VIII

La obra literaria, el Arte moderno en general, aun en lo más serio y

meditado, adolecen de inconsistencia, con aire de improvisación, de

algo ligero y provisional.

En cada época hay un género literario dominante que, por decirlo así,

da el tono á toda la literatura de una época. Hay un período literario

épico, hay otro dramático, los hay líricos y los hay novelescos.

En la época actual el género dominante, el que da el tono á toda

la producción artística, es el género periodístico. La literatura

periodística domina sobre todo el Arte moderno.

El poeta lírico, el autor dramático, el novelista, el orador sagrado,

el historiador, pintores y escultores; todos ellos son periodistas

en sus poesías, en sus dramas y comedias, en sus novelas, en sus

sermones, en sus historias, en sus cuadros y en sus estatuas.

La actualidad periodística con alas de mariposa; polvillo de sus alas,

tinta fresca y pegajosa de imprenta, es la musa del Arte moderno.

Por eso cuando los mismos edificios, sólidas obras de arquitectura,

los monumentos escultóricos de mármol ó de bronce nos parecen hojas de

volandera actualidad, más nos sorprende hallar la obra de serenidad y

de reposo en la obra periodística juntamente.

Tal es el libro de _Azorín_ «Lecturas de España», formado con artículos

de periódico que tuvieron su día de actualidad y entran ahora, por

derecho propio, en la eterna actualidad de las obras maestras.

Cuando tantos libros grandes ofrecidos á la inmortalidad por sus

autores, desdeñosos del juicio y del aplauso de sus contemporáneos,

pasaron como pasa el artículo de periódico, este libro de artículos

de periódico sólo ahora parece en su verdadera forma, con su prosa

robusta, sano equilibrio de músculos y nervios, sus juicios certeros,

su noble continente de hidalgo castellano.

Para mí, tan propenso á nerviosismos y destemplanzas, nada tan

admirable como esta prosa de _Azorín_, tan distinta de casi toda

nuestra moderna prosa. Entre tanto asomo de chillones colorines, es la

prosa de _Azorín_ como un buen grabado en acero, como un aguafuerte,

donde claros y obscuros dan la exacta equivalencia de todos los colores

y de todos los tonos.

Tiene este libro, además, para los que siempre hemos admirado á

_Azorín_, aunque alguna vez haya irritado nuestra sensibilidad, la

ventaja, sobre otros libros suyos, de que nada, al leerle, en nuestro

sentimiento protesta contra nuestra admiración.

_Azorín_, como no podía ser menos, parece curado de su «maurismo»

agudo. Ya no cree, como creen los conservadores, que el mundo es sólo

un medio para que don Antonio Maura y don Juan de la Cierva gobiernen

en España.

_Azorín_ es demasiado inteligente, demasiado artista para limitar su

ideal á los ideales de ninguno de nuestros partidos políticos. Su

apasionada ceguedad conservadora fué... natural reacción de protesta

contra los liberales.

Nuestros partidos liberales se dan tal arte que, en España, parece

incompatible el ser liberal y el ser inteligente. Los conservadores

tienen de bueno el no ser liberales; pero el no ser algo es ser muy

poca cosa. Como la única ventaja que tiene un partido español sobre

otro es no ser el otro, lo mejor es echar por la calle de en medio,

aunque se exponga uno á que le miren de mala manera los de una acera

y los de la otra, y más si ven que uno va por su camino sin hacerles

maldito el caso.

Se quejan los políticos del desvío de los escritores, de los artistas.

Pero ¿estiman en algo los políticos á los escritores, á los artistas?

Lo que ellos estiman en el escritor no es la inteligencia, es la

sumisión de la inteligencia.

Los políticos, como las mujeres, no se contentan con dominar en el

corazón si no dominan en la cabeza. No se contentan con que los

perdonemos sus faltas por cariño, quieren que no las conozcamos por

ignorancia. Los políticos y las mujeres perciben claramente, aunque la

envolvamos en palabras de afecto, la mirada de inteligencia que parece

decirles: «Aunque te quiero... te conozco; á mí no me engañas.»

Las mujeres y los políticos odian á todo el que no pueden engañar.

Por eso los hombres inteligentes no son nunca afortunados en amor ni en

política.

De Sobremesa; crónicas, Quinta Parte (de 5) · 第 12 / 52 题