EL MAESTRO ENFERMO

_Sábado 25._--Ayer tarde, al salir de la escuela, fuí a visitar al

profesor, que está malo. El trabajo excesivo le ha puesto enfermo.

Cinco horas de lección al día, luego una hora de gimnasia, luego otras

dos horas de escuela de adultos por la noche, lo cual significa que

duerme muy poco, que come a escape y que no puede ni respirar siquiera

tranquilamente de la mañana a la noche; no tiene remedio: ha arruinado

su salud. Esto dice mi madre. Ella me esperó abajo en la puerta de

la calle; subí solo, y en la escalera me encontré al maestro de las

barbazas negras, Coato, aquél que mete miedo a todos y no castiga a

nadie; él me miró con los ojos fijos, rugió como un león (por broma) y

pasó muy serio. Aún me reía yo cuando llegaba al piso cuarto y tiraba

de la campanilla; pero pronto cambié, cuando la criada me hizo entrar

en un cuarto pobre, medio a obscuras, donde se hallaba acurrucado mi

maestro. Estaba en una cama pequeña de hierro: tenía la barba crecida.

Se puso la mano en la frente como pantalla para ver mejor, y exclamó

con su voz afectuosa. “¡Oh, Enrique!”. Me acerqué al lecho, me puso una

mano sobre el hombro y me dijo: “Muy bien, hijo mío. Has hecho bien en

venir a ver a tu pobre maestro. Estoy en mal estado, como ves, querido

Enrique. Y ¿cómo anda la escuela? ¿Qué tal los compañeros? ¿Todo va

bien, eh, aun sin mí? ¿Os encontráis bien sin mí, no es verdad? ¡Sin

vuestro viejo maestro!”. Yo quería decir que no; él me interrumpió.

“Ea, vamos, ya lo sé que no me queréis mal”. Y dió un suspiro. Yo

miraba unas fotografías clavadas en las paredes. “¿Ves?--me dijo--.

Todos estos muchachos me han dado sus retratos desde hace más de veinte

años. Guapos chicos. He ahí mis recuerdos. Cuando me muera, la última

mirada la echaré allí a todos aquellos pilluelos, entre los cuales he

pasado la vida. ¿Me darás tu retrato también, no es verdad, cuando

hayas concluido el grado elemental?”. Luego cogió una naranja que

tenía sobre la mesa de noche y me la alargó diciendo: “No tengo otra

cosa que darte: es un regalo de enfermo”. Yo le miraba, y tenía el

corazón triste, no se por qué. “Ten cuidado, ¿eh?--volvió a decirme--;

yo espero que saldré bien de ésta; pero si no me curase... cuida de

ponerte fuerte en aritmética, que es tu lado flaco; haz un esfuerzo;

no se trata más que de un primer esfuerzo, porque a veces no es falta

de aptitud, es una preocupación o, como si se dijese, una manía”. Pero

entretanto respiraba fuerte, se veía que sufría. “Tengo una fiebre muy

alta...”. Y suspiró. “Estoy medio muerto. Te recomiendo, pues: ¡firme

en la aritmética y en los problemas! ¿Que no sabes bien, a la primera,

se descansa un momento y se vuelve a intentar! ¿Que todavía no sale

bien? Otro poco de descanso y vuelta a empezar. Y adelante, pero con

tranquilidad, sin afanarse, sin perder la cabeza. Vete. Saluda a tu

madre. Y no vuelvas a subir las escaleras; nos volveremos a ver en la

escuela. Y si no nos volvemos a ver, acuérdate alguna vez de tu maestro

del tercer año, que siempre te ha querido bien”. “¡Inclina la cabeza!”,

me dijo. La incliné sobre la almohada y me besó en los cabellos. Luego

añadió: “Vete”; y volvió la cara del lado de la pared. Yo bajé volando

las escaleras porque tenía necesidad de abrazar a mi madre.

Corazón · 第 156 / 198 题