lo sé porque me lo han dicho; pues mis ojos no le vieron nunca.
CREÓN
Murió; y Apolo, sin la menor obscuridad, nos ordena hoy castigar a sus
asesinos.
EDIPO
¿En que lugar están y cómo encontrar la huella borrada de crimen tan
antiguo?
CREÓN
Están en estos muros, el oráculo lo ha declarado. Lo que se busca se
puede encontrar; lo que se descuida se nos escapa fácilmente.
EDIPO
¿Layo cayó bajo los golpes de los asesinos en su palacio, o fuera de la
ciudad, o en tierra extraña?
CREÓN
Iba (según se nos ha dicho) a consultar el oráculo; y desde el instante
en que dejó estos muros no hemos vuelto a verle.
EDIPO
¿No habría alguno de su séquito, algún compañero de su viaje, que
hubiera sido testigo de su suerte y pudiera servir para darnos indicios?
CREÓN
Todos han muerto. No queda más que uno, a quien el temor hizo huir, y
que, de cuanto vio, no ha podido nunca referir sino una circunstancia.
EDIPO
¿Cuál es? Un solo trazo puede hacer descubrir muchos otros, si puede
darnos un ligero asomo de esperanza.
CREÓN
Ha referido que una banda de salteadores había encontrado a Layo, que
sucumbió al número y pereció.
EDIPO
Pero ¿cómo hubieran los bandidos llegado a ese colmo de audacia si
alguien no les hubiera seducido a fuerza de oro?
CREÓN
Esa sospecha es verosímil, pero muerto Layo, nadie, en medio de los
males de la patria, se encargó de vengarle.
EDIPO
¿Y qué males, muerto el soberano, pudieron impediros sondear esa trama?
CREÓN
La Esfinge, con sus enigmas enmarañados, nos forzó a abandonar lo que
no podíamos descubrir, para ocuparnos de lo que teníamos a la vista.
EDIPO
Bueno, es de mi empresa remontarme a la fuente de vuestros males y
descubrirla. No será en vano que Apolo y vos os hayáis tomado el
cuidado de vengar la muerte de Layo; me veréis, justamente asociado
a vuestros designios, servir a la vez a los intereses de la patria
y a los del dios. Porque no solamente por la causa de un rey que
ya no existe, sino por mi propia causa, haré salir de esta tierra
el objeto impuro que la ha mancillado. El que haya podido poner la
mano sobre Layo podría con mano tan osada atentar contra mis días.
Así encontraré mi propia seguridad en el cuidado que me tomare de su
venganza. Levantaos, pues, hijos míos; apresuraos, llevaos esas ramas,
símbolo de los suplicantes. Que se reuna aquí el pueblo tebano; voy a
emplear todos los medios para calmar sus penas; veremos luego, bajo los
auspicios del dios, si debemos ser más felices o más miserables.
EL GRAN SACERDOTE
Levantémonos, hijos míos, levantémonos; los socorros que hemos venido a
pedir aquí, nuestro rey nos los promete; que Apolo, que nos ha enviado
tal oráculo, nos libre de la peste y conserve nuestra vida.
(_El Gran Sacerdote se retira con los niños y los jóvenes tebanos
que le acompañan. No quedan en escena sino Edipo y los ancianos que
componen el Coro._)
EL CORO
Dulce voz de Zeus, que del opulento santuario de Delfos has llegado a
los muros famosos de Tebas, ¿qué haréis por nosotros? El temor agita
y consterna nuestro corazón, sobrecogido de respeto ante vos, ¡oh
benéfico Peán, que reináis en Delos! ¿Cumpliréis vuestro oráculo hoy,
o en otra sazón señalada por vuestros decretos? Hablad, voz inmortal,
hija de la feliz esperanza.
Digna sangre de Zeus, ¡oh Palas! a vos os invoco la primera; vos
también, Artemisa, su hermana, que gustáis de bajar a la tierra y que
os sentáis en un trono glorioso dentro del recinto; y vos, Apolo,
ducho en lanzar dardos, venid los tres en nuestra ayuda; si en otro
tiempo, cuando otros azotes cayeron sobre esta ciudad, alejasteis de
nosotros la peste, ¡acudid hoy, también, dioses benéficos! Las penas
que sufrimos no pueden contarse. Todo el pueblo desmaya y sucumbe.
Los recursos del arte están agotados y no pueden ya ofrecer remedio a
nuestros males. Los gérmenes de las frutas se han tornado estériles;
las mujeres no soportan ya los dolores del parto. Más ligera que el
ave veloz, más destructora que el fuego voraz, la muerte precipita a
nuestros ciudadanos, uno tras otro, hacia los dominios del dios de los
infiernos. Tebas todos los días sucumbe a innumerables golpes. Los
niños (¡cruel espectáculo!) permanecen tendidos sin piedad en el suelo,
teatro de su muerte. Lejos de ellos, las mujeres y las madres, cuya
frente está cubierta de cabellos blancos, gimen al pie de los altares y
piden remate a sus penas. Los himnos dolientes, los gemidos, resuenan
al par en los aires. Noble y encantadora hija de Zeus, socorrednos,
haced volver sobre sus pasos el azote destructor, nuevo Ares que,
sin escudo y sin carcaj, ha venido a combatirnos y nos consume entre
gemidos y gritos; que vaya, lejos de los límites de nuestra patria,
al vasto seno de Anfitrite o a las aguas inhospitalarias del mar de
Tracia. No nos da punto de reposo; si amengua al terminar la noche,
comienza de nuevo con el día. ¡Oh, Zeus!; oh, dios, que gobiernas a
tu antojo el rayo, aplástale con él; y tú, dios de Licia, lanza en
nuestro socorro los dardos invencibles de tu arco de oro. Dirige contra
él, ¡oh Artemisa! los rayos fulgurantes con que prendes fuego a las
cimas de los montes licienses; y tú, dios de las vides, dios epónimo
de esta tierra, tú, cuya frente orna áurea corona, Dionisos, tú, que
marchas acompañado de las ménades, ven armado de antorchas encendidas a
perseguir y derrotar a ese dios cruel que los dioses miran con horror.
[Ilustración]
ACTO SEGUNDO
ESCENA PRIMERA
EDIPO, EL SÉQUITO, EL CORO, EL PUEBLO REUNIDO
EDIPO (_Al Coro._)
Invocáis a los dioses; pero lo que les pedís, socorro, alivio para
vuestros dolores, lo obtendréis si queréis escucharme, obedecerme
y someteros a lo que exigen nuestros males. Voy a hablar como
extraño a lo que el oráculo acaba de hacernos saber, como extraño al
crimen cometido, del que no puedo descubrir las huellas si no se me
proporcionan los medios. Ciudadano hace poco tiempo de Tebas, sólo
me es dable socorreros con la orden que voy a publicar. Cualquiera
de vosotros que sepa a qué manos pereció Layo Labdácida, le invito a
desenmascararle. Si el que fué el asesino teme ser denunciado, que
se anticipe y se acuse; no tiene nada enojoso que temer; el destierro
será su único suplicio. Si el asesino es extranjero, que quien le
conozca lo declare y me apresuraré a recompensarle y le guardaré eterno
reconocimiento. Pero si os obstináis en callar; si, temiendo por un
amigo o por vosotros mismos, desacatáis mi orden, escuchad lo que voy a
ordenar contra el culpable. Quiero, sea del rango que sea, que nadie en
esta tierra sometida a mi imperio le reciba, le hable, le admita en las
plegarias, los sacrificios y las libaciones consagrados a los dioses;
que todos los habitantes le echen de sus hogares, como la causa impura
del azote que nos aflige; pues así el oráculo de Delfos me lo ha hecho
entender claramente; y quiero, haciendo uso del poder de que estoy
revestido, servir al mismo tiempo al dios y al rey que ya no existe.
¡Quiera el cielo que mis imprecaciones contra el culpable ignorado, ya
haya sido solo, ya haya tenido cómplices, le entreguen a la infamia y
a todas las privaciones de una vida desgraciada! ¡Quiera el cielo que,
aun en el caso de que, sin yo saberlo, sea de mi familia, experimente
todos los males con que mis maldiciones le han amenazado! Pero a
vosotros, tebanos, os encargo de la ejecución de mis deseos, por mi
propio interés, por el de Apolo, por el de la patria, que agoniza
en la esterilidad y el abandono de los dioses. ¡Y aunque los dioses
no hubieran suscitado contra vosotros ese azote terrible! ¿estaría
bien, luego de la muerte de un rey tan bueno, dejar su asesinato sin
expiación y no buscar a los autores? Yo soy soberano del mismo imperio
donde él reinaba; poseo su lecho, su esposa; he tenido hijos de ella;
y si él los hubiera tenido lo serían míos. Por tantas razones, pues
su infortunio ha sido tanto, pretendo vengarle, como vengaría a mi
padre, y poner todo mi cuidado en descubrir, en detener al asesino de
ese labdácida que, por Polidoro y Cadmo, desciende del antiguo Agenor.
A aquellos de vosotros, tebanos, que no obedezcan lo que acabo de
mandar, pido a los dioses que la tierra no les dé cosecha ni posteridad
sus mujeres, y que perezcan luego víctimas del azote que nos persigue
o de un destino aún más deplorable; pero a los que secunden mis
designios, quiera el cielo que la justicia que combate en nuestro favor
y todos los dioses les sean siempre favorables.
EL CORO
Obligados por vuestras imprecaciones, ¡oh, Príncipe! hablaremos. No
hemos matado al rey e ignoramos quién fué su asesino; al dios que os
envía el oráculo corresponde descubrirlo.
EDIPO
Lo que decís es justo. Pero ¿puede un mortal exigir de los dioses lo
que ellos le niegan?
EL CORO
Añadiremos a lo dicho una segunda reflexión.
EDIPO
Aunque se os ocurra una tercera, no vaciléis en comunicármela.
EL CORO
El soberano genio de Tiresias sabemos que se acuerda perfectamente con
el genio supremo de Apolo; dirigiéndose a tal adivino, se podría, oh
Príncipe, descubrir la verdad.
EDIPO
Lo que me aconsejáis ya lo he hecho; y conforme al consejo de Creón, le
he enviado dos mensajes. Me sorprende que aún no haya venido.
EL CORO
A la verdad, los rumores que corren de antiguo no merecen crédito.
EDIPO
¿Qué rumores? No quiero dejar de tener ninguno en cuenta.
EL CORO
Se pretende que Layo fué asesinado por no se qué viajeros.
EDIPO
Me lo han dicho; pero no se conoce ningún testigo del crimen.
EL CORO
Por poco accesible que sea el criminal al temor, en cuanto conozca
vuestras imprecaciones será vencido por ellas.
EDIPO
Quien no ha tenido miedo del crimen, no lo tendrá de las palabras.
EL CORO
Pero he ahí a quien sabrá pronto descubrir al criminal. Os traen al
adivino inspirado por los dioses, único entre los mortales que lleva en
su seno la verdad.
ESCENA II
LOS PRECEDENTES, TIRESIAS
EDIPO
Vos, que sometéis a vuestra inteligencia cuanto ignoran los hombres,
cuanto pueden aprender, cuanto encierran cielos y tierras, Tiresias,
aunque vuestros ojos no ven, conocéis tan bien como nosotros el mal
contagioso por que esta ciudad es desolada. Sólo a vos, soberano
intérprete de los dioses, os miramos hoy como nuestro apoyo y nuestro
libertador. Porque Febo, si no lo sabéis ya por mis mensajes, nos ha
respondido que, para salir del abismo en que estamos, no tenemos otro
recurso que descubrir a los matadores de Layo y condenarles a muerte
o desterrarlos. Dignaos, por lo tanto, sin escatimar ni consultas ni
auspicios ni ninguno de los otros medios de adivinación, salvar a
esta ciudad y a su Príncipe y a vos mismo. Salvadnos de la impureza
que la muerte de Layo extendió por esta tierra; sólo en vos reposa
nuestro espíritu. ¡Qué más noble, qué más digna función que emplear sus
facultades y su poder en provecho de sus conciudadanos!
TIRESIAS (_Aparte._)
¡Oh, qué triste es poseer algunas luces cuando no sirven para nuestra
felicidad! Harto sé lo que me preguntan, y muero de dolor... ¿Para qué
habré venido?
EDIPO
¿Qué sucede? ¿Qué abatimiento es ese en que os presentáis a mí?
TIRESIAS
Dejadme volver sobre mis pasos, creedme, sufriréis más fácilmente
vuestras desgracias y yo las mías.
EDIPO
Esas palabras son injustas y crueles para la patria que os mantiene y
a la que queréis privar de la explicación que os pido.
TIRESIAS
Sólo veo imprudencia en vuestras palabras, y no quiero ser tan
imprudente como vos.
EL CORO (_A Tiresias._)
En nombre de los dioses, iluminado como estáis, no nos abandonéis; nos
prosternamos ante vos para suplicároslo.
TIRESIAS
Estáis todos obcecados. No veis que yo quisiera callarme mis males para
no descubriros los vuestros.
EDIPO
¿Qué decís? ¡Estáis enterado y no os dignáis ilustrarnos! ¡Queréis
traicionarnos, queréis perder la ciudad!
TIRESIAS
No quiero afligiros a vos ni a mí. ¿Para qué interrogarme en vano? No
sabréis nada por mí.
EDIPO
¡Oh, el más malo de los hombres (pues tu obstinación irritaría a un
corazón de mármol)! ¡No hablarás! Te mostrarás siempre inflexible,
inconmovible.
TIRESIAS
Me reprocháis la cólera que os inspiro; pero veis la que hay dentro de
vos, y me condenáis.
EDIPO
¿Y quién podría sin cólera escuchar tus palabras que ultrajan a la
patria?
TIRESIAS
Lo que tengo que decir se descubrirá por sí mismo, aunque yo quisiera
ocultarlo en la sombra del silencio.
EDIPO
Lo que debe descubrirse es menester que tú me lo declares.
TIRESIAS
No me explicaré más. Ahora entregáos, si os place, a los más feroces
movimientos de vuestra ira.
EDIPO
Bien, en el furor que me domina, no disimularé nada de lo que presumo.
Sabe, pues, que sospecho que eres tú el autor de la conspiración: que
tú lo has hecho todo menos matar al rey, y que si no hubieras estado
ciego el crimen hubiera sido tuyo por entero.
TIRESIAS
Y yo os digo, en verdad, que seréis la víctima de vuestro propio
anatema, y que, en el mismo día, el pueblo y yo no os hablaremos
más; que os miraremos todos como el objeto impuro cuya presencia ha
mancillado esta tierra.
EDIPO
¿A qué punto de impudicia has llegado para atreverte a hablarme así? ¿Y
dónde crees poder desafiar mi venganza?
TIRESIAS
La desafío ya, puesto que llevo en el seno la omnipotente verdad.
EDIPO
¿Quién te enteró de ella? ¿Tu ciencia?
TIRESIAS
Vos mismo; vos, que, a pesar mío, me habéis obligado a explicarme.
EDIPO
¿Qué has dicho? Repite de nuevo para enterarme.
TIRESIAS
¿No me habéis entendido bien o queréis instarme a decir más?
EDIPO
No estoy bastante enterado, es preciso que te expliques otra vez.
TIRESIAS
Digo que sois vos mismo el asesino que buscáis.
EDIPO
No repetirás impunemente dos veces semejantes horrores.
TIRESIAS
¿Seguiré hablando para irritaros más?
EDIPO
Todo lo que quieras, tus discursos no serán menos frívolos.
TIRESIAS
Digo que no conocéis la unión infame que os une con lo más caro para
vos ni el abismo horrible en que estáis.
EDIPO
¿Piensas lisonjearte mucho tiempo de haber proferido tales palabras?
TIRESIAS
Sí, si la verdad tiene alguna fuerza.
EDIPO
La tiene, sin duda, pero no para ti, a quien una profunda ceguera
impide a la vez ver, oir y entender.
TIRESIAS
Desgraciado; me ultrajas, pero tales ultrajes los recibirás pronto de
todos.
EDIPO
En la noche oscura en que estás hundido, no sabrías herirme a mí ni a
ninguno de los mortales que gozan de la luz.
TIRESIAS
El destino no quiere tampoco que caigáis bajo mis golpes, sino bajo los
de Apolo que se ha reservado el cuidado de castigaros.
EDIPO
¿De quién parten esas imposturas? ¿De Creón o de ti?
TIRESIAS
Creón no os ha hecho ningún mal; sois vos quien os lo habéis hecho.
EDIPO
¡Oh, riquezas, poder del trono, dones supremos del espíritu que lanzáis
sobre la vida un resplandor tan peligroso, cuán inevitable es que la
envidia vele incesantemente en torno vuestro cuando Creón, que empezó
por tener toda mi confianza y se mostró mi amigo, celoso ahora del
trono que yo no pedí y que los tebanos me dieron, no tiene otro deseo
sino echarme de él, y en la secreta trama en que me envuelve, se sirve
contra mí de este pretendido adivino, de este impostor artificioso,
de este mendigo abyecto, que no sabe ver sino el oro y es ciego para
su arte!... Pero dime cómo se explica que seas tan hábil adivino y
que cuando el monstruo canoro hacía oir aquí sus cantos fúnebres no
descubrieses medio alguno de libertar de él a tu patria. ¿Había que
dejar a un extranjero el cuidado de descifrar los enigmas de tal
monstruo y no debías entonces emplear tus profecías? Y no obstante,
ni tus aves ni los dioses te hicieron conocer nada. Fué Edipo, fuí
yo quien, llegando aquí y no sabiendo nada de lo que concierne a tu
arte, supe vencer al monstruo, no por el vuelo de las aves, sino por la
penetración de mi mente; y no obstante, hoy querrías echarme del trono,
en la esperanza de tener siempre libre acceso a él ocupándolo Creón.
Pero espero que tú y tu cómplice tendréis lugar de arrepentiros de
haber tramado contra mí esta conjura; y ya, si no tuviese en cuenta tus
años, habrías reconocido por tu suplicio la vanidad de tus esperanzas.
EL CORO
En medio de nuestras conjeturas, oh príncipe, demasiado vemos que
sólo la cólera ha podido dictar a uno y otro semejante lenguaje. Pero
dejemos tales palabras inútiles y pensemos sólo en la mejor manera
posible de cumplir el oráculo.
TIRESIAS
Por muy rey que seáis, Edipo, os responderé como a mi igual, pues no
soy vuestro esclavo ni lo sería de Creón si llegase a reinar: Apolo es
el único a quien sigo. Me habéis ultrajado, me habéis reprochado la
pérdida de los ojos; los vuestros están abiertos, no lo niego; pero
no veis en qué males estáis hundido, en qué morada vivís, con quién
habitáis... ¿Sabéis de quién procedéis? Ignoráis que sois el enemigo de
los vuestros, de los que están entre los muertos y de los que están aún
sobre la tierra. Las dos furias vengadoras de una madre y de un padre
os herirán a la vez y os echarán luego de esta comarca; veis ahora
la luz y no veréis ya sino las tinieblas. ¡Qué ribera, qué antro del
Citerón no resonará con vuestros lamentos, cuando conozcáis lo que es
el tempestuoso himeneo en que creísteis hallar un puerto tranquilo! ¡No
conocéis la cadena de horrores que debe asimilaros a vuestros hijos y
a vuestros hijos a vos! Ahora, desencadenaos contra Creón y contra mí;
ya que entre todos los mortales confundidos por el infortunio no habrá
nunca ninguno tan criminal como vos.
EDIPO
¿Sufriré por más tiempo semejantes ultrajes? Perecerá... Huye sin
tardanza, huye y sal para siempre de aquí.
TIRESIAS
No hubiera venido si no me hubierais llamado.
EDIPO
No podía imaginar que palabras tan insensatas salieran de tu boca; no
me hubiera apresurado tanto a llamarte.
TIRESIAS
Os parezco insensato. Era sabio a los ojos de quienes os dieron el ser.
EDIPO
¿Quiénes son? No te vayas... ¿A qué mortales debo el nacimiento?
TIRESIAS
La misma luz alumbrará tu nacimiento y tu muerte.
EDIPO
Es demasiado prolongar palabras enmarañadas y obscuras.
TIRESIAS
¡Érais en otro tiempo tan hábil para penetrar tales enigmas!...
EDIPO
¡Insúltame ahora en las ventajas que son mi gloria!
TIRESIAS
Esas ventajas os han perdido.
EDIPO
¿Qué me importa mi pérdida si he salvado a la ciudad?
TIRESIAS
Me retiro. Niño, conducidme.
EDIPO
Que te conduzca, ya que extiendes a tu paso la turbación y el desorden;
cuando estés lejos de aquí, no nos importunarás.
TIRESIAS
Salgo; pero al partir diré, sin temer vuestra presencia, cuanto tenía
que decir, pues no está en vuestro poder el perderme. Os anuncio que el
asesino que buscáis, que amenazáis y que queréis castigar por la muerte
de Layo, pasa aquí por un extranjero admitido en el número de nuestros
ciudadanos; pero que pronto será reconocido por verdadero hijo de
Tebas, y ese cambio no será para él motivo de alegría; pues ve la luz
y no la verá más; es rico, y se tornará pobre, y explorando su camino
con un báculo que le servirá de apoyo, pasará a una tierra extranjera.
Se juntarán en él el padre y el hermano de sus hijos, el hijo y el
esposo de la que le dio el ser, el asesino de su padre y el marido de
su madre. Volved ahora a vuestro palacio y meditad sobre lo que acabáis
de oir; si podéis llamarme mentiroso decid que no sé nada del arte de
la adivinación.
EL CORO
¿Quién es aquel a quien el antro profético de Delfos ha denunciado como
el asesino cuyas manos ensangrentadas cometieron el más horrible de
los crímenes? En seguida debe, con pie más ligero que los más veloces
corceles, precipitar su fuga. El hijo de Zeus, armado de relámpagos, se
apercibe a confundirle y las furias terribles e inevitables siguen los
pasos del dios. Su voz inmortal acaba de resonar en el Parnaso nevado y
nos manda seguir por todas partes las huellas del matador desconocido.
Sin duda, semejante a un toro salvaje, vaga por la espesura de los
bosques, por las cavernas, por las rocas desiertas; y arrastrando con
dolor su vida solitaria intenta esquivar los oráculos de Delfos; pero
esos oráculos, que no mueren nunca, le siguen y vuelan tras él. ¡Con
qué horribles, con qué espantosos pensamientos el sabio adivino ha
turbado nuestro espíritu! No podemos ni acogerlos ni rechazarlos; no
sabemos lo que hemos de decir. Nos abandonamos al vuelo de la esperanza
sin mirar a los lados ni atrás. ¿Qué motivo de querella ha podido haber
nunca entre los Labdácidas y el hijo de Polibio? Lo ignoramos y no
sabemos tampoco en virtud de qué conjeturas, entregándonos a la voz
que acaba de hacerse oir entre nosotros, podríamos vengar en Edipo la
muerte de Layo de la que se ignora el autor.
Zeus y Apolo no lo ignoran; conocen todas las acciones de los mortales.
Pero nada podrá persuadirnos de que un adivino esté más enterado que
nosotros y que la sabiduría de un hombre le ponga por encima de la de
otro. No, nunca, sin estar convencidos por el testimonio de nuestros
ojos, uniremos nuestra voz a la de los acusadores de Edipo. Cuando el
monstruo alado con rostro de mujer apareció ante él, ¿no dio brillante
muestra de su sabiduría y de su buena voluntad para nuestra patria?
Después de tan gran servicio, nuestro espíritu se resiste a no ver en
él sino un mal hombre.
[Ilustración]
ACTO TERCERO
ESCENA PRIMERA
CREÓN, EL CORO
CREÓN (_Al Coro._)
Tebanos, al tanto de las acusaciones graves de que Edipo me ha hecho
objeto, y no pudiendo soportar tal vergüenza, vengo en vuestra
busca; como nunca, con mis acciones o con mis palabras, he intentado
perjudicarle, prepararle la pena que sufre y de que me juzga el autor,
con tal oprobio sobre mí, desearía poco prolongar mis días; pues no se
trata de una imputación leve, sino grave en extremo, ya que no tiende
nada menos que a declararme pérfido con vosotros, con mis amigos y con
la patria.
EL CORO
Es un ultraje que la violencia de la cólera, más que el sentimiento de
la verdad, ha lanzado contra vos.
CREÓN
¿Cómo ha podido decir que yo había comprometido al adivino a proferir
esa mentira?
EL CORO
Lo ha dicho; pero no sabemos con qué fundamento.
CREÓN
¿Su rostro y su actitud no denotaban algún extravío en su espíritu?
EL CORO
No sabemos; pues no hacemos objeto de investigación a nuestros señores.
Pero he aquí al rey que sale de su palacio.
ESCENA II
LOS PRECEDENTES, EDIPO
EDIPO
¡Vos aquí! ¿Cómo habéis osado presentaros de nuevo? ¿Con qué cara
osáis acercaros a este palacio, vos que me asesináis, que conspiráis
abiertamente para arrebatarme el trono? Hablad; en nombre de los
dioses, decidme si habéis descubierto en mi persona algún indicio
de flaqueza o de demencia que os haya llevado a emprender esa
conspiración. ¿Pensabais que yo no me percataría del artificio con
que habéis envuelto vuestros propósitos y que al descubrirlo no me
vengaría? ¿No es para vos la más loca de las empresas pretender, sin
amigos y sin la aquiescencia del pueblo, usurpar un trono que sólo
puede adquirirse con tesoros y con el apoyo de la multitud?
CREÓN
¿Sabéis ahora lo que habéis de hacer? A cuanto acabáis de decirme
escuchad lo que he de responder, y cuando estéis enterado, juzgadme.
EDIPO
Vos sois muy hábil para discurrir, y yo muy inhábil para asesorarme por
vos, en quien he descubierto un enemigo peligroso.
CREÓN
Prestad oído un momento a lo que voy a deciros.
EDIPO
No me digáis que no sois el más pérfido de los hombres.
CREÓN
Si pensáis que la obstinación es un bien, carecéis de prudencia y
estáis en un error.
EDIPO
Si pensáis poder atacar a un pariente sin que ello os traiga perjuicio,
no es más pequeño vuestro error.
CREÓN
Lo que decís es justo, lo confieso. Pero dignaos decirme qué injuria
habéis sufrido de mi parte.
EDIPO
¿No me habíais persuadido de que era preciso enviar por ese famoso
adivino?
CREÓN
Sin duda, y aún estoy en la misma creencia.
EDIPO
¿Cuánto tiempo hace que Layo...?
CREÓN
¿Qué queréis decir? No adivino...
EDIPO
¿Desapareció y murió a manos de un asesino?
CREÓN
Un largo espacio de tiempo ha transcurrido ya.
EDIPO
¿Y ese adivino era entonces lo que es en su arte?
CREÓN
Era tan hábil y estaba tan en boga como hoy.
EDIPO
¿Y entonces habló de mí?
CREÓN
No, nunca, al menos en mi presencia.
EDIPO
¿Y no hiciste ninguna indagación sobre la muerte de Layo?
CREÓN
La hicimos, sin duda; ¿cómo íbamos a descuidar eso? Pero no pudimos
averiguar nada.
EDIPO
¿Y cómo tan hábil adivino no dijo entonces lo que hoy dice?
CREÓN
No sé; no me gusta hablar de lo que ignoro.
EDIPO
Pero lo que os atañe no lo ignoraréis al menos, y lo podréis decir.
CREÓN
¿Qué podré decir? Si lo sé, no me negaré a ello.
EDIPO
Que si Tiresias no se hubiera aliado con vos, no me hubiera achacado
nunca la muerte de Layo.
CREÓN
Vos sabréis si os la achaca; en cuanto a mí, creo justo interrogaros a
mi vez.
EDIPO
Interrogad; no temo verme convicto de asesinato.
CREÓN
¿Qué? ¿El himeneo no os unió con mi hermana?
EDIPO
No puedo negarlo.
CREÓN
¿No reináis aquí con ella? ¿No participáis de su imperio?
EDIPO
Y todo lo que quiere lo obtiene fácilmente de mí.
CREÓN
¿No soy tratado de igual a igual por vosotros dos?
EDIPO
Y en eso se ve la perfidia de un amigo como vos.
CREÓN
No, si me dais tiempo de explicarme, como yo os lo he dado. ¿Pensáis,
por de pronto, que nadie preferiría nunca el poder supremo, con mezcla
de temor, a ese mismo poder tranquilo y libre de inquietud? En cuanto
a mí, lo que puede halagarme no es tanto tener el nombre de rey como
tener el poder; y todo hombre prudente pensará como yo. Todo lo que
puedo desear lo recibo de vos exento de alarmas. Si reinase yo, ¿a
cuántas acciones no estaría obligado que contradirían mis deseos?
¿Cómo el goce del trono me sería más agradable que un poder tan sin
límites, pero sin pena ni inquietud? No hay seducción que pueda hacerme
preferir cosa alguna a un bien que reúne tantas ventajas. Hoy soy
buscado por todo el mundo, todos me acarician y me halagan, a mí se
dirigen los que os necesitan, por mí consiguen lo que piden. ¿Cómo
podría yo, renunciando a tales dulzuras, ambicionar otras? Con un
poco de prudencia, un espíritu razonable no llega a ser malo. Nunca
mi corazón se inclinó a propósitos semejantes y nunca hubiera podido
unirme con quien fuera capaz de ejecutarlos. Si queréis la prueba de lo
que os digo, id a Delfos e informaos de si he interpretado fielmente
la respuesta del oráculo. Si descubrís que he podido aliarme con el
arúspice y conspirar contra vos en unión suya, pronunciad, si no basta
una sola para perderme, dos sentencias y añadid mi voto al vuestro;
pero no me acuséis arbitrariamente y por vagas sospechas, que no es
justo confundir de un modo ligero a los malos con los buenos y a los
buenos con los malos. Pensad que privarse de un amigo verdadero es (me
atrevo a decirlo) privarse de la vida, a la que se tiene tanto apego.
Pero el tiempo os hará conocer lo que debéis pensar. Sólo el tiempo
muestra cuál es el hombre justo; un solo día basta para descubrir al
malo.
EL CORO
Si queréis evitar, oh príncipe, caer en el error, las advertencias de
Creón no pueden sino seros útiles. La demasiada prevención nos pone en
peligro de engañarnos.
EDIPO
Cuando un enemigo se dispone a atacarme en secreto, es necesario que, a
mi vez, yo me disponga a rechazar el ataque. Si permanezco tranquilo,
si no me apresuro, su plan se ejecuta y mis propósitos son vanos.
CREÓN
En fin, ¿qué queréis? ¿Echarme de esta tierra?
EDIPO
Es demasiado poco; quiero vuestra muerte, y no vuestro destierro.
CREÓN
Cuando me hayáis mostrado qué motivo de malquerencia y de reproche
podéis tener contra mí.
EDIPO
Me habláis como si no creyeseis en mis amenazas o quisierais
desafiarlas.
CREÓN
No veo vuestro espíritu conducido por la razón.
EDIPO
Lo está para lo que me atañe.
CREÓN
Lo debe estar también para lo que me concierne.
EDIPO
¡Cómo! ¡Si sois un traidor!
CREÓN
Pero si os engañáis...
EDIPO
Quiero ser obedecido.
CREÓN
No lo seréis si reináis mal.
EDIPO
¡Tebas, Tebas!
CREÓN
No la llamaréis vos sólo: la llamaré yo también en mi socorro.
EL CORO
Príncipes, cesad. He ahí a Yocasta que sale del palacio; viene a punto
para mediar en vuestra querella.
ESCENA III
LOS PRECEDENTES, YOCASTA
YOCASTA
¡Infortunados! ¿Qué combate es ese de palabras imprudentes con que os
humilláis uno a otro? ¿No os avergonzáis, en medio de las miserias
públicas, de suscitaros además males domésticos? Entrad en vuestro
palacio, Edipo; vos, Creón, volved al vuestro. No hagáis de una pequeña
causa un gran motivo de pena.
CREÓN
Hermana mía, se trata de una suerte cruel que me prepara Edipo, vuestro
esposo, haciéndome escoger entre estos dos suplicios: el destierro o la
muerte.
EDIPO
Sí, puesto que le he sorprendido tramando contra mi vida una
conspiración abominable.
CREÓN
No goce yo más tiempo de la luz, perezca bajo el peso del odio celeste,
si soy culpable de lo que me acusa.
YOCASTA
En nombre de los dioses, Edipo, creed en su palabra. Considerad el
juramento que dirige a los inmortales; considerad los deseos de vuestra
esposa y los de vuestro pueblo.
EL CORO
Que vuestro propio corazón, que la razón, gran príncipe, os fuercen a
rendiros, os lo suplicamos.
EDIPO
¿Qué exigís de mí?
EL CORO
Respetar a un príncipe ya digno de vuestra consideración y cuyo
juramento además debe realzarle a vuestros ojos.
EDIPO
¿Sabéis lo que me pedís?
EL CORO
Sin duda.
EDIPO
Explicaos.
EL CORO
No tratar como a un criminal cargado de oprobios a un amigo a quien la
religión del juramento ha consagrado, cuando no tenéis ninguna prueba
evidente contra él.
EDIPO
Sabed, pues, que al pedirme esa gracia me pedís a mí mismo o mi
destierro o mi muerte.
EL CORO
Ponemos por testigo al sol, el más brillante de los inmortales;
perezcamos abandonados de los dioses y de nuestros amigos, víctimas
de la suerte más funesta, si semejante pensamiento ha tenido entrada
en nuestro espíritu. Pero ¡infelices de nosotros! el estado horrible
de la patria nos desgarra el corazón y sentimos aún aumentar nuestro
infortunio si la desgracia de vuestras visiones colma nuestros males.
EDIPO
Bien, que escape a mi venganza, que deba yo perecer o verme con
indignidad expulsado de esta tierra. Sólo por vuestra súplica, no por
la suya, me dejo conmover. En cuanto a él, esté donde esté, no puede
ser a mis ojos sino objeto de odio.
CREÓN
No cedéis sino a pesar vuestro: lo veo; pero ese pesar os dolerá cuando
vuestra cólera haya tenido término. Un carácter como el vuestro lleva
en sí mismo su propio castigo.
EDIPO
Salid o dejadme.
CREÓN
Salgo sin que me hagáis justicia; pero justificado a los ojos del
pueblo. (_Sale._)
EL CORO (_A Yocasta._)
¿Por qué, Princesa, demoráis el tornar al rey a su palacio?
YOCASTA
Quisiera saber qué acontecimiento...
EL CORO
Sospechas sin fundamento han surgido y atormentan a quien no las merece.
YOCASTA
Por una y otra parte.
EL CORO
Es muy cierto.
YOCASTA
¿Sobre qué discutían?
EL CORO
Basta ya, a nuestro juicio. Muchas desgracias pesan sobre la ciudad;
detengámonos donde termina su querella.
EDIPO
¿No veis, hombres prudentes, a lo que conducen esas palabras?
Abandonáis mis intereses y desgarráis mi corazón.
EL CORO
Os lo hemos dicho ya, oh rey nuestro, estad convencido; mereceríamos
pasar por insensatos, incapaces de reflexión, si nos separásemos de
vos, oh príncipe, de vos que habéis levantado nuestra patria y la
habéis sacado de la situación deplorable a que se hallaba reducida.
Seguid siendo ahora nuestra guía y salvadnos si os es posible.
YOCASTA
En nombre de los dioses, Edipo, decidme de dónde puede proceder la
violenta cólera de que estáis animado.
EDIPO
Os lo diré, señora (pues mis consideraciones para vos irían aun más
lejos): procede de Creón y de la conspiración que ha tramado contra mí.
YOCASTA
¿Tenéis algún evidente motivo de acusación?
EDIPO
Dice que soy yo el matador de Layo.
YOCASTA
¿Lo dice como sabiéndolo por sí mismo o como habiéndose enterado por
algún otro?
EDIPO
Lo dice por boca de un pérfido adivino que me ha enviado y que se
complace por doquier en desencadenar su lengua contra mí cuanto le es
posible.
YOCASTA
Dejad un momento el cuidado que os ocupa; escuchadme y ved hasta qué
punto el arte de la adivinación es quimérico entre los humanos; os lo
probaré en pocas palabras. Un oráculo fué enviado a Layo (no diré que
viniese del mismo Febo, sino de uno de sus ministros). Este oráculo
anunciaba que su destino le condenaba a perecer a manos de un hijo que
tendría conmigo, y sin embargo, es público que bandidos extranjeros le
asesinaron en un sitio donde el camino se divide en tres ramales. En
cuanto a su hijo, apenas habían transcurrido tres días de su nacimiento
cuando, atándole los pies, Layo le hizo abandonar, por manos extrañas,
en una montaña inaccesible. Así el oráculo de Apolo no se realizó; mi
hijo no fué el asesino de su padre y Layo no murió a manos de su hijo,
como tanto lo había temido. A esto vinieron a parar todos los vanos
discursos proféticos. Cesad, pues, de inquietaros. Lo que los dioses
quieren indagar lo descubren sin trabajo.
EDIPO
¡Qué sorpresa escuchándoos, señora, acaba de turbar mi ánimo y de
llenarme de confusión!
YOCASTA
¿Qué inquietud os asalta y os hace hablar así?
EDIPO
Creo haberos oído decir que Layo fué asesinado en un camino que se
divide en tres ramales.
YOCASTA
Sí; pues así se dijo y no ha cesado de repetirse.
EDIPO
¿Y en qué comarca está el lugar donde la muerte se cometió?
YOCASTA
En la Fócida. Dos caminos diferentes que vienen de Delfos y de Daulis y
convergen en un tercero.
EDIPO
¿Y en qué tiempo ocurrió ese acontecimiento?
YOCASTA
Se hizo público en la ciudad poco antes de que vos subieseis al trono
de Tebas.
EDIPO
¡A qué me habéis destinado, oh Zeus!
YOCASTA
¿Qué pensamiento os agita, Edipo?
EDIPO
No me interroguéis. Decidme solamente cuál era la estatura y el aspecto
de Layo, y qué edad representaba.
YOCASTA
Era alto; sus cabellos comenzaban a blanquear y su rostro tenía algún
parecido con el vuestro.
EDIPO
Triste de mí. ¡Ha sido, pues, sobre mí mismo sobre quien he lanzado
hace un momento, sin saberlo, mis horribles imprecaciones!
YOCASTA
Príncipe, ¿qué decís? No me atrevo ni aun a miraros.
EDIPO
Mucho me temo que sea el adivino demasiado clarividente. Me aseguraré
más, si queréis seguir respondiéndome.
YOCASTA
Tiemblo. No obstante, interrogadme y os diré lo que pueda saber.
EDIPO
¿Viajaba sin pompa o iba acompañado de numerosos satélites como cuadra
a un rey?
YOCASTA
Cinco hombres constituían su séquito; en ese número estaba comprendido
un heraldo. No llevaba más que un sólo carro.
EDIPO
¡Todo se ha aclarado! ¿Y quién, señora, os trajo la noticia de la
muerte de Layo?
YOCASTA
Un hombre de su séquito, el único que escapó.
EDIPO
¿Y ese hombre, está ahora en este palacio?
YOCASTA
Ya no está; pues tan luego como regresó y os vio, después de la muerte
de Layo, tornaros dueño de este imperio, me suplicó, cogiéndome la
mano, que le enviase al campo y le encargase de la guarda de los
rebaños para ahorrarle el dolor de ver nunca más esta ciudad. Le envié;
pues, aunque esclavo, hubiera merecido por adhesión una gracia aun más
particular.
EDIPO
¿Se le podría mandar llamar en seguida?
YOCASTA
Sin duda... Pero, ¿cuál es vuestro designio haciéndole venir?
EDIPO
Temo en lo profundo de mi corazón, que se me haya dicho demasiado; por
eso quiero verle.
YOCASTA
Seréis complacido. Pero, señor, ¿me concederéis la gracia de enterarme
de lo que os atormenta?
EDIPO
Me guardaré bien, señora, de negárosla, en medio del caos de esperanzas
a que me abandono todavía. Y ¿a quién podría confiarme mejor que a vos,
en las circunstancias singulares en que me encuentro? Mi padre, que se
llama Polibio, es de Corinto, mi madre de Doria, y se llama Mérope. Yo
era considerado en Corinto como el primero de los ciudadanos, antes
que la suerte diera lugar a un acontecimiento que no deja de ser
sorprendente, pero que no merecía las inquietudes que me causó. En un
banquete, un hombre presa de la embriaguez me dijo en el calor del
vino que yo no era sino un hijo adoptivo que habían dado a mi padre.
Bajo el peso de tal insulto me costó trabajo contenerme durante el
resto del día. Pero al siguiente fuí en busca de los autores de los
míos y les hice oir mis quejas. Se indignaron del ultraje que me había
hecho el que aventuró semejantes palabras. Su respuesta me dio alguna
alegría; sin embargo, lo que se me había dicho había penetrado muy
hondo para no desgarrarme el corazón. Sin saberlo mis padres partí
en secreto para Delfos. Apolo, a quien consulté, me dejó volver sin
dignarse responder a las preguntas que yo había venido a hacerle;
pero me anunció, sin oscuridad, cuanto hay de más horrendo, de más
deplorable, de más terrible. Me dijo que debía casarme con mi madre;
que daría el ser a una raza execrable a los ojos de los mortales, que
sería el asesino de mi padre. Apenas hube oído estas palabras, resuelto
a abandonar Corinto y a no medir en adelante la distancia a que pudiera
hallarme de dicha ciudad sino por la de los astros, emprendí la huída
hacia lugares donde pudiera evitar la realización de los oráculos
crueles que me habían sido anunciados. Avanzo; me acerco al sitio en
que decís que Layo fué asesinado, y osaré, señora, deciros la verdad.
Cuando estuve cerca del lugar donde convergen los tres caminos, un
heraldo y un hombre como el que habéis descrito, montado en un carro,
me salieron al paso. El auriga y el mismo anciano quisieron apartarme
con violencia. En mi cólera, golpeo al guía audaz que me empujaba fuera
del camino: el anciano que me ve pasar junto al carro aprovecha la
ocasión y me alcanza con su látigo en medio de la cabeza; en seguida
recibió un castigo más grande que el golpe que me había dado. Le golpeé
con el bastón de que mi mano estaba armada y en el mismo momento cayó
de lo alto de su carro, boca arriba, y rodó por el polvo. Todos sus
acompañantes perecieron a mis golpes. ¿Si aquel extranjero tiene algo
de común con Layo, quién fué nunca más desgraciado que yo? ¿Qué mortal
fué más odiado por los dioses? Ningún ciudadano, ningún extranjero
podrá ya hablarme ni recibirme en su casa; todos me rechazarán de su
hogar. ¡Y esta sentencia, estas imprecaciones yo mismo las he lanzado
sobre mí! ¡Mis manos, estas manos ensangrentadas mancillan el lecho de
aquel a quien asesinaron! ¿Soy en efecto un criminal? ¿Soy un mortal
impuro? Yo que estoy obligado a huir para evitar, huyendo, encontrar
nuevamente a los autores de mis días y poner los pies en mi patria, de
nuevo me expongo a unirme con mi madre en himeneo incestuoso y a llegar
a ser el asesino de mi padre, de Polibio, a quien debo la crianza y la
vida. ¿Quién, ante los males, por un dios cruel acumulados sobre mí,
podría justificarle? Haced, haced, oh majestad santa de los inmortales,
que semejante día no luzca nunca para mí; que yo desaparezca de la
morada de los hombres antes de ver sobre mi frente el estigma de tal
desgracia.
EL CORO
Lo que acabamos de oir, oh rey nuestro, nos hiela de terror; no
obstante, conservad aún alguna esperanza.
EDIPO
La única esperanza que me queda, lo mismo que a vosotros, está en ese
hombre encargado de la guarda de nuestros rebaños.
YOCASTA
¿Qué podéis esperar de su presencia?
EDIPO
Voy a explicároslo. Si confirma exactamente vuestro relato, no temeré
ya ser criminal.
YOCASTA
¿Qué he dicho yo que pueda ser tan ventajoso para vos?
EDIPO
Que, según los relatos de ese hombre, Layo fué asesinado por bandidos.
Si persiste en hablar de varios asesinos, no soy yo quien le hice
perecer, pues uno solo no es posible que parezca varios; pero si no
designa más que un solo hombre, todo está aclarado y a mí es imputable
el crimen.
YOCASTA
Ese hombre se explicó bien, no lo dudéis; no le es posible retractarse;
no soy yo sola quien le ha oído: toda la ciudad ha podido oirle como
yo. Pero aunque llegase a cambiar de lenguaje, no nos demostraría
que la muerte de Layo haya justificado el oráculo de Apolo, que
había anunciado que el príncipe moriría a manos de su hijo. Ese hijo
infortunado no ha hecho perecer a su padre, sino que él pereció
antes miserablemente. Así, en este caso, como en cualquier otro que
sobrevenga, no puedo dar fe a la palabra de un adivino.
EDIPO
Tenéis razón. Con todo, enviad a buscar a ese hombre: no descuidéis eso.
YOCASTA