XXIII

Para la próxima temporada teatral la dirección artística del teatro

Español anuncia obras de casi todos los autores militantes y otras

de autores noveles en el teatro, pero no tan desconocidos que sea

aventurado esperar mucho y bueno de sus obras. Un nombre falta en

la lista, un nombre que está sobre todos, el del propio director

artístico: el de don Benito Pérez Galdós. Por delicadeza, estimada por

todos en cuanto significa, pero inatendible en esta ocasión, don Benito

se niega á estrenar obra suya y á que sean representadas las de su

repertorio; y eso no debe ser.

Cuando, por causas de enojosa explicación, las obras y el nombre de

don Benito Pérez Galdós no figuran en teatros de importancia, y, por

dificultades de interpretación, no pueden ser representadas como ellas

merecen en teatros de segundo orden, el teatro Español es el único

que puede ofrecerlas digno escenario. ¿Habrá un solo autor de los que

tienen obras anunciadas que pueda mirar con recelo la representación

de las obras de don Benito? Todo lo contrario; yo creo que todos se

apresurarán á firmar una solicitud pidiéndole que vuelva de su acuerdo.

Una campaña de Arte independiente, popular, como debe ser la que en el

teatro Español se emprenda en esta temporada, con actores de juveniles

alientos como Matilde Moreno y Francisco Fuentes, no sería completa

si faltaran las obras del maestro glorioso de la novela y del teatro

contemporáneo. Con palabras de _Un drama nuevo_ yo, soldado de fila,

me atrevo á dirigirme al maestro de todos para decirle: «Sed nuestro

general: conducidnos á la victoria.»

* * * * *

Ni en costumbres, ni en leyes, ni en política, en nada se muestra

Francia tan republicana como en el arte de poner en ridículo á cuantos

reyes y soberanos, en activo ó pasivo, transeuntes ó residentes,

caen en ella. No son, por cierto, reyes y príncipes modernos héroes

de tragedia; mas si alguno lo fuera, al llegar á Francia quedaría

convertido en caricatura de opereta. Francia es la Dalila capaz de

tomar la cabellera al más fuerte Sansón. Ved á Muley Hafid, el sultán

esperanza de los creyentes, el que fué proclamado por ellos como

restaurador del espíritu nacional y religioso, contra su hermano, el

débil, el descreído, el europeo. Nada pudo contra los invasores de

su Imperio; pero todavía, en el recogimiento de su palacio, podíamos

suponerle, como á Prometeo encadenado, más alto y más noble en su

vencimiento que el vencedor injusto. ¡Estaba escrito! Pero ahora, al

permitir que se traduzca al francés--¡al francés de Montmartre!--lo

que el Destino escribió en árabe, ha perdido hasta el derecho á la

compasión. Es un triste león de feria, amaestrado como un perro.

Lastimosas fueron las femeniles lágrimas del último rey moro de

Granada; pero aun han podido hallar piadosa acogida en la leyenda y

en el poema. Para Muley Hafid sólo queda la musa «bulevardesca» del

café-concierto y de las revistas del año.

Olvidado en el último rincón de su Imperio, pudo ser una figura trágica

digna de ser representada en tiempos futuros por algún Monnet-Sully

del porvenir, en París mismo, en la escena del teatro Francés. Así, no

habrá clown que no le remede y ridiculice por circos y tablados. Al

ofrecerle Francia las libertades de su República ha sido más cruel que

si le hubiera encerrado en una jaula del Jardín de Plantas. Su libertad

es el ridículo. Y ¿qué hace en París el sultán caído que no hiciera en

su Imperio? Lo mismo: satisfacer todos sus deseos; pero lo que allí

parecían voluntades de un Dios, aquí parecen caprichos de niño ó de

loco.

* * * * *

Nuestro aislamiento de la política internacional no era, ciertamente,

el espléndido aislamiento de que blasonaba Inglaterra al saberse odiado

de todos, pero, al fin, temida, en tiempos no muy lejanos.

Ahora, según noticias, nos disponemos á entrar en alianzas; esas

alianzas políticas en abstracto, que significan muy poco en concreto.

¡Francia, España, Inglaterra, Rusia! Está muy bien; no puede sonar

mejor. Pero... ¿y los franceses, los españoles, los ingleses y los

rusos?

Formidable alianza si fuera siquiera por conveniencia de todos, ya que

de amor no hay para qué hablar en estos matrimonios internacionales.

¡Cómo se reirá Alemania! Si es que las abstracciones pueden reirse como

pueden aliarse.

La alianza es preciosa; pero ¿qué apostamos á que, salvo entre Francia

y Rusia, hay muy pronto que lamentar algún _coup de canif_, como

dicen los franceses, en el contrato matrimonial? Pese á quien pese,

Inglaterra y Alemania están llamadas á entenderse; y en cuanto á

Francia y España... Al buen callar llaman Sancho; pero bueno sería que

le llamáramos Don Quijote.

De Sobremesa; crónicas, Quinta Parte (de 5) · 第 27 / 52 题