Si no es cierto que un disgusto borra el anterior, lo es que nuestra
pobre naturaleza no puede sufrir con igual intensidad dos penas
diferentes. Nuestro buen Lacante, un padre para mí, acaba de escapar, no
sin trabajo, a un ataque de gota que por poco lo mata. Y este cuidado ha
puesto en segundo término mis irritantes sospechas respecto de Luciana.
Pero en cuanto ha desaparecido el peligro de Lacante, ha vuelto a
empezar el asalto contra mi pobre alma, que no puede ya más en esta
lucha solitaria con fantasmas.
Cuanto más pienso en mi conversación con Sofía Jansien, más convencido
estoy de que hizo insinuaciones contra Luciana sobre hechos que no
quiere poner en claro. Le basta haberme vertido el veneno y hasta puede
que ya lo lamente. Su última frase fue para aconsejarme irónicamente que
consultase a mis amigos. ¿Será que ellos también saben, que todo el
mundo sabe esas cosas que yo sólo ignoro? Toda mi sangre se subleva y
hierve al pensarlo. El interrogar a unos y a otros es una investigación
repugnante y odiosa, para la que, hasta ahora, me había faltado valor.
Ayer, sin embargo, Lacante, alarmado por esta tristeza que altera mi
salud, me ha obligado cariñosamente a abrirle mi corazón y ha tratado de
tranquilizarme. Me ha jurado que jamás ha oído poner en duda la perfecta
corrección de Luciana y me ha aconsejado seriamente que desprecie las
denuncias bajas y vagas que no se apoyan en nada, y que no ponga mi
dicha a merced de cualquier miserable.
--Pero Sofía Jansien, sus medias palabras subrayadas con la mirada y con
la sonrisa...
--¡Bah! Una mujer envidiosa de la belleza de Luciana... y ligera.
Me dio como un desafío, el consejo de preguntar a mis amigos.
--Usted... los de Oreve...
--Pregunte usted a los de Oreve, si eso le tranquiliza... pero yo
afirmo que no sé nada. Puede usted creer que soy demasiado amigo suyo
para no ponerle en guardia si creyese indigna a su prometida.
--Usted vive muy por encima de esos chismes y cuentos y no puede, en
efecto, ser confidente de tales calumnias... A lo más, Elena pudiera
haber oído algo... Entre mujeres...
--Lo dudo. Elena odia la maledicencia; pero, en fin, si usted lo desea,
la interrogaré...
En esto estoy, querido hermano... Lacante no sabe nada, lo que es ya
mucho, así como lo es el tener un poco de simpatía en el estado de ánimo
en que me encuentro.
¿Hablar a los de Oreve? Me falta valor. Arrastrar a mi pobre Luciana de
puerta en puerta, como sospechosa, como acusada, sin que ella lo sepa
para defenderse, se parece mucho a una traición. Si le confieso mis
perplejidades, despreciará mi debilidad y se negará a defenderse, la
conozco, ofendida en su orgullo tanto como en su amor. Lo que no me
impedirá llevar infiltrado en mi sangre y en mi corazón el veneno de la
duda, que corromperá mi existencia y también la suya. ¿Quién puede
jactarse de ahogar para siempre la sospecha, ese monstruo de cien
cabezas siempre renacientes? ¿No he visto a todos los hombres a sus
pies? ¿No me inspiró sospechas recientemente Gerardo Lautrec? Es verdad
que supe después a quien se dirigían sus obsequios y con quién sostenía
una correspondencia clandestina... ¡Era Elena!...
Decididamente, la mujer ha nacido perversa y engaña desde la cuna por
una necesidad de su naturaleza. ¡Qué bien inspirado está el que se
conserva a distancia del peligro femenino! Así era yo, en mi prudente
indiferencia, antes de que la Eva de belleza viniese a tentarme... El
fruto que me ha ofrecido tiene un amargo sabor... Pero, ¿de qué sirve
gemir cuando se está con la cuerda al cuello?
Elena al Padre Jalavieux.
¡Oh! señor cura, estoy sufriendo una prueba en la que flaquea mi valor.
Ya sabe usted que Máximo, la persona a quien más quiero después de mi
padre, está convencido, por un funesto azar, de que he sostenido con
Lautrec una correspondencia sospechosa. Sabe usted también que Máximo se
va a casar con aquélla cuyo secreto está en mis manos.
He guardado hasta ahora religiosamente ese secreto y me he prohibido
hasta la pena, por miedo de que detrás de ella se deslizase en mi
corazón una sombra de deseo y de esperanza. Me ha costado gran trabajo,
porque amo a Máximo y sé que ningún otro ocupará el lugar de que le
destierro.
Pues bien, hace un momento, me ha dicho mi padre, después de hablar
conmigo de los pequeños incidentes del día:
--También he visto a Máximo. ¿No le encuentras un aspecto triste y
preocupado?
--Me ha chocado como a ti; no sé qué tiene.
--Es desgraciado y le he arrancado la confidencia de sus disgustos.
Figúrate que el pobre muchacho está inundado de denuncias anónimas
contra Luciana.
No pude contener un estremecimiento y mi padre lo notó.
--¿Lo sabías?
--No... Estoy estupefacta... ¿Qué dicen?
--Nada preciso... Dan a entender que ha amado a otro y que le ha dado
algo más que esperanzas.
--Yo creía--dije con toda la calma que me permitía mi emoción,--que no
se debía dar ninguna importancia a los anónimos.
--Nada más despreciable, en efecto; pero no dejan por eso de surtir su
efecto funesto. Por mucho que se proteste contra la infamia del
procedimiento, la sospecha queda. Máximo es una prueba... Además, la de
Jansien ha lanzado insinuaciones pérfidas, sin querer explicarlas.
--También eso es despreciable.
--Como quieras... pero siempre será un hecho que la reputación de esa
joven no está intacta... por una razón cualquiera, grave o fútil,
antigua o reciente... ¿Qué piensas tú?
Mi corazón latía tan fuerte, que me costaba trabajo hablar.
--Pienso que la de Jansien está, acaso, celosa por la belleza de Luciana
y que otras pueden estarlo por su matrimonio...
--¿No has notado nada que pudiera justificar esas, hablillas?
--Nada--respondí con voz ahogada,--sino que Luciana atrae a los
homenajes y que acaso no los desprecia.
--¿Nada más?
--Nada más.
--¿Tu opinión es, entonces, que Máximo no debe dar importancia al
incidente y casarse con su Luciana a ojos cerrados?
Esta vez mi corazón flaqueó.
--No soy yo quien debe aconsejar a Máximo, papá... Nunca me ha pedido mi
opinión...
Mi padre comprendió esta respuesta en el sentido que yo quería.
--¡Pobre hija mía!--me dijo tiernamente;--los dos habíamos pensado que
haría mejor elección... Es preciso, sin embargo, que le dé una
respuesta... Cree que las mujeres os observáis y os hacéis
confidencias... ¿es verdad?
--Las confidencias que nos hacemos no son de gran importancia, y,
además, la delicadeza obliga a tenerlas secretas.
--¿Quieres darme a entender?...
--¡No, no, nada!--exclamé vivamente.--Responde a Máximo que no tengo
nada que decir.
--Entonces no sabes nada, absolutamente nada desfavorable a Luciana...
¿Sí o no?
¿Por qué me obligaba así? En un segundo pasó por mi mente un huracán de
pensamientos confusos y contrarios de incertidumbre y de infinitos
escrúpulos... Mi padre me miraba con fijeza...
Entonces, señor cura, me pareció que una voz interior, la de mi
conciencia, me decía al oído: «No cometas una traición.» Y respondí con
firmeza:
--No.
--Entonces, puedo tranquilizar a Máximo--dijo mi padre, que acaso
esperaba otra cosa.
Respondí con una seña, sin fuerza ya para hablar.
He mentido a mi padre; he mentido a la amistad por cumplir mi juramento.
¿He hecho mal? ¿Soy culpable? Si es así, espero que Dios me lo
perdonará, pues Él sabe lo que me ha costado.
Máximo a su hermano.