DECRETA

Artículo único. Declárase el 12 de Octubre día de Fiesta Nacional.

Dado en el Salón de Sesiones del Poder Legislativo. Palacio

Nacional: San Salvador a 11 de Junio de 1915.

_Francisco G. de Machón_, Presidente.--_Rafael A. Orellana_, primer

Secretario.--_J. H. Villacorta_, segundo Secretario.

Palacio Nacional: San Salvador, 12 de Junio de 1915.

Publíquese.--_C. Meléndez._--El Ministro de Gobernación, _Cecilio

Bustamante_.»

Igual conducta que Santo Domingo y El Salvador han seguido las

Repúblicas de Cuba, Chile, Argentina, Uruguay, Honduras, Paraguay,

Brasil, Panamá, Guatemala y Colombia.

Trasladaremos aquí lo que acerca de la política española en las Indias

dicen D. Francisco Pi y Margall y D. Jacinto Benavente:

«Las naciones cultas (de América), escribe el ilustre historiador

Pi y Margall, no vacilo en afirmar que, fuera de la religión y de

la guerra, tenían mejores costumbres que las de Europa. El Perú,

hasta dentro de la guerra, ya que la hacía con más respeto que

nosotros a la persona y los bienes de los enemigos. Con nuestro

contacto depraváronse todas, en común sentir de los primitivos

historiadores de Indias. Bajo la antigua tiranía eran dóciles,

trabajadoras, poco propensas a litigios, modeladas en el uso

de sensuales deleites; bajo la nuestra, con ser mucho peor,

contamináronse de todos nuestros vicios y se hicieron rebeldes,

inactivas, pendencieras, lujuriosas.

De las tribus salvajes no me atrevo a formular juicio general de

ningún género. Las había rayanas de los brutos y las había que en

el sentimiento de la dignidad propia y la ajena igualaban cuando no

aventajaban a los pueblos cultos»[10].

[10] _Historia general de América_, tom. I. vol. II. págs.

1.903 y 1.904.

Del gran dramaturgo Benavente son las siguientes palabras:

«... Y de nuestra política colonial en las Indias, ¿qué no se

habrá dicho? No sería tan tiránica, tan destructora, cuando de

ellas surgieron pueblos grandes y libres, orgullo de nuestra

raza. Una política tiránica, opresora, destruye toda posibilidad

de emancipación. No habríamos oprimido tanto, cuando de igual a

igual, fuertes y triunfantes, pudieron combatirnos y proclamar su

independencia.

Yo he visitado alguna parte de la América española, y, con orgullo

puedo decirlo, lo mejor que hallé en ella es lo que de español

queda allí, pese al cosmopolitismo invasor. Las virtudes de la

familia española, esa discreción de la mujer no contaminada

de feminismo, que más bien debiera llamarse masculinismo, la

generosidad hidalga en los hombres, el trato afable y llano con los

iguales, con los inferiores, todas esas virtudes de nuestra raza,

la más democrática del mundo, contrastando con la sequedad de los

hombres de presa que allí acuden de todas partes, hacen de aquellas

hermosas ciudades, que nos recuerdan a las españolas, cuando en los

hogares donde aún alienta el espíritu de España se penetra como

amigo, ciudades a la americana, cuando después, por sus calles,

entre empujones y codazos, ve uno a los otros, a los extranjeros

de todos los puntos del mundo, brutales, febriles, codiciosos de

bienes materiales...[11]»

[11] Discurso leído en los _Juegos florales_ de El Escorial el

29 de Agosto de 1915.

Sin embargo del respeto y admiración que sentimos por Pi y Margall y

por Benavente, habremos de manifestar que no estamos conformes con la

opinión del uno ni con la del otro.

Reconoce el autor de _Las nacionalidades_ que las tribus americanas,

lo mismo cultas que salvajes tenían los vicios de la embriaguez, de

la lujuria, de la prostitución y del juego. Por nuestra parte diremos

que no debe olvidarse cómo el canibalismo se hallaba extendido por

toda América de la manera más brutal y fiera, hasta el punto que

muchos pueblos del Amazonas declaraban que «preferían ser comidos por

sus parientes antes que por los gusanos[12]». Asimismo sabemos con

toda certeza que unas tribus se contentaban con beberse la sangre

del cautivo, otras se repartían en menudos pedazos las carnes del

difunto, llegando el refinamiento de la crueldad al extremo de que

si no alcanzaba el reparto para todos, cocían algún trozo en agua,

distribuyendo luego el líquido con el objeto de que todos pudiesen

decir que habían probado en mayor o menor cantidad la carne del enemigo.

[12] Markham, List. of Tribes etc. (Fourk, Anthrop. Inst.

1895, pág. 233).

También no parece ocioso advertir que la esclavitud era en las Indias

más bárbara y repugnante que en los pueblos de Europa.

No negaremos que numerosas tribus indias que poblaban algunos de

aquellos dilatados países, ya tuviesen establecida su morada en las

heladas regiones de Groenlandia, ya en las riberas de los caudalosos

Mississipí y Amazonas, o en los elevados picos de los Andes, aunque no

tenían gobierno organizado ni leyes escritas y creían en dioses feroces

que se alimentaban de sangre humana, eran dulces, pacíficas y buenas.

No negaremos la pureza de costumbres, la sobriedad y el respeto al

extranjero de aquellas tribus bárbaras que habitaban en el Gran Chaco

o en la Patagonia. Pero habremos de añadir que muchos indígenas fueron

taimados y perversos. Ellos pagaron con traiciones los beneficios que

recibían de sus patronos, al mismo tiempo que se postraban ante los

españoles, que les maltrataban o envilecían. Fueron desleales con los

castellanos, que les trataban como hombres; obedientes y cariñosos con

los que veían en ellos seres irracionales. No hacían distinción entre

sus bienhechores y sus tiranos.

Si llevamos a América--contestaremos a Benavente--nuestra política y

administración, nuestra religión católica, nuestro régimen económico,

nuestras ideas sobre la hacienda pública, nuestro sistema municipal

democrático, nuestras instituciones benéficas, nuestros consulados,

nuestras Audiencias y nuestras Universidades, también les llevamos

modos, usos y costumbres, ruines pasiones y no pocos vicios. Cierto es

que los frailes por un lado y la Compañía de Jesús por otro, cubrieron

el suelo de iglesias y de hospitales, los misioneros llevaron la

civilización a los países más lejanos e incultos, los artistas de la

Metrópoli instruyeron en las Bellas Artes a aquellos numerosos pueblos

y los colonos españoles crearon muchas industrias y enseñaron a los

indígenas la apertura de caminos y el cultivo de los campos; pero

frailes, misioneros, artistas y colonos abusaron de la ignorancia de

los indios y les engañaron en los tratos que con ellos hicieron.

Si el gran poeta Quintana, recordando nuestras culpas pasadas, creía

vindicar a su patria diciendo:

_Crimen fueron del tiempo, no de España_,

el historiador, aunque con profundo sentimiento, se ve obligado a decir

otra cosa. De los primeros españoles descubridores y conquistadores

de América, habremos de afirmar que, hombres de poca cultura y, como

tales, de hábitos un tanto groseros, cometieron con harta frecuencia

desórdenes y tropelías, robos y muertes. (Apéndice B).

Los soldados de Cortés y Pizarro no tenían la disciplina de aquellos

que mandaba el Gran Capitán, Antonio de Leiva y el marqués de

Pescara, ni aun la de los tercios de Flandes, ni siquiera la de los

que conquistaron Portugal bajo las órdenes del duque de Alba. Los

aventureros que desde Andalucía, especialmente de Sevilla, iban a

América, eran hombres más dados a la vagancia que al trabajo. Servían

unos de espadachines escuderos a elevadas damas o influyentes galanes;

descendían otros a rufianes de la más ínfima clase de cortesanas;

dedicábanse muchos a cobrar el barato en las casas de juego o se

agregaban a las compañías de comediantes o faranduleros, con el sólo

objeto de aplaudir en los corrales a damas y a galanes. En busca de

aventuras se dirigían también al Nuevo Mundo castellanos, extremeños,

catalanes y manchegos, gente ruda, altiva y áspera en sus costumbres.

Aquéllos y éstos, unos y otros eran asistentes diarios a las farsas que

imitaban perfectamente o con exactitud las palizas, las lidias de toros

y los autos de fe que celebraba la Inquisición.

Recordaremos a este propósito al hidalgo de Extremadura, que «viéndose

tan falto de dineros, y aun no con muchos amigos, se acogió al remedio

a que otros muchos perdidos en aquella ciudad (Sevilla) se acogen, que

es el pasarse a las Indias, refugio y amparo de los desesperados de

España, iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas, pala

y cubierta de los jugadores (a quien llaman diestros los peritos en

el arte), añagaza general de mujeres libres, engaño común de muchos y

remedio particular de pocos»[13].

[13] Cervantes, _El Celoso Extremeño_, pág. 5.

Y Prescott escribió que los conquistadores del Nuevo Mundo fueron

«soldados de fortuna, aventureros desesperados que entraron en la

empresa como en un juego, proponiéndose jugar sin el menor escrúpulo y

con el único objeto de ganar de cualquier modo que fuese»[14].

[14] _Historia del Perú_, tom. II, pág. 215.

Creían que por el derecho de conquista podían, no sólo repartirse las

cosas, sino también las personas; pero no debemos olvidar--pues el

asunto tiene transcendental importancia--que la gente que iba de España

se veía obligada frecuentemente a subir altas y fragosas montañas, a

recorrer estrechas y pedregosas veredas o valles donde nunca llegaba

la luz del sol, a atravesar caudalosos ríos, terribles precipicios y

profundas simas, a subir escarpadas rocas y montes cubiertos de verdor

y cuyas cimas, coronadas de nieve, se ocultaban en las nubes, a bajar

cordilleras, a arrostrar riesgos y trabajos, a luchar de noche y de

día en las ciudades y en los campos. Para conquistar aquel país, donde

se encontraban hombres sencillos y feroces, civilizados y salvajes,

hospitalarios y antropófagos, necesitaba la Metrópoli, y no lo tenía,

poderoso, obediente y disciplinado ejército.

Conviene recordar que las distracciones del español estaban reducidas

a fugaces amoríos con alguna india cautiva, a escuchar picaresco

cuento y a veces legendarias hazañas referidas en largas noches de

invierno por algún soldado poeta. Otra hubiese sido la conducta de los

conquistadores de las Indias al tener en su compañía mujeres de la

misma raza y del mismo país, pues ellas, con sus amores y caricias, con

sus alegrías y bondades, habrían transformado por completo el carácter

de aquellos rudos soldados.

Tampoco habremos de negar que algunos de los primeros conquistadores,

con la excusa de la civilización, olvidándose de la Moral cristiana,

hollaron las instituciones, sentimientos, usos y costumbres de las

razas americanas. Con la excusa de la civilización, algunos de los

primeros conquistadores arrebataron a los indios sus mujeres y sus

hijas, sus casas y sus tierras. Con la excusa de la civilización,

algunos de los primeros conquistadores arrojaron de su pedestal

aquellos ídolos que habían sido el consuelo de infinitas generaciones,

en tanto que el miedo y el terror, cuando no la desesperación, se

pintaba en el rostro de los indígenas. Tuvieron a dicha no pocos

religiosos españoles derribar templos, romper ídolos y recorrer

extensas comarcas imponiendo por la fuerza la doctrina del Crucificado.

En otro orden de cosas, también se cometieron abusos sin cuento. No

negaremos lo que dice--y que copiamos a continuación--el provisor

Morales. «Es general el vicio de amancebamiento con indias, y algunos

tienen cantidad de ellas como en serrallo»[15]. El citado cronista, más

dado a la leyenda que a la historia, se atrevió a escribir que algunos

españoles se entretenían, tiempo después de la conquista, en cazar

indios con perros de caza[16], añadiendo otros autores que hubo entre

los nuestros quienes llegaron a creer que los indígenas no pertenecían

a la especie humana, y que valían, por tanto, lo mismo que un mono o un

caballo. Sólo se nos ocurre contestar--y esta es la única observación o

comentario a la noticia--que no habían de faltar compatriotas nuestros,

ya que careciesen de toda clase de cultura, ya que por instinto fuesen

crueles y feroces.

[15] _Relación dada por el provisor Morales sobre cosas que

convenían probarse en el Perú._ M. S.

[16] Ibidem.

Tristísima era la vida del indio entre algunos españoles. El, sin

mujer que le consuele, sin hijos que le ayuden en sus trabajos y sin

familia que se compadezca de sus infortunios, condenado a vivir--si

vida puede llamarse--en el fondo de las minas para extraer el oro y

la plata que los reyes de España gastaban en guerras y los cortesanos

en orgías; agricultor y recolector de los frutos de la tierra para

que se alimentasen sus despiadados amos; esclavo de hombres que se

llamaban religiosos cuando la religión enseña que ambos eran hijos de

un mismo Dios; el indio, repetimos, hastiado de la vida, buscaba en el

suicidio, enfermedad de todas las sociedades caducas y desesperadas,

el término de sus penas y dolores. Preferían la muerte a la pérdida de

su libertad, a la servidumbre, a la esclavitud. Los incultos indígenas

se creían más felices que los civilizados españoles. Indiferentes los

indios a los goces de la cultura, vivían alegres y satisfechos en sus

montañas y bosques. Lo que Dozy decía de los beduínos del tiempo de

Mahoma, decimos nosotros de los indios del siglo XVI. «Guiados (los

beduínos)--tales son las palabras del historiador francés--no por

principios filosóficos, sino por una especie de instinto, han realizado

de buenas a primeras la noble divisa de la revolución francesa: la

libertad, la igualdad y la fraternidad»[17].

[17] _Historia de los musulmanes españoles_, tomo I, pág. 36.

Tr.

Severos censores hemos sido al juzgar la conducta de los conquistadores

españoles en las Indias, y sin miramientos de ninguna clase diremos

después lo bueno y lo malo que hicieron; pero colocándonos en el alto

tribunal de la historia, añadiremos que no todos son negruras en el

descubrimiento, conquista y gobierno de España en el Nuevo Mundo, como

no todo son negruras--aunque otra cosa digan apasionados cronistas--lo

realizado en la colonización inglesa y portuguesa de las Indias

Orientales. La imparcialidad no ha sido norma de los historiadores

antiguos y modernos. A pesar de los juicios poco favorables que

escritores europeos y americanos han emitido acerca de la política de

los gobiernos de Madrid, Londres y Lisboa, a pesar de la ingratitud

de algunas naciones de América--no todas, por fortuna--con España,

Inglaterra y Portugal, nadie podrá negar, o mejor dicho, conviene no

olvidar que un ilustre hijo de la república de Génova, al servicio

de los Reyes Católicos D. Fernando y Doña Isabel, descubrió el Nuevo

Mundo, y que ingleses, portugueses y españoles llevaron a aquellas

lejanas tierras su respectiva civilización y cultura.

Al ocuparnos en las conquistas de unos pueblos sobre otros, tentados

estamos para decir que, lo mismo en aquella época que antes y después,

lo mismo si se trata de España que de otras naciones, dichas conquistas

han ido casi siempre acompañadas de abusos y alevosías. Si pecaron

los españoles, también pecaron ingleses, franceses, dinamarqueses y

holandeses. Si no fué generosa ni aun prudente la política seguida

por nuestros compatriotas, tampoco lo fué la de otras naciones.

Recuérdense los Gobiernos de lord Clive y de Warren Hastings en la

India. Del primero, gobernador general de las posesiones inglesas

de Bengala, dice lord Macaulay lo siguiente: «Se sabe que antes de

salir de la India remesó a su patria más de ciento ochenta mil libras

esterlinas por conducto de la Compañía Holandesa, y más de cuarenta

mil por la Inglesa, aparte de otras considerables sumas enviadas por

casas particulares. Además, poseía joyas de gran precio, medio muy

generalizado entonces de traer valores a Europa, y en la India era

dueño de propiedades cuyas rentas estimaba él mismo en veintisiete

mil libras; de modo, que sus ingresos anuales, cuando menos, según la

opinión de John Malcolm, pasaban de cuarenta mil libras esterlinas

(3.800.000 reales), rentas en aquella época tan pingües y raras como lo

son en la nuestra las de cien mil libras. Así, que podemos afirmar, sin

temor de incurrir en exageración, que ningún inglés que comenzara la

vida sin bienes de fortuna ha llegado, como Clive, a encontrarse a los

treinta y tres años poseedor de tan inmensas riquezas»[18]. Respecto a

la administración de Warren Hastings, gobernador de Bengala, añade el

citado historiador, que «es imposible desconocer que hacen contrapeso

a los grandes crímenes que la mancharon, los grandes servicios que

prestó al Estado»[19]. En efecto, muchos y graves fueron los atropellos

cometidos por Hastings y contados por Burke en la Cámara de los

Lores. Tampoco pasaremos en silencio las crueldades que el francés

D'Esnambuc cometió con los naturales de la Martinica en el año 1635,

ni la conducta torpe, torpísima de los dinamarqueses en la costa de

Coromandel y de los holandeses en la citada India.

[18] _Estudios históricos_, pág. 140. Tr.

[19] Ibidem, pág. 285.

Allá en la antigüedad, la historia enseña que Virgilio daba idea clara

del destino y de la política exterior de Roma en los siguientes versos:

_Tu regere imperio populos, Romane, memento_:

..................................................

_Parcere subjectis, et debellare superbos_[20].

[20] _Eneida_, lib. VI, versos 851 y 853.

Y las Doce Tablas consagraron aquel terrible principio que dice:

_Adversas hostes æterna auctoritas esto._

Cartago, gobernada por egoísta aristocracia, sólo quería aumentar el

producto de su tráfico, importándole poco las ideas de patria, de

justicia, de honor y de cultura.

Los germanos se apoderaron de la mejor y mayor parte de la tierra de

los vencidos, y algunos de aquéllos, los anglo-sajones, por ejemplo, se

hicieron dueños de todo en la Bretaña. Tristísima fué la condición de

los vencidos.

Cuando los musulmanes lograron la victoria en la Laguna de Janda,

los ibero-romanos sufrieron toda clase de vejaciones, y cuando los

cristianos tomaron a Granada hicieron objeto de su odio a los hijos del

Profeta.

En nuestros días, ingleses, alemanes, franceses, italianos, rusos y

portugueses, guiados únicamente por la idea del lucro, ven en sus

colonias ancho campo donde extender y desarrollar sus respectivas

industrias.

En suma: el _Væ victis_ de Breno, fué y será, no la ley horrible del

derecho de gentes en la época romana, sino el dogma político de todos

los tiempos y de todos los pueblos.

De Sir Russell Wallace, son las siguientes palabras: «¡Qué

colonizadores y conquistadores tan maravillosos estos españoles y

portugueses! En los territorios colonizados por ellos, trazaron cambios

mucho más rápidos que todos los demás pueblos modernos, y semejantes

a los romanos, poseen sus grandes facultades para imponer su lengua,

cultura y religión a pueblos bárbaros y salvajes.»

Cariñoso por demás se muestra con nosotros Sir Russell Wallace. Si

no creemos que España tenga justos títulos para pedir, como nación

colonizadora, lugar preeminente en la Historia, tampoco admitimos que

la pérdida de las colonias de la América del Sur, sea prueba palmaria

de su incapacidad para gobernar las extensas posesiones adquiridas

en aquellos lejanos territorios. La Gran Bretaña no pudo sofocar la

rebelión y perdió las colonias de América del Norte, y a España le

sucedió lo mismo. Una y otra nación perdieron sus respectivas colonias

porque debían perderlas, porque no era posible tener en perpetua tutela

pueblos poderosos y cultos.

No olvidemos, no, que las Leyes de Indias son monumento glorioso de la

legislación española, y la Casa de la Contratación mereció alabanzas,

lo mismo de nacionales que de extranjeros. Y dígase lo que se quiera en

contrario, digna de encomio fué muchas veces la conducta de nuestros

Reyes. Ellos, en no pocos casos, recomendaron con gran solicitud a sus

infelices indios.

Isabel la Católica decía en su testamento lo siguiente:

«Cuando nos fueron concedidas por la Santa Sede Apostólica las

Islas y Tierra Firme del mar Océano, descubiertas y por descubrir,

nuestra principal intención fué al tiempo que lo suplicamos al Papa

Alejandro VI, de buena memoria, que nos hizo la dicha concesión,

de procurar inducir y traer los pueblos de ellas, y los convertir

a nuestra Santa Fe Católica y enviar a las dichas islas y Tierra

Firme, prelado y religiosos, clérigos y otras personas doctas y

temerosas de Dios, para instruir los vecinos y moradores de ellas

a la fe católica y los doctrinar, y enseñar buenas costumbres y

poner en ello la diligencia debida, según más largamente en las

letras de la dicha concesión se contiene. Suplico al Rey, mi señor,

muy afectuosamente, y encargo y mando a la Princesa, mi hija, y al

Príncipe, su marido, que así lo hagan y cumplan, y que éste sea su

principal fin y en ello pongan mucha diligencia y no consientan

ni den lugar a que los indios vecinos y moradores de las dichas

islas y Tierra Firme, ganados y por ganar, reciban agravio alguno

en sus personas y bienes...» Igual conducta--como se muestra por

diferentes Reales Cédulas--, observaron Carlos I, Felipe II, Felipe

III y Carlos II. Gloria inmortal merece el Emperador Carlos V por

la Cédula que dió el 15 de Abril de 1540 en favor de los negros de

la provincia de Tierra Firme, llamada Castilla del Oro (Apéndice

C). No se olvide que Felipe II, al recibir en su palacio al

visitador Muñoz (1568), que ejerció sangrienta dictadura en México,

le dijo con severidad: «Te mandé a las Indias a gobernar, y no a

destruir», contándose también que, como casi al mismo tiempo se

le presentara el Virrey del Perú, D. Francisco de Toledo, matador

del inca Sairi Tupac, le dirigió en tono amenazador las siguientes

palabras: «Idos a vuestra casa, que yo no os mandé al Perú para

matar Reyes.» Felipe III miró con singular cariño a los infelices

indios. Y en la _Recopilación de las Leyes de Indias_, Felipe IV

escribió por su real mano la hermosa cláusula que copiamos: «Quiero

que me déis satisfacción a mí y al mundo, del modo de tratar esos

mis vasallos, y de no hacerlo, con que en respuesta de esta carta

vea yo ejecutados ejemplares castigos en los que hubieren excedido

en esta parte. Mandamos a los Virreyes, Presidentes, Audiencias

y Justicias, que visto y considerado lo que Su Majestad fué

servido de mandar y todo cuanto se contiene en las Leyes de esta

Recopilación, dadas en favor de los indios, lo guarden y cumplan

con tal especial cuidado, que no den motivo a nuestra indignación,

y para todos sea cargo de residencia.» Habremos de referir, por

último, que al confirmar Carlos II la concesión pontifical, lo hizo

con las siguientes palabras: «Y por que nuestra voluntad es que los

indios sean tratados con toda suavidad, blandura y caricia, y de

ninguna persona eclesiástica o secular ofendidos: Mando que sean

bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido, lo

remedien, y provean de manera que no se exceda cosa alguna lo que

por las letras apostólicas de la dicha concesión nos es inyungido y

mandado.»

La misma simpática conducta siguieron con bastante frecuencia los

Reyes de la Casa de Borbón. Ilustre historiador contemporáneo ha dicho

lo siguiente: «En lo que se refiere a los indios, hay que repetir

que los monarcas multiplicaban los medios de proteger sus personas e

intereses. Sometidos los naturales por la conquista a un poder extraño,

intimidados ante la superioridad de los europeos, a quienes tenían

que obedecer, era muy justo que la Corte de Madrid les dispensara

consideraciones, para hacer simpático el nuevo régimen a los que tanto

necesitaban de paternal auxilio y de cariñoso apoyo; la justicia

debía mostrar mayor solicitud respecto de los débiles, que habían

perdido sus sagrados derechos como pueblo independiente y soberano; y

los delegados del Rey en las Indias tenían especial recomendación de

favorecer de todos modos a los aborígenes»[21]. Alejandro Humboldt,

cuya autoridad nadie se atreverá a poner en duda, ha escrito que la

condición social del indio español era mejor que la de los aldeanos

de una gran parte del Norte de Europa[22]. También el argentino D.

Vicente G. Quesada, aunque a veces ha juzgado con severidad el gobierno

español en América, reconoce que no están en lo cierto los escritores

que afirman que la organización colonial fué un centralismo pernicioso,

a la cual atribuyen todos los errores y males de las nuevas naciones

hispano-americanas[23].

[21] Gómez Carrillo, _Historia de la América Central_, tomo

III, págs. 27 y 28.--Continuación de Milla.

[22] _Ensayo político_, lib. IV, cap. IX.

[23] _La Sociedad hispano-americana bajo la dominación

española._

En tanto que los Monarcas austriacos y los Reyes de la casa de Borbón

daban pruebas de su amor a la justicia y del cariño que sentían por

los indios, también eran dignos de fama y renombre no pocos Virreyes,

Gobernadores, Presidentes, Corregidores, Arzobispos y Obispos. No

todos, ni aun una gran mayoría, como fuera nuestro deseo; pero muchos

fueron tolerantes y buenos, como lo confirman antiguos cronistas y

modernos historiadores.

Nadie--por exigente que sea--escatimaría aplausos a Antonio de Mendoza

y a Luis de Velasco, virreyes de México; a Manuel de Guirior, virrey

del Perú; a José Antonio Manso de Velasco, Gobernador de Chile; a

Miguel de Ibarra, Presidente del Ecuador, y a Andrés Venero de Leyva,

Presidente de la Audiencia de Santa Fe de Bogotá. Entre los prelados,

justo será recordar los nombres insignes de Santo Toribio de Mogrovejo,

Arzobispo de Lima, y de Fr. Juan de Zumárraga, Arzobispo de México.

Protectoras incansables las autoridades españolas de la religión y de

las órdenes religiosas, la religión fué desde la cuna hasta la muerte

el sentimiento general lo mismo del español que del indio. Tanto las

autoridades civiles como las eclesiásticas se desvelaron por extender

la civilización, abrir escuelas, establecer imprentas y llevar a todas

partes el mejoramiento y el bienestar. Que en el esplendoroso cuadro de

los Gobiernos españoles hubo algunas y, si se quiere muchas manchas,

nada importa, pues toda obra humana las tiene en más o menos cantidad,

con mayor o menor fuerza señaladas. No hemos de negar que no siempre

estuvieron acertados los Reyes y los Gobiernos en el nombramiento de

las autoridades, lo mismo civiles que militares, para las colonias. Con

mucha frecuencia se impuso el favoritismo y ocuparon elevados puestos

hombres aduladores, necios e intrigantes, cuando no avaros, codiciosos

y crueles.

Para terminar esta materia permítasenos recordar algunos hechos

y dirigir una pregunta. No olvidéis que a últimos del siglo XV

desconocíais la escritura alfabética, los progresos de las ciencias y

las bellezas de las artes, ni teníais arados para cultivar vuestras

tierras, ni utensilios de hierro para todas las necesidades de la

vida, ni carros en que transportar vuestras mercancías, ni buques de

alto bordo para recorrer los mares, ni moneda de ley para el cambio de

vuestros productos. No olvidéis que a últimos del siglo XV ni siquiera

teníais noticia de los animales domésticos, ni sabíais nada del cultivo

de los cereales. No olvidéis que durante largo lapso de tiempo, unidas

España y América han marchado por tierras y mares realizando su vida,

a veces con gran trabajo, a veces con facilidad extrema; pero siempre

con fe y entusiasmo. ¡Americanos! En uno de los platillos de sensible

balanza colocad lo bueno que habéis recibido de los españoles, y en el

otro platillo colocad lo malo. ¿Qué pesa más?

«¡América para los americanos! Tal es la consigna adoptada--escribe

Reclus--por las repúblicas del Nuevo Mundo para oponerse a las

tentativas de intervención de las potencias europeas en los asuntos

interiores del continente occidental. Bajo el punto de vista político,

no cabe duda que los Estados americanos no han de temer ya los

ataques de ningún adversario, y no se sabe si tolerarán mucho tiempo

en aquellas regiones la existencia de colonias dependientes de un

Gobierno extranjero. Si oficialmente posee todavía la Gran Bretaña

la cuarta parte de la superficie del Nuevo Mundo, casi la totalidad

de aquel inmenso espacio está desierto, y las provincias habitadas,

constituyen, por decirlo así, una república independiente, en la que

el poder real sólo está representado en el nombre, y por todo ejército

tiene un regimiento acampado en una punta de tierra en el sitio más

inmediato a Europa, como si estuviese aguardando órdenes para regresar

a la Metrópoli. Los pueblos del Nuevo Mundo tienen, pues, asegurada

su autonomía política contra toda mira ambiciosa del extranjero; pero

bajo el aspecto social, América dista mucho de ser de los americanos;

es de todos los colonos del antiguo mundo que a ella acuden y en ella

encuentran nueva patria, aportando sus usos y costumbres hereditarias,

al par que sus ambiciones, sus esperanzas y la necesaria fuerza para

acomodarse a un nuevo modo de ser. Los que por distinguirse de los

hombres civilizados del resto del mundo se llaman _americanos_, son

también hijos o nietos de europeos; el número de estos americanos

aumenta en más de un millón cada año por el excedente de los nacidos

sobre los muertos; además, aumenta en más de otro millón con los

colonos recién llegados, que a su vez se llaman pronto americanos, y a

veces miran como intrusos a los compatriotas que llegan tras ellos. El

mundo trasatlántico es un campo experimental para la vieja Europa, y

como en el antiguo mundo, se prepara allí la solución de los problemas

políticos y sociales en bien de la humanidad»[24].

[24] _Geografía universal, América septentrional_, págs. 83 y

84.

Viene al caso recordar que allá en el año 1824, el Congreso de

Panamá, siguiendo las inspiraciones de Bolívar, entre otros asuntos,

procuró establecer un pacto de unión y de liga perpetua contra España

o contra cualquier otro poder que procurase dominar la América,

impidiendo además toda colonización europea en el nuevo continente,

toda intervención extranjera en los negocios del Nuevo Mundo[25].

Los temores de Bolívar tenían su razón de ser después de pelear en

_Ayacucho_ con ejércitos de Europa. Añade con acierto J. B. Alberdi,

lo siguiente: «Si Bolívar viviera hoy día, como hombre de alto

espíritu, se guardaría bien de tener las ideas de 1824 respecto a

Europa. Viendo que Isabel II nos ha reconocido la independencia de

esa América que nos dió Isabel I hace tres siglos, lejos de temer a

la España como a la enemiga de América, buscaría en ella su aliada

natural, como lo es, en efecto, por otros intereses supremos que han

sucedido a los de una dominación concluida por la fuerza de las cosas.

Los peligros para las Repúblicas no están en Europa. Están en América:

son el Brasil, de un lado, y los Estados Unidos, del otro»[26].

[25] Véase _Simón Bolívar_, págs. 179 y 180.

[26] _Simón Bolívar_, pág. 180. Madrid, 1914.

Algunos escritores americanos tienen a gala el denostar a España.

Rechazan indignados la idea de que se les atribuyan las cualidades

de nuestra raza. No quieren llevar en sus venas sangre española. El

argentino Domingo F. Sarmiento, autor de la excelente obra _Facundo o

Civilización y barbarie_, tuvo el mal gusto de censurar con acritud las

costumbres españolas en su libro _Viajes por América, Europa y Africa_.

Contra Sarmiento escribió nuestro Martínez Villergas el folleto

titulado _Sarmenticidio_, al cual sirve de preliminar composición

poética que el inspirado vate había publicado en París el año 1853. En

ella se lee lo siguiente:

_Quemó Erostrato el templo de Diana,_

_Y usted, por vanagloria,_

_Maldice de su raza la memoria:_

....................................

La misma animosidad contra España ha manifestado recientemente Fernando

Ortiz, catedrático de la Universidad de la Habana, en su libro _La

Reconquista de América_. Otros no les han seguido por el mismo camino

en su enconada ojeriza a la madre Patria.

Por fortuna, creemos que no están en mayoría los escritores que piensan

como Sarmiento y Ortiz. No pocos--aunque nosotros quisiéramos que fuese

mayor el número--aprovechan cuantas ocasiones se les presentan para

manifestar su cariño a España. Con singular complacencia hemos leído

varias veces el siguiente párrafo del Sr. Riva Palacio, ministro de

México en Madrid:

«No se conserva memoria--dice--de otro pueblo que, como el

español, sin desmembrar su territorio patrimonial y sin perder la

existencia social y política, haya formado directamente diez y

seis nacionalidades enteramente nuevas sobre la faz de la tierra,

hoy ya emancipadas, y a la que legó sus costumbres, su idioma,

su literatura, su altivez, su indomable patriotismo y el celo

exagerado por su autonomía. Diez y seis nacionalidades que marchan

todas por el camino del progreso, y que, reconociendo con su

origen todas esas identidades, procuran estrechar cada día más sus

relaciones, creando una virtud cívica hasta hoy desconocida, el

patriotismo continental, que hace de cada americano como un hijo

cualquiera de las otras Repúblicas; y quizá algún día la España,

hija del antiguo mundo, podrá decir delante de esas diez y seis

nacionalidades, como Cornelia la romana: «Tengo más orgullo en ser

la madre de los Gracos, que la hija de Escipión el Africano»[27].

[27] Discurso leído por el general Riva Palacio en el Ateneo

de Madrid el 18 de Enero de 1892, pág. 9.

Entre los papeles de Manuel Araujo, electo presidente de la República

de San Salvador en el año 1911, y fallecido en 1914, hallamos uno, en

el cual se consigna este hermoso pensamiento:

«La obra afanosa de mi agitada vida va cumpliéndose. Bajo la égida

protectora de Dios, mis flores, mis ensueños de progreso para la

patria antigua y de libertad para mi pueblo amado, van siendo una

hermosa realidad»[28].

[28] Véase _Libro Araujo_.--San Salvador, Imprenta Nacional,

1914.

Merece trasladarse también aquí lo que Alejandro Alvarado Quirós ha

escrito al visitar el sepulcro de Colón en Sevilla. Dice así:

«Los pueblos de América deberían visitarlo en cruzadas como el más

sagrado de sus cultos; tuvo para nosotros un resplandor celeste,

una palabra profundamente religiosa, superior a las que el espíritu

del gran guerrero, del artista y del santo nos dijeron al oído, y

que sólo podría ser superada por la armonía inefable de nuestras

creencias, evocadas ante la piedra tumular y el sepulcro abierto y

luminoso de Jerusalén»[29].

[29] _Bric-Brac._--San José de Costa Rica.--Alsina, 1914.

En _La Nota_, periódico de Buenos Aires, ha publicado últimamente

José Enrique Rodó un artículo donde, entre otras cosas dignas de

nuestra gratitud, se lee este párrafo: «Cualesquiera que sean las

modificaciones profundas que al núcleo de civilización heredado ha

impuesto nuestra fuerza de asimilación y de progreso; cualesquiera que

hayan de ser en el porvenir los desenvolvimientos originales de nuestra

cultura, es indudable que nunca podríamos dejar de reconocer y confesar

nuestra vinculación con aquel núcleo primero, sin perder la conciencia

de una continuidad histórica y de un abolengo que no da solaz y linaje

conocido en las tradiciones de la humanidad civilizada.»

De Blanco Fombona son las palabras que copiamos de la revista

_Renacimiento_, de la Habana: «La holgazanería española, que es una de

las frases hechas más injustas, labora minas en Bilbao, cultiva viñedos

en la Mancha y Aragón, cría ganados en Andalucía y ejerce toda suerte

de industrias en Cataluña y Valencia. En un momento de holgazanería

española, echaron nuestros abuelos a los moros de la Península,

descubrieron, conquistaron y colonizaron a América, y abriendo los

brazos en Europa, con gesto heroico y magnífico, pusieron una mano

sobre Flandes y sobre Nápoles la otra.»

A José Ingenieros, crítico argentino y autor, entre otras obras, de

las intituladas _Simulación en la lucha por la vida_ y _Al margen de

la ciencia_, le colocamos entre los defensores de España, aunque otra

cosa digan críticos suspicaces. De la _Revista de Filosofía_, de Buenos

Aires, correspondiente al año de 1916, copiamos el siguiente párrafo de

largo artículo:

... «Mi anhelo de español sería que en los libros de los niños de

hoy--los españoles de mañana--se enseñara a venerar la memoria de

un Isidoro, de un Lulio, de un Vives y de un Servet, en vez de

seguir mintiendo las aventuras del Cid--que vivió mucho tiempo

con dinero de los moros--, las glorias de Carlos «Quinto» de

Alemania--que nadie conoce por Carlos «Primero» de España--, ni la

fastuosa magnificencia de los siguientes Hapsburgos--que por la

indigencia en que vivieron no fuéronle en zaga a ningún estudiante

de novela picaresca.

Constituída una nueva moral, poniendo como ejemplo la tradición de

sus pensadores y de sus filósofos, a España le sobrarán fuerzas

para renacer; las hay en cada provincia o región; muchas de ellas

pujan ya en vuestra Cataluña intensa y expansiva.»

Entre los inspirados vates que mas han amado a España, ataremos a Rubén

Darío. Recordamos aquellos versos:

_No es Babilonia ni Nínive enterrada en olvido y en polvo_

_ni entre momias y piedras reina que habita el sepulcro_

_la nación generosa, coronada de orgullo inmarchito,_

_que hacia el lado del alba fija las miradas ansiosas;_

o aquellos de Chocano:

_Y así América dice: ¡Oh madre España!_

_Toma mi vida entera;_

_que yo te he dado el sol de mi montaña_

_y tú me has dado el sol de tu bandera,_

o aquellos otros de Gómez Jaime;

_Y a España, madre egregia que fecundó tu historia,_

_le ofrecerás tu sangre, le rendirás tu gloria;_

_y el triunfo de la raza le ofrendarás también;_

o los de Andrade Coello:

_Erguido quedará siempre,_

_porque su cumbre tremola_

_mi altiva ensena española_

_que tu raza no arriará;_

o, en fin, otros muchos inspirados en el mismo sentimiento hacia España.

Al querer--como poco antes se dijo--la unión de los pueblos

hispano-europeos con los hispano-americanos, no deseamos de ningún modo

la enemiga con los de raza anglo-sajona. Pruebas habremos de dar en

el curso de nuestra obra, no sólo del respeto, sino de la admiración

que sentimos por la gran República de los Estados Unidos del Norte de

América.

Algunas veces hemos llegado a creer--y de ello estamos

arrepentidos--que, para contrarrestar el imperialismo de los Estados

Unidos, debieran confederarse todos los pueblos de raza española del

Nuevo Continente y con ellos el lusitano americano, bajo la suprema

dirección de los más poderosos (el Brasil, la Argentina, Chile, etc.)

De un artículo de Castelar copiamos lo siguiente: «Pero cuando la

raza anglo-sajona pretende negar nuestra influencia en América,

hacer suyo todo aquel mundo, turbar la paz de nuestras Repúblicas,

acrecentar su poderío, a costa de nuestro mismo territorio, contar

entre sus estrellas a Cuba; cuando esto suceda, fuerza es que todos

los que de españoles nos preciamos, unamos nuestras inteligencias y

nuestras fuerzas para no consentir tamaña degradación y estar fuertes

y apercibidos en el día de los grandes peligros, de las amenazadoras

desventuras»[30].

[30] _La unión de España y América._

Aunque llegó el día tan temido, no se unieron nuestras inteligencias

ni nuestras fuerzas, o mejor dicho, nuestras inteligencias y nuestras

fuerzas fueron vencidas por el inmenso poder de los Estados Unidos. Con

pena habremos de confesar que lo mismo América que Europa se alegraron

para sus adentros de las desgracias de España.

Trasladaremos también a este lugar lo que ha escrito el académico Sr.

Beltrán y Rózpide, recordando seguramente la destrucción de nuestras

escuadras en Santiago de Cuba y en Cavite. «Si hoy los historiadores,

dice, encuentran las raíces de la decadencia de España en los mismos

días de Carlos I y de Felipe II, en los tiempos de Mac Kinley y

Roosevelt habrán de investigar los historiadores del porvenir el remoto

origen o causa primera de la disolución y ruina de los Estados Unidos

del Norte de América»[31].

[31] _Los pueblos hispano-americanos en el siglo XX_, pág.

296. Madrid, 1904.

Ni paramos mientes, ni damos valor alguno a juicios más apasionados que

justos de ilustrado escritor, cuyo libro ha sido publicado en estos

mismos días. El autor es el agustino P. Teodoro Rodríguez, Rector de

la Universidad de El Escorial, y el libro se intitula _La civilización

moderna_.

«No vamos a estudiar--dice--aunque bien pudiéramos hacerlo, ciertos

actos de carácter internacional, y por todos conocidos, suficientes

para colocar a quien los realiza, sea persona individual o colectiva,

entre los profesionales del bandidaje y de la piratería; nos referimos

a la usurpación de España por los Estados Unidos de sus colonias

Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Tampoco queremos estudiar, la Historia

dará sobre ello su veredicto, la intervención _extraoficial_ en las

cuestiones de México y en la actual gran guerra europea, que para

algunos pone en entredicho su honorabilidad como nación»[32].

[32] Págs. 153 y 154.

Cuando los hijos de Cuba, Puerto Rico y Filipinas no se hallen

contentos con su estado actual, cuando echen de menos el Gobierno de la

antigua Metrópoli y cuando el progreso se haya interrumpido o cortado

en aquellos países, entonces y sólo entonces estaremos conformes con el

sabio agustino.

Nada importa que España haya perdido una provincia, dos o veinte. Lo

que importa es que la guerra no destruya aquellas ciudades, ni se

hiera ni se mate en aquellas tierras. Lo que importa es que al ruido

de la pólvora haya sucedido el reino de la paz y del amor. Entretanto

que geógrafos y religiosos condenan a los hijos de Wáshington y de

Franklin, nosotros bendecimos a Dios y entonamos un cántico a la

libertad e independencia de los pueblos. ¡Bendita sea la hora en que la

fuerza fué vencida por el derecho!

Triste, muy triste es que España, la primera nación que tuvo la

fortuna de llegar a América y la única que fué dueña de más extensos

territorios, nada posea en nuestros días. La culpa es nuestra. Pero

olvidándolo todo, casi me atrevería a rogar al geógrafo Beltrán y

Rózpide y al teólogo P. Martínez que me acompañaran a rezar una oración

ante las tumbas de españoles y de americanos, pues las de aquéllos y

las de éstos se hallan bajo las flores del mismo cementerio. (Apéndice

D.)

Grande es el amor que tenemos a España; grande es también el amor que

tenemos a nuestras antiguas colonias. Pero no dejamos de reconocer que

en esta vieja Europa los hombres sólo piensan en matarse unos a otros

y las naciones en destruirse; en esa joven América, salvo algunas

excepciones, los hombres son laboriosos, emprendedores, y las ciudades

poseen inmensas fábricas dedicadas a la industria y al comercio. Aunque

dichas naciones, lo mismo las europeas que las americanas, sufren

terribles enfermedades sociales, la historia enseña que las primeras

salen de sus crisis maltrechas y debilitadas, al paso que las segundas

continúan prósperas y poderosas.

Si allá en los primeros tiempos de la historia, el progreso, después

de cumplir su misión en Egipto, pasó a Caldea, China e India, luego

a Grecia y Roma y tiempo adelante a los pueblos todos de Europa, en

nuestros días ¿emprenderá su marcha al Nuevo Mundo? De Africa pasó al

Asia, y de Asia a Europa; ¿pasará al presente de Europa a América?

¿Buscará otro campo de acción en las orillas del San Lorenzo, del

Mississipí, del Amazonas o del Plata? Cuando haya pasado la crisis

terrible porque atraviesa Europa, contestaremos, ya tranquilo nuestro

espíritu, que el Antiguo y Nuevo Mundo seguirán su marcha progresiva

y realizarán, cada vez con mayor entusiasmo, la ley del amor y de la

justicia.

Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo I · 第 12 / 152 题