XXII

Tres muertos ilustres cuenta la crónica en estos días: Massenet, el

general Booth, y, el más grave de todos, Muley Hafid.

El músico francés no ha tenido á su fallecimiento la Prensa que podía

esperarse de su popularidad en vida. No es que la Prensa francesa y,

por reflejo, la europea le haya escatimado las necrologías; pero los

elogios han sido tímidos.

Desde que un aristocratismo intelectual y artístico ha sentado como

criterio fundamental en sus juicios la razón inversa del mérito con el

aplauso público, es preciso blasonar de independiente y despreocupado

para atreverse á celebrar lo que todos celebran. Por donde sucede que,

cuando una obra empieza á ser aplaudida, es cuando empezamos á dudar de

que merezca serlo. ¡Ah! ¡Si las obras de Massenet no hubieran sido tan

del gusto público! ¡Si Massenet hubiera muerto obscuro y postergado

como Bizet!

Yo no digo que Massenet fuera uno de esos genios musicales definitivos

en una época; pero supo agradar y agradará por mucho tiempo á los que

aun piensan ó sienten que la música no es una tabla de logaritmos. Al

fin y al cabo, genios, lo que se dice genios musicales, ¿cuántos han

sido? Por los dedos de una mano pueden contarse. Y algunos de ellos muy

discutidos por los grandes inteligentes. Por ejemplo, Bach, de quien

yo he oído decir perrerías á personas de muy buen gusto musical. Yo no

entro ni salgo, ni juzgo de música más que por sentimiento. A mí la

música de Bach me suena á capilla protestante, que es para mí el sonido

más antipático que puede tener música en el mundo. A otro gran músico,

César Franck, también se le cedo á ustedes por una friolera. Me parece

un filósofo de esos que pretenden explicar por razonamientos cosas

pertenecientes á la emoción íntima; conciliadores entre la Ciencia y la

Fe, que no concilian nada.

Por todo esto, bien merecía Massenet elogio más fervoroso de la

crítica. ¿Es que sólo puede haber dioses mayores?

En Madrid sólo hemos oído tres óperas de Massenet: _El rey de Lahore_,

_Manon_ y _Werther_. La primera es de las más endebles. Obra estrenada

en la Opera de París, confiado el éxito al aparato escénico, á la

espléndida figura de la Reskée y á la hermosa voz del barítono Lasalle.

_Manon_, mutilada con supresiones importantes, no tuvo al estrenarse

en Madrid favorable acogida. Hasta que no fué cantada por Anselmi, y

después por Anselmi y la Storchio, no logró el aprecio del público.

El estreno de _Werther_ también fué desgraciado. Batistini, primero,

luego, Anselmi, consiguieron rehabilitarla.

Massenet lo intentó todo, con desigual desempeño, pero con laudable

propósito siempre. Soñaba con hacer grande, y, como tantos otros, sólo

consiguió triunfar cuando menos se preocupaba por el triunfo. ¡Vanidad

del artista! En sus obras siempre prevalece un sentido inconciente que

está sobre los cinco sentidos puestos por el artista en su obra.

En las óperas de Massenet hay variedad de asuntos y de estilos.

Historias de amor en _Manon_ y en _Werther_; el cuento de hadas en _La

Cenicienta_; el poema lírico en _Don Quijote_; en _Esclarmonda_ la

mística leyenda; en _Lohengrin_ hembra, donde Massenet aspiró á Wagner

y fué su aspiración dulce suspiro de enamorado más que de creyente.

La crítica hostil llamaba á Massenet el músico de las _cocottes_. Ya

es algo ser el músico de alguien; porque ¿quién no tiene algo de todo

á sus horas? Sólo los espíritus superiores son siempre ellos mismos,

que es ser muy poca cosa. Los demás, á poco que soltemos las riendas,

ya nos interesamos con las peripecias de un melodrama como la _Margot_

de Musset--«¡vive le mélodrame oú Margot a pleuré!»,--ya relinchamos

como sementales rijosos ante un tablado de tangos y garrotines, ya,

como sencillas _cocottes_, nos emocionamos con las chulerías Luis XV de

Manon y de su caballero, puestas en música absolutoria por un músico

amable y francés.

El general Booth, el admirable fundador del Ejército de Salvación,

sólo hubiera podido salir adelante con su obra en Inglaterra. Sólo en

Inglaterra podía salvarse el peligro más terrible de su empresa: el

ridículo. ¿Qué hubiéramos hecho en España con un general Booth? ¿Qué

hubieran hecho en Francia? Sólo en Inglaterra es posible predicar el

Evangelio al son de una murga, entre una estrafalaria mascarada, y sólo

allí es posible sobreponer la intención de la obra á los procedimientos

hasta ser considerado por los Poderes públicos y colaborador suyo en

ocasiones difíciles.

Todavía, al contemplar el retrato del difunto general, publicado

en casi todos los periódicos ilustrados del mundo, una sonrisa de

escepticismo se disimula apenas en labios latinos. ¿Era un santo? ¿Era

un vividor? ¿Un grande hombre? ¿Un chiflado? ¡Ah! ¡Cuántas buenas obras

como la del general Booth se habrán malogrado en el mundo por temor á

que todos pregunten: ¿Quién es el hombre?

¡Y cuántas veces el hombre no puede dar mejor razón de sí que sus obras!

¿Nos da Dios, con ser Dios, otra razón de su existencia?

De Sobremesa; crónicas, Quinta Parte (de 5) · 第 26 / 52 题