Benavente in matters unconnected with the theater. The periodical
writings contain more about dramatic criticism than about any other one
topic, but they also include a great many discussions of themes of
national and world-wide interest; they were naturally affected by the
current events of the years 1908-1912. The author of _De sobremesa_
shows himself to be a typical product of modern life. Possessing the
cultivation characteristic of intellectual life in a modern European
capital, his mind is encumbered by few, if any, illusions. He is both
satirical and practical. Irony and hatred for Spanish abuses do not
prevent him from exhibiting a pure and noble patriotism. Cosmopolitan as
he may be in theories, his nature is essentially and intensely Spanish.
It is a genuine comfort to find that the scientific observer of human
nature, the man who can make acute comments on the most diversified
subjects, can occasionally give way to a noble passion, and even to a
pardonable prejudice; not too often, but just often enough to prove that
he is human. One cannot turn away from Benavente without feeling that he
has been enriched by communion with a master spirit and benefited by
association with a broad, clear-thinking, sympathetic nature.
=Conclusion.=--When an author is still alive, and especially when he is in
the prime of life, it is difficult to pass judgment upon him. The future
may show an evolution hitherto unsuspected. As far as can be told at
present, Benavente's position is unassailable. He has been admitted to
the Spanish Academy, he is recognized as one of the leading dramatists
of Spain, and many consider him the foremost figure in the modern
Spanish theater. Before the outbreak of the European War he was almost
universally admired in his native country. The bitterness of
international discussion has crept into dramatic criticism, but such a
situation should be only temporary. There is every reason to expect that
future historians of Spanish literature will reserve a post of honor for
Jacinto Benavente.
JOHN VAN HORNE
FOOTNOTES:
[1] Cf. _De sobremesa_, vol. II, p. 86, "Por algo soy hijo de quien
mereció el nombre de 'médico de los niños.'"
[2] In the interview just mentioned.
[3] Cf. Juan Valera, _Obras completas_, vol. XXXI, pp. 15-23.
[4] It must be remembered that the word _comedia_ (comedy) is used in
Spanish for a play with a happy ending; the subject matter may be very
serious; similarly a _drama_ denotes a play with a sad ending. Spanish
nomenclature is followed in translation, except in a few cases where the
word 'farce' is added for clearness. It will be observed that the order
of plays is not quite chronological in some cases. Moreover, there are
no dates of production for a few pieces; this means that some are,
through oversight, not dated in the printed Spanish edition, others were
produced privately, and still others were never represented on the
stage.
[5] Not yet included in the published volumes of the _Teatro_.
[6] See the _Autocrítica_ prefixed to _Gente conocida_, _Teatro_, vol.
2, pp. 85-87.
[7] _De sobremesa_, vol. I, p. 65.
[8] The most famous Italian writer of comedies (1707-1793).
[9] E. Gómez de Baquero, in _La España moderna_, Jan. 1906, pp. 160-166.
[10] An account of _Los intereses creados_ is incorporated in the Notes.
[11] José Rogerio Sánchez, in _Estudio crítico acerca de La malquerida,
drama de Jacinto Benavente_, Madrid, 1913.
[12] At the _estreno_ the part of Raimunda was played by María Guerrero,
and that of Esteban by Fernando Díaz de Mendoza; these eminent artists,
whose company is the most celebrated in Spain, have appeared in several
of Benavente's plays.
[13] Cf. _La ciudad alegre y confiada_, of which a brief notice is given
in the body of the Notes, in connection with _Los intereses creados_.
[14] _De sobremesa_, II, 16.
[15] _De sobremesa_, II, 176-179; said in the course of a discussion
with the critic Azorín.
[16] _De sobremesa_, IV, 237; an answer to criticism of the morality of
_La losa de los sueños_; cf. also _De sobremesa_, V, 161-163.
[17] Words spoken on the occasion of the farewell of Rosario Pino, and
included in the last volume of _De sobremesa_, V, 265.
BIBLIOGRAPHICAL NOTE
Comments on various phases of Benavente's career are found in a number
of sources; some are cited in the footnotes; others that have come to
the editor's notice are as follows:
Julio Brouta, "Spain's Greatest Dramatist," translated and published in
the _Drama_, November, 1915.
John Garret Underhill, "Introduction" to _Plays by Jacinto Benavente_,
New York, 1917.
Adolfo Bonilla y San Martín, "Jacinto Benavente," in the _Ateneo_,
January, 1906, pp. 27-40.
Manuel Bueno, "Jacinto Benavente," in _Teatro español contemporáneo_,
Madrid, 1909, pp. 129-177.
José León Pagano, "Jacinto Benavente," in _Al través de la España
literaria_, 3rd ed., Madrid, 1904, vol. 2, pp. 49-55.
Fitzmaurice-Kelly, _Littérature espagnole_, 2nd ed., Paris, 1913, pp.
452-453.
With special reference to _Los intereses creados_: Severino Aznar, in
_La Cultura española_, February, 1908, pp. 70-77; E. Gómez de Baquero,
in _La España moderna_, January, 1908, pp. 169-177; notices of other
plays are scattered through Spanish dramatic reviews.
[Illustration: J. Benavente]
JACINTO BENAVENTE
Jacinto Benavente nació en Madrid en 1866. Es un hombre pequeño, pulcro,
refinado; sus ademanes tienen una elegancia casi femenina; su perfil
aguileño y su barba en punta dan a su fisonomía una expresión netamente
española; pero su carácter reside sobre todo en su frente, ancha y
espaciosa como la de Cervantes,[b.1] y en sus ojos vivos y burlones en
los que hay, sin embargo, una ligera sombra de melancolía. Hombre de
mundo, gusta del trato social y de los viajes, a lo que debe su amplio
conocimiento, no sólo de la sociedad española, sino de la sociedad
cosmopolita. Es un conversador de mucho ingenio, a veces malicioso y
mordaz; pero su espíritu es bueno y tolerante como lo muestran sus bien
acreditados sentimientos humanitarios especialmente respecto de los
niños.
Su obra es extensa; ha escrito para el teatro unas ochenta obras durante
veinticinco años. Con ellas ha conquistado el primer puesto entre los
autores dramáticos de su tiempo.
Cuando Benavente empezó a escribir, hacia 1894, encontró grandes
dificultades para atraer la atención y la estimación del público. Los
principios estéticos del teatro de Benavente eran distintos y aun
contradictorios de los que dominaban entonces en España. Estaba entonces
en su apogeo el drama elevado y romántico, de trágicos conflictos y
pasiones violentas, cuyo principal representante fue Don José Echegaray.
Benavente, en cambio, aparecía como escritor de comedias realistas, en
las que la fuerza era sustituida por la gracia y la exaltación dramática
por la naturalidad y la verdad. No es extraño que el público necesitase
algún tiempo para cambiar su gusto y acostumbrarse a este nuevo tipo de
teatro más natural y más moderno. Más tarde el éxito fue completo y
Benavente goza hoy de la misma popularidad de que hace veinticinco años,
cuando él empezó a escribir, gozaba Echegaray.
Benavente ha pintado en sus comedias la sociedad española de hoy, sobre
todo la sociedad madrileña de las clases media y alta. La ha pintado
casi siempre con intención satírica ridiculizándola; seguramente hay en
esa sociedad madrileña mucho más de bueno y de malo que lo que Benavente
ha visto en ella, pero lo que él ha visto es verdad y es una verdad
divertida e interesante. Las primeras comedias son más puramente
satíricas y se reducen a la descripción de tipos y costumbres; la
naturalidad y la verdad de los personajes y la agudeza e ingenio de las
conversaciones constituyen el encanto de esas comedias.
Más adelante la visión del autor se ensancha y se eleva y sus comedias
adquieren un sentido más moral y humano. Hay en ellas no sólo una amena
burla de la sociedad que nos rodea, sino un ideal de una humanidad
mejor. Al mismo tiempo la ironía es más amable y tolerante, y aunque
siempre nos vemos invitados a reírnos de lo que es ridículo y a
despreciar lo que es malo y ruin, hay en estas obras un cierto espíritu
de simpatía humana que nos inclina a la tolerancia y a la compasión.
La obra de Benavente en que todas estas cualidades se han logrado de un
modo más acabado y más perfecto--al menos según la opinión de los
más--es la que constituye la base de este volumen: _Los intereses
creados_. Esta obra no es como las más de Benavente una pintura directa
de la sociedad contemporánea. Las ideas y los sentimientos, la visión
del mundo y de la vida, son los mismos que se han desarrollado a través
de toda la obra del autor; pero aparecen aquí, fuera de lugar y de
tiempo, con una sencillez e intensidad verdaderamente clásicas.
Siguiendo el artificio de la antigua farsa, los personajes de esta obra,
que al parecer son muñecos exagerados e ingenuos, nos muestran los hilos
por los que los hombres son movidos en la vida misma, las pasiones malas
y buenas que inspiran las acciones humanas. Un personaje astuto y sagaz,
conocedor experto del corazón humano, el pícaro Crispín, es el centro de
la obra; él es quien mueve todos esos hilos, quien pone en juego todas
esas pasiones, no en servicio propio sino en servicio de su compañero de
aventuras, que en la ficción de la obra ha tomado el papel de señor. Y
es realmente señor Leandro, porque es capaz de pensamientos elevados, de
idealismos superiores y de la generosidad del amor.
La antítesis de estos dos personajes, que en realidad son uno mismo
desdoblado en dos, de tal modo que el uno sin el otro no tendrían
existencia, es la reproducción audaz y feliz de un tema eterno, de aquél
mismo que encarnó de modo incomparable en las inmortales figuras de Don
Quijote y Sancho. Cada alma humana se encuentra representada en esos dos
personajes antitéticos que sin embargo se necesitan mutuamente; lo que
en nosotros hay de generoso, de grande, de elevado, necesita amenudo
para realizarse de otras aptitudes más bajas que hay también en nuestro
espíritu. El idealista sin sentido práctico suele ser un hombre ineficaz
e inepto destinado a ser vencido en las luchas ordinarias de la vida.
Parece pues que esta obra es una obra pesimista en la que se reconoce y
afirma la necesidad del mal. Es, sin duda, una obra satírica en la que
aparecen admirablemente pintadas algunas de las pequeñas pasiones,
ambiciones y vanidades que muy amenudo encontramos en la vida; pero el
amor y la generosidad triunfantes quedan afirmados en su pureza como
realidades más poderosas que todas las impurezas y ficciones que a su
alrededor se mueven en la comedia como en la vida.
La obra está escrita en un castellano noble y bello, sobrio y expresivo.
Aunque ciertos giros intentan darle un cierto sabor arcaico, el lenguaje
está lleno de sencillez y naturalidad. Tanto por el estilo como por la
concepción, los españoles consideran esta obra como una de las mejores
comedias del teatro moderno y hasta se atreven a compararla con las
grandes producciones del teatro clásico que floreció en España en el
siglo XVII.
Las otras dos obritas que acompañan en esta edición a _Los intereses
creados_ representan en pequeño el modo como Benavente acostumbra
escribir sus comedias contemporáneas. La lectura de ellas dará
suficiente idea de la finura y la gracia propias de este escritor y al
mismo tiempo dará a conocer unas cuantas escenas vivas y animadas en las
que tipos más o menos corrientes de la sociedad española expresan, con
la mayor naturalidad y verdad posibles, su manera de ser.
FOOTNOTES:
[b.1] Hay una semejanza bastante grande entre el retrato que Cervantes
ha dejado escrito de sí mismo y la fisonomía de Benavente; salvo el
color del pelo, que en Cervantes era rubio en la barba y castaño en la
cabeza y que en Benavente es más bien negro, hay una notoria
coincidencia en los demás rasgos. Cervantes era «de rostro aguileño, de
cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos, y de
nariz corva aunque bien proporcionada..., los bigotes grandes, la boca
pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos,... el cuerpo entre dos
extremos, ni grande ni pequeño,... algo cargado de espaldas y no muy
ligero de pies.» (Cervantes, Prólogo a las _Novelas ejemplares_)
SIN QUERER
BOCETO DE COMEDIA EN UN ACTO Y EN PROSA
Estrenado en el Teatro de la Comedia el día 3 de marzo de 1901
REPARTO
PERSONAJES ACTORES
LUISA SRA. PINO
UNA DONCELLA SRTA. SAMPEDRO
PEPE SR. BENAVENTE
DON MANUEL » RUBIO
_En Madrid.--Gabinete elegante_
ACTO ÚNICO
Escena Primera
LUISA, la DONCELLA y después PEPE
DONCELLA. ¡Señorita Luisa, señorita Luisa!
LUISA. ¿Ha subido?
DONCELLA. Sí.
LUISA. ¿Por la escalera de servicio? ¿No le ha visto nadie?
DONCELLA. Por la escalera de servicio. ¡Cómo se conoce que la señorita
no está acostumbrada a estas cosas!... ¡Para llamar más la atención!...
LUISA. Es verdad; los porteros le conocen; y sobre todo, con que[3.1]
papá no le vea... Corre, que pase,[3.2] y ten mucho cuidado; en cuanto
salga mi tío de hablar con papá, nos avisas[3.3]...
DONCELLA. Descuide usted.
LUISA. Y no vayas a decir a nadie...
DONCELLA. ¡Señorita! Porque me haya usted oído[3.4] contar más de cuatro
cosas que ha visto una[3.5]... Tratándose de usted[3.6] ya sé que esto
no será ninguna trapisonda, aunque lo parezca.
LUISA. Por supuesto... Ya lo sabrás... Anda, no hagas ruido al
pasar[3.7] por el gabinete. (_Sale la doncella. A poco entra Pepe._)
PEPE. ¡Luisita!
LUISA. ¡Chist! No digas nada, no levantes la voz, no te muevas...
Tenemos que hablar; siéntate. No dejes el sombrero, no fumes... ¡Uf, qué
humo! No dejes ahí el cigarro. Siéntate, hombre,[4.1] siéntate. Ya
supondrás[4.2] por qué te he llamado de esta manera...
PEPE. Sí; supongo...
LUISA. No supones, lo sabes... Sabes que mi padre y el tuyo conferencian
en este momento.
PEPE. ¿En este momento?
LUISA. Sí. Se han encerrado en el despacho. Y era urgente, preciso, que
nosotros nos viéramos antes a solas, con toda libertad, para ponernos de
acuerdo... Nuestros padres deciden allí; pretenden decidir de nuestro
porvenir, disponer de nuestro corazón[4.3]... Ya estás enterado; quieren
casarnos.
PEPE. Sí; papá siempre me estaba diciendo: «Las bodas deben hacerse en
familia; hay más probabilidades de acertar... En nuestra familia hay
excelentes muchachas; debes fijarte en una de tus primas.» Pero la
verdad, como sois veintitantas en la familia... era imposible fijarse...
LUISA. Papá estaba siempre con la misma canción; pero como el único
primo casadero de la familia eres tú, cuando papá me decía: «Debes
casarte con uno de tus primos», ya sabía yo que el primo eras tú.
Comprende que hay mucha diferencia de[4.4] poder escoger entre
veintitantas a[4.4] no tener dónde escoger... Pero aparte de eso, la
idea de nuestros padres es ridícula. ¿Por qué nos hemos de[4.5] casar
nosotros? ¿Me quieres tú a mí? ¿Te quiero yo a ti? Es decir, nos
queremos... así, como buenos parientes... y eso es lo malo; mejor sería
que no nos quisiéramos nada; yo creo que me sería más fácil quererte
mucho de pronto no habiéndote querido nunca nada... Pero pensar ahora:
«¡Ea!, voy a quererle más, debo quererle más.» ¿Por qué voy a quererte
hoy más de lo que te quería ayer? Y, francamente, queriéndote hoy como
te quería ayer, es un disparate que piensen que nos casemos mañana.
PEPE. Sí, es expuesto.
LUISA. Y vamos a ver, ¿qué te ha dicho tu padre? Supongo que antes de
decidirse a hablar con el mío seriamente te habrá dicho[5.1] algo.
PEPE. Me ha dicho lo que me dice siempre que se enfada conmigo, cuando
le pido dinero, cuando paga mis cuentas: «Ya es hora de que[5.2] acaben
las locuras.» Papá llama locuras a las cuentas de 500 pesetas para
arriba... Ya ves, ésas son locuras del sastre, del camisero... «Es
preciso que pienses en casarte...»
LUISA. Eso es; cuando el señorito da guerra en casa...
PEPE. Y tu padre, ¿cuándo piensa casarte a ti?
LUISA. ¡Ay! Siempre que nos toca el turno del Real[5.3] y le obligo a
dejar su partida de tresillo. Lo que es[5.4] las noches de tercer
turno,[5.5] no le importaría[5.6] verme casada con cualquiera. Y en papá
se comprende ese afán... Viudo, con sus ocupaciones... Yo no puedo
soportar a las ayas, ni a las señoras de compañía; así es que vivo
sacrificada, porque papá sólo se presta a acompañarme al teatro Real;
eso sí, las noches que cantan La Walkyria ¡me da una lástima!
PEPE. Sí, tú, la verdad, sola con tu padre desde muy niña,[5.7] ya
debías haberte casado...
LUISA. ¿Ya? No dirás tú como papá, que me estoy pasando...
PEPE. ¡Qué disparate!
LUISA. No; es que como me pusieron de largo muy pronto, porque di un
estirón a los catorce años, la gente cree que tengo más edad. Pero tú
sabes...
PEPE. ¡Ay, si lo sé![6.1] Soy un viejo comparado contigo.
LUISA. Viejo, no; pero no estás para[6.2] perder el tiempo. Nuestros
padres tienen razón; debemos casarnos; pero cada uno por su lado. ¿No te
parece? No es que yo sea romántica (en toda mi vida habré leído dos
novelas), ni que yo sueñe con ideales, ni con príncipes encantados; pero
estas bodas, arregladas en familia, me parecen bodas de interés, de
conveniencia... Un poco de poesía nunca está de más... Sobre todo,
que[6.3] nosotros[6.4] se puede decir que no nos conocemos. ¿Qué sabes
tú de mí? ¿Qué sé yo de ti? Ni me ha importado nunca saberlo. ¿Sabes
siquiera si yo he tenido algún novio?
PEPE. No, que yo sepa, y hemos ido juntos alguna vez a bailes y hemos
pasado juntos todo un verano.
LUISA. Pues entonces tenía yo novio, ya ves, y ni siquiera te enteraste;
eso prueba lo que te importaba.
PEPE. ¡Ah, sí, aquel majadero!... ¿Cómo había de importarme?[6.5]
LUISA. Pues si me hubieras querido como pariente siquiera, debía haberte
importado que yo tuviera relaciones con un majadero.
PEPE. Estaba seguro de que[6.6] tienes demasiado talento para conocerlo
y no casarte con él...
LUISA. Muchas gracias, pero sigues equivocado; estaba enamoradilla[6.7]
de él, y él de mí, no se diga;[6.8] ¡y si vieras cuando un hombre se
enamora de verdad, qué difícil es distinguir a un majadero de un hombre
de talento!...
PEPE. No es verdad; un tonto no puede querer como una persona de
talento, ni se le puede querer lo mismo.
LUISA. ¿Por qué no? Mira, a las mujeres lo que nos halaga es que por
nuestro cariño se transformen los hombres en otros. El cariño es siempre
revolucionario, y para el caso lo mismo da que diga la gente:
«Fulanito,[7.1] que era tan simple, cómo se va avispando[7.2] desde que
usted le quiere.» O que diga: «Menganito, un hombre de tanto talento,
¡qué tonterías[7.3] hace desde que se ha enamorado de usted!» Por eso yo
no me casaría con un santo... ¿Qué iba yo a cambiar[7.4] en un santo?
Pero un hombre, así... algo extraviado... que se dejara convertir poco a
poco. ¡Qué bonito! Querer a un hombre, casarse con él y, al poco tiempo,
que aquel hombre sea otro hombre...
PEPE. Un marido de gran espectáculo, con mutaciones.[7.5]
LUISA. Ahí tienes lo que me parece imposible contigo: porque tú no eres
bueno ni malo, no tienes grandes defectos ni grandes virtudes. ¿Estoy
equivocada?
PEPE. ¡Quién sabe, quién sabe!
LUISA. No; me parece[7.6] que contigo no hay sorpresas...
PEPE. ¡Quién sabe, quién sabe!
LUISA. ¿De veras? ¿No eres lo que pareces?
PEPE. ¡Quién sabe, quién sabe!
LUISA. ¡Ay! No seas pesado; dime ese secreto...
PEPE. Si yo no tengo secretos;[7.7] digo, ¡quién sabe!, porque yo no sé
nada.
LUISA. Pero tú, ¿no has querido nunca?
PEPE. Alguna vez.
LUISA. ¿Novia formal?[7.8]
PEPE. No, muy loca.
LUISA. Digo,[7.9] pensando en casarte.
PEPE. Pensándolo mucho.
LUISA. ¿Y por qué la dejaste?
PEPE. Porque me enteré de que quería a otro.
LUISA. Entonces di que la que te dejó fue ella.
PEPE. No, ella no quería dejarme; estaba también por las mutaciones,
pero por otro sistema.
LUISA. ¿Y sentiste mucho aquel desengaño?
PEPE. ¡Ya lo creo! Fue cuando pasé aquella temporada en París para
distraerme.
LUISA. Sí, es verdad. Vaya, vaya, pareció[8.1] la novelita.
PEPE. Cuando tío Ramón fue a buscarme, comisionado por papá, porque le
habían dicho que yo tenía allí amores.
LUISA. ¡Qué gracioso! Con una francesa... Y tío Ramón, quieras que
no,[8.2] te trajo de una orejita...[8.3]
PEPE. A mí, no; adoptó el sistema más práctico, se la trajo a ella... En
el teatro Japonés la tienes[8.4] cantando.
LUISA. ¡Pobrecito! Todas te dejan... Debes tener el corazón
destrozado...
PEPE. No lo creas, fortalecido. Mis equivocaciones en la vida han sido
engaños, no desengaños, y no me han entristecido ni me han vuelto
desconfiado siquiera. Mi corazón está abierto de par en par.
LUISA. Esperando el cariño soñado, el ideal... ¿No es eso?
PEPE. Yo nunca he creído que el cariño..., el amor, en el lenguaje
poético, sea la felicidad por sí solo; nos lleva dulcemente de la mano
hasta la entrada; pero después el camino es penoso, y el amor, débil
niño, tiene que transformarse en algo más serio, más fuerte, para seguir
adelante, en deber, en sacrificio...
LUISA. Está muy bien eso que dices... ¡Primera sorpresa!
PEPE. ¡Bah! Tantas sorpresas podía[9.1] darte, y tú a mí, y los dos a
nosotros mismos... ¿Qué sabemos de la vida? ¿Cómo nos han educado? Con
el sistema de los padres en España: de considerar a los hijos siempre
como chiquillos; yo, en mi casa, soy siempre Pepito; tú, Luisita,
siempre para tu padre: dos chiquillos de quien[9.2] sólo se espera
alguna travesura, de quien nada se toma en serio; nuestros caprichos,
más o menos discutidos, satisfechos siempre; niños mimados por nuestros
padres, mal dispuestos a ser maltratados por los demás en la vida.
Cuando empecemos a vivir por nosotros mismos, pecaremos de osados o de
tímidos; no sabremos ir con la tranquila seguridad que da la confianza
en sí mismo, porque nuestros padres nos han dicho: «No seas así», o
«Debes ser así»; pero «Así eres», nunca. Yo no sé cómo soy, y a ti te
pasará lo mismo.
LUISA. Tienes mucha razón. No nos enseñan a conocernos. Y ahora, porque
a nuestros padres se les antoja que todo se quede en casa,[9.3] porque
nos juzgan además incapaces de elegir por nosotros mismos, nos dicen,
sin más ni más, «a casaros», y, de buenas a primeras, novios un par de
meses, y asunto concluido, y después desgraciados para toda la vida...
Si no estuviéramos de acuerdo para oponernos... Yo te confieso que no
seré la primera en decir que no; tú debes ser quien...
PEPE. Me opondré.
LUISA. Dices que soy muy buena, muy bonita, todo lo que quieras; pero
que no soy la mujer soñada... Tú tendrás tu ideal, como todo el mundo. A
propósito, ¿cómo es tu ideal?
PEPE. ¿Mi ideal? ¿Para mujer propia? Vas a reírte.
LUISA. ¿Rubia? ¿Morena? ¿Alta? ¿Bajita?
PEPE. No lo sé. Va vestida de gris; es lo único que puedo decirte.
LUISA. ¡Qué chifladura!
PEPE. Como en un cromo inglés que vi hace muchos años: una de esas
escenas plácidas de pintura inglesa; una muchacha vestida de gris, que
preparaba el _pudding_ de Navidad, y a su lado, sentado, un joven, el
esposo o el prometido, y alrededor unos gatos, y en el fondo unos viejos
leyendo la Biblia; y al otro lado, por una puerta abierta a un jardín,
unos niños muy rubios, jugando. Había no sé qué en aquel cromo, la
escena, el color, un tono general que lo envolvía todo,[10.1] el color
de la dicha a que puede aspirarse en este mundo.
LUISA. ¿Color de rosa?
PEPE. No, agrisado; un tono muy dulce; la dicha que se sueña, sí[10.2]
es de color de rosa; la que puede lograrse, la de la vida, es siempre
gris, el color de la melancolía resignada, de la tristeza bondadosa que
sonríe y perdona y ama.
LUISA. Yo tengo un vestido gris, no sé si será de ese tono exacto; me lo
pondré un día para parecerme a tu cromo inglés, digo, a tu ideal; será
en lo único que[10.3] me parezca.
PEPE. Y yo, ¿qué he de hacer para parecerme a tu ideal?...
LUISA. ¿A mi marido ideal? ¡Ay! Yo sé perfectamente cómo no ha de ser;
pero cómo ha de ser no sabría decirlo.
PEPE. ¿Y cómo no ha de ser?
LUISA. De muchos modos. No creas, los defectos grandes no me asustan
tanto como los pequeños, esos defectillos que hasta parecen gracias y
son los más peligrosos para la intimidad de toda la vida. Por ejemplo:
yo tengo una amiga que se ha casado con un muchacho ejemplar, un modelo,
todo el mundo lo dice; pues el otro día estuvieron aquí de visita, y por
un solo detalle me atrevo a pronosticar que no serían[11.1] felices.
Verás, parece una tontería; el marido le dijo a su mujer: «Merceditas,
llevas un descosido.» Y se lo dijo de un modo que indicaba que en aquel
matrimonio el marido sería siempre el primero que viera los descosidos.
PEPE. ¡Qué gracioso!