En la historia del teatro español, durante la segunda mitad del siglo
XIX, es de gran importancia el estudio de los actores italianos que han
pasado por nuestros escenarios y de su influencia sobre nuestro arte
dramático y nuestro arte escénico.
Los actores italianos han sido siempre los que mejor han realizado el
ideal de la representación escénica: verdad en la poesía y poesía en la
verdad.
Este era el arte de sus grandes trágicos: la Ristori, Salvini, Rossi.
Este es el arte de sus modernos comediantes.
Lo extraño es que, tierra de admirables actores, no lo haya sido de
grandes autores. Italia no ha tenido un Shakespeare, un Calderón, ni
siquiera un Molière. Sus actores, más que del teatro patrio, han sido
por todo el mundo mensajeros y vulgarizadores del teatro de Shakespeare
y del teatro francés.
La Ristori apenas representaba obras italianas: _Medea_, _Fedra_,
_María Estuardo_, _Macbeth_ eran las obras de su repertorio. Alguna
tragedia de Alfieri, como _Mirra_, y la _Francesca de Rimini_, de
Silvio Pellico, eran las únicas obras italianas de su repertorio.
Salvini y Rossi eran los intérpretes de Shakespeare.
Virginia Marini, con su excelente compañía, la mejor compañía italiana
que hemos visto en Madrid, en la que figuraban segundas actrices que
luego fueron eminentes y primerísimas, como la Vitaliani, la Reiter y
la Belli-Blanes, y actores como Ceresa, Cola, Vitaliani y Zoppetti,
nos dió á conocer el repertorio, antes modernísimo, de Sardou y Dumas,
hijo: _Dora_, _Fernanda_, _Rabagás_, _Demi-monde_, _Monsieur Alphonse_,
_La princesa Jorge_, etc.
Estas obras parecían la última palabra del realismo en el teatro. La
falsedad esencial se ocultaba bajo la minuciosidad de los detalles y
el verismo de la presentación escénica. Los árboles no dejaban ver el
bosque.
Después de Virginia Marini fueron la Pía Marchi, Novelli; después la
Mariani, Zacconi, la Vitaliani, Tina di Lorenzo, y entre ellos Emmanuel
con la Glech, primero, después con la Reiter, y, sobre todos, la Duse
incomparable: la divina y la humana, dolorosa del Arte, cuerpo de nube
fulgurada por intensa luz espiritual, resplandeciente en relámpagos de
pasión ó ensombrecida de tristezas profundas como la noche sobre el mar.
Todos estos actores han influído con su arte sobre nuestros actores,
sobre nuestros autores y sobre nuestro público. Han sido educadores
de nuestro gusto y vulgarizadores del teatro extranjero. Gracias á
ellos, nuestro público sabe que hay algo mejor, algo lo mismo, y mucho,
también, peor que lo nuestro.
Hoy su influencia no es tan notoria, las novedades teatrales que pueden
ofrecernos son pocas, y el interés por asistir á sus representaciones
se limita al aprecio del mérito personal de los actores.
Lyda Borelli es la actriz italiana de este año. Llega la última, sin
novedades llamativas en su repertorio, y lucha con desventaja en el
terreno ocasionado de las comparaciones. Pero su figura, su arte, son
tan personales, es tan _ella_, que la comparación más inevitable se
desvirtúa. Lyda Borelli es la última... como el último amor, que nos
parece el primero.
En esa melo-comedia de _Zazá_, que es á _La dama de las camelias_ lo
que la República francesa es al Imperio, en lo social y político, y lo
que Zola es á Víctor Hugo, en imperios y repúblicas literarias, Lyda
Borelli consigue, con ser obra de tantos recuerdos, que no recordemos á
ninguna otra actriz; y esto, sin preocuparse de no recordar á ninguna,
sin rebuscar nuevos efectos ni caer en extravagantes originalidades. La
mayor originalidad de Lyda Borelli es ésa: que no pretende ser original.
Y, por eso mismo, lo es, del único modo que se puede ser original en
Arte: por sentimiento propio, íntimo.
Lyda Borelli, sobre todas las excelencias de su arte, posee la
_gracia_; la gracia, en el sentido artístico de la palabra, más cerca
del teológico que del vulgar significado. Es la gracia, ese don de
esclarecerlo todo, de ver alegría hasta en la tristeza; en una armonía
de la inteligencia y del sentimiento, que siempre es claridad.
Esa gracia que es todo el arte griego y pone la divina alegría de
comprender sobre el humano dolor de sentir; como la serenidad del
mármol, en la escultura, ennoblece el dolor inquietante de la carne.
El arte de Lyda Borelli culmina en _Salomé_, de Oscar Wilde.
Ella consigue lo que no pudo conseguir el desdichado poeta inglés en su
obra ni en su vida: con nervios modernos, actitudes esculturales.
X
La Exposición Beruete, con fervorosa atención ordenada por el cariño
filial y el noble afecto de un insigne artista, Sorolla, quizás haya
sido una revelación para lo que hemos convenido en llamar el gran
público.
Aquí, donde el Arte sólo es cultivado por los pobretes, nadie suele
tomar en serio las aficiones artísticas de un gran señor que para nada
necesita del Arte. El título de buen aficionado es el más alto á que
puede aspirar.
Que don Aureliano Beruete era un admirable paisajista han de
reconocerlo ahora todos al visitar la Exposición de sus obras, y esta
hora de justicia quizá sea para muchos de remordimiento.
Con ser un gran lírico del paisaje, como lo es todo gran artista,
era Beruete, como todos los grandes líricos, un espíritu abierto y
receptivo que en todo se transformaba, en vez de transformarlo todo á
la propia comodidad de una manera y de una técnica, como tantos falsos
líricos del Arte. Conviene no confundir el carácter con la tozudez, y,
en el artista, la personalidad con el amaneramiento.
Ha de ser el artista, como la luz del sol, más admirada en cuanto
alumbra al esparcirse que en el sol mismo. Y ¡el sol es un gran lírico!
Toledo, Guadarrama, Avila, Suiza, nada perdieron de su objetividad, con
ser tan diversa, porque todo fué contemplado sin la preocupación del
procedimiento. No era el paisaje el que se acomodaba á la técnica; era
la técnica la que se acomodaba al paisaje.
No es siempre lo que más se admira lo que más enamora. Para mis
simpatías hay, entre todos, un cuadro; una vista de Madrid, castiza
como un sainete de Ricardo de la Vega: entre solares y tapias de
ladrillo rojo, desmontes areniscos, unas pobres casuchas bajas, y,
sobre ellas, una de esas casas madrileñas, tejado color de puchero,
balcones de colorines, la fachada con sucio revoque amarillento, y el
sol de Madrid alegrándolo todo; el sol, que rosea y dora los sucios
revoques descoloridos como si fueran mármoles y jaspes de palacios
señoriales.
Es preciso ser muy madrileño para hallar poesía en estas cosas. Es
preciso ser muy artista para saber decir á los demás: Aquí hay poesía.
* * * * *
Los países meridionales, tan calumniados por las personas serias,
ejercen una gran atracción sobre los artistas y los escritores del
Norte. Italia, España, su Arte, su Historia, son de continuo estudiados
por ingleses, alemanes, rusos y escandinavos.
Ahora es el dinamarqués Joerguensen, enamorado de San Francisco de
Asís, peregrino fervoroso por los lugares que en su vida recorrió aquel
caballero andante de Cristo, vestido el sayal de la fuerte humildad por
toda armadura.
Es el sueco Bratli, estudioso investigador de la vida y la obra de
Felipe II, con imparcialidad desacostumbrada en autores extranjeros,
y aun nacionales, al tratarse de rey tan desgraciado con los
historiadores como con los novelistas y autores dramáticos.
De estos últimos, el que le ha presentado con menos sombríos colores ha
sido el más cercano á sus días, el español Enciso, en su comedia _El
príncipe Don Carlos_.
El escritor sueco, en su monografía, pretende, y no en vano, esclarecer
la sombría figura del monarca español, tan mal estudiada y comprendida
por sus apologistas como por sus detractores.
Se considere la Historia como Ciencia ó como Arte, sólo cabe poner en
ella el calor de una pasión, la pasión por la verdad.
La obra de Bratli debe ser agradecida por los españoles. Nuestra
Historia corre por el mundo en libros extranjeros y en libros casi
siempre inspirados por odios y antipatías. Diríase, al leerlos, que
sólo en España hubo Inquisición; que sólo en España hubo persecuciones
religiosas, cuando fué, en realidad, donde hubo menos; que sólo España
conquistó y colonizó cruelmente, y que sólo la Ciencia y las Artes
españolas padecieron bajo la presión de la Iglesia y del Poder real. Y
no es lo malo que los extranjeros hayan contado así nuestra Historia;
lo peor es que nosotros la hemos aprendido también en sus libros, sin
tomarnos el trabajo de aprender las Historias de otras naciones, para
comprender cómo, calumniados y todo, la nuestra no desmerece nada.
Felipe II era el soberano más noble, más culto y más humano de su
tiempo. Su mayor defecto fué el que tan donosamente le señaló don Juan
Valera: el de ser un tanto _engorroso_. Y esto fué lo que alabaron en
él de prudencia.
* * * * *
El alcalde de Madrid se ha creído en el caso de amonestar al
concesionario del teatro Español, el sabio doctor Madrazo, por la
baratura del precio en las localidades.
Yo creo que el Ayuntamiento debiera agradecer el desinterés del señor
Madrazo y congratularse de que un teatro municipal sea, por fin, un
teatro popular, por sus precios, al alcance de las clases menos
acomodadas.
¿No es deber del Ayuntamiento procurar por todos los medios el
abaratamiento de las subsistencias? ¿Quieren que el teatro español sea
un teatro aristocrático? Entonces debieron empezar por no concedérselo
al doctor Madrazo, tan conocido por sus ideas democráticas y
republicanas.
Entonces, si un millonario generoso se ofreciera como empresario del
teatro Español para obsequiar al público con funciones gratuitas, ¿no
se le concedería el teatro?
Además, ¿cree el Ayuntamiento que es el precio de las localidades lo
que da ó quita al teatro el decoro debido á sus prestigios?
No es al precio, sino á la calidad del espectáculo á lo que debiera
atender el Ayuntamiento.
Bien está á peseta el chocolate de á peseta. El Ayuntamiento, en este
caso, al contrario que en el sabido cuento, lo pide más caro, sabiendo
que peor es imposible.