III

Y volvió ¡_rediel_! ¿Pues no había de volver?

Ir a Valencia y no entrar en aquel caserón cerca de los Juzgados, era

un hecho que por lo absurdo no había pensado nunca que pudiera ocurrir.

Y allí iba todas las mañanas, a sufrir, reconociéndose cada vez más

distanciado de aquella a quien tenía que llamar la señorita.

¿Dónde estaba ya aquel afán por hablar de las cosas de la barraca?

Entraba Nelet en la casa con la confianza de siempre, pero notando en

torno de él un ambiente de frialdad e indiferencia. Era el _femater_, y

nada más.

Algunas veces intentó resucitar en María el entusiasmo por la pasada

vida, hablándola del ama y de su familia que tanto la amaban, de

aquella barraca en la que todos pensaban en ella; pero la joven oíale

con cierto malestar, como si la causara repugnancia la rusticidad de

los de allá.

¡Ah, pobre Nelet! Decididamente le habían cambiado su Marieta. En

aquella adorable muñeca no había nada en que vibrase el recuerdo del

pasado. Parecía que en su cabeza, al cubrirse con el peinado de mujer,

se habían desvanecido todos los ensueños de poesía campestre.

Tenía el pobre muchacho que contentarse sosteniendo largas

conversaciones con la _churra_ en aquella cocina a la que llegaba el

tecleo monótono de la señorita, que estudiaba sus lecciones en el piano

del salón. Aquellas escalas incoherentes y pesadas se le metían en el

alma, conmoviéndole más que las melodías del órgano en la iglesia de

Paiporta.

Y para colmo de sus penas, la criada no sabía hablar más que de don

Aureliano, un personaje que preocupaba a Nelet y al que acabó por

conocer deteniéndose un día en la puerta del despacho del escribano.

Era un jovencillo pálido, rubio, enclenque, con lentes de oro y

ademanes nerviosos; un abogado recién salido de la Universidad, que se

preparaba con la práctica para ser habilitado de don Esteban, ansioso

de descanso, y que al fin acabaría por hacerse dueño del despacho.

¡Y que parase ahí! Esto no lo decía el pobre _femater_, pero lo

pensaba con la confusión propia de su caletre. Aquel barbilindo, que

tendría cinco o seis años más que él, era una espina que llevaba

clavada en el corazón.

Deseoso de reconquistar el afecto de la señorita, multiplicaba sus

obsequios con tanta rudeza como buena voluntad.

El jamelgo llegaba muchas veces a Valencia con los serones llenos de

frutas o frescas hortalizas; los campos del camino temblaban al verle

venir, temiendo su loca rapiña, su inmoderado afán de obsequiar, sin

acordarse que hay dueños en el mundo ni guardas que pueden pegar una

paliza; pero tanto sacrificio no merecía más que alguna automática

sonrisa o un ¡gracias! como se da a cualquiera, y los regalos iban a la

cocina, sin alcanzar otros elogios que los de la _churra_.

En cambio, sobre la mesa del comedor, o en el salón, sobre el piano,

todas las mañanas veía el pobre Nelet ramos de flores frescas, recién

traídas del Mercado, y que María aspiraba con pasión de mujer que

despierta, como si en vez de perfume de jardines aspirase otro que

llegaba más directamente a su corazón.

Eran regalos del tal don Aureliano, de aquel danzarín para quien

resultaba ya estrecho el despacho, y que con la pluma tras la oreja y

fingiendo mil pretextos, se metía hasta en la cocina solo por ver un

instante a María y cruzar una sonrisa.

Y cómo se coloreaba el semblante de ella... ¡Cristo!

Toda la sangre moruna que el huertano tenía en su atezado cuerpo

inflamábase ante aquel don Aureliano, que era casi de su edad y del que

no le separaba más que su categoría de señorito.

Nelet, a los diez y seis años, comprendía ya el motivo de que los

hombres se cieguen y vayan a presidio.

Lo único que le detenía era la certeza de que don Esteban, el terrible

ogro, apreciaba a aquel pisaverde y le irritaría cuanto él hiciese en

su daño.

Además se consolaba con la esperanza de que todas sus rabietas carecían

de fundamento. Nada de extraño tenía que el abogadillo buscase a

Marieta. ¡Era tan bonita y tan buena! Pero de seguro que ella no le

hacía gran caso; Nelet tenía la certeza de esto y también de que la

frialdad de su antigua hermana no pasaba de ser una mala racha, un

caprichito como los que tenía de niña allá en la barraca, donde tanto

le martirizaba con su mal genio.

¡Pues no faltaba más, que ella resultase una ingrata con tanto como la

amaban allá en Paiporta, y él sobre todos!

Una mañana entró en la casa encontrando la puerta abierta. La _churra_

no estaba en la cocina. En el despacho leía don Esteban con la nariz

casi pegada a unos autos y en el salón sonaba el monótono tecleo

formando escalas cada vez más perezosas y desmayadas.

Entró con su paso cauteloso de morisco, que aún hacían más

imperceptible las ligeras alpargatas, y al reflejarse su figura en un

espejo como silenciosa aparición, María dio un grito de sorpresa y de

miedo.

Allí estaba el maldito abogadillo de los lentes de oro, casi doblado

sobre el piano, al lado de María, como si fuese a volver una hoja del

cuaderno que ocupaba el atril, pero con la cabeza tan junta a la de la

joven, que parecía querer devorarla.

¡_Rediel_!... ¿Para cuándo eran las bofetadas?

Y lo peor fue que María, aquella Marieta que un año antes le trataba

a cachetes como traviesa y cariñosa hermana, aquella a la que nunca

quiso comparar con su madre temiendo que esta resultase menos querida,

le miró fijamente con un relampagueo de odio, y se puso en pie con el

ademán de una señora bien segura de la sumisión de su siervo.

¿Qué buscaba allí? En la cocina tenía a la criada. ¿No podía estudiar

tranquila un rato?

Nunca pudo recordar Nelet cómo salió del salón. Debió retroceder

cabizbajo y vacilante, como una bestia herida. Le zumbaban los oídos,

su cara quemaba, y pensando en aquel otro que se quedaba tranquilo

y satisfecho junto al piano, repetíase mentalmente: «¡Dios mío, qué

vergüenza!»

Estaba inmóvil en mitad del corredor que conducía al salón, con el

rostro en la pared, como si quisiera incrustarlo en ella, cegar para

siempre, y aun así todavía recibió el último latigazo, oyendo la

vocecilla del de los lentes de oro:

--¡Moscón más pesado! Ese muchacho parece que me odie, que nos persiga

como si sintiera celos.

--¡Qué idea! Es el hijo de mi nodriza: un infeliz, un bruto... pero con

buen corazón.

Y tras breve pausa sonaron, amortiguados por los cortinajes, dos

chasquidos leves y misteriosos, que los sintió Nelet como un par de

puñaladas. Tal vez era el piano que crujía o la hoja del cuaderno que

se doblaba; pero el pobre muchacho, después de un instintivo impulso

de correr hacia el salón con los puños cerrados, huyó, dejando el

capazo en la cocina como tarjeta de visita, y ya en la calle arreó su

jaco, con los serones vacíos, camino de la barraca.

Por tercera vez le robaban su Marieta: ya era bastante.

Ahora solo tendría cariño para su madre; para aquellos terruños que

apenas arañados correspondían a su caricia, cubriéndose con manto verde

terciopelo y regalándole el pan.

No volvió más a Valencia: odiaba a la ciudad porque ella estaba allí.

Y como los _fematers_ no pagan contribución directa, nadie se enteró de

que en el gremio había una baja.

Cuentos valencianos · 第 27 / 46 题