El actor M. Le-Bargy me ruega que inserte en esta sección la siguiente
carta. Así lo hago con sumo gusto y fina voluntad.
«Sr. D. Jacinto Benavente.
Muy señor mío: He tenido ocasión de decir á uno de sus compañeros
que la improvisación en cualquier arte no me parecía un buen
mecanismo de perfección en el trabajo y que para la _mise en scene_
de una obra dramática prefiero, á los bruscos procedimientos de
los comediantes italianos, el sistema de los ensayos lentos y
minuciosos que han adoptado los teatros de París. Con tal motivo,
se ha lanzado usted á la guerra como un conquistador y ha declarado
que en la interpretación dramática, París ha sido eclipsado por
Roma.
Las opiniones son libres; mas tengo la costumbre, respetándolas
todas, de no prestar atención sino á aquellas que se apoyan sobre
pruebas ó sobre la autoridad de un juicio informado, prudente,
comprensible. Respeto, pues, infinitamente su juicio sobre los
actores franceses; pero excusándome de no poder detenerme en esto,
pues se vislumbra en aquél una idea preconcebida de menosprecio, ó
al menos el desconocimiento absoluto del genio de nuestra raza. Si
yo tomase en consideración lo que ha dicho usted, en particular,
de Sarah Bernhardt y de Mounet Sully, haría, al defender á estos
gloriosos artistas, un esfuerzo más vano sin duda que el que hizo
usted al atacarles.
Antes de despedirme os ruego vengáis un día á París: tendré el
honor y el placer de recibirle, enseñarle nuestro arte dramático en
su propio marco y revelarle esos matices que parecen haber pasado
desapercibidos á su fino discernimiento.