[673] _El Imparcial_ del 27 y 29 de diciembre de 1912.
El muy distinguido periódico italiano _Il Secolo_, de Milán, en su
número correspondiente al 23 de noviembre último, publica un notable
artículo bajo el epígrafe de «Una gloria italiana che sfuma...»,
en el cual se trata la cuestión relativa a la patria de Colón y se
intenta refutar un folleto del acreditado escritor cubano doctor
Horta y Pardo, dedicado a demostrar que el descubridor de América era
español y natural de Pontevedra. El erudito doctor aduce y comenta los
diversos documentos y datos que yo tuve la honra de exponer en una
conferencia ante la ínclita Sociedad Geográfica de Madrid acerca de
tan extraordinario asunto, y añade otros sugeridos por el estudio del
mismo. Pero el amable articulista de _Il Secolo_ prescinde de puntos
esenciales, pasa como sobre ascuas en cuanto a los que menciona, pues
se limita a contestarlos con evidente ligereza y no ofrece en su
refutación ninguna argumentación ni dato alguno de importancia, sin
duda porque no los hay, deficiencia que procura encubrir acudiendo a
un tono algo sarcástico, aunque desde luego reconoce lealmente que no
existe completa certeza acerca del lugar en que nació Colón, bastándole
para juzgar la circunstancia de que éste se haya declarado hijo de la
hermosa ciudad de Génova.
Dicho articulista dedica casi toda su tarea al que suscribe, y
empieza por la conocida habilidad de ponerme en berlina ante los
lectores, afirmando que hago alarde de muchísimos títulos honoríficos
y científicos, por cuya razón hay algún derecho a tomar en serio mis
raciocinios. Esta inexactitud no puede ser mayor, puesto que carezco de
tales títulos; de manera que nunca he hecho ni podido hacer alarde de
ellos en ninguna ocasión, por escrito ni de palabra; con esto, no tengo
más que decir acerca de mi modesta persona.
Y contando de antemano con la benevolencia de _El Imparcial_, paso
a rectificar algunas de las demás inexactitudes en que _Il Secolo_
incurre, y a contestar en serio a sus razonamientos, a fin de que la
prensa italiana y de otras naciones, que seguramente habrán copiado
el artículo del importante periódico milanés, obtenga elementos para
formar juicio por el momento, porque me propongo dar muy pronto a la
imprenta el libro prometido en mi citada conferencia, no habiéndolo
hecho antes a causa de los achaques de mi vejez.
Lo primero que a propósito de dicha conferencia debo advertir es que
una Sociedad científica tan ilustre, circunspecta y sabia como la
Geográfica de Madrid, no habría de proporcionar a cualquier atrevido
solemne ocasión para acometer una aventura desatinada, cual sería la
de presentar a Colón como español, si el asunto no ofreciera por lo
menos un aspecto de certidumbre digno de atención. No abrigo ahora el
ridículo intento de hacer solidaria a la docta Corporación, directa
o indirectamente, de mis ideas, sino demostrar con tan oportuna
consideración que la teoría relativa a la patria española de Colón no
es absurda, ni siquiera caprichosa.
No merecen comentario alguno las festivas frases que al ingenioso
articulista de _Il Secolo_ inspira la noticia de que he invertido
treinta años en investigar antecedentes y en rebuscar documentos en
los archivos, pues nunca ni a nadie he dicho semejante cosa; no tengo
la culpa de que en este y en otros puntos se exagere mi labor por los
propagandistas entusiastas, a quienes estoy muy reconocido. Tampoco es
cierto que yo atribuya a un mal concepto acerca de los naturales de
Galicia el hecho de haber ocultado Colón su verdadero origen y patria.
No creo que hay necesidad grande o pequeña de rehabilitar a dicho
país, que tiene una historia tan digna de aprecio y tan honrosa como
cualquiera otra región de España; nada he dicho de esto en mis trabajos
colonianos, ni puedo evitar que haya escritores susceptibles, llorones
o impacientes. A pesar de la exactitud que encierra el proverbio de
que nadie es profeta en su tierra, no se me ha ocurrido aplicarlo en
este asunto; bastan los nombres de Susana, Jacob, otro Jacob, Benjamín,
Abraham y Eliezer o Eleázar con el apellido Fonterosa, esto es, una
familia de hebreos, expulsados precisamente en 1492, así como la
circunstancia, entre otras especiales, de que los Colón de Pontevedra
pertenecían a la clase ínfima del pueblo, para conjeturar las causas
de que el primer Almirante de las Indias ocultase patria y origen y se
engalanase con el título de navegante genovés, dado también que estos
marinos italianos disfrutaban en el siglo XV, como en los anteriores,
merecida fama y gozaban gran acogimiento en la corte de Castilla.
En otro enorme error cae el articulista de _Il Secolo_. Afirma nada
menos que atribuyo el resuelto y constante apoyo que el P. Deza,
oriundo de Galicia, dispensó a Colón, al hecho de que éste le comunicó
en el secreto de la confesión su calidad de gallego. En ninguna
ocasión, lugar ni escrito he aducido tal disparate, y para explicar en
mi libro el motivo de dicha protección, estudio otras circunstancias de
gran valor, fundándome en ciertas cartas de Colón a su hijo Diego.
Descartadas estas pequeñeces y prescindiendo de otras inexactitudes
de escaso interés, entraré en el fondo del asunto. Por lo visto, para
el citado articulista no tienen importancia diversos hechos que por
ningún concepto deben ser desdeñados. La existencia en Pontevedra, en
la generación anterior y en la coetánea de Colón, de personas con este
apellido y con nombres de pila iguales a los de la familia histórica
del Almirante, no significan gran cosa a su juicio; tampoco tiene
ningún valor la circunstancia de aparecer a la vez en dicho pueblo el
apellido Fonterosa, materno de Colón, en una familia hebrea, y la de
constar unidos ambos apellidos en un documento oficial de 1437 para el
pago de 24 maravedís, a pesar de la naturalísima y lógica reflexión
de que apenas hay distancia de un matrimonio entre personas de las
dos familias a una asociación de intereses, o viceversa, para que
hubiese nacido Cristóbal de Colón y Fonterosa, descubridor del Nuevo
Mundo. Carecen también de importancia, en concepto del articulista,
la imposición de ciertos nombres pontevedreses a varios lugares de las
Antillas; no sé qué diría si contemplase en las fotografías la gran
semejanza que hay entre la bahía de Miel, en Baracoa (Cuba), bautizada
por Colón con el nombre de Portosanto, y la ensenada que tiene este
este mismo nombre en Pontevedra.
_Il Secolo_ menciona otro hecho notabilísimo; pero no lo analiza ni lo
comenta o explica, pasando sobre él, repito, como sobre ascuas, aunque
observando que Colón había declarado ser genovés y llevado «durante
mucho tiempo» (esto carece de justificantes) el apellido Colombo. El
hecho a que me refiero es el siguiente: en la escritura de institución
del mayorazgo, año de 1498, el Almirante declara en una cláusula que
«salió de Génova» y «en ella nació» (frase singularmente construída);
pero en otra manifiesta textualmente que «su verdadero» linaje es el de
los llamados «de Colón», con «antecesores» llamados «de Colón», de cuya
manera repudia la nacionalidad genovesa y el apellido Colombo. Estas
dos declaraciones son contradictorias, y hay que elegir una de ellas.
¿Cuál? La solución no es dudosa, porque la primera, que el elocuente
escritor señor marqués de Dosfuentes califica muy acertadamente de
«heráldica», no ha podido comprobarse durante los cuatro siglos
transcurridos, mientras que la segunda se halla cabalmente justificada
por los documentos pontevedreses, en los cuales consta el apellido
Colón precisamente con la preposición «de», así como esos «antecesores
llamados de Colón», de la misma manera que se ve en la inscripción de
principios del siglo XVI, grabada en piedra con letra gótica alemana,
en que figura el mareante Juan «de Colón», existente en la iglesia de
Santa María, de Pontevedra; inscripción que por cierto estuvo oculta
hasta que recientemente fué derribado un antiguo altar del mismo
templo, edificado a costa de los marineros.
Pero, además, ¿quién califica de «verdadero» a su linaje sino en
presencia de otro supuesto o ficticio, como lo era para el Almirante el
de los Colombo italianos? El gran marino no abrigaba seguramente ningún
recelo acerca de que tales manifestaciones descubriesen su patria y
origen, ya porque la escritura del mayorazgo habría de permanecer
reservada en el archivo de su familia y no transcendería al público, ya
porque acaso no ignoraba que en Pontevedra no existían más de uno o dos
humildes marineros de su apellido, y que éstos no habrían de sospechar
siquiera que el «glorioso marino genovés» tenía la misma sangre
que ellos. Por esta razón, y tal vez en descargo de su conciencia,
el descubridor de América dispuso que, en último caso, heredase el
mayorazgo cualquier individuo llamado «de Colón» que hubiera aquí o «en
otro cabo del mundo». Semejante frase en aquella época parece aludir
a Galicia y su promontorio Finisterre y no a Italia en general o a
Génova, Saona, Calví, etc., en particular, que están en el centro del
Mediterráneo. ¿No era esta la ocasión lógica y precisa, si Colón fuera
italiano, de que nombrase heredero en último término a cualquiera de
los llamados Colombo? ¿Hay, pues, fundamentos sólidos para afirmar que
los italianos de este apellido eran parientes del primer Almirante de
las Indias?
El articulista no debiera admirarse de que yo conceda gran importancia
a la afirmación de D. Fernando Colón, hijo y primer biógrafo del
insigne navegante, el cual dice categóricamente que su padre «quiso
hacer desconocidos e inciertos» su origen y patria. Esta afirmación
se halla corroborada, pues resulta que las dos familias de Colón, la
legítima y la de su amante Beatriz Enríquez, ignoraban en qué pueblo
había nacido el Almirante, hasta el punto de que Pedro de Arana, buen
amigo de éste y hermano de aquella dama, en la información de un
expediente de las Ordenes militares, declara con respecto a Cristóbal
Colón que «ha oído decir que es genovés, pero él no sabe de dónde es
natural.» El mencionado articulista prescinde de estos antecedentes,
como también prescinde de que Colón no dejó ningún escrito en italiano,
y, en cambio, llamaba «nuestro romance» a la lengua castellana ocho
años después de venir a España; de que los cronistas italianos de la
época del descubrimiento, el genovés Gallo y el obispo Giustiniani,
dicen que Bartolomé Colón nació en Lusitania; de que ningún escritor de
aquellos tiempos determina el lugar del nacimiento de Colón ni da la
menor noticia acerca de su vida anterior a la presentación en Castilla,
sobre cuyo punto existen las mayores tinieblas, mientras que están bien
conocidas las vidas de varios personajes italianos más antiguos y menos
famosos que el gran navegante, y en fin, prescinde asimismo de otra
multitud de hechos que omito para no cansar a los lectores.
Pero entonces, ¿qué es lo que tiene importancia para el articulista
de _Il Secolo_ en la cuestión que se discute? Pues, simplemente,
la mencionada declaración heráldica de Colón sobre haber nacido en
Génova y, además, un documento especial, conocido y estudiado por el
distinguido escritor norteamericano Mr. Vignaud, fechado en dicha
ciudad a 25 de agosto de 1479 y descubierto recientemente; papel
curiosísimo por todo extremo y que, según veremos, debiera acompañar
a otros que se guardan en la Casa municipal de aquella incomparable
población, con respecto a los cuales, en cuatro libros diversos,
dice el acreditado colombófilo Harrisse, también yanqui, que están
al lado del violín de Paganini. Mencionaré dos detalles del citado
documento: primero, que Colón nació en 1452, y segundo, que en 1479
era todavía ciudadano tejedor de Génova. Pues bien; ambos resultados
son sencillamente inaceptables, a juzgar por los siguientes datos
históricos: primero, Bernáldez, gran amigo de Colón, en su «Crónica
de los Reyes Católicos», dice, y se comprueba por otros datos, que
el Almirante falleció a los setenta años, «senectude bona»; y una
Real cédula, expedida en febrero de 1506, concede permiso a Colón,
en vista de su «ancianidad» y enfermedades, para viajar en mula
ensillada y enfrenada. (Asensio, «Cristóbal Colón», tomo I, páginas
212-213). Nacido el Almirante en 1452, tendría cincuenta y cuatro años
al fallecer en 1506; jamás en ninguna parte se ha llamado ni llama
a esa edad senectud o ancianidad. Segundo, cuando Colón se presentó
en Castilla, año 1484, era viudo y le acompañaba su hijo Diego, niño
de ocho años, nacido en 1476. ¿Cómo podía ser ciudadano de Génova y
tejedor de lanas el insigne marino, que se habría casado en Lisboa por
lo menos en 1475 y consultado entonces su gran proyecto a Toscanelli
desde la misma ciudad? Pensando, pues, piadosamente, resulta sólo
que el Cristóforo Colombo de ese documento de 1479 no era el mismo
Cristóbal Colón descubridor de América, el cual consigna, en una carta
a los Reyes, incluída en su «Libro de las Profecías», que en 1501
contaba cuarenta años de navegación, y restando los ocho que permaneció
en España antes de su primer viaje, resultaría que, nacido en 1452,
como quiere el papel de que se trata, habría empezado a navegar, poco
más ó menos... ¡antes de tener un año de edad! Siendo muy común en
Italia el apellido Colombo, nada tendría de particular que en aquel
país hubiera un Cristóforo Colombo distinto del gran marino, del mismo
modo que hubo otro Cristobo de Colón en Pontevedra durante el siglo XV.
En mi citado libro patentizo el valor que puede concederse al texto de
ciertos documentos; pero no terminaré este punto sin dedicar algunas
palabras a la carta en castellano, que se dice de Colón, conservada
en la Casa municipal de Génova, a fin de que por esa muestra los
lectores y el articulista milanés se enteren de los singulares detalles
que ofrecen aquéllos. En esa carta, fechada «a 2 de abril de 1502»,
Colón participa al magnífico Oficio de San Jorge que manda a su hijo
D. Diego destine el diezmo de toda la renta de cada año a disminuir
los impuestos que por las vituallas comederas se satisfacían a su
entrada en Génova, dádiva verdaderamente espléndida. Ahora bien;
nos encontramos aquí con una contradicción enorme, porque antes de
emprender el cuarto viaje, el Almirante dió a su heredero un memorial
de mandatos, a manera de disposición testamentaria, que comunicó a su
íntimo amigo Fray Gaspar Gorricio «dos días después» de la fecha de
aquella carta, esto es, «en 4 del mismo mes y año», en cuyo memorial,
analizado minuciosamente y comprobado por el Sr. Fernández Duro en su
«Nebulosa de Colón», no aparece, como tampoco en ningún otro documento,
semejante concesión a Génova, ni consta que de ella se hayan preocupado
poco ni mucho las autoridades y el vecindario de aquella ciudad. En
la misma carta, Colón añade que «los reyes me quieren honrar más que
nunca», precisamente cuando se le negaba el ejercicio de los cargos
de virrey y gobernador de los países que había descubierto y se le
imponía, para dicho cuarto viaje, la bochornosa condición de no
desembarcar en la isla de Santo Domingo; he aquí cómo se le honraba más
que nunca. ¿Qué concepto, pues, merece esta carta? Creo que está bien
colocada al lado del falso y desatinado codicilo militar del Almirante.
En Italia se comprendió la absoluta necesidad de probar que la madre
de Colón era italiana; pero por ninguna parte apareció el apellido
Fonterosa. Por fin surgió un gran recurso para salir del atolladero:
habiéndose encontrado documentos acerca de personas que tenían el
apellido «Fontanarubea», una de ellas, padre de cierta Susana, se le
traduce cómodamente convirtiéndolo en «Fontanarossa», con el pretexto
de que ambas palabras tienen el mismo significado. De manera que siendo
los italianos los únicos mortales que en este mundo pueden aspirar a
la infalibilidad, sin duda el articulista de _Il Secolo_ juzga que la
tergiversación mencionada es incontrastable; y así, hay desahogo y
manga ancha para la teoría colombina de Italia, mientras que para la
coloniana de España son las dificultades y los escrúpulos.
Mucho tendría que decir aún sobre esta interesante cuestión; pero
no debo abusar de la hospitalidad que _El Imparcial_ me concede.
Concluiré, pues, haciéndome cargo de la manifestación final de _Il
Secolo_. Dice que «genovés o pontevedrino, Colón no habría arribado a
su maravilloso descubrimiento si no le hubiese abierto camino el buen
Pablo Toscanelli, cuya nacionalidad no constituye, ni ha constituído
jamás, un punto histórico oscuro.» Esta reivindicación tiene el aspecto
de una retirada, puesto que ya se trata de disminuir el mérito de
Colón; perfectamente, pero conste que Toscanelli, en su correspondencia
con el futuro Almirante, considera a éste natural de Lusitania. Se ve,
por consiguiente, que en 1474 o 1475 Colón no decía que era genovés,
ni aparentaba serlo, sino que se fingía portugués. Cierto es que Mr.
Vignaud, citado por _Il Secolo_, califica de apócrifa a la mencionada
correspondencia, sin presentar justificantes adecuados, en su libro
titulado «La carta y el mapa de Toscanelli sobre la ruta de las
Indias por el Oeste», criterio que he refutado en un artículo que _La
Ilustración Española y Americana_ me dispensó la merced de publicar.
Si yo fuera sistemático en mi teoría coloniana, hubiera aceptado y
secundado ese criterio, porque de semejante superchería o falsedad
se deduciría lógicamente que, siendo de mano del propio Almirante la
copia de la carta de Toscanelli hallada por Harrisse en las guardas de
un libro que había pertenecido a Colón, éste presentaba al cosmógrafo
florentino bien enterado de que la nacionalidad del temerario
proyectista no era la italiana.
Por último, el distinguido articulista de _Il Secolo_ censura
sarcásticamente al sabio doctor Horta y Pardo (que posee, en efecto,
muchos títulos honoríficos y científicos) por encargar a los lectores
de su notable folleto que, en vista de los fundamentos que expone,
tengan fe en la nacionalidad española del inmortal descubridor
del Nuevo Mundo. Esa censura es injusta. Por mi parte tengo fe
absoluta y «razonada» en que la gloria de Colón pertenece íntegra a
España.--_Celso García de la Riega._
I
CARTA DEL REY DE PORTUGAL A CRISTÓBAL COLÓN, DÁNDOLE SEGURIDADES PARA
SU IDA A AQUEL REINO[674].
[674] _Archivo de los Duques de Veragua._--_Colec. de doc.
inéd. relativos al descubrimiento, etc._, t. XIX, págs. 459 y
460.
Marzo 20 de 1488.
En el sobrescrito dice: A _Cristovam Colon Noso especial amigo en
Sevilha_.
Cristobal Colon. Nos Dom. Joham, per graza de Deos, Rey de Portugall
e dos Algarbes; da aquem e da allem mar em Africa, Senhor de Guinea,
vos enviamos muito saudar. Vimos a carta que Nos escribestes: e a boa
vontade e afeizaon que por ella mostraaes teerdes a nosso servizo,
vos agradecemos muito. E cuanto a vossa viuda, ca, certo, assi pollo
que apontaaes como por outros respeitos para que vossa industra, e
boe engenho Nos sera necessareo, Nos a desejamos e prazernos ha muito
de visedes, porque em o que a vos toca se dara tal forma de que vos
devaaes ser contente. E porque por ventura teerees algum rezeo de
nossas justizas por razaon dalgunas cousas a que sejaaes obligado,
Nos por esta nossa carta vos seguramos polla viuda, stada e tornada
que nom sejaaes presso, retendo, acusado, citado nem demandado por
nenhua cousa, ora seja civil, ora criminal de qualquier cualidade. E
por ella mesma tanto vos rogamos e encomendamos que nossa viuda seja
loguo e para isso non tenhaaes pejo algum: e egardecernos lo hemos e
teeremos, muito en servizo. Scripta en Avis a veinte de marzo de mil
cuatrocientos ochenta y ocho.--El Rey.
J
CAMINOS POSIBLES PARA DESCUBRIR AMÉRICA Y CAUSAS DE HABER SIDO EL MÁS
IMPROBABLE, EL MÁS RÁPIDO Y FECUNDO[675].
[675] Resumen de la Conferencia dada en el Ateneo de Madrid
(5 mayo 1892), por D. Eduardo León y Ortiz, Catedrático de la
Facultad de Ciencias de la Universidad Central.
Cuatro caminos se ofrecían--dice el Sr. León y Ortíz--para descubrir
el Nuevo Continente, partiendo de Europa: uno natural o lógico, dos
probables y otro muy improbable.
Era el del Nordeste, a causa de que por este lado linda Europa con
Asia, y también por dicho lado sólo están separadas Asia y América por
un Estrecho, el camino natural o lógico[676]. A seguirlo estaba llamado
el pueblo ruso; pero lo impidieron justas y poderosas causas. Llegó el
siglo XVII. En 1696, reinando Pedro el Grande, una banda de cosacos
invadió la península de Kamtchatka, cuyo extremo meridional los dejaba
enfrente de las islas Kuriles, al Sur de las cuales se hallan las del
Japón[677].
[676] Pág. 10.
[677] Kamtchatka es una península montañosa de Siberia, entre
los mares de Behring y de Okhotsk.
Requería la vasta extensión del territorio dominado establecer
comunicación marítima entre sus distantes regiones, y al efecto,
dispuso Pedro el Grande se prepararan dos flotas: una, desde Arcángel
hacia Oriente, debía costear por el Norte la Siberia, y otra, saliendo
de Kamtchatka, navegar hacia altas latitudes. Aunque no en vida del
célebre Czar, quien murió a poco, ambas expediciones se intentaron. En
la primera, por causa de los hielos, no se pasó de la desembocadura
del Yenisei. Mejor éxito tuvo la segunda, emprendida en 1728. Mandada
la flota por Behring, danés al servicio de Rusia, al cual acompañaba
Tshirikof como segundo, pasó desde el río de Kamtchatka a la isla
de San Lorenzo, y avanzando más hacia el polo, cruzó el Estrecho,
designado después con el nombre de Behring, y penetró en el mar
Glacial, desde donde volvió al punto de partida. Por haberse ceñido en
todo el viaje demasiado a la costa de Asia, no divisaron la de América;
pero esto no podía tardar en suceder. Al coronel Schestakof, que había
manifestado cuánto importaba someter a los tschukches, situados en el
extremo más oriental, se le confió la campaña que debía emprender desde
el Kolima, mientras el capitán Paulustky avanzaría desde el Anadir y,
secundando a ambos, el cosaco Krupishef combatiría por mar. Schestakof
pereció en la pelea. Más afortunado Paulustky, batió a los enemigos y
los persiguió por encima de los hielos, hasta trasponer el promontorio
oriental de Asia, viendo entonces, con no poco júbilo, a lo lejos, una
nueva costa, que también alcanzó a ver Krupishef, impelido hacia ella
por una tempestad. Era dicha costa la de América.
Sucedió esto en 1731, y diez años adelante Behring y Tshirikof,
salieron otra vez de Kamtchatka, proponiéndose descender al paralelo
de 50° de latitud y navegar luego hacia Oriente, hasta dar con la costa
americana. Separados a poco por un temporal, Tshirikof llegó a dicha
costa por los 55° 36' de latitud, mientras Behring arribaba por los 60°
hacia el Cabo de San Elías desde donde costeando pasó a la península
de Aliaska y archipiélago de las Aleoutes. Cumpliéndose, pues, la ley
del progreso, no hubiera dejado de alcanzarse América, así como no
dejara de descubrirse China, en cuyas fronteras quedaron los rusos en
el siglo anterior, según antes se dijo, ni el Japón, adonde arribaron
en el mismo XVIII en que a América. En efecto, en 1732 naufragó en la
costa de Kamtchatka un barco procedente de ese Imperio, y habiendo
llegado a San Petersburgo la noticia, se despertó de nuevo avidez por
los descubrimientos. Spangberg y Walton salieron por separado desde las
islas Kuriles hacia las grandes islas del Japón, y en 1739 la bandera
rusa ondeó por primera vez en los mares donde dos siglos antes lo
habían realizado las de Portugal y España.
¡Qué triste camino el seguido por el Nordeste para llegar a América,
y qué mísero hallazgo el encontrado en ella por ese camino! Cielo
nebuloso y suelo cubierto de nieve es todo el paisaje ofrecido por la
Siberia; y no era mejor el cuadro que Behring y Tshirikof contemplaran
al pisar la parte más septentrional de América. Sucumbió el primero
de frío y de tristeza en una estéril isla, designada después con su
nombre. Tshirikof logró regresar a Kamtchatka, no sin haber perdido
mucha parte de su gente recorriendo aquellas tierras inhospitalarias.
Si no se hubiese sabido ya que tal región pertenecía a la América,
fuente de riqueza y prosperidad para otras naciones, Rusia acaso no
la hubiese abandonado, porque al fin era otra Siberia, mas el resto
de Europa no se hubiera conmovido con el descubrimiento. Tal vez
se escondiera allí un tesoro; pero tanta nieve lo cubría y tanta
esterilidad lo rodeaba, que no hubiera apetecido buscarlo[678].
[678] Págs. 14, 15 y 16.
Camino probable era el del Noroeste, porque por esta parte y a
distancias comparativamente no muy grandes, hay varias islas y tierras
como escalonadas entre Europa y el continente americano.
Eran, para seguir este camino, los más a propósito por su situación
geográfica y natural intrepidez, aquellos normandos o _magioges_,
según los árabes los llamaban, que aparecieron en el siglo IX como
sección rezagada de los bárbaros del Norte. Habitaban en la Cimbria y
la Escandinavia, donde hoy se alzan los reinos de Dinamarca, Suecia
y Noruega; mas, así que era pasado el invierno, dejaban sus ahumadas
chozas, y acaudillados por los segundones de sus reyes, salían al mar
ansiosos de esgrimir en alguna costa sus mazas estrelladas... Caían de
improviso sobre las poblaciones que allí hubiera, y cuando no existían
éstas, resonaba con sus hachazos la selva próxima y formada con sus
troncos derribados una escuadrilla, remontaban algún río caudaloso
hasta encontrar moradores a los cuales pudieran exigir cuantioso botín
o la cesión de algún territorio, asiento para recabar después mayor
riqueza o más extenso señorío. Así recorrieron las costas occidentales
y meridionales de Europa, y si de las de España fueron rechazados,
en otras se impusieron estos arrojados aventureros, que tanto horror
causaron primeramente con sus crueldades de piratas y tanta admiración
después con sus proezas de caballeros.
A Islandia (_Iceland_ o tierra del hielo), isla por su posición
geográfica más americana que europea, llegaron los normandos en el
mismo siglo en que tan temible aparición hicieron en las costas de
Europa. Unos cien años antes, a juzgar por algunos manuscritos y
ruinas, parece había sido visitada por monjes irlandeses esa isla; pero
su importancia histórica data desde que en las correrías a la ventura
hechas por los normandos, y ya descubiertos por ellos el grupo de
numerosas islas, que por la abundancia de rebaños llamaron Féroe, una
tempestad en el año 860 arrojó a Naddod, que por estas islas viajaba,
hacia aquella otra. Pocos años adelante revueltas interiores hicieron
emigrar hacia la misma a varios nobles y caudillos noruegos bajo el
mando de Ingolf. Imitáranlos otros y pronto en aquella tierra contigua
al circulo polar se fundó otra Escandinavia, donde, andando el tiempo,
no dejó de brillar cierta cultura. En el siguiente siglo, o sea el X,
aún avanzaron más a Occidente, descubriendo un vasto país, al cual
después, por el año 932, según unos, o el 982, según otros, se trasladó
con Eriulfo y otros irlandeses, el noble noruego Erico Rauda o el Rojo.
Era el nuevo país, el que por la hierba que lo cubría, llamaron tierra
verde o Groenlandia.
Siguieron las tempestades desempeñando el papel de hábil piloto en esta
serie de enlazados descubrimientos. Biorn, hijo del citado Eriulfo,
llevado muy lejos hacia el Sudoeste, avistó playas desconocidas,
donde no desembarcó entonces, porque pasada la tormenta, prefirió él
enderezar el rumbo a Groenlandia; pero a las cuales al cabo de poco
tiempo, en el año 1.000, procuró volver acompañado de Leif, hijo de
Erico Rauda. Hallaron en este viaje una isla estéril y pedregosa, que
por ello denominaron Hellulandia, y una ribera baja, arenosa y con
muchos árboles, a la cual dieron significativo nombre de Marklandia.
Dos días después arribaron a otra costa que tenía una isla al Norte
de ella. Remontaron un río e invernaron a orillas de un lago de donde
nacía. Era la isla fértil y abundaba en vides, como hizo reparar un
marinero alemán que iba con los descubridores, quienes esa planta no
conocían. Dieron por esto a dicho país el nombre de Vinlandia. El
clima, comparado con el riguroso a que estaban acostumbrados, era
suave, como correspondiente a latitud menos elevada, pues allí en los
días más cortos el sol permanecía ocho horas sobre el horizonte. Como
esto viene a ocurrir a la latitud de París, las regiones descubiertas
podían ser la isla de Terranova y tierras próximas al golfo de
San Lorenzo, o si esa duración del día se había fijado con alguna
incertidumbre, comprenderían desde el país del Labrador hasta el cabo
Cod y actuales estados de Massachussets, Rhode Island y Connecticut...
Mas esos descubrimientos en la América septentrional, ni los hizo
la verdadera Europa ni los supo siquiera. Fueron obra de islandeses
y groenlandeses, y aunque ambos pueblos fuesen de origen normando,
durante tres siglos vivieron independientes[679].
[679] Págs. 16, 17 y 18.
... Otro camino probable para llegar a América partiendo de Europa,
era el del Sudoeste, desde el momento en que los marinos contaran con
instrumentos que les permitieran dirigir con acierto su rumbo, sin
precisión de costear.
Consta América de dos grandes regiones unidas por el itsmo de Panamá,
y si la septentrional se acerca tanto a Asia que sólo queda separada
de ella por el Estrecho de Bering, la meridional no se halla muy lejos
del continente africano. Median desde el cabo Verde y las islas del
mismo nombre a los cabos de San Roque y San Agustín unos 20 grados,
distancia grande, sin duda, para naves temerosas de apartarse de las
costas; pero nada excesiva para las que merced al astrolabio y a la
aguja de marear, pudieran alejarse. Sólo faltaría entonces motivo que
impulsara a navegar a esa distancia de la costa occidental de Africa;
mas la experiencia o cierta sagacidad natural, adelantándose a ella,
revelaría que el derrotero más seguro, si se quería evitar las grandes
tormentas y altos mares desde el golfo de Guinea hasta el cabo de
Buena Esperanza, era seguir desde las islas de cabo Verde a orza la
derrota entre poniente y mediodía, conservándose de cinco a diez grados
al Oeste del meridiano de cabo Verde, y llegados a elevada latitud
austral, torcer ya hacia el terrible León o cabo de Buena Esperanza. En
cuanto tal derrotero se siguiese, era muy fácil verse de pronto ante el
Brasil. Así sucedió el 25 de abril de 1500 al portugués Pedro Alvarez
Cabral[680].
[680] Págs. 23 y 24.
Cristóbal Colón siguió desde las islas Canarias el rumbo de Occidente.
Muy improbable era descubrir por este camino tierra alguna, confiándose
puramente a la casualidad. Desde las citadas islas Canarias, hasta el
archipiélago de las Lucayas, corren, a una latitud de 24 a 28 grados,
cerca de 58 de paralelo, es decir, unas mil cuarenta leguas. No era
semejante trecho para recorrido a la ventura, y mucho menos en la
época del descubrimiento, en que, si algo alentaba a lanzarse en el
Atlántico, no costeando, sino mar adentro hacia Occidente, mucho más
retraía de hacerlo. Pues si algún ánimo podían infundir, de una parte
las costas lejanas, que una ilusión óptica fingía a veces desde las
islas Canarias, y de otra parte las tierras occidentales, citadas en
fábulas con visos de historia, si no era alguna de ellas historia
desfigurada por la fábula, como la Atlántida imaginada por Platón, la
gran isla Antilla, que mentaba Aristóteles, como descubierta por los
cartagineses, y las dos islas de San Brandán y de las Siete Ciudades,
de que se hablaba en piadosas leyendas de la Edad Media, bastaban a
vencer todo aliento las dudas que gentes doctas abrigaban todavía
acerca de que la tierra fuese esférica o de que, aun siéndolo, fuese
posible la existencia humana en el hemisferio opuesto; y los temores
que, sin entrar en tales razonamientos, sentían las gentes de menos
letras, porque las engañosas costas, a veces distinguidas, nadie las
encontraba, como si fuera obra de encanto producida por el ángel de las
tinieblas, que, según antiguas consejas árabes, asomaba su negra mano
en aquellos horizontes para apoderarse de las naves en el silencio y
obscuridad de la noche[681]. Este tan improbable camino, era el que,
seguido al calor de una idea, la de buscar la India por Occidente,
llevaba a regiones cuya exploración sería rápida y fecunda...»
[681] Págs. 29 y 30.
Así terminaba su notable Conferencia el Sr. León y Ortiz: «Si en la
Edad Antigua, los que ansiaban gloria, provecho o mayor noticia del
mundo, decían: _A la India_, y en la Edad Media añadían: _Al Catay
y Cipango_, también en la Edad Moderna se amplió el propósito, y _A
América_ dijeron a una voz viajeros, mercaderes, políticos, misioneros
y capitanes»[682].
[682] Pág. 84.
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