LA MAESTRA DE MI HERMANO

_Jueves 10._--El hijo del carbonero fué alumno de la maestra Delcato,

que ha venido hoy a ver a mi hermano, enfermo, y nos ha hecho reír

contándole que la mamá de aquel niño, hace dos años, le llevó a su casa

una gran espuerta de carbón, en agradecimiento a que le había dado una

medalla a su hijo, y porfiaba la pobre mujer porque no quería llevarse

el carbón a su casa, y casi lloraba cuando tuvo que volverse con la

espuerta llena. Nos ha dicho también que otra pobre mujer le llevó un

ramo de flores muy pesado, y que tenía adentro un paquete de cuartos.

Nos hemos entretenido mucho oyéndola, y gracias a ella tragó mi hermano

una medicina que al principio no quería. ¡Cuánta paciencia deben tener

con los niños de la primera enseñanza elemental, sin dientes, como

los viejos, que no pronuncian la _erre_ ni la _ese_; ya tose uno, ya

otro echa sangre por las narices, uno pierde los zapatos debajo del

banco, otro chilla porque se ha pinchado con la pluma, y llora aquél

porque ha comprado una plana de segunda por una de primera! ¡Reunir

cincuenta en la clase, con aquellas manecitas de manteca, y tener que

enseñar a escribir a todos! Ellos llevan en los bolsillos terrones de

azúcar, botones, tapones de botella, ladrillo hecho polvo, toda clase

de menudencias, que la maestra les busca; pero que esconden hasta en el

calzado. Y nunca están atentos; un moscardón que entre por las ventanas

les pone a todos sobre sí; en el verano llevan a la escuela ciertos

insectos que echan a volar, y que caen en los tinteros y que después

salpican de tinta las planas. La maestra tiene que hacer de mamá con

ellos, ayudarlos a vestir, cortarles las uñas, recoger las gorras que

tiran, cuidar de que no cambien los abrigos, porque si no, después

rabian y chillan. ¡Pobres maestras! ¡Y aún van las mamás a quejarse!

“¿Cómo es, señora, que mi niño ha perdido su pluma?”. “¿Cómo es que

el mío no aprende nada?”. “¿Por qué no da un premio al mío, que sabe

tanto?”. “¿Por qué no hace quitar del banco aquel clavo que ha roto los

pantalones de mi Pedro?”. Alguna vez se incomoda con los muchachos la

maestra de mi hermano, y cuando no puede más, se muerde las uñas por

no pegar un cachete; pierde la paciencia; pero después se arrepiente

y acaricia al niño a quien ha regañado; echa a un pequeñuelo de la

escuela, pero saliéndosele las lágrimas, y desahoga su cólera con los

padres que privan de la comida a los niños por castigo. Es joven y

alta la maestra Delcato; viste bien; es morena y viva, y lo hace todo

como movida por un resorte; se conmueve por cualquier cosa, y habla

entonces con mucha ternura. “Mas, al menos, ¿la quieren los niños?”,

le preguntó mi madre. “Mucho--respondió--; pero después, concluido el

curso, la mayor parte ni me miran. Cuando están con los profesores,

casi se avergüenzan de haber estado conmigo, con una maestra. Después

de dos años de cuidados, después que se ha querido tanto a un niño,

nos entristece separarnos de él, pero se dice uno ‘¡Oh, desde ahora

en adelante me querrá mucho!’. Pero pasan las vacaciones, vuelve a la

escuela, corremos a su encuentro. ‘¡Oh, hijo mío!’. Y vuelve la cabeza

al otro lado”. Al decir esto la maestra, se detiene. “Pero tú no lo

harás así, hermoso--dice después mirando fijamente a mi hermano y

besándole--; tú no volverás la cabeza a otro lado, ¿no es verdad?; no

renegarás de tu pobre amiga”.

Corazón · 第 115 / 198 题