CAPÍTULO XXVII

DESCUBRIMIENTO Y EXPLORACIÓN DEL GRANDE OCÉANO U OCÉANO PACÍFICO

POR NÚÑEZ DE BALBOA.--BALBOA ANTES DEL DESCUBRIMIENTO.--FORMA

PARTE DE LA EXPEDICIÓN DE ENCISO.--DESGRACIA DE ENCISO.--POLÍTICA

DE BALBOA.--LUCHA ENTRE LOS AMIGOS DE ENCISO Y LOS DE

BALBOA.--NICUESA EN SANTA MARÍA LA ANTIGUA.--HUYE DE SANTA

MARÍA Y SU MUERTE.--ENCISO SALE PARA ESPAÑA.--BALBOA Y EL

CACIQUE CARETA.--BALBOA PENETRA EN EL INTERIOR DEL PAÍS.--SU

CARTA AL REY.--DESCUBRIMIENTO DEL PACÍFICO.--IMPORTANCIA DEL

DESCUBRIMIENTO.--D. PEDRO ARIAS DÁVILA, GOBERNADOR DE LA COLONIA DE

DARIÉN.--ENEMIGA ENTRE BALBOA Y PEDRARIAS.--BALBOA SE PRESENTA A

PEDRARIAS.--MUERTE DE BALBOA.--PEDRARIAS TOMA LA PROVINCIA DE PAQUE.

Consideremos el descubrimiento del Océano Pacífico o mar del Sur en

el año 1513, por Vasco Núñez de Balboa. Era Balboa natural de Jerez

de los Caballeros (Badajoz), donde nació por el año 1475. Cuando

apenas contaba veintiséis años formó parte de la expedición dirigida

por Rodrigo de Bastidas. Partió de Sevilla en octubre de 1501, y tras

feliz travesía arribó a las costas del Nuevo Mundo, recorriendo y

explorando desde el Cabo de la Vela hasta el puerto de Nombre de Dios.

Dió la escuadra en unos arrecifes, de los cuales pudieron salir los

expedicionarios, no sin que las naves sufriesen averías de importancia.

Balboa, como otros compañeros, llegaron a la isla Española, donde a la

sazón era gobernador Don Francisco Bobadilla. Obtuvo autorización para

permanecer en la isla en calidad de colono y se le concedieron terrenos

y esclavos.

Deseaba Balboa salir de aquella situación tan contraria a sus

inclinaciones. Pronto se le presentó ocasión propicia. El bachiller

Martín Fernández de Enciso comenzó a reclutar gente en Santo Domingo

para una expedición. Salió de la isla (febrero de 1510) con dos buques,

150 hombres, algunos caballos y muchas armas. Prohibió el gobernador

que se embarcasen los que tuvieran alguna causa pendiente. En este

caso se encontraba Núñez de Balboa; pero ayudado, no se sabe por

quién, se hizo llevar a bordo dentro de una barrica, burlando de este

modo la vigilancia de Bobadilla. En alta mar salió de su escondite.

«Y de ese modo, teatral y picaresco, digno de un Gil Blas o de un

Guzmán de Alfarache--escribe el Sr. Ruiz de Obregón--, comenzó Vasco

Núñez de Balboa su camino de aventuras y de titánicas y legendarias

empresas»[611].

[611] _Vasco Núñez de Balboa_, pág. 27.

Enciso, desgraciado como Ojeda y Nicuesa, hubo de naufragar en la Punta

Caribana (extremo oriental del golfo de Darién). Murieron bastantes

a manos de los indios, y los restantes, tristes y desalentados, no

tuvieron más remedio que dirigirse por la playa a la colonia de San

Sebastián de Urabá, la cual encontraron quemada y arrasada. Ánimo les

dió Balboa con el anuncio de que pronto encontrarían las deseadas minas

de oro. Resolvieron pasar al otro lado del golfo y fijarse allí, sin

embargo de que aquella costa formaba parte del territorio cedido por

el Rey a Nicuesa. En la márgen del río Darién les esperaba el cacique

Cemaco, más ganoso de guerra que de paz. Se dispuso a pelear con los

españoles. Después de poner en salvo, en la espesura del bosque a las

mujeres, ancianos y pequeñuelos de la tribu, el cacique se colocó en

la cima de inmediata montaña al frente de los suyos. Contra ellos fué

Balboa que los venció fácilmente, haciéndoles muchos muertos y huyendo

los demás a unirse con los que antes habían marchado al interior del

país.

Desde entonces aquel puñado de valientes se dispusieron a quitar la

jefatura a Enciso. Ellos habían fundado la colonia de Santa María la

Antigua del Darién, y ellos, por tanto, tenían el derecho de nombrar

jefe. Dijeron, para dar visos de legalidad al hecho, que Enciso y

los pocos que le seguían, se hallaban, como enviados o delegados de

Ojeda, sin derecho a ejercer autoridad, puesto que la nueva colonia

estaba situada en tierras de la jurisdicción de Nicuesa. Tales

razones no convencieron a los partidarios de Enciso; pero los de

Balboa, importándoles poco las amenazas de sus enemigos, eligieron

para alcaldes de la villa a Vasco Núñez de Balboa y a Juan Zamudio.

Con el objeto de poner paz entre los dos bandos, hubo quien propuso

nombrar jefe a Diego Nicuesa, no comprendiendo que con esta solución se

descontentaba a los amigos de Balboa y a los de Enciso.

Llegó por entonces un navío español, mandado por Rodrígo Enríquez de

Colmenares, en busca de Nicuesa, a quien llevaba soldados, municiones

y víveres. Enterado Colmenares de las discordias interiores de la

colonia, propuso que se nombrase jefe--como ya se había intentado--a

Nicuesa, toda vez que Santa María se hallaba dentro de su propia

jurisdicción. Accedieron a ello, aunque no de buena gana, los dos

partidos enemigos, y al efecto, salieron algunos comisionados en busca

de Nicuesa.

Llamado Nicuesa por Balboa para que se encargase del gobierno de Santa

María, o habiéndose enterado por Colmenares de todo lo que ocurría en

tierras que a él le había cedido el Rey, lo cierto es que abandonó

_Nombre de Dios_ con 60 hombres que le quedaban y se dirigió a la

colonia de Santa María la Antigua. Refieren algunos cronistas que antes

de presentarse Nicuesa en Santa María la Antigua pidiendo auxilio a

Balboa, dos colonos del Darién llegaron a _Nombre de Dios_ decididos

a ofrecer el gobierno al citado Nicuesa, volviendo tan disgustados de

la entrevista que dijeron lo siguiente: «Libertándonos de Enciso hemos

salido de los dientes del lobo; pero vamos a caer en las garras de un

tigre.» Desde entonces la colonia del Darién se mostró obediente a las

órdenes que diera Balboa.

Llegó Nicuesa a Santa María y en el desembarcadero pudo oir la voz del

procurador del pueblo que le decía que se tornase a su gobernación

de Nombre de Dios. Otros cronistas dicen que se mostró tan pedante

y orgulloso, que los de la ciudad no quisieron recibirle. No fueron

atendidos los ruegos de Nicuesa, el cual rogaba que si no le querían

por gobernador le tomasen por compañero; pero los de la ciudad se

negaban a ello _porque se entraría por la manga y saldría por el

cabezón_[612]. Insistió Nicuesa diciendo «que aquella tierra adonde

estaban entraba en los límites de su gobernación, y que ninguno podía

en ella poblar ni estar sin su licencia...»[613].

[612] Herrera, _Década I_, lib. VIII, cap. VIII.

[613] Ibidem.

Quieras que no quieras, le obligaron a zarpar el 1.º de marzo de 1511

con 17 de los suyos, «y nunca jamás pareció, ni hombre de los que con

él fueron, ni adónde, ni cómo murió»[614].

[614] Ibidem.

Creyeron algunos que aportó a Cuba y que los indios le mataron,

fundándose en que tiempo adelante unos marineros que naufragaron en

la isla de Cuba encontraron la siguiente inscripción grabada en un

árbol: _Aquí feneció el desdichado Nicuesa_; pero según el cronista

Gomara la inscripción decía: _Aquí anduvo perdido el desdichado Diego

de Nicuesa_. «Lo que se tuvo por más cierto es que como llevaba tan

mal navío, y los mares de aquellas partes son tan bravos y vehementes,

la misma mar lo tragaría fácilmente, o que perecería de hambre y de

sed»[615].

[615] Ibidem.

Llegó su turno a Enciso, a quien se obligó a marchar en el primer navío

que salió para España.

Es de justicia confesar que la gratitud no fué nunca norma de conducta

del valiente extremeño. Dueño absoluto del poder Núñez de Balboa, como

temiera que en la metrópoli se agitasen en contra suya los amigos

de Enciso y Nicuesa, mandó a su fiel amigo Zamudio para que de todo

diese cuenta al Rey[616]. Procuró Vasco Núñez de Balboa mantener

buenas relaciones, lo mismo con los colonos que con los indios, pues

necesitaba de los últimos, ya para que le trajesen oro, ya para que le

facilitaran provisiones. No pudo conseguir, aunque en ello tuvo empeño,

ganarse la voluntad del cacique Cemaco. En efecto; dicho cacique, que

siempre andaba buscando ocasión para vengarse, hizo que algunos de

los suyos diesen noticia a Balboa del mucho oro que se encontraba en

la región denominada Dobayba, distante de allí unas treinta leguas,

proponiéndose con el engaño atraer a los españoles hacia los bosques

y caer allí sobre ellos. Balboa envió como explorador a Francisco

Pizarro, el futuro conquistador del Perú, quien se vió sorprendido, y

a malas penas él y su pequeña hueste pudieron salvarse, teniendo que

volver a Santa María. El mismo Núñez de Balboa salió en persona al

frente de unos cien hombres y llegó al pueblo de Coyba, residencia del

cacique Careta. Apoderóse del pueblo, haciendo prisionero al cacique

y a toda su familia; cayeron bajo su poder muchas provisiones y algún

oro. Hízose la paz entre Balboa y Careta, recibiendo aquél en prenda

una hija del cacique, joven bastante agraciada, la cual ejerció sobre

nuestro héroe más influencia que debiera. Vasco Núñez y Careta se

dirigieron contra el vecino cacique Ponca, quien se internó en los

bosques próximos mientras que aquéllos entraban a saco en la población

abandonada.

[616] En el mismo barco que marchó Zamudio salió también

Enciso.

Otra expedición dispuso Balboa a Dobayba, lugar de muchas riquezas

y abundante de oro, según se decía por los indios; sólo encontró,

después de penosas jornadas, el territorio del cacique Mibeyba, cuyos

habitantes vivían en las ramas y copas de los árboles, a causa de que

el suelo estaba siempre inundado por las aguas de próximas lagunas.

Consiguieron los españoles comunicarse con aquellos indios, ya cortando

o ya quemando los troncos de los árboles más corpulentos; pero nadie

les dió noticia del oro y riquezas que buscaban con tanto empeño como

codicia.

Decidido Balboa a penetrar más en el interior, quiso amedrentar a los

indígenas vecinos, lo que consiguió entrando a saco los pueblos de

Cemaco y de Tichirí, cogiendo prisioneros algunos jefes guerreros, a

los cuales hizo decapitar.

Por mediación de su amigo Careta, logró Balboa atraerse al poderoso

Comagro. Uno de los hijos del citado cacique le dió noticia de un mar

muy grande que se extendía al Sur, añadiendo que siguiendo las costas

de dicho mar en dirección Sudeste se llegaría a una región habitada por

gentes belicosas y donde abundaban las perlas y el oro. Es de creer

que tales noticias se referían al Perú, siendo de advertir que entre

los oyentes se hallaba Francisco Pizarro, valiente conquistador de

aquellas tierras. No dejó de decirle también que, para llegar al mar

del Sur, era preciso atravesar profundos pantanos, impetuosos ríos,

espesos bosques y altas montañas, como de igual modo había que luchar

con feroces indios de todas aquellas comarcas, habiendo de encontrar,

a las seis jornadas a Tubanamá, cacique de instintos sanguinarios.

«Nada podéis hacer--y estas fueron las últimas palabras que el indio de

Comagro dijo a Núñez de Balboa--si no contáis por lo menos con 1.000

españoles armados como los que aquí tenéis».

Inmediatamente Vasco Núñez participó tales noticias a D. Diego Colón,

gobernador de Santo Domingo, rogándole al mismo tiempo que empleara

sus buenos oficios para que el Rey le mandase los 1.000 hombres que

necesitaba para su empresa.

Después de tres años, escribió (21 enero 1513) Balboa al Rey censurando

la política de Enciso. Entre otras cosas decía: «Ruego a V. A. que

ordene que ningún bachiller en Derecho o en otra ciencia, a excepción

de la Medicina, venga jamás a estas comarcas, bajo pena de un grave

castigo, pues no viene aquí uno que no sea un demonio... y no sólo

son malos en sí mismos, sino que además enseñan el mal a los demás, y

tienen mil medios de multiplicar las discordias y los pleitos.»

No teniendo paciencia para esperar el resultado de sus gestiones

cerca de D. Diego, se embarcó el 1.º de septiembre con dirección a

Coyba. Al frente de los suyos y de los indígenas que puso Careta a su

disposición marchó desde Coyba por angosta faja de tierra que separa

los dos océanos y une las dos grandes partes del continente americano.

Veinte días tardó Balboa en hacer el viaje, en cuyo tiempo hubo de

recordar muchas veces la exactitud de las noticias que le diera el

hijo del cacique. El 26 de septiembre de 1513 pudo contemplar de cerca

una de las mayores cordilleras de los Andes. Al pie del alto pico

estaba situado el pueblo del cacique Cuareca. Comenzaron a subir. A

poco señalaron los guías una eminencia desde la cual ya se veía el

inmenso Océano. Quería ser el primer español que lo contemplase. Fijo

en esta idea, ordenó hacer alto, y habiendo mandado a los suyos que no

se movieran de aquel sitio hasta que él les avisase, trepó hasta la

cima de la montaña y tendió la vista sobre un mar sin límites. Cayó de

rodillas, elevó sus manos al cielo y dió gracias a la Providencia por

haberle concedido dicha tan grande. Ya pudo avisar a sus compañeros,

quienes, como su jefe, elevaron a Dios sus oraciones. «Alabemos a

Dios--dijo Balboa--que nos ha concedido ser los primeros en pisar

esta tierra jamás hollada por planta de cristianos, y en contemplar

ese mar jamás surcado por naves de dichos cristianos, ofreciéndonos

la dicha de dilatar la doctrina del Evangelio y de llevar a cabo

dilatadas conquistas.» Cortaron ramas de un árbol e hicieron con ellas

una cruz, que pusieron en el mismo sitio donde poco antes se arrodilló

Núñez de Balboa, amontonando en torno de ella algunas piedras a manera

de pedestal. Postrados todos ante la divina insignia, uno de ellos,

que era sacerdote, entonó el _Te Deum laudamus_. «Jamás, jamás--dice

Wáshington Irving--ha subido al trono del Todopoderoso desde ningún

lugar santificado, oblación más pura ni más sincera que la elevada en

tan solemne momento desde la cúspide de aquella montaña, sublime altar

de la naturaleza.»

Valderrábano, notario real y secretario de Núñez de Balboa, redactó un

acta en presencia de «los caballeros, hidalgos y hombres de bien que

concurrieron al descubrimiento del mar del Sur a las órdenes del muy

noble señor capitán Vasco Núñez de Balboa, gobernador de Santa María y

Adelantado de Tierra Firme.» Entre los que le acompañaban citaremos a

Francisco Pizarro, Andrés Vara (clérigo) y Juan Mateos Alonso (Maestre

de Santiago). Después de grabar en los árboles inmediatos al pedestal

los nombres de los reyes de Castilla, comenzaron a bajar el monte para

llegar a la playa. Tres días duró el descenso, no sin que se viesen

acometidos por los indios de Chiapes. Hecha la paz con los citados

indios, en cuyo pueblo de Chiapes dejó parte de su gente, acompañado de

26 hombres solamente y del cacique de aquella tierra con varios de sus

guerreros--pues los enemigos se habían convertido en auxiliares--llegó

a una bahía que denominó de San Miguel por haberla descubierto en el

día de dicho santo. Era por la tarde cuando logró tocar en la costa

y en ocasión que la marea había descendido. El agua se hallaba a la

distancia de una media legua. Sentado con su acompañamiento a la sombra

de los árboles, esperó la pleamar, y cuando llegó ésta, se levantó,

vistió sus armas, tomó una bandera en que aparecía la imagen de la

Virgen y debajo las armas de Castilla y de León, desnudó la espada y

agitando en la otra mano la bandera, penetró en el mar hasta que el

agua le llegó a las rodillas. Allí proclamó a los muy altos y poderosos

reyes D. Fernando y Doña Juana, en cuyo nombre tomaba posesión de

aquellos mares y de todas las tierras que bañaban, añadiendo que

estaba pronto y preparado para defenderlas y mantenerlas. Si los 26

españoles que presenciaban el acto se sentían entusiasmados, los indios

permanecían atónitos, no comprendiendo tales cosas.

Unos dos meses permaneció Vasco Núñez de Balboa en aquellos sitios,

emprendiendo varias expediciones peligrosas. No sólo se había propuesto

el descubrimiento del mar del Sur o Pacífico, sino también el de

explorarlo y reconocer la costa, deseoso de encontrar el rico país

anunciado por el hijo del cacique de Comagro y de otros indios, que

después confirmaron lo dicho por aquél.

Con grandes trabajos pudo Balboa construir dos bergantines en la costa

del Atlántico, los cuales transportó a la del Pacífico y se dió a la

mar. Eran los primeros buques de construcción europea que surcaban

aquellos mares y el primer hombre del antiguo mundo que navegaba por

ellos. Anduvo hasta unas 20 leguas más allá del golfo de San Miguel

y no descubrió el Perú porque vientos contrarios no le permitieron

seguir aquella ruta, dirigiéndose entonces al archipiélago llamado

por él de las Perlas, donde a la sazón trataba de construir otros dos

bergantines. Aunque Balboa había recibido del Almirante Diego Colón,

gobernador de Haití, nombramiento de jefe de la colonia, le remordía

seguramente la conciencia por lo que hiciera con Enciso y con Nicuesa,

y temía recibir malas noticias de la metrópoli, tal vez su deposición

y aun su prisión. En efecto, los presentimientos de Balboa salieron

ciertos. El obispo Fonseca, director del departamento de Indias, no

le perdonaba el comportamiento que había tenido con Nicuesa, persona

muy estimada por el prelado. Ignoraba, además, Fonseca el brillante

descubrimiento del Pacífico y otra cosa para la corte del Rey de

más importancia, cual era el envío de un buque con la relación de

su atrevido viaje. 20.000 castellanos de oro y 200 de las mejores

perlas. El 21 de enero de 1514 volvió a Santa María el descubridor del

Pacífico, después de cuatro meses y veinte días de haber salido.

Don Pedro Arias de Avila (Pedrarias Dávila) fué nombrado gobernador

de la colonia del Darién. Era hermano del conde de Puñonrostro y muy

querido en la corte. Este anciano sexagenario se embarcó en Sanlúcar

el 12 de abril de 1514 en 20 buques y llevando más de 1.500 hombres;

desembarcó en Santa María la Antigua el 30 de junio del citado año.

El nuevo gobernador de _Castilla Aurífera_, como quiso el Rey que se

llamara la tierra descubierta y conquistada por Vasco Núñez de Balboa,

llevaba consigo, además de su mujer, Doña Isabel de Bobadilla, sus

hijos y servidumbre, a Juan de Ayora como vicegobernador, a Gaspar de

Espinosa como alcalde mayor de Santa María, al bachiller Enciso como

alguacil mayor (cargo que aceptó para vengarse de Balboa), a Fernández

de Oviedo (autor después de la _Historia general de las Indias_) como

veedor o inspector de las minas, a Alonso de la Fuente como tesorero

real, y al franciscano Fr. Juan de Quevedo como obispo de la provincia

del Darién. Cuando Pedrarias Dávila arribó a la colonia de Santa

María la Antigua y supo que Balboa, con otros expedicionarios, había

descubierto el mar del Sur, su ira no tuvo límites, comprendiendo

desde aquel momento que Balboa, más que subordinado suyo, era odioso

rival. Al enterarse luego de las cualidades de dicho caudillo, pudo

apreciar su inteligencia y su valor. Desde aquel momento juró perder

a Balboa. Mientras que Pedrarias veía cómo Balboa navegaba con dos

bergantines, y pronto iba a tener cuatro, siendo querido de los

españoles y respetado por los indios, él contemplaba desorganizada su

expedición, muerta su gente de hambre o enferma por el clima, perdido

casi el Darién y envalentonados los indígenas. Temía, además, que

los colonos llegasen a quitarle el gobierno para dárselo a Balboa.

La enemiga de Pedrarias Dávila a Núñez de Balboa no dejaba de tener

fundamento. No hemos de negar a este propósito que Balboa--con fecha 16

de octubre de 1515--desde Santa María la Antigua, escribió a Fernando

el _Católico_, dándole noticia de la mala gobernación de Pedrarias.

Decíale--entre otras cosas peregrinas--que tanto el gobernador, como

sus allegados y amigos, únicamente se cuidaban de tomar todo lo que

podían y de matar cruelmente indios. Refiere que él (Núñez de Balboa),

a la cabeza de unos 200 hombres, había penetrado en la provincia de

Davaibe, cuyo cacique estaba receloso y alzado contra los cristianos.

Averiguó que a las diez jornadas de allí se encontraban muchas minas

de oro; pero hubo de volverse al Darién porque no halló de comer en

aquella tierra, la cual estaba empobrecida a causa de la langosta.

Obligáronle también a ello la actitud belicosa de los indios. Acerca

del gobernador Pedrarias Dávila, afirmaba que era muy viejo y estaba

enfermo, importándole poco que sus capitanes hurtasen oro y perlas en

sus entradas en la tierra. Era aficionado a decir mal de los unos a

los otros, codicioso, descuidado, suspicaz y envidioso. «Y por no ser

más prolijo--añade--dejo de hazer saber a V. R. A. otras infinitas

cosas, que consisten en su mala condicion, y que no había de caber en

persona que tan gran cargo tiene y tanta y tan honrada gente ha de

regir y administrar. Lo que a V. M. suplico, porque yo no sea tenido

en posesion de maldiciente, es que mande tomar informacion desto que

yo digo, de todas las personas que destas partes van, y verá V. A.

claramente ser verdad todo lo que tengo dicho»[617]. Decía después que

la tierra era muy rica, hermosa y sana.

[617] _Archivo de Indias.--Patronato Real._ Estante I, cap.

I, legajo 26, núm. 5. _Colección de doc. inéd. relativos

al descubrimiento_, _conquista y colonización en América y

Oceanía_, tomo II, página 536.

Poco después Alonso de la Fuente y Diego Márquez escribieron una carta,

con fecha 28 de enero de 1516, desde Darién, al citado monarca,

manifestando que el gobernador Pedrarias Dávila había salido para la

costa del Norte, desembarcando en el puerto de Acla. Allí--decían--dió

comienzo a la edificación de una fortaleza y de un pueblo; pero

habiendo enfermado gravemente, dió la vuelta al Darién, dejando

encomendadas las obras a Lope Dolano. Igualmente--añadían--se está

edificando otro pueblo en dicha costa y en el paraje de la isla de las

Perlas. «En esta salida que hizo el dicho Gobernador muestra la gente

mucho contentamiento de su conversacion, y segun del trato que dizen

que ha hecho a los indios, creemos que, si su enfermedad tan continua

no le hobiera impedido, que hobiera mucho aprovechado haber entrado

por la tierra en las cosas que V. A. tiene mandado»[618]. «Y bien

creemos--dicen los citados Puente y Márquez--que entretanto quel Obispo

estoviere en estas partes, nunca cesarán pasiones o impedimentos al

servicio de V. A. é al bien general de la tierra»[619].

[618] _Col. de Doc. inéd._, etc., tomo I, pág. 541.

[619] Ibidem, pág. 548.

Después de breve expedición por las costas inmediatas y de corta

estancia en las islas de las Perlas, regresó Vasco Núñez al río de las

Balsas donde esperaría los refuerzos que había pedido a Pedrarias.

Cuenta Herrera que en este corto viaje, una noche que Balboa

contemplaba pensativo el cielo, en compañía de algunos soldados, se

fijó en una estrella, la cual le hubo de recordar cierto pronóstico que

años atrás le había hecho _micer_ Codro, astrólogo italiano. Consistía

en que la noche que viese aquella estrella en el sitio donde a la

sazón se encontraba y con aquellos destellos rojizos intermitentes que

entonces despedía, su vida estaría amenazada de mucho peligro; mas si

lograba escapar de él, su nombre, acompañado de la fama, recorrería el

mundo. Balboa, habiendo contado esto a los que le rodeaban, se burló

de los adivinos, no pudiendo creer que el horóscopo de Codro se iba a

cumplir muy pronto.

Andrés Garabito, lugarteniente y hombre de toda la confianza de

Balboa, fué el denunciador de su jefe. Veamos el motivo: «Su intimidad

con Balboa daba lugar a que viese con frecuencia y tratase con

confianza a la hermosa hija de Careta, manceba de aquél. Prendado

de ella, se atrevió a cortejarla, y sorprendido en cierta ocasión

por Balboa, éste le insultó y humilló con dureza en presencia de la

india. Ciego de cólera y despecho, juró Garabito vengarse, y en el

acto escribió secretamente a Pedrarias, manifestándole que Balboa

no pensaba casarse con su hija[620], sino con la india que tenía en

su compañía; que había fingido aceptar aquel honroso enlace para

adormecer los justos recelos del gobernador y tener así más libertad

de acción en la ejecución de sus planes, y que se proponía declararse

independiente, rebelándose contra Pedrarias y contra el Rey, tan pronto

como estuviesen en disposición de navegar los cuatro bergantines que

estaba construyendo[621]. Creyó Pedrarias lo que se le denunciaba y se

dispuso a castigar a su enemigo. Los amigos de Balboa juzgaron que era

conveniente avisarle lo que ocurría: uno de ellos, Hernández Argüello,

cometió la torpeza de escribir una carta, aconsejando al citado Vasco

Núñez que se hiciese a la mar sin perder tiempo y le ofrecía obtener

la protección y ayuda de los frailes gerónimos, a la sazón poderosos

en España. Carta tan imprudente--no sabemos cómo--cayó en poder del

vengativo y suspicaz gobernador del Darién. Llamó Pedrarias a Balboa,

que estaba entonces en la isla de las Tortugas, y, sospechando que

no quisiera venir, despachó tras la carta a Francisco Pizarro con

gente armada para que le prendiese, donde quiera que le encontrase.

Inmediatamente que Balboa recibió la carta, se puso en camino. Cuando

se hallaba cerca de Acla, le dijeron que Pedrarias estaba muy indignado

con él; pero Balboa, confiado en su inocencia, continuó su camino.

Encontró a Francisco Pizarro con la gente que le iba a prender y le

dijo: «_¿Qué es esto, Francisco Pizarro? No soliades vos así salirme

a recibir._» Llegó a Acla y fué reducido a prisión. Formóle proceso

el licenciado Espinosa, alcalde mayor, en virtud del cual los jueces

le condenaron a muerte, que sufrió con otros cuatro el 12 de enero de

1519. Contaba a la sazón cuarenta y cuatro años. Los vecinos de Acla

vieron llegar al patíbulo que se levantaba en la plaza uno de los más

ilustres capitanes--tal vez el primero--después de Colón. Se le acusó

de haber dado muerte a Diego de Nicuesa, de la prisión y agravios del

bachiller Enciso y muy especialmente como traidor al Rey y usurpador

de las tierras de la Real Corona. Marchaba tranquilo y resignado al

suplicio; pero al oir--como en otro tiempo D. Alvaro de Luna en la

plaza del Ochavo de Valladolid--que se le condenaba por traidor y

usurpador de los territorios de la Real Corona, exclamó indignado:

«Mentira; siempre he sido leal, sin más pensamiento que el de aumentar

al Rey sus dominios»[622].

[620] Por mediación de Fray Juan de Quevedo, Balboa pidió en

matrimonio a María, hija de Pedrarias.

[621] Ruiz de Obregón, ob. cit., págs. 147 y 148.

[622] «Esta es la justicia (gritaba el pregonero) que manda

hacer el Rey, nuestro señor, y Pedrarias, su lugarteniente,

en su nombre, a estos hombres, por traidores y usurpadores de

tierras pertenecientes a la Real Corona.»

«Esta pérdida fué muy sentida, por ser Vasco Núñez capitán prudente,

animoso y liberal, y que eternamente será estimado por uno de

los capitanes más memorables de las Indias...»[623]. Al cabo de

cuatrocientos años la posteridad ha hecho justicia al insigne

navegante. Creemos que en el mismo sitio donde fué ajusticiado,

se levantará pronto su estatua. Bien la merece, pues la gigantesca

obra de Colón fué completada por el descubrimiento de Vasco Núñez

de Balboa. El obispo Fray Bartolomé de las Casas en su _Brevissima

relacion de la destruycion de las Indias_[624], dice de Pedrarias

Dávila, sin nombrarlo, lo que a continuación copiamos: «El anno de mil

é quinientos é catorce: passo a la terra firme un infelice gobernador:

crudelissimo tirano: sin alguna piedad ni aun prudencia: como un

instrumento del furor divino.» Fué decapitado Vasco Núñez de Balboa,

el gran descubridor del Océano Pacífico, con no pequeño daño del poder

de España en América, pues ninguno de sus sucesores valía lo que él.

Ingrato había sido Balboa con Enciso y cruel con Nicuesa; pero no se

olvide que el gobernador de Haití le dió el nombramiento de jefe de la

colonia. Aun sin esto la sentencia de Pedrarias fué bárbara e inicua.

Vasco Núñez de Balboa, valiente, tenaz en sus propósitos, inteligente

y de clarísimo ingenio, nacido para mandar y dirigir una empresa, lo

mismo pacífica que belicosamente, parecía destinado a elevar el poder

de España en aquellas tierras a una gran altura. «Era--dice Antonio de

Herrera--muy bien entendido y sufridor de trabajos, hombre de mucho

ánimo, prudente en sus resoluciones, muy generoso con todos, discreto

para obrar, tan hábil para mandar a los soldados como intrépido para

conducirlos a la pelea, en la que nunca vacilaba en ocupar el puesto de

mayor peligro.» Añade, para retratarle físicamente, que «era bien alto

y dispuesto de cuerpo, de buenos miembros y fuerzas, y de gentil rostro

y pelo rubio.» Pedro Mártir le llama _egregius digladiator_. Las Casas,

después de repetir casi literalmente lo escrito por Herrera, dice por

su cuenta que «Dios le reservaba para muy grandes cosas.»

[623] Herrera, _Década II_, lib. II, cap. XXII.

[624] Impreso en la ciudad de Sevilla el año 1552.

Inmediatamente después de Vasco Núñez de Balboa fueron decapitados

Valderrábano, Botello, Hernán Muñoz y el mismo Argüello. Fray Juan

de Quevedo y Gaspar Espinosa pidieron al gobernador que indultara

a Argüello. Negóse Pedrarias, como antes les había negado la misma

gracia en favor de Balboa. Ya de noche «y a poco--dice el señor Ruiz de

Obregón--oyóse en las tinieblas un golpe seco y siniestro, que anunció

a los espectadores que todo había terminado, pereciendo también a manos

del verdugo aquella inocente víctima de su afecto a Balboa y de su

imprudencia»[625].

[625] Ibidem, pág. 161.

Terminemos, por último, este capítulo, reseñando la toma de posesión

realizada por Pedrarias Dávila en la provincia de Paque (costa del Sur)

el año de 1519. Estando Pedrarias, teniente general y gobernador de

Castilla Aurífera, en la boca de un estero que se halla en la citada

provincia, con los capitanes Francisco Pizarro, Bartolomé Pimienta

(piloto), Bartolomé de Bastidas y otras muchas personas, en presencia

de los escribanos Luis Ponce y Cristóbal de Mozolay, tomó en su mano

derecha una bandera de tafetán blanco, en la cual estaba figurada la

imagen de Nuestra Señora, y poniéndose de rodillas como todos los

presentes, dijo en altas voces: «¡Oh, Madre de Dios!, amansa a la

mar, e haznos dignos de estar y andar debaxo de tu amparo, debaxo del

cual te plega descubramos estas mares e tierras de la mar del Sur, e

convirtamos las gentes dellas a nuestra santa fee católica».

Pedrarias Dávila, teniente general de los reinos e tierra firme de

Castilla del Oro, gobernador e capitán general dellos por la reyna

doña Juana y el rey D. Carlos su hijo, ordenó que los escribanos Ponce

y Mozolay diesen fe de haber tomado posesión «de toda la costa de la

tierra nueva e de la mar del Sur, e de todos los puertos y entradas e

caletas e abras que hay en toda ella, y de todas las islas e ínsolas de

cualquier manera o calidad o condicion que sean, que están en la dicha

costa e mar del Sur, e de todas las provincias e tierra o tierras, que

están aguas vertientes a la dicha mar». Luego dijo estas palabras: «En

nombre de los dichos reyes nuestros señores e de sus subcesores de la

corona real de Castilla, corto árboles e rozo la yerba que está en esta

dicha tierra, y entro en el agua de la dicha mar del Sur, corporalmente

e poniéndome de pies en ella, e huello la dicha tierra nueva e aguas de

la dicha mar del Sur». Todos los capitanes y demás individuos presentes

manifestaron que se hallaban dispuestos a defender y resistir la citada

posesión; también los escribanos dieron fe y testimonio de todo lo

sucedido[626].

[626] _Archivo de Indias. Patronato Real._ Est. I, caj. I,

leg. 26, núm. 13. _Colec. de doc. inéd._, etc., tom. II, págs.

549-556.

Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo I · 第 86 / 152 题