8 de agosto.

Hoy ha sido gran fiesta para Lacante y sus amigos: Elena se ha

presentado un momento en la sala. Hace quince días que han vuelto a

verificarse las veladas de los jueves y esta noche el dueño de la casa,

aunque algo atacado de la gota, nos había parecido de muy buen humor. A

eso de las diez nos ha dejado sin decir palabra, y, casi en seguida, ha

vuelto a entrar con Elena de la mano.

¡Qué aparición, querido mío, la de aquella niña olvidada, demacrada,

vestida con una bata blanca, flexible y sedosa, que le daba un aspecto

de figura antigua! Con sus cabellos obscuros separados en la frente y

unidos por detrás en una gruesa trenza, y con el tímido asombro de sus

ojazos, un poco hundidos, parecía un ser celestial. Su padre, radiante,

se la presentó a la Marquesa de Oreve, que allí estaba y que la acogió

con miradas, fijamente investigadoras y palabras de bienvenida un poco

arrulladoras y afectadas. Me gustaría saber lo que ha pensado la

muchacha de aquella cara redonda, coronada por un complicado edificio de

trenzas y rizos y que se paseaba de un hombro a otro con lentitud

presuntuosa. Nunca me había chocado tanto como entonces, por el

contraste con la cándida sencillez de Elena, la ridiculez de aquellas

maneras y de aquellos adornos.

Lacante hizo que su hija se sentase y le presentó, uno por uno, sus

invitados, añadiendo al nombre de cada cual una nota característica

destinada a fijar sus recuerdos. Cuando llegó a mí, Elena dijo con

presteza:

--A este caballero lo conozco. Es el amigo de Quimper, que tan bueno ha

sido conmigo.

Y me ofreció su manita demacrada.

En este momento entró el doctor Muret y se indignó al encontrarla

todavía de pie siendo más de las diez. Hubo que ver a Lacante, confuso

como un colegial cogido en falta, dándose prisa para llevarse a Elena, a

pesar de su pie gotoso, y volviendo la espalda a la cólera del médico.

Parecía rejuvenecido con la belleza de su hija.

Cuando volvió, fue unánime y calurosamente felicitado. Gerardo Lautrec

improvisó, en honor de Elena, un soneto de rimas sonoras y raras, en el

que la comparaba con las vírgenes de las Propilias y rimaba ánfora con

canéfora, lo que es rico, nuevo... y no hace daño a nadie.

Máximo de Cosmes a su hermano.

Amar es vencer · 第 15 / 37 题