REAL CÉDULA DADA EN MADRID 15 DE ABRIL DE 1540[664].

El Rey: Por quanto Nos somos informados, que en la Provincia de

Tierra Firme, llamada Castilla del Oro, ay echa Ordenanza, usada y

guardada, para que a los negros que se alzaren se les corten los

miembros genitales, y que a acaescido cortarselos a algunos, y morir

dello, lo qual demás de ser cosa mui deshonesta, y de mal exemplo, se

siguen otros inconvenientes, é visto por los del nuestro Consejo de

las Indias: Fué acordado que devia mandar dar esta mi cédula en la

dicha razon por la qual proivimos y defendemos que de aquí adelante

en manera alguna no se egecute la dicha pena de cortar los dichos

miembros genitales, que si necesario es, por la presente rebocamos

qualquier Ordenanza que cerca de lo suso dicho esté echa, y mandamos

a los nuestros oydores de la nuestra Audiencia é Chanzilleria Real de

la dicha Provincia de Tierra Firme, y al Reverendo en Christo Padre

Obispo de la dicha Provincia que ordenen la pena que se deve dar a los

negros que se alzaren, y envien al dicho nuestro Consejo de las Indias

relacion de la pena que assi acordaren que se les dé, y entre tanto que

la envian y se ve, y se provee lo que convenga, Mandamos a las nuestras

Justicias de la dicha Provincia que cada, y quando se alzaren los

dichos esclavos negros ó cometieren otro delito, los castiguen conforme

al delito que hicieren.--_Fray García Cardenalis Hispalensis._

[664] _Arch. hist. nac._--_Cedulario índico_, tom. IX. núm.

256, págs. 147 v.ª y 149.

D

De una carta de D. Francisco Pi y Margall dirigida a los Estados Unidos

de América, trasladamos aquí lo que creemos más interesante en el

asunto de que se trata[665].

[665] Publicóse dicha carta en _El Nuevo Régimen_ de 28 de

agosto de 1909, y se volvió a publicar en el mismo periódico

el 31 de diciembre de 1915.

«Me dirijo a tí, República del Norte, desde una nación que te

ultraja y te odia, por creerte cómplice de los insurrectos de

Cuba. Si respecto a Cuba de algo debiera yo acusarte, sería de

haberte conducido sobradamente remisa y floja. _...América para los

americanos_; ese ha de ser tu criterio y tu grito de combate.

Como de los europeos es Europa, de los americanos ha de ser

América. No consentirían los europeos colonias ni en sus playas ni

en sus islas, y no hay razón para que los americanos las consientan

en las suyas. Siete siglos llevaron en Europa los árabes, y no se

paró hasta arrojarlos a las costas de Africa; seis siglos llevan en

Europa los turcos, y se conspira incesantemente para rechazarlos al

Asia. Por dos veces ha intentado Rusia en este siglo apoderarse de

Constantinopla...

Europa anda como nunca desalada por ejercer imperio sobre extrañas

gentes. No obró en siglo alguno con mayor descaro ni mayor

violencia.

Ve ahora los principios que invoca para sus conquistas. Te

detallaré a continuación los medios que emplea.

Hoy, como en el siglo XVI, tiene por principio inconcuso que las

tierras ignoradas son del que las descubre. En vista de este

principio, Colón, al llegar a Guanahaní, bajó a la costa, enarboló

el estandarte de Castilla, tiró de la espada, y por ante escribano

tomó posesión de la isla. En virtud de este principio hicieron otro

tanto los demás descubridores de América. Hasta del mar del Sur

u Océano Pacífico tomó posesión en parecida forma Vasco Núñez de

Balboa. Metióse en el agua hasta las rodillas, llevando embrazado

el escudo, en una mano la espada, en la otra el pendón de Castilla,

y por ante escribano tomó _posesión corporal y real_, no sólo de

aquel mar, sino también de sus tierras y sus costas, y sus puertos

y sus islas, y los reinos y provincias anexos. Se aplica hoy este

principio con una exageración muy semejante a la de Vasco Núñez. Se

toma posesión apenas se ha puesto el pie, en un lugar de Africa, de

territorios inmensos que no se ocuparán en años, tal vez en siglos.

Se la toma de lo que no se domina, bautizándolo con el nombre de

_zonas de influencia_.

El principio es evidentemente falso. Podrá ocuparse lo que otro no

ocupe, no lo que ocupen pueblos cultos o bárbaros. Se ocupan en

este caso tierras y hombres, cosa que no prescriben la dignidad

ni la naturaleza de seres racionales y libres. Las tierras que

se ocupan, constituye, por otra parte, la patria de los que las

pueblan: no hay derecho a quitársela, lo hay tanto menos en hombres

que se consideran obligados a defender en todo tiempo y a todo

trance la integridad de su patria; ¿cómo se han de considerar

con derecho a defenderla si están siempre dispuestos a violar la

integridad de la patria ajena?

Un pueblo no puede cambiar su condición porque otro lo descubra.

El descubrimiento es para él completamente extraño, tan extraño,

que ni aun descubridor se considera. Recibe el pueblo descubridor

como recibía antes los de sus alrededores; y, si por acaso lo ve

de otro color o con otras condiciones, lo mira con curiosidad y

aun lo agasaja, mientras no lo ve con ánimo hostil y en son de

guerra. Entre el pueblo descubridor y el descubierto cabe que se

establezcan relaciones de amistad y de comercio, nunca de vasallaje.

Descubrió Europa la América y se creyó con derecho a sojuzgarla; si

América hubiese descubierto a Europa, ¿habría reconocido Europa en

América el derecho de someterla?

El principio es antihumano, irracional, absurdo. ¿No parece mentira

que lo aplique aún Europa, blasonando, como blasona, de ser la más

culta parte del mundo?

* * * * *

Sigue aún Europa otro principio. Colonizar es civilizar, dice;

porque amo la civilización, llevo mis soldados a las tierras de

Africa y a las de apartadas regiones.

¿No cabe, según esto, civilizar sino por la violencia? La Historia

lo desmiente. Siglos vivieron en nuestras costas los fenicios y

los griegos sin lucha ni contiendas. Cuando fuimos nosotros a

América, hasta con alborozo nos recibieron los habitantes de Haití;

a creernos bajados del cielo llegaron. Desvivíanse aquellos hombres

por servir a Colón, sobre todo cuando encalló en sus playas una

de nuestras naves. Bajaron más tarde Orellana por el Amazonas y

Ochagana por el Apure, sin que los hostilizaran, antes bien, los

recibieron con agrado los pueblos de las orillas.

En la América del Norte compró Guillermo Penn tierras a los

delawares, y cuando los delawares quisieron faltar al compromiso,

tuvo en su defensa a los iroqueses.

En México, ¿quién duda que Hernán Cortés habría podido establecer

buenas relaciones entre nosotros y los aztecas, si en vez de

haber ido allí con aparato de guerra se hubiese limitado a

presentarse como un embajador de don Carlos? Aun habiendo entrado

en Tenochtitlan con infantes, caballos, arcabuces y cañones, habría

podido enlazar pacíficamente los dos pueblos, si no se hubiese

empeñado en poner aquella nación bajo la obediencia del rey de

España y obligarla al pago de tributos.

Por el bárbaro sistema de conquista hirió Europa los sentimientos

y destruyó la civilización de los pueblos cultos y no domó, en

cambio, los salvajes, vivos y enérgicos, aun después de cuatro

siglos, así en América como en Oceanía.

Por el comercio se debe ganar a los pueblos y no por la destrucción

y la guerra. Aun los más salvajes acogen bien a sus semejantes

cuando no tienen razón de temerlos. Son en general más humanitarios

y menos egoístas que nosotros, y no nos rechazan. Los escandinavos,

en sus primeras excursiones a las islas y costas Orientales de

América, no encontraron, como es sabido, en los indígenas la menor

resistencia.

¡La conquista medio de civilización! A nosotros, los españoles, nos

conquistaron los cartagineses, los romanos, los godos y los árabes,

y en este siglo los franceses, que llegaron a tener aquí un Rey

en el trono; debiéramos ser y no somos el pueblo más culto de la

tierra. Ni fueron los romanos vencedores los que en los antiguos

tiempos civilizaron a los griegos vencidos, sino los griegos

vencidos los que civilizaron a sus vencedores. Ni fué aquí tampoco

la gente goda la que nos civilizó a nosotros, sino nosotros los que

hubimos de civilizar a la gente goda.

Cuando en nuestros pocos años de esplendor fuimos a América y la

conquistamos, lejos, por otro lado, de civilizarla, destruímos

la civilización de México y el Perú, sin hacerlos más felices,

antes oprimiéndoles bajo el peso de males como en los anteriores,

ni en los posteriores siglos los registra la historia. De tal

manera fuimos su azote, que se nos supuso escogidos por Dios para

instrumento de sus venganzas. Vivía el Perú precavido contra las

malas cosechas, y el hambre y nosotros suprimimos incesantemente

las precauciones. Eran los mejicanos gente dócil y los hicimos

díscolos. ¿Dimos después al uno ni al otro pueblo mayor libertad?

Respondan las encomiendas. No compensa el bien que pudimos

hacerles, los horribles males que les infligimos.

Destruímos civilizaciones que debimos limitarnos a corregir, y poco

o nada pudimos hacer en mucho tiempo con los pueblos salvajes. Los

hay todavía después de cuatro siglos, en las dos Américas. No se

los trae a la civilización; se los va aniquilando.

No es fácil que sean otros los resultados. Lo primero que procura

el conquistador es asegurar su conquista, reduciendo los vencidos

poco menos que a la servidumbre. Piensa a continuación en hacerle

fuente de riqueza para su pueblo, y ya condena los indígenas a

rudos e ímprobos trabajos, ya les arrebata la hacienda, ya los

agobia con excesivos tributos, que los aisla y los condena a que

no se surtan de otros productos que los de su agricultura y de

su industria. Un monopolio en nuestra pró hicimos nosotros del

comercio de América durante siglos. Si en el país conquistado hace

el pueblo conquistador mejoras, atendiendo a sus intereses, y no al

de los vencidos, las realiza.

En el terreno moral no pone ahinco el conquistador, sino en

fanatizar a los indígenas. Ve en el fanatismo un medio de

consolidar su obra, y lo utiliza. Los somete a continuas prácticas

religiosas, y de ahí que le presente como imagen de Dios al

sacerdote. Esto hicimos nosotros en toda América, y esto en las

islas Filipinas.....

La instrucción ¡cuán poco la desarrollaron los conquistadores! Ven

en ella un enemigo; ven, por el contrario, en la ignorancia otro

medio de mantener sometidos a sus vasallos. Ya que den la primera

enseñanza, la neutralizan, esclavizando el pensamiento, y tal vez

cerrando a piedra y lodo las fronteras para los libros de otros

pueblos...

Ciega en su afán de dominación, Europa rara vez consulta la

voluntad de los que intenta poner bajo su dominio. Emplea, aquí

la fuerza; allí el más punible dolo; y al otro día de haber

tomado posesión de sus usurpaciones, castiga hasta con la pena

de muerte a los que se le rebelan. De bandoleros y de foragidos

los acusa ella, que para sojuzgarlos no ha ejercido sino actos

de bandolerismo. Tutora se llama luego de sus oprimidas gentes,

y no encuentra nunca razón de emanciparlas. Si después de siglos

se alzan por su independencia, de ingratas las califica y como

criminales vuelve a tratarlas. Años y años lucha por retenerlas,

sin perdonar sacrificios de oro y sangre. ¿Qué no debiste sufrir

tú por conseguir la libertad que tanto te ha engrandecido? ¿Qué

no debieron sufrir las colonias que nosotros teníamos de México

a Chile? Debieron nacer hombres del temple de Washington y de

Bolívar para que América pudiera sacudir el yugo de sus seculares

opresores...

Haz tú de América la antítesis de Europa, República de Washington.

Trabaja cuanto puedas por arrojar de tu continente hasta la sombra

de la monarquía. Presta, presta, como antes te dije, tu influjo y

tus armas a las colonias que luchan por su independencia. Te lo

exige la Humanidad y te lo exige tu historia. Negar a los pueblos

de la América española el derecho a la independencia, decía, el año

1821, una Comisión de tu Congreso, sería renunciar a la nuestra; no

olvides nunca estas palabras.

No olvides tampoco las que escribió Bolívar en su programa del 2

de Agosto de 1824: _La libertad del Nuevo Mundo es la esperanza

del Universo_. Defiende y escuda esa libertad donde quiera que

esté en peligro. En Europa, no sólo hay aún naciones regidas por

el absolutismo; en las libres es aún de temer que el absolutismo

renazca...

Así termina la notabilísima carta: «¡República de Washington!

Cansada de tu aislamiento, te ingieres ya en los negocios de Europa

a la manera de la Europa misma. Apártate de tan cenagoso camino

y sigue el que podrá llevarte a la regeneración del mundo. Tú

tienes hoy en tus manos la fuerza, la libertad, la industria, la

ciencia. Tu poder te impone deberes que no puedes dejar de cumplir

sin violar los fueros de la Humanidad y los de la Justicia. Aun la

cuestión social puedes resolver por la anchurosa vía que te está

abierta.

Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo I · 第 91 / 152 题