Acabo de recibir tu carta y quiero responder sin tardanza a tu afectuosa
reprimenda.
Me regañas por mi elección porque hubiera podido hacer un matrimonio
mejor. Dí, si quieres, que hubiera podido hacerlo más rico, pero no con
tan bella prometida. El matrimonio, para mí, no debe ser un buen
negocio, cómodo y fructuoso; el buen matrimonio es aquel en que los
corazones se unen, las inteligencias se comprenden y los gustos se
adaptan, y esto es lo que sucede con Luciana y conmigo.
Lo que tú piensas sin atreverte a decirlo; lo que yo veo a través de tus
precauciones oratorias, es que he debido de dejarme engañar por una
ambiciosa coqueta y pobre, que ha creído hacer una excelente presa y que
finge el amor para asegurarse una posición. No lo niegues; adivino tu
pensamiento a pesar de los velos que le disfrazan... Pero ten en cuenta
que conoce la insuficiente medianía de mis recursos actuales y lo
incierto de mis lejanas esperanzas, que se reducen a una cátedra en el
Colegio de Francia cuando Marignol tenga a bien dejarme la suya.
¿Crees realmente que con su belleza, su juventud, tiene veintitrés años,
el nombre honrado de su padre, su ingenio y su talento, necesita
representar la comedia del amor para procurarse un marido?
La sospecha es injuriosa y poco agradable para mí. No soy fatuo ni me
creo en condiciones de hacer perder la cabeza a las mujeres que
encuentro al paso. Pero ¡qué diablo! no soy tampoco un monstruo y no me
parece enteramente imposible que una muchacha de talento y de corazón se
enamore de un mozo que no es tonto, aunque no tenga la belleza de Apolo
ni las gracias perversas de don Juan.
Y, además amigo mío, aun cuando se me probase que Luciana ha querido
ante todo asegurarse una posición y un marido de buena voluntad, y que
había usado de astucia para pescarme en el anzuelo de su belleza, sería
ya tarde para desdecirme, pues he dado mi palabra. Pero tranquilízate;
me ama y me prefiere a todos los que la asedian con sus adulaciones. De
otro modo, ¿por qué me había de escoger?
Ayer, en casa de la Marquesa de Oreve, donde nos reunimos a festejar la
convalecencia de Elena, Luciana deslumbraba. Las demás mujeres parecían
comparsas destinadas a hacerla valer y resultaba entre ellas una
estrella refulgente. La misma Elena, muy linda, sin embargo, bajo el
velo de timidez y de modesto silencio en que se envuelve, se eclipsaba y
desaparecía. Nadie puede compararse con Luciana.
Puesto que te divierten mis crónicas, voy a contarte aquella comida en
casa de la Marquesa.
La de Oreve tenía a su derecha a Lacante, por supuesto, y a su izquierda
a Kisseler, el escultor.
Enfrente de ella, su augusto esposo.
¿Lo conoces? No creo. Un hombre alto y delgado, barba escasa y una
cabellera bermeja, muy indisciplinada a pesar de los emplastos de
cosmético que tratan de civilizarla. Fuera de esta malignidad de unos
pelos rebeldes, el Marqués es feliz. Tiene la nariz aguileña y larga;
lo que es eminentemente aristocrático y le llena de satisfacción. Es
aficionado a la historia y se pasa la vida rebuscando las antiguas
crónicas. Sabe al dedillo las alianzas, buenas y malas, de todas las
grandes familias y las juzga soberanamente, para hacer olvidar, sin
duda, que él se casó con Leontina Marsh, hija de un fabricante de
drogas. Con la cabeza un poco echada hacia atrás y con los ojos
ahuevados y vagos, pasea su pensamiento por un pasado tan lejano y ve
tan alto en las jerarquías de Príncipes, que no puede ver lo que pasa
delante de sus narices. ¡Y deben de haber sucedido unas cosas!...
El Marqués tenía a sus dos lados a la de Grevillois y a Sofía Jansien,
y, mientras nos sentábamos, le oí decir:
--En 1590, una señorita La Fertè-Jonchère se casó con un caballero de
Grevaulx-Loys, de donde debe de haber salido, después de varias
alteraciones de lenguaje, la familia de usted: Grevaulx-Loys...
Greville-Loys... Grevillois... ¿Comprende usted?
Lo abandoné a su disertación para ir a sentarme en el extremo de la mesa
con la juventud, pues mi escasa importancia social me permite asociarme
a ese batallón ligero. No me atreví a sentarme al lado de Luciana, que
me había dicho por lo bajo, siempre prudente en su táctica: «No llamemos
la atención.»
Gerardo Lautrec tenía el honor de ser su vecino y yo estaba enfrente,
sin perder ni un movimiento, ni una expresión, ni un matiz siquiera de
sus fisonomías. Acaso me hubieran molestado las solicitudes de Gerardo
si Luciana, con una seña y una imperceptible sonrisa, no me hubiera
probado que estábamos secretamente unidos.
La conversación versó al principio sobre la literatura y las novelas
nuevas. Desde que Lacante es de la Academia, la Marquesa se ha vuelto de
una intolerancia feroz para los otros escritores, y su celosa amistad no
reconoce el mérito de ninguno. Ni siquiera Loti encuentra gracia con
este adorable Bamountcho. Los extranjeros le parecen de una rivalidad
menos próxima y son tratados menos severamente. D'Annunzio no sale mal
librado. Lacante sonríe con bondad ante esos holocaustos en su honor y
defiende a las víctimas con buenas razones un poco flojas. Su equidad
natural se deja adormecer por el rumor de esas adulaciones abundantes y
locuaces, que no le permiten siquiera desarrollar su opinión. Se resigna
e inclina la cabeza bajo el peso de las indiscretas razones que le
asesta la inagotable elocuencia de la dueña de la casa, a no ser que el
Marqués, molestado por el ruido, no la detenga con un ademán de su larga
mano incolora:
--Querida amiga, nos gusta oír hablar a Lacante; permítenos escucharlo.
La primera parte de la comida se consagró a la literatura. Hacia el
asado, sin embargo, la conversación se extravió, y dejando los
laberintos literarios, hicimos una excursión atrevida hasta las más
altas cimas del arte, bajo la dirección de Kisseler. Después, como
cediendo a la atracción del vacío, dimos un inmenso chapuzón en el
obscuro abismo en que lucha la metafísica contra las religiones, que la
desdeñan, y contra la ciencia que la desprecia.
Te hago gracia de los largos rodeos por donde llegamos, de digresión en
digresión, al concepto de la divinidad. Kisseler fue también quien
inició el asunto con una audaz apología de la belleza plástica que fue
como divinizar la forma: la belleza era para él el primer atributo de un
dios; y el culto de la belleza, el primer dogma de una religión: la
Grecia antigua fue la cuna de la verdadera religión, única digna de
conmover a la conciencia humana y de unirla en un culto común, la
adoración de la belleza. Gerardo Lautrec trató de espiritualizar la idea
mostrándonos en la belleza de la forma la imagen y el símbolo de la
belleza moral, única representación de la divinidad. Al oír esto Sofía
Jansien, roja como la grana bajo sus ricillos de un negro azabache,
preguntó con indignado desprecio cómo era posible que se perdiese el
tiempo en definir lo que no existe.
--Nosotros--dijo,--somos nuestros propios dioses, puesto que siempre
dotamos a la divinidad de nuestros propios atributos, incluyendo
nuestros vicios, como lo prueba la mitología de los griegos.
La Marquesa interpeló a Lacante, que se había limitado hasta entonces a
aprobar sucesivamente todas las teorías con la benevolencia ligeramente
irónica y con la sonriente indiferencia que opone generalmente a las
opiniones ajenas en todo, lo que se refiere a las cuestiones de
metafísica religiosa. Es este un terreno en el que se cree maestro y en
el que no soporta incursiones extrañas más que con sonriente piedad.
Hubiera él preferido no verse obligado a responder, y salió del paso con
su habilidad acostumbrada para no herir a nadie.
Desarrolló primero la idea de que para los que consideran el Universo
como una fuerza independiente que saca de sí misma todo lo que existe,
no es necesaria la hipótesis Dios; y la cuestión de saber si Dios es
bueno o justo, bueno o malo, no significa nada.
--Es verdad--añadió--que si no se puede demostrar racionalmente la
existencia de Dios, no es absolutamente imposible que exista. Lo
prudente es, pues, obrar como si su existencia estuviese demostrada y
reconocerlo como fuente de todo el bien que hay en nosotros.
--¿Para qué?--exclamó la impetuosa Sofía, contrariada por aquella hábil
balanza entre las diversas opiniones.--¿Para qué ese engaño impuesto a
nuestra credulidad? Lo que subleva en las religiones es que hablen en
nombre de un Dios que no pueden definir.
Gerardo replicó que la palabra dios expresa justamente lo inexpresable;
y yo hice observar que la ciencia usa el mismo procedimiento al emplear
ciertas palabras para expresar hipótesis, como el éter y el átomo, lo
que facilita la explicación de los fenómenos.
Muy bajo, por deber de conciencia, sin duda, la de Grevillois afirmó que
la virtud no existiría sin la creencia en Dios, y esto proporcionó a
Kisseler la ocasión de dar una carga furiosa contra las virtudes
asalariadas, letras de cambio giradas contra el Padre Eterno.
Y entonces (he querido traerte aquí por este largo rodeo) Luciana, que
había guardado hasta entonces un prudente silencio, levantó la linda
cabeza y dijo con emoción:
--No es recompensas lo que pedimos a Dios, sino que sea nuestro testigo
en el áspero camino de la vida. Necesitamos saber que está presente,
invisible y eterno, viendo las injusticias del destino, las violencias
que nos imponemos por su gloria, las fatalidades que nos oprimen,
nuestras miserias y nuestras virtudes, muchas veces ignoradas de todo el
mundo.
Su voz vibraba, brillaban sus ojos, y Lacante la saludaba con gestos
amables, más por su asombrosa belleza que por su elocuencia.
--Luciana nos hace ver maravillosamente--dijo con galantería
Lacante--una ley fatal de nuestra pobre humanidad, que la conduce a
concebir la existencia de Dios como un dogma necesario, mientras es
incapaz de establecer racionalmente ese dogma. Este callejón sin
salida--añadió riéndose--es el gran infortunio de los filósofos.
Después, dirigiéndose a Elena, que estaba escuchando con profunda
atención, le preguntó:
--¿Qué comprendes tú de todo esto, hija mía?
Bajo la transparencia de su piel corrió la llama de rubor. La muchacha
bajó los ojos sin responder; pero su cortedad divertía a Lacante, que
insistió:
--Vamos a ver, dinos lo que piensas. Una devota como tú debe estar muy
enterada de estas cosas. ¿Qué te representa mejor a Dios, la bondad o la
belleza?
Elena respondió con gran dulzura:
--¡El amor!
Y tal palabra tuvo un encanto exquisito en aquellos labios inocentes.
Sofía nos echó a perder aquel delicado placer gritando a voz en cuello:
--¡Bravo! ¡Bravo! Esa es la verdad; la verdadera religión es la del
amor.
--El amor, hijo de Venus--murmuró el Marqués, a quien aburrían estas
cuestiones y buscaba un refugio, habitual para él, en la genealogía.
La Marquesa creyó que debía explicar el pensamiento de Elena.
--Esta niña, señores, sólo ha querido hablar del amor divino y no conoce
otro; ¿verdad, querida? En el convento de Bretaña no enseñaron a usted
más que a amar a Dios...
--A Dios y a los hombres, señora--respondió Elena con cándida intrepidez
y sin echar de ver las sonrisas de todos.
--¡Diablo!--exclamó Kisseler con su brutalidad de siempre;--pido que se
agregue a las señoras...
Elena no lo oyó, aturdida por la risa estrepitosa de Sofía, a quien
estas bromas gustan extraordinariamente.
Nos levantamos de la mesa al ruido de aquellas carcajadas, y pasamos al
salón.
Elena Lacante al Padre Jalavieux.
Agosto.
Señor cura:
Me siento muy culpable y muy ingrata para con usted. Le había prometido
darle noticias de mi viaje, de mi llegada a casa de mi padre y de lo que
fuera de mí. Han pasado cerca de dos meses y no he cumplido, mi promesa;
y aunque pudiera excusarme por haber estado mala, muy mala, según
dicen, prefiero acusarme y pedir a usted perdón, para oír en mi corazón
aquellas palabras tan dulces que pronunciaba usted después de la
confesión de mis faltas: «¡Váyase en paz!»
¡Cuánta necesidad tendría de sus consejos en esta existencia tan nueva!
Y no tengo nadie a quien dirigirme, porque nadie me conoce bastante para
interesarse por mí. Mi padre es muy bueno, pero necesitaría consejos
para agradarle y no me atrevo a pedírselos. Me intimida hasta el
extremo, a pesar de su bondad, que excede a todo lo que podía esperar.
Me demuestra hasta ternura, y esto es un verdadero prodigio, pues nada
he hecho hasta ahora para que me quiera. Creo que se ha aficionado a mí,
por los cuidados que me ha prodigado durante mi enfermedad, y que me
agradece que viva, como si tuviese yo en ello algún mérito. Si por eso
es feliz no debe dar gracias más que a Dios. Por desgracia (y este es un
gran secreto que confío a usted) no creo que piense en tal cosa y esto
me produce una pena extremada. Según lo que mi ignorancia me permite
juzgar, me parece que Dios es para él un asunto de estudios, un problema
interesante e insoluble, y no ese Padre lleno de justicia y de amor al
que usted me ha enseñado a amar y a temer. Y esta diferencia en el modo
de concebir a Dios, la vida eterna, nuestra alma misma, pues todas estas
creencias se encadenan, es acaso lo que me hace ser tan tímida al lado
de mi padre. Hay entre nosotros una equivocación, más todavía, una
dificultad para entendernos, que me hace encontrarme como en país
extranjero entre esta sociedad tan inteligente, tan ingeniosa y, según
creo, tan sabia. Mis sentimientos no encuentran eco. Todo lo que digo
asombra y hace sonreír.
Todo esto viene acaso de mi ignorancia y de que no sé el sentido exacto
de las palabras; pero lo que sí veo claramente es que las prácticas
religiosas no se usan en París y que el domingo se diferencia poco de
los demás días de la semana. Mi padre, sin embargo, es tan bueno, que me
permite obrar según mi conciencia, con tal que no le moleste en sus
costumbres, lo que es, después de todo, muy natural. ¿Lo creerá usted,
señor cura? Lo poco que hago por Dios, discretamente y en silencio, lo
hago con más fervor y me proporciona más dulzura por lo mismo que tengo
que superar más dificultades. Deseo mucho complacer a mi padre y que me
quiera. Piense usted que es el único ser en el mundo a quien puedo
consagrar mi vida: ¿qué iba yo a hacer de mi corazón si nadie se cuidase
de él?... ¿Lo escandalizo a usted, señor cura? Usted piensa que Dios nos
pide ese corazón y esa vida, y que esto es bastante para llenarlos.
Pero, se lo ruego a usted, no piense eso. Dios es demasiado grande y yo
demasiado pequeña, y necesito intermediarios para elevarme hasta Él,
como los peldaños de una escala de amor; pero si mi inteligencia va
derecha hacia Él, y no pide más luz; si la fe me basta para creer; mi
corazón no podría subir tan alto de un solo vuelo. Siento mi corazón
como vacío, y pesado por estar vacío... Es acaso absurdo lo que estoy
escribiendo, pero me resiento todavía de esta larga enfermedad, tengo la
cabeza débil y no sé cómo van mis pensamientos. Es preciso, pues,
perdonarme si digo alguna tontería.
Adiós; escribiré a usted otro día más en detalle mis impresiones sobre
la gente que rodea a mi padre. Hasta este momento las mujeres me gustan
menos que los hombres... Quiero decir que me desorientan más, porque son
realmente de otra especie que las mujeres de Quimper, al menos que las
que conocí en casa de mi pobre tía. Aquí, por mucho que las miro, me es
imposible saber si son jóvenes o viejas, guapas o feas, buenas o malas,
pues tienen un aspecto, que desconcierta, de serlo todo a la vez. En el
mismo momento se presentan bajo aspectos enteramente contrarios y la
incertidumbre que producen es causa de cierto malestar. He visto, sin
embargo, una señorita muy linda a la que desearía querer mucho, pero...
Señor cura, borro el "pero" hasta que la conozca mejor.
Adiós, mi bueno y venerado padre, usted me permite, ¿verdad? continuar
dándole ese nombre. No olvide usted en sus oraciones a su hija
respetuosa,