El Rey: Por quanto Nos somos informados, que en la Provincia de
Tierra Firme, llamada Castilla del Oro, ay echa Ordenanza, usada y
guardada, para que a los negros que se alzaren se les corten los
miembros genitales, y que a acaescido cortarselos a algunos, y morir
dello, lo qual demás de ser cosa mui deshonesta, y de mal exemplo, se
siguen otros inconvenientes, é visto por los del nuestro Consejo de
las Indias: Fué acordado que devia mandar dar esta mi cédula en la
dicha razon por la qual proivimos y defendemos que de aquí adelante
en manera alguna no se egecute la dicha pena de cortar los dichos
miembros genitales, que si necesario es, por la presente rebocamos
qualquier Ordenanza que cerca de lo suso dicho esté echa, y mandamos
a los nuestros oydores de la nuestra Audiencia é Chanzilleria Real de
la dicha Provincia de Tierra Firme, y al Reverendo en Christo Padre
Obispo de la dicha Provincia que ordenen la pena que se deve dar a los
negros que se alzaren, y envien al dicho nuestro Consejo de las Indias
relacion de la pena que assi acordaren que se les dé, y entre tanto que
la envian y se ve, y se provee lo que convenga, Mandamos a las nuestras
Justicias de la dicha Provincia que cada, y quando se alzaren los
dichos esclavos negros ó cometieren otro delito, los castiguen conforme
al delito que hicieren.--_Fray García Cardenalis Hispalensis._
[664] _Arch. hist. nac._--_Cedulario índico_, tom. IX. núm.
256, págs. 147 v.ª y 149.
D
De una carta de D. Francisco Pi y Margall dirigida a los Estados Unidos
de América, trasladamos aquí lo que creemos más interesante en el
asunto de que se trata[665].
[665] Publicóse dicha carta en _El Nuevo Régimen_ de 28 de
agosto de 1909, y se volvió a publicar en el mismo periódico
el 31 de diciembre de 1915.
«Me dirijo a tí, República del Norte, desde una nación que te
ultraja y te odia, por creerte cómplice de los insurrectos de
Cuba. Si respecto a Cuba de algo debiera yo acusarte, sería de
haberte conducido sobradamente remisa y floja. _...América para los
americanos_; ese ha de ser tu criterio y tu grito de combate.
Como de los europeos es Europa, de los americanos ha de ser
América. No consentirían los europeos colonias ni en sus playas ni
en sus islas, y no hay razón para que los americanos las consientan
en las suyas. Siete siglos llevaron en Europa los árabes, y no se
paró hasta arrojarlos a las costas de Africa; seis siglos llevan en
Europa los turcos, y se conspira incesantemente para rechazarlos al
Asia. Por dos veces ha intentado Rusia en este siglo apoderarse de
Constantinopla...
Europa anda como nunca desalada por ejercer imperio sobre extrañas
gentes. No obró en siglo alguno con mayor descaro ni mayor
violencia.
Ve ahora los principios que invoca para sus conquistas. Te
detallaré a continuación los medios que emplea.
Hoy, como en el siglo XVI, tiene por principio inconcuso que las
tierras ignoradas son del que las descubre. En vista de este
principio, Colón, al llegar a Guanahaní, bajó a la costa, enarboló
el estandarte de Castilla, tiró de la espada, y por ante escribano
tomó posesión de la isla. En virtud de este principio hicieron otro
tanto los demás descubridores de América. Hasta del mar del Sur
u Océano Pacífico tomó posesión en parecida forma Vasco Núñez de
Balboa. Metióse en el agua hasta las rodillas, llevando embrazado
el escudo, en una mano la espada, en la otra el pendón de Castilla,
y por ante escribano tomó _posesión corporal y real_, no sólo de
aquel mar, sino también de sus tierras y sus costas, y sus puertos
y sus islas, y los reinos y provincias anexos. Se aplica hoy este
principio con una exageración muy semejante a la de Vasco Núñez. Se
toma posesión apenas se ha puesto el pie, en un lugar de Africa, de
territorios inmensos que no se ocuparán en años, tal vez en siglos.
Se la toma de lo que no se domina, bautizándolo con el nombre de
_zonas de influencia_.
El principio es evidentemente falso. Podrá ocuparse lo que otro no
ocupe, no lo que ocupen pueblos cultos o bárbaros. Se ocupan en
este caso tierras y hombres, cosa que no prescriben la dignidad
ni la naturaleza de seres racionales y libres. Las tierras que
se ocupan, constituye, por otra parte, la patria de los que las
pueblan: no hay derecho a quitársela, lo hay tanto menos en hombres
que se consideran obligados a defender en todo tiempo y a todo
trance la integridad de su patria; ¿cómo se han de considerar
con derecho a defenderla si están siempre dispuestos a violar la
integridad de la patria ajena?
Un pueblo no puede cambiar su condición porque otro lo descubra.
El descubrimiento es para él completamente extraño, tan extraño,
que ni aun descubridor se considera. Recibe el pueblo descubridor
como recibía antes los de sus alrededores; y, si por acaso lo ve
de otro color o con otras condiciones, lo mira con curiosidad y
aun lo agasaja, mientras no lo ve con ánimo hostil y en son de
guerra. Entre el pueblo descubridor y el descubierto cabe que se
establezcan relaciones de amistad y de comercio, nunca de vasallaje.
Descubrió Europa la América y se creyó con derecho a sojuzgarla; si
América hubiese descubierto a Europa, ¿habría reconocido Europa en
América el derecho de someterla?
El principio es antihumano, irracional, absurdo. ¿No parece mentira
que lo aplique aún Europa, blasonando, como blasona, de ser la más
culta parte del mundo?
* * * * *
Sigue aún Europa otro principio. Colonizar es civilizar, dice;
porque amo la civilización, llevo mis soldados a las tierras de
Africa y a las de apartadas regiones.
¿No cabe, según esto, civilizar sino por la violencia? La Historia
lo desmiente. Siglos vivieron en nuestras costas los fenicios y
los griegos sin lucha ni contiendas. Cuando fuimos nosotros a
América, hasta con alborozo nos recibieron los habitantes de Haití;
a creernos bajados del cielo llegaron. Desvivíanse aquellos hombres
por servir a Colón, sobre todo cuando encalló en sus playas una
de nuestras naves. Bajaron más tarde Orellana por el Amazonas y
Ochagana por el Apure, sin que los hostilizaran, antes bien, los
recibieron con agrado los pueblos de las orillas.
En la América del Norte compró Guillermo Penn tierras a los
delawares, y cuando los delawares quisieron faltar al compromiso,
tuvo en su defensa a los iroqueses.
En México, ¿quién duda que Hernán Cortés habría podido establecer
buenas relaciones entre nosotros y los aztecas, si en vez de
haber ido allí con aparato de guerra se hubiese limitado a
presentarse como un embajador de don Carlos? Aun habiendo entrado
en Tenochtitlan con infantes, caballos, arcabuces y cañones, habría
podido enlazar pacíficamente los dos pueblos, si no se hubiese
empeñado en poner aquella nación bajo la obediencia del rey de
España y obligarla al pago de tributos.
Por el bárbaro sistema de conquista hirió Europa los sentimientos
y destruyó la civilización de los pueblos cultos y no domó, en
cambio, los salvajes, vivos y enérgicos, aun después de cuatro
siglos, así en América como en Oceanía.
Por el comercio se debe ganar a los pueblos y no por la destrucción
y la guerra. Aun los más salvajes acogen bien a sus semejantes
cuando no tienen razón de temerlos. Son en general más humanitarios
y menos egoístas que nosotros, y no nos rechazan. Los escandinavos,
en sus primeras excursiones a las islas y costas Orientales de
América, no encontraron, como es sabido, en los indígenas la menor
resistencia.
¡La conquista medio de civilización! A nosotros, los españoles, nos
conquistaron los cartagineses, los romanos, los godos y los árabes,
y en este siglo los franceses, que llegaron a tener aquí un Rey
en el trono; debiéramos ser y no somos el pueblo más culto de la
tierra. Ni fueron los romanos vencedores los que en los antiguos
tiempos civilizaron a los griegos vencidos, sino los griegos
vencidos los que civilizaron a sus vencedores. Ni fué aquí tampoco
la gente goda la que nos civilizó a nosotros, sino nosotros los que
hubimos de civilizar a la gente goda.
Cuando en nuestros pocos años de esplendor fuimos a América y la
conquistamos, lejos, por otro lado, de civilizarla, destruímos
la civilización de México y el Perú, sin hacerlos más felices,
antes oprimiéndoles bajo el peso de males como en los anteriores,
ni en los posteriores siglos los registra la historia. De tal
manera fuimos su azote, que se nos supuso escogidos por Dios para
instrumento de sus venganzas. Vivía el Perú precavido contra las
malas cosechas, y el hambre y nosotros suprimimos incesantemente
las precauciones. Eran los mejicanos gente dócil y los hicimos
díscolos. ¿Dimos después al uno ni al otro pueblo mayor libertad?
Respondan las encomiendas. No compensa el bien que pudimos
hacerles, los horribles males que les infligimos.
Destruímos civilizaciones que debimos limitarnos a corregir, y poco
o nada pudimos hacer en mucho tiempo con los pueblos salvajes. Los
hay todavía después de cuatro siglos, en las dos Américas. No se
los trae a la civilización; se los va aniquilando.
No es fácil que sean otros los resultados. Lo primero que procura
el conquistador es asegurar su conquista, reduciendo los vencidos
poco menos que a la servidumbre. Piensa a continuación en hacerle
fuente de riqueza para su pueblo, y ya condena los indígenas a
rudos e ímprobos trabajos, ya les arrebata la hacienda, ya los
agobia con excesivos tributos, que los aisla y los condena a que
no se surtan de otros productos que los de su agricultura y de
su industria. Un monopolio en nuestra pró hicimos nosotros del
comercio de América durante siglos. Si en el país conquistado hace
el pueblo conquistador mejoras, atendiendo a sus intereses, y no al
de los vencidos, las realiza.
En el terreno moral no pone ahinco el conquistador, sino en
fanatizar a los indígenas. Ve en el fanatismo un medio de
consolidar su obra, y lo utiliza. Los somete a continuas prácticas
religiosas, y de ahí que le presente como imagen de Dios al
sacerdote. Esto hicimos nosotros en toda América, y esto en las
islas Filipinas.....
La instrucción ¡cuán poco la desarrollaron los conquistadores! Ven
en ella un enemigo; ven, por el contrario, en la ignorancia otro
medio de mantener sometidos a sus vasallos. Ya que den la primera
enseñanza, la neutralizan, esclavizando el pensamiento, y tal vez
cerrando a piedra y lodo las fronteras para los libros de otros
pueblos...
Ciega en su afán de dominación, Europa rara vez consulta la
voluntad de los que intenta poner bajo su dominio. Emplea, aquí
la fuerza; allí el más punible dolo; y al otro día de haber
tomado posesión de sus usurpaciones, castiga hasta con la pena
de muerte a los que se le rebelan. De bandoleros y de foragidos
los acusa ella, que para sojuzgarlos no ha ejercido sino actos
de bandolerismo. Tutora se llama luego de sus oprimidas gentes,
y no encuentra nunca razón de emanciparlas. Si después de siglos
se alzan por su independencia, de ingratas las califica y como
criminales vuelve a tratarlas. Años y años lucha por retenerlas,
sin perdonar sacrificios de oro y sangre. ¿Qué no debiste sufrir
tú por conseguir la libertad que tanto te ha engrandecido? ¿Qué
no debieron sufrir las colonias que nosotros teníamos de México
a Chile? Debieron nacer hombres del temple de Washington y de
Bolívar para que América pudiera sacudir el yugo de sus seculares
opresores...
Haz tú de América la antítesis de Europa, República de Washington.
Trabaja cuanto puedas por arrojar de tu continente hasta la sombra
de la monarquía. Presta, presta, como antes te dije, tu influjo y
tus armas a las colonias que luchan por su independencia. Te lo
exige la Humanidad y te lo exige tu historia. Negar a los pueblos
de la América española el derecho a la independencia, decía, el año
1821, una Comisión de tu Congreso, sería renunciar a la nuestra; no
olvides nunca estas palabras.
No olvides tampoco las que escribió Bolívar en su programa del 2
de Agosto de 1824: _La libertad del Nuevo Mundo es la esperanza
del Universo_. Defiende y escuda esa libertad donde quiera que
esté en peligro. En Europa, no sólo hay aún naciones regidas por
el absolutismo; en las libres es aún de temer que el absolutismo
renazca...
Así termina la notabilísima carta: «¡República de Washington!
Cansada de tu aislamiento, te ingieres ya en los negocios de Europa
a la manera de la Europa misma. Apártate de tan cenagoso camino
y sigue el que podrá llevarte a la regeneración del mundo. Tú
tienes hoy en tus manos la fuerza, la libertad, la industria, la
ciencia. Tu poder te impone deberes que no puedes dejar de cumplir
sin violar los fueros de la Humanidad y los de la Justicia. Aun la
cuestión social puedes resolver por la anchurosa vía que te está
abierta.