En América, al revés, parece que la Naturaleza aguardara a una legión de

gigantes y no de hombres. Es un continente sin medida, monstruoso,

desmesurado, hecho para seres de otra gestación geológica. Los

descubridores españoles, si penetraban en un bosque, se encontraban

pronto envueltos por la monstruosidad de la selva; si aguardaban la

lluvia, recibían el denso diluvio tropical; si buscaban un río, veían

abrirse la inmensidad del Orinoco, del Missisipí, del Amazonas, del

Plata; si hallaban un cerro, veían surgir en su altísima cumbre las

fauces de un tremendo volcán... Por donde quiera les sorprendía lo

gigantesco y desmesurado. Monstruosos los calores, los fríos, las

lluvias, las sequías; gigantescas las llanuras; interminables las

distancias; enormes los imperios. Desmesuradas las hambres, infinitos

los triunfos y los placeres. Sorprendente y maravillosa la altivez de

los Andes, surgiendo sobre el mar. Terribles y apocalípticos los

terremotos, que destruyen en un momento las ciudades. Desmesuradas, en

fin, las riquezas de Méjico y del Perú, con sus palacios henchidos de

verdadera y material pasta de oro...

Después de cuatro siglos, el sentido de lo desmesurado continúa en

América, y todo allí sigue la tendencia de lo enorme: ciudades

colosales, ferrocarriles inmensos, cultivos monstruosos.

Por tanto, pronto encontraremos una palabra que nos ayude a expresar un

signo psicológico de América: exageración. Si la Naturaleza es

exagerada, justo es que los hombres se sometan a la ley del destino.

Exagerados en sus impulsos, faltos de medida y ponderación, los

americanos se alejan tanto del sentido helénico como se aproximan al ser

de su propia naturaleza continental. Exagerados en sus proyectos, en sus

empresas, en sus ideales, en sus teorías; exagerados hasta en su

retórica. Lo medido y pausado les irrita o no lo comprenden. Les gusta

el ruido y la proporción de la catarata, la fuerza descomunal de sus

extensiones terrenales, la frondosidad abrumadora de sus selvas. Aman lo

quimérico y colosal, lo mismo el yanqui, que forma ciudades monstruosas

como Nueva York; que el tirano del Paraguay, aquel que declara la guerra

a tres naciones juntas y no rinde las armas hasta que no resta un hombre

en el país.

El _bluff_, palabra de América, es el resultado de ese sentido de la

exageración, de lo desmesurado y colosal, y en cierto modo define la

parte estéril, pero expresiva, de una dinámica gigantesca,

sobreexcitada, falta de armonía.

También deberemos mencionar otra palabra, muy caracterizadora de la

psicología americana: libertad. Los descubridores españoles, apenas

ponían el pie en las Indias, sentíanse aliviados de un peso moral, y era

éste el «peso jerárquico» de Europa. Bastardos o segundones, soldados

obscuros o simples homicidas, el caso es que un poblador y un

conquistador eran desde entonces hijos de sus hechos y valían tanto como

sus obras. El porquerizo extremeño que llamaban Pizarro a secas, se

convierte en marqués y señor poderoso; el marmitón de cocina puede

desembarcar, afanarse en los negocios y llegar a tener palacios,

servidores.

He ahí a la libertad en toda su realidad positiva. Los hombres se

desvinculan de sus compromisos europeos, rompen el hilo prolijo de las

jerarquías, y, aparte un poco de trabazón burocrática en la corte de los

virreyes, los hombres son por lo que hacen y tienen. ¡Y es tan fácil

hacer, tan sencillo tener! Allí están las tierras sin fin; hay para

todos. Allí están los negocios y las empresas brindándose a quien ose

emprenderlos.

El poder real descollaba muy lejos, allá remoto. Un ancho Océano

separaba al continente, y la distancia y los peligros del viaje hacían

más inmunes a los desterrados. Como desterrados, como robinsones

cívicos, los conquistadores implantaron, efectivamente, en América el

sistema municipal y las libertades jurídicas, que ya en España habíanse

defraudado ante el poder imperialista de los nuevos reyes. Y este fuego

de independencia y de libertad, exagerando los instintos nativos de los

conquistadores, les arrastra desde el comienzo a disputas y guerras

civiles.

Hijos son de sus actos. Han roto los vínculos de la familia y se evaden

a las trabas de las jerarquías meticulosas. Fácil la adquisición, rápido

el éxito, los pobladores se abren pronto a la soberbia. Y como cada cual

se defiende por sí mismo de los azares e inminencias, el valor personal

cobra un mérito extraordinario. Frente a los indios sanguinarios, en los

cultivos remotos, en las haciendas precarias, donde un solo hombre

necesita gobernar a manadas de indígenas o de negros, es allí cuando el

individuo adquiere la conciencia de su poder y reclama el máximo de su

libertad personal...

III

Acaso en ninguna parte del mundo se le da al hombre tanto valor

intrínseco como en América. El hombre es allí _un valor_, en todo lo

máximo del concepto; es una fuerza dinámica, una posibilidad infinita,

una energía monedable y, sobre todo, una _simiente_.

América ha sentido siempre la emoción que no conoce Europa; esa

entusiasta emoción ante los trasatlánticos humeantes y vociferantes que

arriban a los muelles con su cargamento de _hombres_. ¡Semillas de

porvenir!

Los buques arrojan sobre el muelle su carga humana; las falanges de

inmigrantes se suceden, y cuando una muchedumbre se ha internado en el

azar del Continente, otra nueva multitud desembarca. Allá van, por allí

ruedan y buscan. Son los eternamente renovados en el ideal de las

Indias. Con sus caras atónitas, con sus cuerpos pesados, un poco sucios

en su torpeza de aldeanos. Plebe extraída de las últimas humildades

europeas. Y sin embargo tal vez materia de futuras aristocracias.

¡Ah! En todas partes se muestra el hombre como un grave misterio, capaz

de contener en sí todos los desdoblamientos del éxito y de la fortuna;

en América es todavía mayor ese misterio, porque allí las contingencias

del azar se precipitan con más imprevista rapidez. Por eso es tan

sugestivo ir curiosamente a lo largo de un gran puerto de América y

confundirse con las masas de los emigrantes. Bullen hombres, mujeres y

niños aguardando la hora de internarse en lo desconocido. Candidatos del

triunfo, unos caerán fracasados, otros vejetarán en una zozobrante

pobreza; muchos saltarán en rápidos trancos la escala social,

empinándose hasta la gloria del triunfo. A manejar rebaños numerosos,

_trusts_ imponentes, líneas férreas, Bancos. De ellos saldrá el

multimillonario ostentoso, la dama exquisita o viciosa, el elegante

rastacuero.

Esa cualidad suya es la que América tiene derecho a ostentar. Por su

virtud, el hombre obscuro y primario logra la mayor potencia evolutoria.

La experiencia humana llevada al límite; el arribismo ilimitado y

democrático: he ahí la cualidad de América. Allí donde el hombre vale

por lo que es y por lo que puede; donde el hombre es una cosa profunda,

ilimitada y posible que puede actuar y desenvolverse sin limitaciones ni

reservas.

En algunas zonas pujantes de aquella América, diríase que todos los

componentes de la máquina nacional se hallan templados en un ritmo de

exaltación dinámica. Recuerdan a los músicos de una gran orquesta. Los

instrumentos vibran con una armonía arrebatadora, templados, tensos,

sonoros, fáciles a la batuta del destino... La locomotora marcha a

compás, como a compás el minero, y el agricultor, y el inventor, y el

periodista. Y ese compás está puesto en su intensidad máxima. Compás

heroico, acelerado, propicio para la locura de las experiencias

temerarias. Así marcha y vibra Norte América, con sus cien ciudades

osadas. ¿A dónde se dirige? ¿Qué busca? ¿Qué nuevo signo de civilización

ofrecerá al mundo? No se sabe. Es todavía una fuerza de la naturaleza,

que acciona a impulso de su fatalidad dinámica y juvenil.

Vivir intensamente o no vivir; tal es el concepto moral de esa América

dinámica. El maquinismo presta a su vida un impulso que nunca los

hombres conocieron, y las rotaciones de la actividad se apresuran como

en una pesadilla. La vida intensa, la vida enérgica y apresurada, o si

no la muerte. Son los hombres modernos por excelencia, cuya modernidad

flota libre y aérea por encima de todo peso tradicional.

Simples, ligeros, sin los vínculos del hombre de Europa que necesita

mirar tanto al pasado como al porvenir; esos hombres sin estirpe ni

abolengo, esos cachorros de león de América, ¿qué sienten frente a

Europa? ¿Es sólo admiración y respeto? ¿Es también acaso una secreta ira

inconfesable contra el continente matriz que había recorrido ya la

ilustre escala de la cultura noble y magistral?... ¿Es un íntimo e

inexpresable propósito de llegar a poder superar a Europa, dominarla

alguna vez, imponerla el sello y el ritmo de la vida americana,

antiplatónica y locamente activa?...

Hija del heroísmo y del azar, madura ya y vigorosa entre los dos

Océanos, allí América se alza como un enigma. La Humanidad y la

civilización tienen que contar en adelante con ese agregado imprevisto,

ascendente y dudoso, que añadirá nuevos caracteres al mundo e infundirá

quién sabe qué otro sentido a la vida misma.

Cantos de marineros, ruidos de espadas, plegarias de sacerdotes,

asistieron al alba de ese continente; ahora vocean las bocinas en sus

puertos, crujen las locomotoras en sus llanuras, dora un sol pacífico la

opulencia de sus cañaverales. El porvenir se abre sembrado de

maravillas. Y mientras en las mil ciudades de América suenan los

clamores de gloria, el alma quiere asistir todavía, llena de religioso

respeto, al momento en que el descubridor salta en tierra y hace que el

viento desplegue y extienda el estandarte cruzado de España; y al

momento en que Balboa separa los tupidos lienzos de la selva para

contemplar, mudo y temblando, la inmensidad del mar del Sur; o en que el

conquistador, abrumado del peso de sus mismo hados, enfrenta

valerosamente la monstruosidad de los peligros y guía hacia adelante su

pequeña tropa ferrada, barbuda, brusca y soñadora...

APÉNDICES

I

EL AMANERAMIENTO HISTÓRICO

La labor de los historiadores viene actuando sobre esa selva del

descubrimiento y conquista del continente americano, y es una labor

difícil, no obstante lo próximo del hecho, porque también conoce la

Historia del mundo pocos actos en que la fantasía se haya inmiscuido tan

abundantemente.

Todo suceso histórico es apto para recibir la cópula del error, y la

mentira, en sus infinitas variedades, no sólo acompaña, precede y sigue

al hecho, sino que se mezcla y volatiliza en él, hasta formar la mentira

y el acto un mismo cuerpo. Si se trata de un acto religioso, pronto se

inmiscuye la mentira, y pronto, también, queda en pie solamente la

leyenda o el milagro, con exclusión a veces absoluta del hecho real. En

vano iremos a preguntar pormenores de Mahoma y el mahometismo, por que

una montaña de leyendas habrá sofocado toda huella de luz. Y si el hecho

histórico es de carácter político o militar, ya se sabe (tenemos

contemporáneamente la experiencia), que el interés de los bandos, la

argucia de los Gobiernos, la parcialidad de combatientes y espectadores

interpolan en seguida los fraudes, las omisiones o las referencias o

añadiduras tendenciosas.

En América era doblemente indispensable que interviniese la fantasía, y

no por interés de un bando contra otro bando, sino por la misma

naturaleza del hecho. Poned hoy mismo a unos cuantos soldados, capitanes

y marineros en el trance de tener que descubrir en plena mar un gran

continente distinto a todo lo que conocemos, y cuando esa gente vuelva,

a retazos distanciados y a través de terribles dificultades, sus

relaciones serán una amalgama de fenómenos exagerados o torcidos.

Los primeros historiadores de América no son los que menos contribuyeron

a esa obra de desorientación. Por fortuna estaban los cronistas veraces,

los simples soldados, como Jerez y Bernal Díaz del Castillo, que

narraban lo que vieran por sus ojos o escucharan a los compañeros, sin

añadir más fantasía que aquella que es inexcusable y perdonable a todo

ser dotado de imaginación. Pero estos cronistas no fueron siempre los

más atendidos por el público universal. Tipos de carácter arribista,

como sin duda era Amérigo Vespucci, andaban entonces dentro de las

empresas españolas y ellos daban al público las referencias quiméricas

que el vulgo de toda hora suele desear.

Después intervinieron los historiadores «profesionales» y éstos

añadieron complicación a la leyenda. Eran gentes universitarias, doctos

de toga y de hábito, que se apresuraron a interpretar la historia de las

Indias sobre el patrón de los modelos clásicos. Llenos de la ampulosidad

universitaria, entre pedantesca e ingenua, atribuían a los pobres indios

los usos, las palabras y la cultura de los griegos y romanos. El

Renacimiento estaba entonces en la atmósfera y todos se contagiaban de

él; los héroes de Homero y las páginas de Cicerón no se apartaban de las

mentes. Y a la vez pesaba en las imaginaciones el brillo de los libros

de caballería y el régimen feudal.

No había rubor en atribuir a los mejicanos, por ejemplo, el sistema de

las órdenes militares y religiosas, tal como existían en la Europa

cristiana. Atribuíanse en general a los indios usos y costumbres que

sólo estaban en la mente de esos historiadores universitarios,

maniáticos del clasicismo y llenos del musgo de las aulas. La

sensiblería indiana, inaugurada por aquel Las Casas, perfecto precursor

de los hispanófobos anglicanos y enciclopedistas, se nutrió de tales

historias amañadas.

El indio, como todo salvaje, poseía los pecados en mucho mayor número

que las virtudes; pueblos tan prácticos y racionalistas como los

anglosajones no han titubeado en destruir y acorralar al indio, sin duda

por su incapacidad de civilización; sólo los españoles, por exceso de

humanidad, por torpeza o por falta de sentido práctico, se empeñaron en

incorporar al indio a su vida social y religiosa.

II

LOS PILOTOS CANTÁBRICOS

Andaluces y extremeños sellaron con su cuño el continente de América,

dándole carácter y estableciendo una sólida civilización. No sería

justo, sin embargo, olvidar la poderosa ayuda que desde el principio

recibieron los grandes exploradores y conquistadores por parte de las

gentes del Norte de la Península: gallegos, asturianos, montañeses y

vascongados.

Toda esa larga y complicada faja del litoral cantábrico se ha

distinguido en la Historia por su afición a las empresas de la mar y de

la guerra. La Reconquista se inició en el Cantábrico, y después, hasta

su finalización, los cántabros actuaron asiduamente en aquella obra

secular. El litoral cantábrico y las rías gallegas han proporcionado

siempre a Castilla el contingente marino que necesitaba la política

castellana para su labor unificadora y de expansión universal.

No debe olvidarse que los apellidos próceres de España, las estirpes mas

nobles y distinguidas en la guerra, en el mando y en las letras,

provienen en su mayor parte del litoral cantábrico, desde Galicia hasta

Navarra. Pero no debemos olvidar tampoco que esas estirpes, nacidas en

la espesura montañosa y el ruralismo cantábricos, se han hecho ilustres

y eficaces al ingresar en la vida más amplia, abierta y caudalosa de

Castilla. El Cantábrico diríamos que halla su fin natural en el resto de

España, y que sus actos y sus hombres cobran firmeza y densidad al ser

traspasados fuera de los montes. Así los apellidos de Santillana,

Menéndez, Quirós, Quevedo, Ayala, Guevara, Mendoza y tantos otros,

siendo obscuros en su país de origen, al generarse después en Castilla

adquirieron extraordinario vigor.

Es la gente, por lo demás, que pedía Castilla para sus empresas;

hombres de acción y de codicia, duros en la mar, valientes en la guerra,

grandes y obstinados trabajadores. Desde el primer momento aparecen en

América como pilotos, cartógrafos, soldados y pobladores.

Es curioso observar cómo la gente vasca del Renacimiento se adaptó al

destino y al carácter castellanos, y se alió de buen grado e íntimamente

a las empresas mundiales españolas. Es verdad que el Renacimiento tuvo

la virtud de remover las razas y de engrandecerlas, inspirándoles el

sentido de lo sublime y de lo universal. El país vasco salió también él

de su ruralismo y osó a la universalidad; sus hombres comprendieron la

grandeza de la hora y se incorporaron al ímpetu universalista de la

España de entonces. Pocos hombres han tenido tan alto el sentido de la

universalidad como San Ignacio de Loyola. Dando el primero la vuelta al

mundo significó por su parte Elcano ese espíritu universalista.

Como todos los cantábricos en general, el vasco tenía las cualidades que

distinguen al hombre de acción y que se requerían para aquellas

empresas: valor, voluntad, largo aliento y amor de la aventura. Pero

además de esto, poseían para aquellos trances homéricos la capacidad del

tozudo trabajo. Iban, pues, en oficio de marinos y soldados; pero

también iban como _trabajadores_. Ya entonces debía de ser el vasco lo

que ahora es: una persona mezcla de aventurero, de contratista y de

aspirante a millonario. Para abrir minas y caminos, para improvisar

puentes y embarcaderos, los vascos eran sin duda materia presta e

idónea. Así nos lo revela, por ejemplo, la relación que Gil González

hace del paso y utilización del Istmo de Panamá. Vemos, pues, a Núñez de

Balboa descubrir el mar del Sur después de increíbles trabajos, y le

vemos empeñado en trazar un camino de trocha que a través de las sierras

y los bosques habilitase las costas del océano recién descubierto. La

tentativa de abrir el camino se malogra dos veces. Mueren las

caballerías, perecen los obreros, la empresa equivale a un heroísmo...

«Fué forzoso abrir camino por otra parte mucho más espesa, e aún fué

menester por la mucha espesura del monte con _pilotos e agujas de

marear_ entender en ello para sacarle el más derecho que ser pudiere...

Entre la gente que es muerta desta armada después que salí en estos

reinos (Panamá), que son veinte personas, ha sido la mayor parte dellos

vizcaínos (vascongados).»

La gente cántabra llegó desde el principio a América, y no ha cesado de

actuar en aquel continente, hasta nuestros mismos días. Llena está

América de apellidos vascongados. Embarcaron con Colón, Cortés y Pizarro

a servir de marinos, soldados, ingenieros y constructores de calzadas;

más tarde fueron en calidad de evangelizadores; por último se lanzaron a

los negocios de la colonización, fundando establecimientos de

agricultura y flotas navieras tan importantes como la célebre Compañía

de Caracas.

Diríase que América ha sido la providencia del país cantábrico, como si,

en efecto, estuvieran conformado por el destino a la medida de América.

La Pampa argentina ha recibido durante mucho tiempo la visita del

inmigrante vasco, en una época en que pocos querían arriesgarse a las

contingencias de una dudosa expatriación. Es así que en el poema

argentino de «Martín Fierro», que expresa tan realmente el estado de

aquel país a mediados del siglo XIX, los únicos personajes exóticos son

el napolitano y el vascongado. El vasco era sin duda ya entonces un

individuo que se hallaba en todas las partes de la Pampa, porque el

héroe del poema, el gaucho Martín Fierro, al narrar un episodio dice

como la cosa más natural:

«Se tiró al suelo al dentrar,

«le dió un empellón a un vasco»,

y me alargó un medio frasco,

diciendo: Beba, cuñao...»

Colaboradores asiduos, ardientes y numerosos, ¿cómo es, sin embargo, que

los cántabros no hayan dado a la historia de la conquista de América un

nombre resaltante, único y genial como Cortés, Pizarro o Balboa?

Es un hecho extraño y perturbador que hayan tenido que ocupar siempre

un puesto de segundo orden, el puesto del ayudante o del colaborador. Es

en cierto modo trágica esa predisposición de la gente vasca a detenerse

en el penúltimo escalón de la nombradía, y el figurar en las grandes

empresas como piloto, y no como capitán. Esto es más notable y

dramático, y desde luego digno de estudio, si se considera que el vasco

posee las cualidades que exige el primer puesto: vanidad, ambición, sed

de renombre y gloria, anhelo de la jerarquía.

Lo cierto es que el vasco siempre se halló en los grandes hechos, pero

no como capitán, sino en calidad de piloto. Es el Andagoya que prepara

los barcos y explora las playas; pero el que conquistará Perú será

Pizarro. Es Elcano quien rodeará el mundo por primera vez; pero saldrá

de piloto en la expedición, y Magallanes logrará el premio inmortal del

viaje. Esto se repite siempre y en todos los sitios; el vasco anda cerca

del generalato, de la genialidad, y no logra dar el salto decisivo. En

la batalla de Pavía es el soldado vasco Juan de Urbieta quien se halla

más cerca de Francisco I y le toma la espada; pero está cerca, está al

borde del éxito, y no es él precisamente quien gana la batalla. En arte,

en política, en todos los afanes príncipes busca el vasco el lugar del

peligro y de la gloria, ¡y no consigue la genialidad, y se limita a ser

piloto!...

¿Por qué? ¿Hay una fatalidad en los pueblos? ¿Hay un efecto de

casualidad, de oportunidad?

Sutilizando el hecho, podríamos atribuir ese fenómeno del vasco

secundario como producto de la democracia vascongada. Exento de

tradición monárquica y señorial, exento de ciudades y de cultura propia,

el país vasco ha tenido que carecer por consiguiente del verdadero

instinto del lujo y del mando. En un país de celosa igualdad, el hombre

ambicioso, vano y vehemente necesitó buscar fuera un campo para sus

hazañas. Pero desde el principio estaba en situación de inferioridad

frente a otros hombres naturalmente próceres, altivos, seguros de su

rango y que por tradición frecuentaban la corte y asumían en la familia

los cargos eminentes de la guerra y el mando político. El sentido

natural y fatal del mando: he ahí lo que tal vez les faltó a los vascos,

que no obstante poseían toda la codicia y la ardiente sed del mando.

El cántabro ha sido principalmente rural. El ruralismo se distingue por

un cierto titubeo, por una timidez, por una duda constante, por fiar a

la astucia y a la espera el éxito de los propósitos. Pero el gobierno de

la genialidad requiere otros caminos; para ser capitán es preciso la

aptitud convencida, instintiva, rápida e indiscutible del mando. El

hombre de mando no duda; hace como los reyes de origen divino; siente

que una fuerza extrahumana lo ha puesto al frente de la empresa. Este

era el caso de Hernán Cortés.

III

EJEMPLO DE UNA RECLUTA DE CONQUISTADORES

(Bernal Díaz del Castillo. “Conquista

de la Nueva España”. Cap. XXI.)

Los Conquistadores: El origen heróico de América · 第 6 / 7 段