_Jueves, 10 de noviembre._--“¡En presencia de la maestra de tu hermano
faltaste al respeto de tu madre! ¡Que esto no suceda más, Enrique mío!
Tu palabra irreverente se me ha clavado en el corazón como un dardo.
Piensa en tu madre, cuando años atrás estaba inclinada toda la noche
sobre tu cama, midiendo tu respiración, llorando lágrimas de angustia y
apretando los dientes de terror, porque creía perderte y temía que le
faltara la razón; y con este pensamiento experimentarás cierta especie
de terror hacia ti, ¡Tú ofender a tu madre, a tu madre, que daría un
año de felicidad por quitarte una hora de dolor, que pediría limosna
por ti, que se dejaría matar por salvar tu vida! Oye, Enrique mío: fija
bien en la mente este pensamiento. Considera que te esperan en la vida
muchos días terribles; pues el más terrible de todos será el día en que
pierdas a tu madre. Mil veces, Enrique, cuando ya seas hombre fuerte y
probado en toda clase de contrariedades, tú la invocarás, oprimido tu
corazón de un deseo inmenso de volver a oír su voz y de volver a sus
brazos abiertos para arrojarte en ellos sollozando, como pobre niño sin
protección y sin consuelo. ¡Cómo te acordarás entonces de toda amargura
que le hayas causado, y con qué remordimiento, desgraciado, las
contarás todas! No esperes tranquilidad en tu vida, si has contristado
a tu madre. Tú te arrepentirás, le pedirás perdón, venerarás su
memoria inútilmente; la conciencia no te dejará vivir en paz; aquella
imagen dulce y buena tendrá siempre para ti una expresión de tristeza
y reconvención que pondrá tu alma en tortura. ¡Oh, Enrique, mucho
cuidado! Éste es el más sagrado de los humanos afectos. ¡Desgraciado
del que lo profane! El asesino que respeta a su madre, aún tiene algo
de honrado y algo noble en su corazón; el mejor de los hombres que
le hace sufrir o la ofende, no es más que miserable criatura. Que no
salga nunca de tu boca una palabra dura para la que te ha dado el ser.
Y si alguna se te escapa, no sea el temor a tu padre, sino un impulso
del alma lo que te haga arrojarte a sus pies, suplicándole que con el
beso del perdón borre de tu frente la mancha de la ingratitud. Yo te
quiero, hijo mío; tú eres la esperanza más querida de mi vida; pero
mejor quiero verte muerto, que saber eres ingrato con tu madre. Vete, y
por un poco de tiempo no me hagas caricias; no podría devolvértelas con
cariño.--_Tu padre_”.