18 de julio.

La revelación pública se hizo de improviso, ayer tarde. Unos amigos

habían entrado forzando la consigna y estaba yo esforzándome por

explicarles la ausencia prolongada de Lacante, mientras éste

conferenciaba con el médico; cuando lo vi entrar pálido y descompuesto.

Todos lo observaron y le hicieron preguntas sobre su salud.

Lacante entonces se decidió:

--Amigos míos, estoy bueno; pero aquí, en el cuarto contiguo, hay una

enferma, y esa enferma es... mi hija.

En seguida, viéndolos a todos estupefactos, añadió:

--Sí, mi hija, una pobre niña que vino al mundo hace quince años, sin

grandes ceremonias y en un lecho mortuorio... He sido casado, amigos

míos, y si algunos de vosotros no lo han sabido, es porque me han

quedado de aquella corta unión impresiones tan dolorosas, que trato de

olvidarlas. De los dos amigos que me asistieron en aquellas

circunstancias, el uno ha muerto, y el otro no ha salido nunca de

Bretaña. Y ahora que la venerable persona que ha educado a mi hija acaba

también de morir, pido vuestra benevolencia para esta niña, si no es

que...

No pudo acabar y su emoción me conmovió.

--¿Tan mal está?--le dije.

--¡Está muy grave!

Un gran silencio se cernió sobre la estupefacción de todos. Creo que

hubiera sido curioso observar las fisonomías, pero yo no tuve la

serenidad necesaria. Se murmuraba en voz baja palabras de asombro y de

vaga simpatía, pero nadie tenía gana de reír. La muerte, muy próxima,

acurrucada sobre aquella joven víctima, quitaba a la aventura lo que, de

otro modo, hubiera tenido de irresistiblemente jovial, y la emoción que

lo dominaba salvó del ridículo a aquel padre recalcitrante.

Por muy tarde que se hubiesen conmovido sus entrañas por aquel pobre ser

nacido de él, había sentido, sin embargo, en su corazón la llamada de la

Naturaleza. Bien fuese por lástima, bien por remordimiento, él sufría y

no podíamos menos de compadecerlo. Encorvado hacia el suelo y con las

manos en las rodillas, parecía agobiado por un gran peso invisible, y

sus facciones, tan expresivas y gesticulantes, en las que cada gesto

subraya una malicia propia para provocar la risa, tenían en aquel

momento una expresión trágica, por lo mismo que no era la acostumbrada.

Le preguntamos la opinión del médico. El doctor teme una meningitis y he

pedido consulta. Hemos arrancado estas noticias a Lacante y todos se han

despedido. Se veía que deseaba estar solo.

Me ofrecí a quedarme toda la noche a su disposición, pero él no aceptó y

me estrechó calurosamente la mano.

--Mi querido amigo--me dijo con voz alterada,--_era_ encantadora y creo

que me hubiera querido... me quería ya...

--Y le querrá a usted todavía. ¿Por qué desesperar?

Lacante movió la cabeza sin responder.

¿No sería un extraño desquite de la niña abandonada el haber venido a

casa de su padre para morir en ella, dejándole un eterno pesar?

Encontré en la calle a mis amigos, que me estaban esperando para

asaltarme con sus preguntas. Tuve que contarles mi viaje a Quimper y

hacerles la descripción de Elena. ¡Cuántas curiosidades va a tener que

satisfacer, si vive, la pobre inocente! Como era natural, los amigos se

desquitaron un poco de la violencia que se habían impuesto en casa de

Lacante y se permitieron algunos epigramas jocosos, sin gran malicia,

para decir la verdad.

Como era temprano me fui a acabar la velada en casa de las de

Grevillois, que daban un té en su minúsculo cuartito del piso quinto.

Puedes pensar si tendría yo prisa por ir. Me acompañó Gerardo Lautrec.

¿Te he hablado de él? Y cuando llegamos estaba la reunión en todo su

esplendor. Unas quince personas llenaban literalmente la estrecha salita

y refluían hasta el comedor, en el que había unos platos con pastas y

_sandwichs_, escoltados por unos vasos de agua de naranja y una tetera

de metal blanco. Una lámpara colgada y unas cuantas bujías iluminaban

toda la casa.

Una señora estaba cantando en la sala, bastante mal por cierto: no podía

verla; pero estaba tranquilo, porque Luciana no canta ni sabe más música

que la necesaria para tocar un rigodón. Esperé con paciencia que aquella

dama hubiera exhalado el último grito, que me pareció estridente y de un

timbre infernal; así fue que el descanso resultó magnífico y la

suprimida tortura se tradujo en un aplauso unánime. Me precipité

entonces a la sala, empujando a unos cuantos jovenzuelos, so color de un

entusiasmo irresistible, y me encontré con la cantante, que, roja, sin

aliento y con el pecho al aire, estaba recibiendo los cumplidos con un

gusto exento de toda modestia.

Era Sofía Jansien, de quien ya te he hablado. Hija de un plantador de la

Jamaica se enamoró del intendente de su padre y se casó con él. Llevaron

una existencia miserable durante unos años; pero, habiendo muerto el

padre de una caída del caballo sin haber tomado la precaución de

desheredar a la fugitiva, se encontró Sofía en posesión de una bonita

fortuna, de la que disfruta con su esposo, quien la aprovecha para

emborracharse concienzudamente una vez al día por lo menos.

Gracias a su dinero y a algunos altos parentescos, Sofía es admitida en

sociedad, pero no lleva a su Jansien, que se encuentra más a sus anchas,

para satisfacer sus gustos, en el recogimiento del hogar conyugal. Se

dice que se llevan bien. Ella no murmura sobre el número de botellas que

el hombre se bebe todos los días, y él la deja, sin mal humor, ir adónde

le acomoda y hacer lo que se le antoja.

Esta historia, que todo el mundo conoce, la audacia un poco cínica de su

lenguaje y la extravagancia de sus modales, hacen que no la vea yo con

mucho gusto en casa de Luciana; pero sé que la pobre muchacha tiene que

conservar en ella una cliente preciosa. Esa exuberante amiga de las

artes, que pinta como canta, ha escogido a Luciana para retocar

clandestinamente sus obras maestras, y paga liberalmente su talento, y,

sobre todo, su discreción.

La felicité con un bravo un poco seco, saludé a la de Grevillois, muy

ocupada en cumplimentarla para hacer caso de mí, y traté de descubrir a

Luciana. Estaba sentada en una silla baja, entre un torrente espumoso de

gasas y tules blancos y rosa, y en cuanto me vio se levantó vivamente.

--¿Y Lacante? ¿Dónde está el señor Lacante?

Comprendió en seguida, en la expresión de mi cara, que Lacante no me

había acompañado, y sus hermosas facciones se ensombrecieron.

--¡Cómo! ¿No ha venido? Me había usted prometido traerlo... ¡Es

fastidioso!... Querida Condesa, me va usted a guardar rencor por esta

decepción, pero no es mía la culpa.

El desagrado de la Condesa Vannier era visible a pesar de sus protestas

de urbanidad. La especialidad de esta Condesa consiste en conocer y

recibir en su casa a todas las celebridades, no sólo de París, sino del

mundo entero, cualquiera que sea su clase de celebridad. Creo que

tendría orgullo en recibir en su salón a un licenciado de presidio, con

tal que su crimen hubiese sido un poco ruidoso. Le falta Lacante en su

colección, y Luciana le había prometido procurárselo valiéndose de mí.

Me esforcé por excusar a Lacante con vagas razones, pero Lautrec cortó

mi inútil retórica.

--Si Máximo no trae a Lacante--dijo,--trae en cambio una novela inédita.

--¡Una novela! Veamos, veamos... Señor Cosmes, no puede usted negarse.

Tuve que contar de nuevo la historia de Elena, que interesó y divirtió

mucho al auditorio.

Las mujeres se enternecieron por la enfermedad de la inocente y vieron

en ella un castigo por la insensibilidad de Lacante.

Los hombres decían:

--Es acaso un desenlace y una buena solución.

Sofía Jansien resumió todas las opiniones con su voz de clarín:

--Si ha de perder a su hija, más vale que no la haya educado él mismo,

pues así se consolará más fácilmente. Si vive, tendrá tiempo para hacer

que olvide el pasado y para hacerla feliz... Señoras, no nos

enternezcamos por Lacante... Ha amado y esto basta; su misión está

cumplida. El gran negocio en esta vida es el amor.

Luciana preguntó:

--¿Es bonita esa joven? No nos lo ha dicho usted.

--¡Lindísima!

Procuré, con algo de malicia, acentuar mi respuesta, pues nada molesta a

las mujeres como la belleza de las demás.

--¿Tan bonita es?

--¡Deliciosa!

--El viaje, entonces, no le habrá a usted parecido largo...

--¡Oh! Máximo no se ha aburrido--dijo Lautrec riendo.

Me pareció leer un poco de despecho en los ojos de Luciana; y como todo

lo que atestigua el amor gusta al que ama, aquel despecho me resultó

agradable.

La Condesa Vannier creyó que debía defenderme y habló de misión de

confianza, de joven doncella sin protector, de lealtad, de delicadeza,

de honor y otros lugares comunes, que todo el mundo tenía en la mente

antes de que ella los dijese.

Pero la de Grevillois intervino oportunamente, rogando a Lautrec que nos

recitara alguna de sus poesías.

Lautrec se excusó diciendo, con un acento de ironía más picante que

todas las frases, que la paternidad de Lacante le tenía fuera de su

estado normal; pero unas palabras de Luciana, acompañadas de una de sus

irresistibles miradas, lo decidieron, y nos recitó un soneto de corte

romántico, según el cual la crisis fatal de la vida humana no es el día

en que se ama ni el en que se muere, sino aquel en que se sufre el

primer desengaño de amor...

--Hay también el día en que se paga al casero--dijo una voz.

Hubo risas, pero el éxito de esta melancólica reflexión se perdió en el

ruidoso triunfo de Gerardo Lautrec. Leyendo los versos no es posible

formarse idea del efecto que produjeron dichos por él, con su voz cálida

y envolvente, patético sin esfuerzo y con matices de infinita ternura o

de varonil altivez. ¡Cómo tenía atentas y palpitantes a todas las

mujeres! ¡Y cuánta era mi irritación al ver a Luciana suspendida de sus

labios! Es el tal casi hermoso, alto y rubio como un inglés y con su

flema y su tiesura un poco altanera. Joven, rico y con bastante talento

para deslumbrar, tiene con las mujeres todos los éxitos que puede desear

y hasta algunos más. Luciana, que tenía los ojos brillantes de

entusiasmo, le dio las gracias con efusión y se lo llevó después al

comedor con el pretexto de darle un refresco.

Lautrec, sin embargo, no tardó en despedirse, y yo me ofrecí el pobre

desquite de hacer rabiar un poco a Luciana.

--¡Cómo!--la dije,--¿ya se ha marchado el poeta, a pesar de los encantos

de usted?

--¡Ay de mí!--exclamó riendo;--olvidemos lo que es triste y hablemos un

poco de esa joven tan deliciosa... de la hija de Lacante.

--Tampoco eso es alegre; la pobre niña está acaso a estas horas en el

duro trance de la muerte.

--Entonces hablemos de otra cosa--dijo secamente; y me dejó casi en

seguida.

No me he engañado sobre aquella sequedad aparente ni sobre aquel

movimiento de mal humor: todo ese despecho viene de que he ponderado la

belleza de Elena, de que está celosa, y sus celos prueban que me ama.

¿Qué más puedo desear?

Pronto la vi reír con unos cuantos hombres agrupados a su alrededor. Me

mantuve a distancia, y mientras la de Jansien me confiaba a voz en

cuello sus ideas soldadescas sobre el grande y único negocio de la vida,

que es el amor, yo me embriagaba, de lejos, con la belleza de Luciana,

con su ingenio, con su gracia, con los incomparables encantos de su

talle y de sus movimientos, y pensaba que aquellos tesoros eran míos.

¿Comprendes que haya yo podido agradarla? Es increíble.

Máximo de Cosmes a su hermano.

Amar es vencer · 第 11 / 37 题