Para la próxima temporada teatral la dirección artística del teatro
Español anuncia obras de casi todos los autores militantes y otras
de autores noveles en el teatro, pero no tan desconocidos que sea
aventurado esperar mucho y bueno de sus obras. Un nombre falta en
la lista, un nombre que está sobre todos, el del propio director
artístico: el de don Benito Pérez Galdós. Por delicadeza, estimada por
todos en cuanto significa, pero inatendible en esta ocasión, don Benito
se niega á estrenar obra suya y á que sean representadas las de su
repertorio; y eso no debe ser.
Cuando, por causas de enojosa explicación, las obras y el nombre de
don Benito Pérez Galdós no figuran en teatros de importancia, y, por
dificultades de interpretación, no pueden ser representadas como ellas
merecen en teatros de segundo orden, el teatro Español es el único
que puede ofrecerlas digno escenario. ¿Habrá un solo autor de los que
tienen obras anunciadas que pueda mirar con recelo la representación
de las obras de don Benito? Todo lo contrario; yo creo que todos se
apresurarán á firmar una solicitud pidiéndole que vuelva de su acuerdo.
Una campaña de Arte independiente, popular, como debe ser la que en el
teatro Español se emprenda en esta temporada, con actores de juveniles
alientos como Matilde Moreno y Francisco Fuentes, no sería completa
si faltaran las obras del maestro glorioso de la novela y del teatro
contemporáneo. Con palabras de _Un drama nuevo_ yo, soldado de fila,
me atrevo á dirigirme al maestro de todos para decirle: «Sed nuestro
general: conducidnos á la victoria.»
* * * * *
Ni en costumbres, ni en leyes, ni en política, en nada se muestra
Francia tan republicana como en el arte de poner en ridículo á cuantos
reyes y soberanos, en activo ó pasivo, transeuntes ó residentes,
caen en ella. No son, por cierto, reyes y príncipes modernos héroes
de tragedia; mas si alguno lo fuera, al llegar á Francia quedaría
convertido en caricatura de opereta. Francia es la Dalila capaz de
tomar la cabellera al más fuerte Sansón. Ved á Muley Hafid, el sultán
esperanza de los creyentes, el que fué proclamado por ellos como
restaurador del espíritu nacional y religioso, contra su hermano, el
débil, el descreído, el europeo. Nada pudo contra los invasores de
su Imperio; pero todavía, en el recogimiento de su palacio, podíamos
suponerle, como á Prometeo encadenado, más alto y más noble en su
vencimiento que el vencedor injusto. ¡Estaba escrito! Pero ahora, al
permitir que se traduzca al francés--¡al francés de Montmartre!--lo
que el Destino escribió en árabe, ha perdido hasta el derecho á la
compasión. Es un triste león de feria, amaestrado como un perro.
Lastimosas fueron las femeniles lágrimas del último rey moro de
Granada; pero aun han podido hallar piadosa acogida en la leyenda y
en el poema. Para Muley Hafid sólo queda la musa «bulevardesca» del
café-concierto y de las revistas del año.
Olvidado en el último rincón de su Imperio, pudo ser una figura trágica
digna de ser representada en tiempos futuros por algún Monnet-Sully
del porvenir, en París mismo, en la escena del teatro Francés. Así, no
habrá clown que no le remede y ridiculice por circos y tablados. Al
ofrecerle Francia las libertades de su República ha sido más cruel que
si le hubiera encerrado en una jaula del Jardín de Plantas. Su libertad
es el ridículo. Y ¿qué hace en París el sultán caído que no hiciera en
su Imperio? Lo mismo: satisfacer todos sus deseos; pero lo que allí
parecían voluntades de un Dios, aquí parecen caprichos de niño ó de
loco.
* * * * *
Nuestro aislamiento de la política internacional no era, ciertamente,
el espléndido aislamiento de que blasonaba Inglaterra al saberse odiado
de todos, pero, al fin, temida, en tiempos no muy lejanos.
Ahora, según noticias, nos disponemos á entrar en alianzas; esas
alianzas políticas en abstracto, que significan muy poco en concreto.
¡Francia, España, Inglaterra, Rusia! Está muy bien; no puede sonar
mejor. Pero... ¿y los franceses, los españoles, los ingleses y los
rusos?
Formidable alianza si fuera siquiera por conveniencia de todos, ya que
de amor no hay para qué hablar en estos matrimonios internacionales.
¡Cómo se reirá Alemania! Si es que las abstracciones pueden reirse como
pueden aliarse.
La alianza es preciosa; pero ¿qué apostamos á que, salvo entre Francia
y Rusia, hay muy pronto que lamentar algún _coup de canif_, como
dicen los franceses, en el contrato matrimonial? Pese á quien pese,
Inglaterra y Alemania están llamadas á entenderse; y en cuanto á
Francia y España... Al buen callar llaman Sancho; pero bueno sería que
le llamáramos Don Quijote.