Con un poco esfuerzo imaginativo podemos contemplar a Pizarro, mudo de

asombro y trémulo de alegría, fijos sus ojos en la maravilla de la

ciudad descubierta. Su habitual gravedad se hacía mayor entonces.

Callado, taciturno, encorvado por la religiosidad de la hora su hercúleo

y alto cuerpo, Pizarro asistía a la asunción de un vasto país, y, por

tanto, al principio de un episodio fundamental para el mundo. El mundo,

y primeramente el poderío de España, agrandábase súbitamente con la

aportación de aquel nuevo imperio. ¡Y era él, Francisco Pizarro, quien

debería ganar y poseer la rica y misteriosa tierra!... Estos momentos

augurales, en que aparecía de súbito la fruta de un imperio brillante a

los ojos del explorador, y en que el hombre saltaba de un brinco a lomos

de la galopante Fortuna, verdaderamente fué entonces y en América cuando

tuvieron su mejor realidad.

La aparición de Túmbez define la vida de Pizarro, la orienta para

siempre, la transforma sin remedio. El carácter ha cambiado también.

Desde aquel instante se introduce en el ánimo del héroe una especie de

angustia entusiasta; se llena, se hincha de una impaciente ambición;

tiene miedo de perder la dicha que pasa a su lado. Y el hombre obscuro y

ecuánime que había sido, he ahí que se emborracha al anuncio de la

gloria.

Manda dar la vuelta al Panamá, y apenas cumple el gusto y el deber de

abrazar a sus asociados y amigos, rescata el dinero que su penuria le

consiente y corre a presentarse en España.

Las cosas han variado del todo. El obscuro soldado se penetra bien de su

situación y decide continuar hasta el fin y con la mayor energía aquel

juego de azar. Es un buen jugador; tiene alma de estoico y de valiente.

Mientras la Fortuna le huye, él espera y aguanta, y hasta consiente

morir en un orgulloso olvido; pero ahí se muestra la Fortuna y el héroe

pone su vida a una jugada.

Es un nuevo hombre el que nace. Está vibrando de actividad y se crece,

materialmente se agranda y multiplica en aptitudes y calidades. Se le ve

trocarse en hombre pulido y ostentoso. Marcha a la corte y no se inmuta

delante del Emperador. Toma un poco el aire del _exitista_, porque es

indispensable para navegar entre Ministros y cortesanos y para eludir

las zancadillas o estorbos del Consejo de Indias. Se viste, pues, de

conquistador, cuando en realidad no ha conquistado nada todavía. Es

decir, que se compromete todo él, lo pone todo a una jugada, para evitar

cualquier retroceso.

Y tanto se ha comprometido, que no duda en apresurar su viaje a costa

de saltar por encima de los formulismos oficinescos. Contratada la

conquista del Perú con la Corona, recibe los condignos honores y los

títulos necesarios; ha prometido reclutar un ejército, que no acaba de

completar nunca; impaciente, temeroso de perder la partida, comete un

ligero fraude y zarpa de Sevilla sin llenar todas las formalidades. No

importa; él subsanará la falta de soldados poniendo lo que le sobre de

corazón. Con pocos o muchos, él conquistará el Perú. Y tienen,

ciertamente, los actos de Pizarro, esta particularidad: no cuenta el

número y la masa de su gente, ni se asusta por la limitación de sus

pertrechos y material de guerra; no se para en contar sus arcabuceros y

cañones; diríase que tiene una fe ciega en su valor personal, como un

héroe de los libros de caballería. Se le habrá de ver, poco antes de

atravesar la cordillera, brindar, a quien quisiere, la eximisión del

contrato, y despedir sin ira ni pena a los soldados que, efectivamente,

por miedo a la aventura, retornan al abrigo del pueblo de San Miguel.

Es un caso especial entre los conquistadores este membrudo y taciturno

héroe, que no cuenta, que no pesa su tropa y material por el número o

cantidad. Sólo le importa la calidad. Fía en los hombres por lo que

tienen, no por lo que representan. Es así el tipo del héroe

representativo que da al hombre un valor ilimitado, casi milagroso. Para

él un hombre equivale a una infinita posibilidad.

De otro modo sería imposible comprender cómo ninguna fuerza humana se

lanzase a tal empeño con tan reducidos recursos. ¿Era inconsciencia? No,

porque Pizarro había perdido lo mejor de su vida en experiencias

americanas. ¿Era un concepto despreciable del poderío de los Incas?

Tampoco podemos presumir que aquel hombre, habituado a las guerras

indias y trabajado por tantos peligros, desconociese la gravedad de la

empresa o ignorase las fuerzas de un imperio extenso, rico, populoso y

organizado.

No hay más que aquella fe en el valor del hombre de que hablábamos.

Siéntese Pizarro él mismo tan capaz y resistente, tan apto para lo

increíble y excepcional, que aplica a los otros hombres su propio

concepto. Su concepto del hombre es infinito. Y no piensa seguramente

por ilusorias hipótesis; cada uno de sus hombres lo ha contratado él

mismo, lo ha palpado y lo ha probado. Mira a su gente marchar, proceder,

desenvolverse. Examina y estudia a sus soldados en los menesteres

incontables de la expedición, oye sus murmuraciones, asiste a sus

trabajos, pulsa su resistencia en las marchas y escaramuzas. Cuando se

interna al fin en la fragosidad de los Andes, Pizarro sabe que no

comanda un _ejército_: manda y dirige a _ciento sesenta y cuatro

hombres_.

Nuestra época tiene un sentido multitudinario y una noción panegírica de

la masa y el número; el Renacimiento, al contrario, atribuía al

individuo un valor de excepcionalidad, y fué aquel período, es cierto,

algo como una sorprendente floración de personalidades. La constitución

social de España, con su régimen de hidalgos, prestábase entonces

sobremanera a que descollasen los individuos de pro y a la culminación

de temperamentos excepcionales. Los hombres de la tierra extremeña eran

singularmente aptos para la excepcionalidad individual. Porque en los

países de población muy densa, muy abundante, los hombres tienden con

facilidad a formar muchedumbres y a convertirse en _gente_, tanto como

en los territorios despoblados y recios los hombres tienden a ser

_personas_. En algunas comarcas numerosas, nutridas, bullentes, del

centro de Europa, los hombres se confunden y mezclan con las casas, los

sembrados, las ciudades y los talleres, de tal modo, que desaparecen y

se anegan en la totalidad; la totalidad es lo único que destaca, como

una grande y hermosa nota orquestral. Pero en ciertos países, y uno de

ellos es Extremadura, cada pueblo, en la soledad, adquiere una

importancia suprema; un simple pastor, en el inmenso despoblado, nos

sugiere casi la idea divina de la humanidad. Y aquel hombre está en

medio del paisaje como algo extraordinario, inconfundible, parecido a sí

mismo, único en el mundo.

Hernán Cortés, con su medio millar de soldados, con su pequeño tropel de

marineros, artesanos y mercaderes, supone ya un concepto de multitud y

de masa; Pizarro lleva sólo 164 hombres, todos aptos para combatir. Más

pobre y apurado de medios que Cortés, cuenta en su tropa _tres_

escopetas... Bien es verdad que llevaba con título de general de

artillería al griego animoso, el que pasó de los primeros la raya

trascendental en la isla del Gallo, el fiel Candía. Lleva como ayuda,

para los lances a distancia, veinte ballesteros... Pero cuenta con una

proporción de caballos muy superiores a las otras expediciones; van

sesenta y dos caballeros para ciento dos infantes.

Bien, ya todo está en orden y cumplido. Han fundado la ciudad de San

Miguel en la costa, para que sea un refugio y un punto de contacto con

Panamá, con el mundo. Se ha indagado el régimen del país, espiado a los

caciques y explorado los contornos. Es preciso penetrar al corazón del

imperio, y sobre todo conviene ir recto al núcleo, al órgano vital del

país, al mismo campo del emperador Atahualpa.

Para llegar a la meseta de Caxamalca, donde acampa el gran Inca, será

preciso internarse en las gargantas de la cordillera, escalar los

puertos de los Andes, llegar al límite de los hielos y las nieves y caer

en el seno de un país que se ignora. No se dará, no, un paso que no sea

medido. Francisco Pizarro saca del fondo de su ser todas las instintivas

o experimentadas cualidades de astucia, observación, inteligencia y

tiento. Se aviva en él la naturaleza astuta, y va, en efecto, preparando

el salto de tigre poco a poco. Envía mensajeros al emperador, interroga

a los indios, adula o amenaza a los caciques. Hácese el imprudente, para

desconcertar al adversario, y _se deja_ atraer a la cueva del lobo,

prestándose desde luego a ser comido...

De pronto, llegando a los últimos contrafuertes de los Andes, muéstrase

a los españoles el camino del puerto; es una escalera tallada en la

roca, larga y altísima, dominada por horribles derrumbaderos. Hasta

entonces todo ha marchado menos mal; los preparativos de la astucia

están bien trabados; pero falta la última prueba y ésta no consiente

argucia alguna... Es preciso arriesgarse, _jugar_ a una carta. Los

soldados palidecen y aun osan advertir al general el rumbo temerario de

la empresa. El general sabe que en la vida del héroe hay un instante que

decide precisamente y califica el heroísmo; es el momento en que el

camino se estrecha, se hace excepcional, se obstaculiza para los hombres

inferiores o medianos. Es el momento en que hace falta _jugar_. Pizarro

juega, salva la cordillera, sigue, y por último cae en pleno campamento

de Caxamalca, donde millares de indios rodean a su luminoso y divino

Emperador.

CAPÍTULO XII

LOS CAPITANES

¡Qué diferentes los Ejércitos de ahora, multitudinarios y anónimos,

asiáticos por su formación y su finalidad, de aquellas huestes españolas

de la Conquista! Se ha dicho de España que es inhábil para crear

Ejércitos multitudinarios, y experta como ninguna nación para el manejo

de la pequeña tropa. Sin duda, nuestro espíritu guerrero se conforma

mejor al estilo griego de combate que al asiático de las grandes masas.

Cuando la necesidad ha querido, España luchó con grandes Ejércitos; pero

su gusto y su excelencia estaban en las huestes poco numerosas, fáciles

de gobernar, donde cada soldado era una _persona_, y no un número, y en

que todos iban electrizados por la energía del capitán.

Estas pequeñas tropas de soldados han desaparecido, tal vez para

siempre; por eso es más grato recordarlas ahora. Nuestra alma europea,

educada en las tradiciones del individualismo y de la personalidad, se

resiste a admitir las formas anónimas, asiáticas, democráticas y como de

sufragio universal de este heroísmo moderno y estas multitudes armadas.

Nos sentimos más acordes con la forma personal y aristocrática del

guerrero antiguo, con el soldado de Grecia, que luchaba al pie de los

muros, donde su esposa y sus amigos le reconocían, le alentaban, o con

el guerrero medioeval, que a veces peleaba solo contra una tropa entera

de adversarios.

Los historiadores de Indias saben reproducir las formas clásicas de la

narración en este aprecio individual y detallista de cada soldado. Los

héroes que salen entonces de España no son números, con su ficha de

identidad colgada al cuello; cada uno de ellos es una _persona_, y de

muchos de ellos conocemos los pormenores, la vida, el grado de valor,

los méritos y hasta los detalles psicológicos. Especialmente Bernal Díaz

del Castillo, con su hermosa tosquedad de soldado, ¡cómo acierta a

interesarnos con sus descripciones personales, que son perfectos

retratos varoniles de alto valor artístico! Parece que nos retrae a los

tiempos de la buena epopeya, cuando el padre Homero pinta a cada uno de

los soldados, lo nombra, dice de dónde es y quiénes eran sus

antepasados.

Tan al detalle habla de los conquistadores el bueno de Bernal Díaz, que

necesita explicar su acierto y hasta quitarle importancia a su maestría,

exclamando: «No es mucho que se me acuerde ahora sus nombres, pues

éramos quinientos y cincuenta compañeros, que siempre conversábamos

juntos, así en las entradas como en las velas, y en las batallas y

encuentros de guerras, e los que mataban de nosotros en las tales

peleas...»

Eran _compañeros_ que se ayudaban y proveían; juntos entraban a los

peligros, juntos batallaban, y a la noche, en el vivaque, mientras se

secaban el sudor o la sangre, trasmitíanse unos a otros los cuentos,

historias y fantasías. Conocíanse todos bien al menudo.

Se sabía quién era alegre y quién melancólico, quién de alma atravesada

y quién de espíritu generoso. Y como el corazón y los músculos valían en

aquella empresa tanto, los historiadores definen las particularidades

físicas de cada uno con especial interés. Un capítulo dedica Bernal Díaz

del Castillo a retratar a los soldados de Cortés, y su lectura tiene un

sabor épico extraordinario, más sugestivo porque está empapado del

realismo español.

Pasan, pues, los soldados en esa descripción de Bernal Díaz como una

muchedumbre de rostros enérgicos y brazos fornidos. El modo sencillo y

fuerte de retratar recuerda al punto la manera de nuestros grandes

pintores; estamos viendo _hombres_ como en Velázquez y Zurbarán; pero

¡qué brava categoría de hombres!

Aquí está Pedro de Alvarado, el mayor y principal de los hermanos

extremeños que acudieron a todas las empresas del continente. Es el

retrato de un capitán brillante, propio para encuadrarse en la grandeza

del Renacimiento. «Fué de muy buen cuerpo e bien proporcionado, e tenía

el rostro y cara muy alegre y en el mirar muy amoroso; e por ser tan

agraciado le pusieron por nombre los indios Tonatio, que quiere decir el

sol.»

Aquí está Gonzalo de Sandoval, hidalgo de Medellin, recia figura juvenil

(veintidós años), que tenía «la estatura muy bien proporcionada y de

razonable cuerpo y membrudo; el pecho alto y ancho, y asimismo la

espalda, y de las piernas algo estevado; el rostro tiraba algo a

robusto, y la barba y el cabello que se usaba algo crespo y acastañado;

y la voz no la tenía muy clara, sino algo espantosa, y ceceaba tanto

cuanto».

Aquí pasa «otro buen capitán, que se decía Juan Velázquez de León,

natural de Castilla la Vieja: sería de hasta veinte y seis años cuando

acá pasó; era de buen cuerpo, e derecho e membrudo, e buena espalda e

pecho, e todo bien proporcionado e bien sacado; el rostro robusto, la

barba algo crespa e alheñada, e la voz espantosa e gorda...».

Ahora veremos los rasgos morales de estos guerreros, que tienen, como

buenos luchadores, visibles y pronunciadas las virtudes esenciales y

simples que son necesarias en la guerra, sobre todo en una guerra

semi-robinsoniana y casi sobrenatural como la de la Conquista.

Lo que principalmente ponderan los historiadores de Indias en los

capitanes es la cualidad del valor, y en seguida resaltan el mérito de

la justicia, la generosidad y el amor con los compañeros de trabajos.

Si pudo consumar Hernán Cortés tan inauditas hazañas, fué a causa de su

ascendiente personal, de su brillo, de sus cualidades generosas, que

arrebataban a los soldados. El capitán que intentase arrastrar a

aquellos hombres en empresas siempre penosísimas necesitaba recurrir a

esfuerzos psicológicos que correspondían al mundo de la genialidad; las

pragmáticas reales, los consejos de disciplina y otros fáciles recursos

de los Ejércitos europeos valían bien poco en aquellas incógnitas

inmensidades, donde cada hombre era una voluntad temible pronta a la

rebeldía.

De Gonzalo de Sandoval cuenta su cronista que «ni era codicioso de haber

oro, sino solamente hacer sus cosas como buen capitán esforzado, y en

las guerras que tuvimos en la Nueva-España siempre tenía cuenta de mirar

por los soldados que le parecía que lo hacían bien, y les favorecía y

ayudaba».

De otro capitán se dice: «Fué muy animoso y de buena conversación; e si

algunos bienes tenía en aquel tiempo los repartía con sus compañeros...»

Las palabras franco, alegre y justo abundan en estos retratos varoniles,

que nos muestran constantemente, no la bestia avara y cruel de los

calumniadores históricos, sino un tipo de capitán conquistador, todo

macerado en virtudes generosas, exaltadamente varoniles.

A veces salta el ejemplar gracioso, como aquel capitán Pedro de Yrcio,

tal vez vizcaíno, que era de mediana estatura y paticorto «e tenía el

rostro alegre, e muy plático en demasía que haría e acontecería, e

siempre contaba cuentos de don Pedro Girón e del conde de Ureña: era

ardid de corazón, e a esta causa le llamábamos Agrajes sin obras».

Otras veces nos conmueve el retrato del capitán sublime y trágico, de la

madera de aquel Cristóbal de Olea, castellano viejo, que tenía «buen

pecho e espalda, el rostro algo robusto, mas _era apacible_... e la voz

clara». He aquí el tipo predestinado. El rudo Bernal Díaz del Castillo,

no se sabe cómo, sin pretenderlo, pues no estaba en su costumbre, deja

caer o vagamente insinúa una honda y breve emoción al retratar a este

capitán noble, puro, que había de morir como los grandes soldados fieles

y fervorosos saben: defendiendo a su señor. Este soldado joven, apacible

y de voz clara, «fué en todo lo que le veíamos hacer tan esforzado, e

presto en las armas, que le teníamos muy buena voluntad, _e le

honrábamos_».

Era un predestinado; su sino le arrastraba a una muerte fija,

insalvable: la del mártir marcial. Parece un héroe calderoniano por su

concepto exaltado del honor, pero sin retórica rimada, sino con hechos.

«Fué el que escapó de muerte a don Fernando Cortés en lo de Suchimileco,

cuando los escuadrones mejicanos le habían derribado del caballo el

Romo, e le tenían asido y engarrafado para lo llevar a sacrificar; e

asimismo le libró otra vez cuando en lo de la calzadilla de Méjico lo

tenían otra vez asido muchos mejicanos para lo llevar vivo a sacrificar,

e le habían ya herido en una pierna al mismo Cortés. Este esforzado

soldado hizo cosas por su persona, que, aunque estaba muy mal herido,

mató e acuchilló e dió estocadas a todos los indios que le llevaban a

Cortés, que les hizo que lo dejasen, e así le salvó la vida... y el

Cristóbal de Olea quedó muerto allí por lo salvar...»

Al escribir estas últimas palabras, la pluma quiere detenerse y dar con

ellas por terminado el breve elogio, la somera justificación de los

Conquistadores. El capitán Cristóbal de Olea, que insiste en defender a

su jefe de la muerte, como si presintiera el sublime destino que

necesitaba cumplir Hernán Cortés; ese valiente hidalgo que muere por

escudar al general, será, pues, quien cierre la lista de los heroísmos y

las maravillas, cuya exposición, demasiado rápida, nos hemos propuesto.

Estos son los hombres que han _creado_ la América. Veamos ahora,

finalmente, qué sentido nuevo de la vida trajo a la humanidad el mundo

que los Conquistadores inauguraron.

CAPÍTULO XIII

EL SENTIDO DE AMÉRICA

I

¿Qué nueva forma de vida ha traído América a la Humanidad? ¿Qué lugar

vacío ha llenado, qué esperanza incierta ha venido a cumplir, con qué

valores de la materia y del espíritu ha enriquecido al mundo ese

continente nuevo, alboreal, increíble y portentoso, que estaba

secuestrado entre dos mares y oculto por los malos genios del terror y

de la ignorancia?

Cuatro siglos son tarea bastante larga para la pobre memoria de los

hombres, y ahora mismo, sobre la impermanencia de este globo, que tantas

cosas olvida, las gentes miran el milagro de América y pasan ante su

maravilla sin detenerse, como si nada de sobrenatural hubiera ocurrido

en nuestra misma zona histórica. La idea de lo _reciente_ es elástica

como ninguna, y si un suceso de frivolidad política o literaria puede y

merece envejecer en el tránsito de una semana, otros sucesos, al

contrario, conservan su virtud de actualidad durante muchos siglos. Es

porque los sucesos cuotidianos los referimos a nuestra propia vida, que

verdaderamente es corta; mientras que los otros sucesos deben compararse

con la eternidad. Apenas si ha comenzado a envejecer el hecho de que un

hombre rubio marchara por los campos de Galilea predicando una nueva

vida. La aparición de América debe emocionarnos como si fuera un

fenómeno actual, contemporáneo nuestro. Y América está, efectivamente,

actuando en este momento con tal energía de cosa nueva y alboreal, que

necesitaríamos oponer unos oídos tercamente cerrados al rumor ascendente

para no percibir los signos de ese mundo joven que se incorpora al

viejo.

La agregación de ese mundo no ha podido verificarse sin choque,

revolución y pasmo; Europa se halla como perturbada y perpleja por tan

imprevista y gigantesca aparición. Por otra parte, América ha sido

concedida a Europa toda entera, como una propiedad innata, como una hija

legítima, como una misión del destino. No es un continente como Asia,

que ya posee dueño y tiene personalidad; América se ofrece a Europa sin

antecedentes y sin prejuicios, virgen y desnuda, cosa plegable y sumisa

a cualquier mandato de civilización. Tampoco es un mundo incompleto y

precario como la Australia; ni un mundo hostil, negro y fatalmente

tórrido, como Africa; América viene a nosotros sembrada de todos los

climas posibles, enriquecida con una prodigiosa variedad de paisajes y

de recursos, al modo de una síntesis perfecta.

Por esto se ha dicho, con razón, que el descubrimiento y conquista de

América es el hecho más grande desde la venida del Cristianismo. Es el

hecho revolucionario más intenso, puesto que perturba las líneas

generales del mundo, destruye las incógnitas, retira más allá los

viejos conceptos y abre una estupenda zona de posibilidades. El

ensanchamiento del mundo, la supresión de incógnitas, el continuo vuelo

de la posibilidad; he ahí lo que aporta América a Europa en plena

iniciativa del Renacimiento.

Por tanto, cada sacudida o movimiento de Europa ya no tendrá que

malograrse ante la limitación; Europa no tropezará ya contra los muros

de su breve horizonte. Toda iniciativa religiosa, política, social o

económica, encontrará desde ahora abiertos los caminos ilimitados, y

podrá, como la ola, verterse hasta el fin y hasta sus últimas

consecuencias; porque América, grande y nueva, está ahí para ofrecerse

como seno de todas experiencias, continuaciones y compensaciones.

Hubo una época, como resultado de la primera emoción, en que la idea del

Nuevo Mundo iba vestida con envolturas de un cándido y sentimental

retoricismo. La presencia del indio, vestido con sus plumas y su

ignorancia supina, produjo aquella suerte de frases que los poetas

corearon en tantas odas; _la virgen América_ dió pábulo a muchos

manoseos retóricos, y los discípulos de Rousseau encontraron una

graciosa oportunidad para su reivindicación de la naturaleza en el

sencillo, candoroso y desnudo salvaje americano. Con los inocentes

indios de América bordó Chateaubriand las románticas historias de Atala,

y el episodio de aquel indio _natchez_ que el gran poeta hace ir a la

corte de Luis XIV, es representativo de esa idea romántica,

rousseauniana, que atribuyó al salvaje americano un tesoro de

inocencias, de generosidades, de virginidades y de dulces melancolías.

Los que han tratado al indio saben que la literatura no se ha aproximado

nada a la verdad. Lo mismo ante los conquistadores, como ante los

modernos colonos, el indio era y es un _hombre de la naturaleza_; es

decir, perezoso, artero, cruel, obsceno, astuto y albergue de todos los

vicios...

La _virgen América_ no debe aparecernos _virgen_ en el sentido

rousseauniano y en la forma ideal de un indio inocente, que la

brutalidad del europeo atropella; América es para nosotros _virgen_ en

cuanto significa juventud, novedad, fuerza incipientemente usada que

avanza a lo infinito.

II

Ahora mismo, en el último emigrante que pisa por primera vez las playas

americanas, nace la impresión de asombro que sacudiera al principio el

alma de los descubridores españoles. Una impresión de admirado espanto

frente a las cosas descomunales del nuevo continente.

En la Europa propiamente dicha, hacia el lado occidental, núcleo de las

emigraciones interoceánicas, la Naturaleza mantiene el ritmo clásico y

heleno de la medida y la ponderación. Nunca los ríos y las llanuras y

las islas y los bosques son demasiado grandes; pocas veces incurren las

cosas en lo desmesurado; apenas la mirada del hombre debe sentirse

encogida por el paso de lo descomunal. La Naturaleza se complace en

redondear las ensenadas y recortar los valles ecuánimemente, de manera

que los paisajes pueden servir a la vida de los hombres y no a la vida

de seres quiméricos. Las estaciones, las lluvias, los cultivos, la

población, todo es en la Europa occidental como resultado de una idea de

ponderación y de medida.

Los Conquistadores: El origen heróico de América · 第 5 / 7 段