_1.º de noviembre_
Ayer tarde fuí a la escuela de niñas que está al lado de la nuestra,
para darle el cuento del muchacho paduano a la maestra de Silvia,
que lo quería leer. ¡Setecientas muchachas hay allí! Cuando llegué,
empezaban a salir, todas muy contentas, por las vacaciones de Todos
Santos y Difuntos, y ¡qué cosa tan hermosa presencié allí! Frente a
la puerta de la escuela, en la otra acera, estaba con un codo apoyado
en la pared y con la frente apoyada en la mano, un deshollinador muy
pequeño, de cara completamente negra, con su saco y su raspador, que
lloraba, sollozando amargamente. Dos o tres muchachas de la segunda
sección se le acercaron y le dijeron: “¿Qué tienes, que lloras de esa
manera?”. Pero él no respondía y continuaba llorando: “Pero, ¿qué
tienes? ¿Por qué lloras?”, repetían las niñas; y entonces él separó
el rostro de la mano, un rostro infantil, y dijo gimiendo, que había
estado en varias casas a limpiar las chimeneas; que había ganado seis
reales y los había perdido porque se le escurrieron por el agujero de
un bolsillo roto, y no se atrevía a volver a su casa sin los cuartos.
“El amo me pega”, decía sollozando; y volvió a la misma postura que
antes tenían, como un desesperado. Las chiquillas se quedaron mirándole
muy serias. Entretanto, se habían acercado otras muchachas, grandes y
pequeñas, pobres y acomodadas, con sus carteras bajo el brazo; y una
de las mayores, que llevaba una pluma azul en el sombrero, sacó del
bolsillo diez céntimos y dijo: “No tengo más que esto que ves; hagamos
la colecta”. “También tengo yo diez--dijo otra vestida de encarnado--,
y podemos, entre todas, reunir hasta lo que falta”. Entonces comenzaron
a llamarse: “¡Amalia, Luisa, Anita, eh, cuartos! Tú, ¿quién tiene
cuartos? ¡Vengan cuartos!”. Muchas llevaban dinero para comprar flores
o cuadernos, y los entregaban en seguida. Algunas más pequeñas sólo
pudieron dar céntimos. La de la pluma azul recogía todo y lo contaba
en voz alta: “¡Ocho, diez, quince!”; pero hacía falta más. Entonces
llegó la mayor de todas, que parecía una maestrita, dió un real y
todas le hicieron una ovación. Pero faltaban aún treinta y cinco
céntimos. “Ahora vienen las de la cuarta”, dijo una. Las de la clase
cuarta llegaron y los cuartos llovieron. Todas se arremolinaban, y era
un espectáculo hermoso ver a aquel pobre deshollinador en medio de
aquellos vestidos de tantos colores, de todo aquel círculo de plumas,
de lazos y de risas. Los seis reales se habían ya reunido, y aun
pasaban, y las más pequeñas, que no tenían dinero, se abrían paso entre
las mayores llevando sus ramitos de flores, por darle también algo. De
allí a un rato acudió la portera gritando: “¡La señora directora!”. Las
muchachas escaparon por todos lados como gorriones a la desbandada,
y entonces se vió al pobre deshollinador, solo en medio de la calle,
enjugándose los ojos, tan contento, con las manos llenas de dinero
y ostentando ramitos de flores en los ojales de la chaqueta, en los
bolsillos, en el sombrero, y hasta había flores por el suelo rodeando
sus pies.