JUAN DE LEPES

Nació este santo poeta en Ontiveros, provincia de Salamanca; el menor

de tres hijos que tuvieran de su matrimonio Gonzalo de Lepes, tejedor

de oficio, y Catalina Alvarez. Nació en el año de 1542.

Viuda á muy poco su madre, y en extrema pobreza, pasó con sus hijos á

la villa de Arévalo y después á Medina del Campo. Allí halló Juan un

noble protector en don Alonso Alvarez de Toledo, administrador de un

Hospital de la villa. En este Hospital cuidaba Juan de los enfermos y

era en edad de doce años grave y pensativo.

A los veintiuno entró como novicio en el Monasterio de Santa Ana, de

los PP. Carmelitas, en Medina, y en este mismo Monasterio profesó á su

tiempo, con el nombre de Fray Juan de Santa María.

Enviáronle sus superiores á estudiar teología en Salamanca, y

aconsejado por Santa Teresa, ingresó en la Orden expresada de

Carmelitas descalzos. Discordias entre los calzados y los descalzos,

fueron causa de persecuciones para Fray Juan de la Cruz, que así se

llamó al cambiar de Orden. Fué trasladado á Toledo y allí encerrado en

el convento de observantes sujeto á duras penitencias.

Por inspiración divina, nunca nos falta en semejante caso, recibió

la orden de fugarse y así lo ejecutó, descolgándose por una ventana.

Refugióse en un convento de monjas y huyó después á Almodóvar. De

allí pasó á Granada y fué nombrado, primero, definidor de la Orden, y

después, vicario de la casa de Segovia.

Mal hallado su natural humilde en estos cargos, se retiró al desierto

de la Penila, en Sierra Morena, y allí, caballero andante á lo divino,

como Don Quijote, hizo penitencia, aunque por más alta Dulcinea.

Quebrantada su salud, hubo de recogerse en el convento de Ubeda, y allí

murió á 14 de Diciembre de 1591.

Fué canonizado en 1674. Su cuerpo está en Segovia en el convento de la

Orden.

* * * * *

Fué San Juan de la Cruz el místico por excelencia. La vulgar acepción

considera místicos á muchos escritores, que en rigor sólo pueden ser

llamados devotos y cuando más, ascéticos. De los españoles, sólo Santa

Teresa, en «Las moradas», el beato Juan de Avila, algunas veces, pueden

ser considerados como místicos en el verdadero sentido del misticismo.

El misticismo, ha dicho Matter, se eleva sobre la ciencia positiva y

la especulación racional y aspira al elevarse, á la intuición en lo

metafísico, en lo moral á la perfección.

El misticismo llega al conocimiento por el amor como la filosofía y la

teología pretenden llegar por el entendimiento.

El misticismo no es luz que alumbra la razón, es llamarada que abrasa

sentidos y potencias y sublima el espíritu hasta confundirse con

el objeto de su amor. Amada en el amado confundido. Y para él la

verdad sólo tiene un nombre. Amor. ¡Amor! Unica verdad que no admite

contradicción ni razonamiento.

Cuando se dice: Creo, tal vez se dice: Dudo. La duda condescendiente

siempre se expresa así: Yo creo que... Cuando se dice: Amo, se dice:

Creo, creo con toda el alma.

De todos nuestros místicos ninguno tan desunido del mundo exterior,

de su propio mundo interior como San Juan de la Cruz. Su espíritu no

era siquiera mariposa que se abrasa á la llama del amor divino, era

la propia llama ardiente como el Espíritu divino en los zarzales de

Moisés, en el tabor de Cristo.

Voy á leeros la canción entre el alma y el Esposo, paráfrasis del

Cantar de los Cantares. San Juan de la Cruz escribió sobre estas

canciones: «El Cántico Espiritual», glosa y declaración de cada una de

sus estrofas.

Y según palabras del Santo. Por cuanto estas canciones parecen ser

escritas con algún fervor por el amor de Dios, no quiero yo decir toda

la anchura y copia que el espíritu fecundo del amor en ellos lleva.

Porque--añade después:--¿Quién podrá escribir lo que á las almas

amorosas donde él mora, hace entender?

Esta es la causa porque con figuras, comparaciones y semejanzas antes

rebosan algo de lo que sienten.

Las cuales semejanzas no leídas con la sencillez del espíritu de amor

é inteligencia que ellas llevan, antes parecen dislates que dichos

puestos en razón.

Por haberse, pues, estas canciones compuesto en amor de abundante

inteligencia mística, no se podrá declarar al justo, ni mi intento es

tal, sino dar alguna luz en general, y esto tengo por mejor, porque los

dichos de amor es mejor dejarlos á su anchura.

Sabia advertencia para los que pretenden razonar de lo que está sobre

toda razón.

Dejemos el amor á su anchura y ensanche el amor nuestras almas.

De Sobremesa; crónicas, Quinta Parte (de 5) · 第 51 / 52 题