Hoy ha sido gran fiesta para Lacante y sus amigos: Elena se ha
presentado un momento en la sala. Hace quince días que han vuelto a
verificarse las veladas de los jueves y esta noche el dueño de la casa,
aunque algo atacado de la gota, nos había parecido de muy buen humor. A
eso de las diez nos ha dejado sin decir palabra, y, casi en seguida, ha
vuelto a entrar con Elena de la mano.
¡Qué aparición, querido mío, la de aquella niña olvidada, demacrada,
vestida con una bata blanca, flexible y sedosa, que le daba un aspecto
de figura antigua! Con sus cabellos obscuros separados en la frente y
unidos por detrás en una gruesa trenza, y con el tímido asombro de sus
ojazos, un poco hundidos, parecía un ser celestial. Su padre, radiante,
se la presentó a la Marquesa de Oreve, que allí estaba y que la acogió
con miradas, fijamente investigadoras y palabras de bienvenida un poco
arrulladoras y afectadas. Me gustaría saber lo que ha pensado la
muchacha de aquella cara redonda, coronada por un complicado edificio de
trenzas y rizos y que se paseaba de un hombro a otro con lentitud
presuntuosa. Nunca me había chocado tanto como entonces, por el
contraste con la cándida sencillez de Elena, la ridiculez de aquellas
maneras y de aquellos adornos.
Lacante hizo que su hija se sentase y le presentó, uno por uno, sus
invitados, añadiendo al nombre de cada cual una nota característica
destinada a fijar sus recuerdos. Cuando llegó a mí, Elena dijo con
presteza:
--A este caballero lo conozco. Es el amigo de Quimper, que tan bueno ha
sido conmigo.
Y me ofreció su manita demacrada.
En este momento entró el doctor Muret y se indignó al encontrarla
todavía de pie siendo más de las diez. Hubo que ver a Lacante, confuso
como un colegial cogido en falta, dándose prisa para llevarse a Elena, a
pesar de su pie gotoso, y volviendo la espalda a la cólera del médico.
Parecía rejuvenecido con la belleza de su hija.
Cuando volvió, fue unánime y calurosamente felicitado. Gerardo Lautrec
improvisó, en honor de Elena, un soneto de rimas sonoras y raras, en el
que la comparaba con las vírgenes de las Propilias y rimaba ánfora con
canéfora, lo que es rico, nuevo... y no hace daño a nadie.
Máximo de Cosmes a su hermano.