Llegó a su barraca con la espuerta sin llenar, pero no pudo decir que
le había ido mal en su primera expedición.
Aquella _churra_ le quería de veras, desde que supo que era nada menos
que hermano de la señorita. Ella misma le llenó el capazo vaciando todo
el basurero de la cocina, sin importarle lo que pudiera murmurar el
_femater_ de la casa, un viejo que podía alegar los derechos adquiridos
en once años. Nelet le desbancaba, y la buena muchacha, para afirmar su
protección, le regaló con media cazuela de guisado de la noche anterior
y una montaña de mendrugos que el chico iba tragándose con la calma de
un rumiante, pensando que si duraba mucho la buena racha, iba a ponerse
tan redondo y frescote como el cura de Paiporta.
Pues ¿y Marieta? Le miraba comer con alegría, como si fuera ella misma
la que saboreaba el guisado con hambre atrasada. Hasta quiso que le
dieran vino, y apenas le veía hacer un descanso, pasaba revista a todos
los de allá, preguntando cómo estaba el ama, si tenía muchos animales,
si el padre aún iba por los caminos, si vivía el _Negret_, aquel
perrillo seco, almacén de pulgas que aullaba como un condenado apenas
se acercaban a la barraca, y si la higuera, tan frondosa en verano,
soltaba aquella lluvia de lagrimones negros y suaves que caían ¡_chap_!
dulcemente en el suelo, despachurrando la miel y el perfume de sus
entrañas rojas.
Y después tras el substancioso atracón, llegó para Nelet el momento
de los asombros, viendo la colección de muñecas, los vestidos, los
sombreros, todos los regalos con que el escribano obsequiaba a su hija.
Bien se conocía que esta era única, que había quedado sin madre casi al
nacer y que el viejo don Esteban no tenía otro cariño a que dedicar los
buenos cuartos que arañaba en el juzgado.
Seguía a su Marieta por toda la casa, admirando las magnificencias que
la chiquilla le mostraba con mal cubierta satisfacción de amor propio.
El salón le anonadó con sus sillerías del primer tercio de siglo y sus
adornos, que evocaban el recuerdo de las almonedas judiciales; pero su
admiración trocose en espanto ante una puerta entornada. Allí dentro
trabajaba el papá, con sus dos escribientes y se oía su voz campanuda:
_Providencia que dicta el señor juez_... etc.
¡Cristo! aquello asustaba a Nelet más que los municipales, y emprendió
la vuelta hacia la cocina.
En fin, que su primera visita le hizo experimentar la satisfacción del
que se halla establecido y cuenta con clientela.
Entraba por las mañanas en la ciudad tomando al paso lo que buenamente
encontraba en las calles, y recto a aquel caserón, donde se colaba como
si fuese un inquilino.
La bruja de la portera se guardaba ahora su escoba y hasta le protegía,
recomendándolo a las criadas de los otros pisos, y en el principal
tenía a la _churra_, que siempre encontraba en los rincones de la
despensa algo sobrante que antes era para los gatos y ahora se tragaba
Nelet.
¡Qué mañanas aquellas! Llegaba cuando la casa estaba en el revoltijo
del despertar. Los escribientes en el despacho se soplaban las manos
preparándose a agarrar las plumas y ensuciar papel de oficio, la
_churra_ por allá dentro levantaba camas, dando furiosas bofetadas a
los colchones, y Marieta, de trapillo, con la cabeza espeluznada y una
faldilla a media pierna, arañaba los pasillos con la escoba, para dar
gusto al papá, que quería una chica _muy mujer de su casa_.
Y en el comedor encontraba a don Esteban, el terrible escribano, imagen
para Nelet de la justicia, que puede pegar y meter en la cárcel,
sentado ante humeante chocolate, con las gafas caladas para leer el
periódico y murmurando automáticamente al entrar el muchacho:
--Hola, chiquillo, ¿cómo está la tía Pascuala?
Pero el terrible pasmarote no tardaba en aislarse en su despacho, para
preparar lo que luego había de decir el señor juez sobre el papel
sellado, y la casa parecía alegrarse con tal desaparición.
Sonaban risas en aquel ambiente denso de habitaciones cerradas, donde
flotaba aún el calor del sueño y el polvo levantado por la limpieza.
Los gatos jugueteaban en la cocina con la espuerta del _femateret_,
mientras este se sentía feliz, ayudando a la _churra_ con su buena
voluntad de bruto de carga o charlando con Marieta de cosas tan
interesantes como eran las últimas y verídicas noticias de cuanto
ocurría en Paiporta y sus alrededores.
¡Oh! A aquella chica le tiraba aún la miserable barraca y los terruños
sobre los cuales se había dado cuenta por primera vez de que existía.
Hablaba de la tía Pascuala con más entusiasmo que de su madre, a la que
solo había visto en el oscuro retrato que estaba en el salón, figura
melancólica que parecía presentir ante el pintor la llegada de la
maternidad del brazo con la muerte.
¡Qué bien se estaba en la barraca! Ya había transcurrido tiempo,
pero ella recordaba, con la vaguedad de comprensión de los primeros
años, aquellas noches pasadas en el _estudi_, hundida en los mullidos
colchones de hojas de maíz que cantaban al menor movimiento, defendida
por el poderoso anillo de músculos que formaban los brazos de la
nodriza, durmiéndose al calor de las voluminosas ubres, siempre
repletas y firmes; después, el alegre despertar, cuando el sol se
filtraba por las rendijas del ventanillo y piaban los gorriones en el
techo de paja de la barraca, contestando a los cacareos y gruñidos de
los habitantes del corral; el fuerte perfume del trigo, las frescas
emanaciones de la hierba y las hortalizas, difundiéndose por el
interior de la blanqueada vivienda, olores confundidos y arrullados por
el vientecillo que, pasando por las filas de moreras y a través de la
higuera, parecía hacer cantar a las temblonas hojas; y la vida bohemia,
alegre y descuidada en los campos inmediatos, que recorrían con sus
vacilantes piernas de dos años, sin atreverse a llegar a la revuelta
del camino, lleno de barrizales y cruzado por los profundos surcos
de las ruedas, pues su imaginación naciente había inventado que allí
forzosamente debía terminar el mundo.
¿Y cuando el _pare_ llegaba de uno de aquellos largos viajes de
carretero y al oír los cascabeles de los machos y el chirrido de las
ruedas, salían todos al camino a recibirle con cruces de caña como si
fueran a una procesión de las de Paiporta? ¿Y cuando a la orilla de la
acequia, casi seca, se coronaban de dompedros, colgaban de su cintura
largas hojas de caña y con el verde faldellín paseábanse gravemente
imitando el paso de puntas de aquellas vírgenes y heroínas que salían
en las cabalgatas del pueblo? ¿Y la vez que se pegaron por un higo? ¿Y
cuando hartos de zanahorias teñíanse la cara de morado y se revolcaban
por la rojiza tierra hasta parecer indios bravos, dejando como guiñapos
las finas y bordadas ropas que enviaba el escribano?
¡Ah, Nelet! ¡Qué malo eras entonces!
Y la muchacha miraba por los balcones la estrecha calle, en la que
vergonzosamente entraba un rayo de sol, y en su vaga mirada de pájaro
enjaulado leíase el deseo de volar lejos, muy lejos, a aquellos campos
donde la esperaban la vida libre y la adoración de toda una familia de
infelices que la veneraban como procedente de una raza superior.
Pero el papá se oponía a que volviese a la barraca ni un solo día. Lo
había dicho terminantemente: cada cosa a su tiempo, y ahora nada bueno
podía aprender entre aquellos brutos.
Esta tenaz negativa recordaba a Nelet el momento en que se llevaron
a la chica a Valencia; en que la robaron, sí señor, engañándola,
diciendo que solo era para unos días y no tardaría en volver, mientras
la pobrecita lloraba y él corría como un perrillo detrás de la tartana
pidiendo con lamentos al cruel escribano que no le quitase a su Marieta.
¡_Rediel_! Si fuese ahora, que era ya casi un hombre y le plantaba una
pedrada al más guapo...
Y en esto sonaban las diez, salían los escribientes con sus badanas
repletas de autos camino del juzgado, y el principal al ver al
_femateret_ torcía el ceño.
--¿Pero aún estás ahí? Tú acabarás mal; eres un vago. A la obligación,
chiquillo.
Y el pequeño David, a pesar de aquellas pedradas certeras que le
enorgullecían, temblaba ante el gigante con el terror que inspira
al infeliz el hombre de justicia, y recogiendo su espuerta, salía
cabizbajo, avergonzado, sin atreverse a mirar a Marieta... y hasta el
día siguiente.
Algunas veces el recuerdo de la idílica existencia al aire libre perdía
su encanto, y era Nelet quien envidiaba en la persona de su hermana
todas las comodidades y esplendores de la vida de la ciudad.
¡Qué lujos! Los vestidillos de seda y terciopelo, los sombreros que
parecían islas de flores, todos los regalos del papá que Marieta
enseñaba con malsana coquetería, aturdían a Nelet, y como para él no
había gradaciones sociales, como el mundo estaba dividido en gente del
campo y _señorío_, la hija del escribano aparecía a sus ojos igual
o superior a aquellas otras que había visto algunas veces en los
carruajes de lujo.
Marieta le dominaba, le hacía pasar embobado las mañanas en aquella
casa, obedeciéndola servilmente como allá en la barraca cuando era una
chicuela llorona y rabiosilla.
Y transcurrió el tiempo, estrechándose cada vez más entre los dos
hermanos aquel lazo de cariño creado en los albores de su vida por la
existencia casi silvestre.
Nelet se hacía hombre. A los quince años era ya una vergüenza que
entrase por las mañanas en la ciudad con su espuerta, como un
chiquillo. Trabajaba los campos en arriendo, mientras el padre andaba
por los caminos, y para recoger basura en Valencia contaba con el
auxilio de un jaco viejo que el carretero había traspasado a su hijo
como desecho.
El pobre animal, cabizbajo como un misántropo, con el flaco lomo
martirizado por los serones llenos, pasaba las horas frente a la casa
del escribano, mirando con sus ojos vidriosos y empañados a la vieja
portera, que hacía media, mientras su joven amo andaba por arriba
regañando amistosamente con la _churra_ o siguiendo como un siervo a la
señorita.
Era ya todo un hombre, cortés y rumboso con las personas de su aprecio.
Bien le pagaba a la criada los antiguos guisotes trasnochados. Nunca
llegaba con las manos vacías, y del serón salían camino del primer
piso el par de melones verdes y correosos, los pimientos inflamados y
brillantes, las frescas lechugas con sus ocultos cogollos de ondulado
marfil o las coles vistosas como flores de rizada blonda, dones que
arrancaba directamente de sus terruños, y que al faltar en estos
robaba tranquilamente en los campos del camino, con la imprudencia del
chiquillo de huerta acostumbrado desde que andaba a gatas a atracarse
de uvas y digerirlas ayudado por los pescozones de los guardas.
Y satisfecho con el agradecimiento que le mostraba la criada por sus
obsequios, viendo siempre en Marieta a la rapazuela que en otros
tiempos jugaba con él y le arañaba al más leve motivo, apenas si llegó
a fijarse en la súbita transformación que iba operándose en la muchacha.
Redondeábase su cuerpo, aclarábase su tez en extremo morena; las
agudas clavículas y la tirantez del cuello iban dulcificándose bajo la
almohadilla de carne suave y fresca que parecía acolchar su cuerpo; las
zancudas piernas, al engruesarse, poníanse en relación con el busto. Y
como si hasta a la ropa se comunicase el milagro, las faldas parecían
crecer un dedo cada día, como avergonzadas de que estuvieran por más
tiempo al descubierto aquellas medias que amenazaban estallar con la
expansión de la robustez juvenil.
Marieta no iba a ser una beldad; pero tenía la frescura de la juventud,
vigor saludable y unos ojazos valencianos, negros, rasgados y con ese
misterioso fulgor que revela el despertar del sexo.
Y como si la niña adivinase la proximidad de algo grave y decisivo que
la privaría en adelante de tratar a su hermano como si aún anduviesen
por los campos, hablaba a Nelet con seriedad, evitando los juegos
de manos, las intimidades propias de una infancia sin malicia ni
preocupaciones.
En fin, que un día, al entrar Nelet en la casa quedose asombrado, como
si un fantasma le hubiese abierto la puerta.
Aquella no era Marieta; se la habían cambiado.
Era una muñeca con el pelo arrollado y puntiagudo sobre la nuca,
conforme a la moda, y una horrible falda larga que la cubría los pies.
Parecía muy complacida de verse mujer, de haberse librado de la trenza
suelta y la pierna al aire, signos de insignificancia infantil, pero a
él le faltó poco para llorar, para protestar a gritos, como en aquella
tarde que corría tras la tartana suplicando al feroz escribano que no
le quitase la chiquita. Por segunda vez le arrebataban su Marieta.
Y después, ¡horror da recordarlo! aquella _churra_ despiadada parecía
complacerse en su dolor haciéndole terribles advertencias.
El señor se lo había dicho y ella lo repetía por encontrarlo muy justo
y para evitarse reprimendas. Cada cual debía ponerse en su lugar. En
adelante nada de tuteos ni de Marietas, y mucho de señorita María, que
era el nombre de la única dueña de la casa. ¿Qué dirían las amiguitas
al ver a un _femater_ tratando tú por tú a la señorita? Conque ya lo
sabía: el hermanazgo había terminado.
Y a Nelet, la silenciosa naturalidad con que Marieta, digo mal,
la señorita María, escuchaba todo aquel cúmulo de absurdas
recomendaciones, dolíale más que las palabras de la _churra_.
--Todo lo dicho --continuaba esta-- no era ni remotamente que se
pretendiera cerrar al chico las puertas.
Ya sabía que lo consideraban como de casa, y que toda la cocina era
para él. Pero cada cual en su sitio, ¿estamos?
No olvidando esto podía volver cuando quisiera.