Cuando no conservamos un palmo de terreno en América, cuando los
hermosos restos de nuestro inmenso poder colonial han adquirido
recientemente su independencia, tomamos la pluma para escribir
la historia de aquella parte del mundo. Hace tiempo que venimos
acariciando esta idea; pero circunstancias especiales nos han impedido
realizarla. Bajo el peso de larga enfermedad y en los últimos años
de la vida, ¿tendremos tiempo para reseñar los muchos y variados
acontecimientos que se han sucedido en el Nuevo Mundo? ¿Tendremos
fuerzas intelectuales y físicas para tamaña empresa? Sea de ello lo
que fuere, ponemos manos a la obra, creyendo firmemente que hacemos un
bien a España, y también--aunque sólo sea por el cariño con que hemos
de referir acontecimientos pasados--a las antiguas colonias americanas.
No para atraernos las simpatías de los pueblos del Nuevo Mundo, sino
porque así lo sentimos de todo corazón, comenzaremos afirmando que
nuestra vieja y querida España no quiere, ni puede, ni debe pensar en
ejercer hegemonía alguna sobre los pueblos ibero-americanos. Queremos y
aspiramos solamente a una comunión fraternal, y no seremos exigentes si
les recordamos que la mayor parte de los pueblos americanos pertenecen
a nuestra raza, hablan nuestro idioma, piensan como nosotros y llevan
nuestros apellidos.
Españoles y americanos de raza ibera, olvidando antiguos agravios,
sólo pensarán en adelante vivir la vida de la cultura y del progreso.
Españoles y americanos de raza ibera, inspirados en generosos
sentimientos, condenarán el poder de la fuerza y olvidarán en lo
sucesivo que unos fueron vencedores y otros vencidos, que unos fueron
conquistadores y otros conquistados.
Al mismo tiempo que rogamos a los hijos de aquellas Repúblicas de
nuestra raza, que no se olviden de España y que honren la memoria
de los descubridores y colonizadores de las Indias, también les
diremos que somos admiradores de los valerosos paladines que en los
comienzos del siglo XIX proclamaron su independencia y libertad. Con
la realización de tales acontecimientos, creemos que se cumplía una
ley histórica, la cual consiste en que las colonias, cuando llegan
a la mayor edad, esto es, a cierto grado de civilización y cultura,
se separan de la Metrópoli. Aquellas posesiones coloniales, 26 veces
mayores--como escriben Baralt (Rafael María) y Díaz (Ramón)--que el
propio territorio de la Metrópoli, eran mole inmensa que los hombres
debilitados por la edad y los achaques de España no podían sostener
por mucho tiempo[1]. Lo que llama la atención y causa extrañeza es
el largo tiempo en que España, sin ejército ni marina, sin frutos
ni manufacturas para cambiar sus productos, dominase tan extensos
territorios. Lo que impidió por siglos revolución reformadora en
América fué, según los citados Baralt y Díaz, «la despoblación,
efecto de una industria escasa y del comercio exclusivo; la falta
de comunicaciones interiores que aisla las comarcas; la ignorancia
que las embrutece y amolda para el yugo perpetuo; la división del
pueblo en clases que diversifican las costumbres y los intereses; el
hábito morboso de la servidumbre, cimentado en la ignorancia y en
la superstición religiosa, auxiliares indispensables y fieles del
despotismo; la cátedra del Evangelio y los confesionarios convertidos
en tribunas de doctrinas serviles; los peninsulares revestidos con los
primeros y los más importantes cargos de la República; los americanos
excluídos de ellos, no por las leyes, sino por la política mezquina del
Gobierno[2]. Vamos a escribir vuestras hazañas, pueblos americanos.
Nosotros, siguiendo a lord Macaulay, profesamos el principio de que la
política leal y honrada es la mejor de todas, y la única que conviene
así a los individuos aislados como a las colectividades, a los hombres
como a los pueblos[3]. Colocados en el alto tribunal de la historia,
mostraremos una y cien veces que no tenemos prejuicios de ninguna clase
y narraremos con la misma imparcialidad los hechos realizados por los
españoles que por los americanos de raza ibera o de raza anglo-sajona».
De Polibio es la siguiente máxima: «El que toma oficio de historiador,
algunas veces debe enaltecer a los enemigos, cuando sus hechos lo
merecen, y otras reprender a los amigos, cuando sus errores son dignos
de vituperio»[4]. Nosotros no tenemos enemigos; son todos amigos.
[1] _Resumen de la Historia de Venezuela_, tomo I, pág. 1.ª
[2] Ibidem.
[3] _Estudios históricos_, pág. 126.
[4] _Historia de los romanos_, lib. I.
También queremos que termine nuestra leyenda histórica. Bastante
tiempo hemos hecho y aun estamos haciendo una novela de la historia.
Impórtanos poco que España tenga mayor o menor antigüedad; no afirmamos
que el suelo de nuestra nación es el mejor de Europa, ni paramos
mientes en las hazañas realizadas por los cristianos durante los
tiempos medioevales, ni consideramos a Isabel la Católica como tipo de
la mujer perfecta, ni creemos en el cesarismo de Carlos V, ni en la
prudencia de Felipe II, ni decimos orgullosos que nuestros abuelos se
cubrieron de laureles peleando con los franceses en los comienzos del
siglo XIX, ni tenemos frecuentemente en nuestros labios los nombres de
Sagunto y de Numancia, de San Quintín y Lepanto, de Zaragoza y Gerona.
No son nuestros escritores los primeros de la historia de la
literatura, como tampoco son nuestros artistas los más inspirados, ni
nuestros industriales los más dignos de fama.
En nuestra larga historia encontramos pocos políticos ilustres.
Guerreros y marinos no son superiores a los de otras naciones.
Cuentan sesudos cronistas que nuestros triunfos en los Tiempos
Medios fueron debidos a la intervención de Santiago o de San Isidro;
refieren competentes historiadores que nuestros desastres en la edad
contemporánea fueron gloriosos. Lo primero y lo segundo pertenecen al
mundo de la fábula. Ni los santos intervinieron en aquellas batallas,
ni la fortuna acompañó siempre a nuestras banderas. Nuestros cronistas
creyeron en los milagros y nuestros poetas no dudaron de que la
valentía iba siempre unida al español. Dejemos también descansar las
cenizas del Cid.
Si tiempo adelante (últimos años del siglo XV y gran parte del XVI)
el Sol no se ponía en los dominios españoles y los soldados del Gran
Capitán y de Alejandro Farnesio, de Hernán Cortés y de Francisco
Pizarro se coronaban de laureles, lo mismo en Europa que en las Indias,
luego, peleando con Francia e Inglaterra, sufrieron grandes reveses y
no pocas desventuras.
Escritores extranjeros y españoles son injustos con nuestra nación.
«España--dice ilustre historiador desde una cátedra de la Sorbona--nada
ha hecho por la civilización y el progreso»; y famoso político de la
Gran Bretaña ha dicho en popular discurso que «España se halla entre
las naciones moribundas.» «No tiene pulso el pueblo español», repetía
Silvela en su pesimismo político. «¿Posee España--escribe Macías
Picavea--la patria amada, alientos para seguir viviendo entre los
pueblos vivos de la historia? ¿Es mortal, por el contrario, su agonía,
y al fin hemos tocado en la víspera de su desaparición como nación
independiente? ¿Cual Polonia y Turquía va a ser repartida y devorada
en forma de despojos por sus poderosos vecinos? Y si hemos de vivir,
¿a qué precio y con cuáles remedios? Y, si tenemos de morir, ¿por qué
hemos venido a dar en este trance de muerte?»[5].
[5] _El problema nacional_, Prólogo, pág. VII.
Somos de opinión que no es tan grande nuestra decadencia, ni se
encuentra tampoco tan gastada y pobre la nacionalidad española. Cierto
es que adelantamos poco en el camino del progreso y que el miedo, el
apocamiento y el egoísmo, como en las épocas de verdadera crisis,
se halla en la mayoría de nuestros compatriotas. Apenas encontramos
hombres de carácter. Aquellos que creíamos espíritus fuertes, se
han convertido en aduladores cortesanos. Hasta los sabios y los
artistas rinden culto al que la fortuna, caprichosa de suyo, levanta
sobre el pavés. «La inteligencia--tales eran las palabras de Colbert
refiriéndose a los sabios de su tiempo--rindió respeto y vasallaje al
monarca (Luis XIV). Las clases ricas, más vanidosas que prudentes, se
cruzan de brazos, cuidándose poco de la prosperidad o decaimiento de
España. La clase obrera, especialmente en las grandes poblaciones,
si ama el trabajo, gusta más de los placeres. Los establecimientos
de enseñanza, lo mismo los pertenecientes al elemento civil que al
militar, piden reformas a voz en grito. Maestros y discípulos andan
desorientados, los primeros, sin vocación alguna, y los segundos, sin
entusiasmo por la ciencia. Si de política se trata, hemos de decir que
en los Cuerpos Colegisladores (Senado y Congreso) abundan los audaces,
no los más conocedores de la política o de la administración pública.
Los gobiernos que se suceden de algún tiempo a esta parte marchan casi
siempre a la ventura y carecen frecuentemente de ideales. No aparece
un hombre de Estado ni un verdadero orador». Estudiando la situación
política de Francia, escribía Timón lo siguiente: «Lo confesaré, aunque
haya de ofender la vanidad de mis más ilustres contemporáneos: nunca
conocí a un hombre, a uno sólo, que me pareciese enteramente digno de
dirigir el gobierno de mi país, ya por falta de talento, ya, sobre
todo, por falta de virtud»[6]. Más adelante, añade: «¡Cuántos oradores
se asemejan a esas luciérnagas o gusanos de luz que centellean en la
hierba como la estrella en los cielos! Pero acérquese a ellos una
luz, y veráse cuán fácilmente pierden su fosforescencia y brillo»[7].
¿Seríamos justos si dijésemos de nuestros actuales políticos y oradores
lo que el crítico francés decía de los de su tiempo y de su nación?
[6] _Libro de los oradores_, tomo I, Advertencia, pág. VII.
[7] Ibidem, pág. 40.
Sin embargo de nuestro decaimiento presente, España debe ocupar
puesto importante entre las naciones europeas; pero no oigamos
impasibles las quejas de nuestro pobre pueblo, ni permanezcamos con
los brazos cruzados ante las desgracias de esta bendita tierra, donde
descansan las cenizas de nuestros mayores y donde descansarán las de
nuestros hijos, ni cerremos los ojos para no ver que estamos cerca
de un precipicio. Sería cobardía llorar sobre las ruinas de nuestras
ciudades, como el profeta Jeremías lloraba sobre los restos de
Jerusalén. Sería propio de mujeres llorar por la pérdida de Granada,
como el infortunado Boabdil. ¿Nos hallamos amenazados de grandes males?
No lo sabemos. Nos asaltan tremendas dudas.
En estos momentos, cuando nuestro espíritu se encuentra confuso, un
rayo de esperanza cruza por nuestra mente. Si llegase la hora tremenda
anunciada por muchos, volvamos la vista a las Indias, a esas Indias
descubiertas por nuestros antepasados. A vosotros, hijos del Nuevo
Mundo, pediremos entonces albergue en vuestras populosas ciudades o en
vuestros ricos y productivos terrenos. Nada esperamos ni queremos de
las egoístas naciones de Europa; tenemos toda nuestra confianza en los
generosos pueblos americanos. No deis crédito a ciegos defensores de
los indios, a la cabeza de los cuales se hallan Ercilla, autor de _La
Araucana_, y el P. Las Casas, Obispo de Chiapas. Uno y otro, Ercilla y
Las Casas, llegaron a olvidar frecuentemente que la imparcialidad es
una de las cualidades principales y más necesarias del historiador.
Lejos de mostrarse imparciales en sus juicios, se convirtieron--y
sentimos tener que decirlo--en plañideras asalariadas de los indígenas
y en acres censores de los españoles.
No deis crédito a D. Jorge Juan y a D. Antonio Ulloa. Sin poner en
duda los méritos de los insignes marinos, conviene no olvidar el
espíritu generoso que les animaba al dirigir censuras tan amargas a
las autoridades de las Indias. Según ellos, la misma conducta que los
antiguos cartagineses y romanos observaron en España, los españoles
del siglo XVI observaron en el Nuevo Mundo. Aquéllos fueron fieros
conquistadores y codiciosos comerciantes; nosotros no les fuimos en
zaga cuando de exacciones y rapiñas se trataba. Si en el fondo hay
bastante verdad en el relato, no se olvide la época y el modo de hacer
la información. El P. Las Casas fué el maestro, mejor dicho, el oráculo
de todos los escritores de las Indias, los cuales mostraron empeño
en exagerar las doctrinas del piadoso prelado. Hermoso es el cuadro
que pintaron nuestros sabios marinos, no sin que se note a primera
vista demasiado colorido y alguna que otra incorrección en el dibujo.
Buscaron el efecto de la pintura, la expresión vigorosa y enérgica,
movidos exclusivamente por el corazón, por los sentimientos generosos
de la época (Apéndice A).
No deis crédito a los muchos autores extranjeros que repiten a toda
hora que el aventurero castellano llegó al Nuevo Mundo llevando en una
mano la espada y en la otra incendiaria tea, como si se propusiese
conmover y aterrar a los mismos indígenas salvajes.
Menos crédito debéis dar a juicios apasionados de famoso escritor
francés, el cual, con más deseo de causar efecto que de decir verdad,
ha escrito lo que copiamos a continuación: «España--tales son sus
palabras--pone la primera el pie en América; pero esta nación devota no
sabe ya pensar ni trabajar; no sabe más que asolar, destruir y rezar su
rosario; mata, saquea, pasea la cruz y la hoguera a través de México,
y deja allí, para bienvenida, la inquisición y la esclavitud»[8].
[8] Pelletan, _Profesión de fe del siglo XIX_, pág. 355. Tr.
Si hubo exageración en la pintura de Ercilla y del P. Las Casas, de
D. Jorge Juan y de D. Antonio Ulloa; si apenas tiene parecido con el
original lo escrito por el autor de la _Profesión de fe del siglo XIX_,
no por eso habremos de negar que algunos o muchos descubridores y
conquistadores ni fueron prudentes, ni buenos, ni justos.
Pero, sea más o menos censurable la conducta de aquellos españoles del
siglo XVI, prometemos que en la centuria XX nuestras armas serán la
azada, el arado, el pico, la sierra, el martillo y el yunque. En el
siglo XVI fuimos en busca del misterioso Bellocino y a pediros que nos
llenaseis una habitación de rico metal; pero en el XX iremos a labrar
el suelo, a edificar la casa, a variar el curso de los ríos, a guiar
las aguas del manantial, a derribar el árbol, a tallar el mueble, a
cultivar el tabaco, el café, la caña de azúcar y el algodón, a coger el
cacao, a buscar la esmeralda; en una palabra, a compartir con vosotros
el trabajo y a tomar parte en vuestras alegrías y en vuestras penas. En
el siglo XX, en cambio de vuestra protección y ayuda, os recordaremos
el _Quijote_, la condenación más enérgica de nuestras antiguas locuras,
y _La vida es sueño_, el cántico más hermoso de la libertad; y os
llevaremos _Las nacionalidades_, aspiración nueva del pueblo español, y
los _Episodios nacionales_, gallarda y simpática relación de nuestros
usos y costumbres.
Las dos manos que vemos en la bandera argentina, no son las dos de
aquel país, sino una es la de América y la otra es la de España. Si
la obra de nuestros antepasados en el Nuevo Mundo fué de guerra,
la nuestra será de paz. Si los españoles que pasaron a las Indias
eran--como dice Platón de los espartanos del tiempo de Licurgo--_más
que ciudadanos, soldados acampados bajo tiendas_, a la sazón tenemos
presente el precepto pedagógico americano que dice: «Si la antorcha de
la libertad ha de iluminar el mundo, es preciso que sea con la luz del
entendimiento.» La obra que queremos realizar, no sólo será de paz,
sino también política, pues pretenderemos fomentar la unión de las
Repúblicas latinas entre sí y luego la unión de dichas Repúblicas con
la madre Patria. Nada importa que sea grande el espacio que separa
a España de América; nada importa el largo tiempo en que han estado
separados españoles y americanos. Unos y otros jamás olvidarán una
fecha memorable: el 12 de Octubre de 1492.
Buena prueba de ello es la noticia que copiamos a continuación. El
Secretario de Estado o de Relaciones Exteriores de la República
dominicana, en carta fechada el 20 de Noviembre de 1912, y dirigida a
sus colegas de las otras naciones de origen ibero en aquel Continente,
recomienda la celebración del día 12 de Octubre, aniversario del
descubrimiento de América, como fiesta nacional en todos los Estados
ibero-americanos.
He aquí el párrafo de la carta de que queda hecha referencia, que atañe
al asunto que nos ocupa:
«Cree asimismo la República Dominicana que las naciones del Nuevo
Continente deben perpetuar de un modo que revista mayor gratitud
y amor el día inmortal del descubrimiento de América. No sólo con
el objeto de honrar de una manera solemne y general el nombre del
esclarecido nauta genovés Cristóbal Colón, sino con el laudable
propósito de que todas las naciones americanas tengan un día de
fiesta común, el Gobierno de la República Dominicana se permite
proponer igualmente al de V. E., que ese día, con la denominación
que se considere oportuna, sea declarado de fiesta nacional en
vuestro país.
Ya mi Gobierno lo ha declarado de fiesta oficial con la
denominación de «Día de Colón», a reserva de hacer que las Cámaras,
tan pronto termine el receso en que se encuentran, lo declaren día
de fiesta nacional»[9].
[9] _Unión Ibero-Americana_, núm. 4, págs. 6 y 7.
«La Asamblea Nacional Legislativa de la República de El Salvador,
_Considerando_: que el 12 de Octubre, aniversario del
descubrimiento de América, es una fecha digna de ser conmemorada
por todas las naciones de este Continente;
Que varias de estas naciones han decretado día de fiesta nacional
esa magna fecha histórica, insinuando la idea de que todos los
países americanos tributen en este día recuerdo de gratitud y
admiración al descubridor del Nuevo Mundo, Cristóbal Colón,