tamboril, a cuyos redobles se reúne la muchedumbre y va engrosando el
cortejo y el estrépito de las voces; este canto me parece heredado de
los indígenas, porque lo he oído en una fiesta de indios en Copiapó, en
celebración de la Candelaria, y como canto religioso, debe ser antiguo,
y los indios chilenos no lo han de haber adoptado de los españoles
argentinos. La _vidalita_ es el metro popular en que se cantan los
asuntos del día, las canciones guerreras; el gaucho compone el verso que
canta, y lo populariza por las asociaciones que su canto exige.
Así, pues, en medio de la rudeza de las costumbres nacionales, estas dos
artes que embellecen la vida civilizada y dan desahogo a tantas pasiones
generosas, están honradas y favorecidas por las masas mismas, que
ensayan su áspera musa en composiciones líricas y poéticas. El joven
Echeverría residió algunos meses en la campaña en 1840, y la fama de sus
versos sobre la pampa le había precedido ya; los gauchos lo rodeaban con
respeto y afición, y cuando un recién venido mostraba señales de desdén
hacia el _cajetilla_, alguno le insinuaba al oído: «Es poeta», y toda
prevención hostil cesaba al oír este título privilegiado.
Sabido es, por otra parte, que la guitarra es el instrumento popular de
los españoles y que es común en América. En Buenos Aires, sobre todo,
está todavía muy vivo el tipo popular español, el _majo_. Descúbresele
en el compadrito de la ciudad y en el gaucho de la campaña. El _jaleo_
español vive en el _cielito_; los dedos sirven de castañuelas. Todos los
movimientos del compadrito revelan al majo: el movimiento de los
hombros, los ademanes, la colocación del sombrero, hasta la manera de
escupir por entre los colmillos, todo es un andaluz genuino.
Del centro de estas costumbres y gustos generales se levantan
especialidades notables, que un día embellecerán y darán un tinte
original al drama y al romance nacional. Yo quiero sólo notar aquí
algunos que servirán a completar la idea de las costumbres, para trazar
en seguida el carácter, causas y efectos de la guerra civil.
El más conspicuo de todos, el más extraordinario, es el rastreador.
Todos los gauchos del interior son rastreadores. En llanuras tan
dilatadas, en donde las sendas y caminos se cruzan en todas direcciones,
y los campos en que pacen o transitan las bestias son abiertos, es
preciso saber seguir las huellas de un animal y distinguirlas de entre
mil, conocer si va despacio o ligero, suelto o tirado, cargado o de
vacío. Esta es una ciencia casera y popular. Una vez caía yo de un
camino de encrucijada al de Buenos Aires, y el peón que me conducía
echó, como de costumbre, la vista al suelo. «Aquí va--dijo luego--una
mulita mora muy buena... ésta es la tropa de don N. Zapata..., es de muy
buena silla..., va ensillada..., ha pasado ayer...» Este hombre venía de
la Sierra de San Luis; la tropa volvía de Buenos Aires, y hacía un año
que él había visto por última vez la mulita mora, cuyo rastro estaba
confundido con el de toda una tropa en un sendero de dos pies de ancho.
Pues esto, que parece increíble, es, con todo, la ciencia vulgar; éste
era un peón de árrea y no un rastreador de profesión.
El rastreador es un personaje grave, circunspecto, cuyas aseveraciones
hacen fe en los tribunales inferiores. La conciencia del saber que posee
le da cierta dignidad reservada y misteriosa. Todos le tratan con
consideración: el pobre, porque puede hacerle mal, calumniándolo o
denunciándolo; el propietario, porque su testimonio puede fallarle. Un
robo se ha ejecutado durante la noche; no bien se nota, corren a buscar
una pisada del ladrón, y encontrada, se cubre con algo para que el
viento no la disipe. Se llama en seguida al rastreador, que ve el rastro
y lo sigue sin mirar sino de tarde en tarde el suelo, como si sus ojos
vieran de relieve esta pisada, que para otro es imperceptible. Sigue el
curso de las calles, atraviesa los huertos, entra en una casa y,
señalando un hombre que encuentra, dice fríamente: «¡Este es!» El delito
está probado, y raro es el delincuente que resiste a esta acusación.
Para él, más que para el juez, la deposición del rastreador es la
evidencia misma; negarla sería ridículo, absurdo. Se somete, pues, a
este testigo, que considera como el dedo de Dios que lo señala. Yo mismo
he conocido a Calíbar, que ha ejercido en una provincia su oficio
durante cuarenta años consecutivos. Tiene ahora cerca de ochenta años;
encorvado por la edad, conserva, sin embargo, un aspecto venerable y
lleno de dignidad. Cuando le hablan de su reputación fabulosa, contesta:
«Ya no valgo nada; ahí están los niños.» Los niños son sus hijos, que
han aprendido en la escuela de tan famoso maestro. Se cuenta de él que
durante un viaje a Buenos Aires le robaron una vez su montura de gala.
Su mujer tapó el rastro con una artesa. Dos meses después Calíbar
regresó, vió el rastro ya borrado e imperceptible para otros ojos, y no
se habló más del caso. Año y medio después Calíbar marchaba cabizbajo
por una calle de los suburbios, entra en una casa y encuentra su
montura, ennegrecida ya y casi inutilizada por el uso. ¡Había encontrado
el rastro de su raptor después de dos años! El año 1830 un reo condenado
a muerte se había escapado de la cárcel. Calíbar fué encargado de
buscarlo. El infeliz, previendo que sería rastreado, había tomado todas
las precauciones que la imagen del cadalso le sugirió. ¡Precauciones
inútiles! Acaso sólo sirvieron para perderle, porque comprometido
Calíbar en su reputación, el amor propio ofendido le hizo desempeñar con
calor una tarea que perdía a un hombre, pero que probaba su maravillosa
vista. El prófugo aprovechaba todos los accidentes del suelo para no
dejar huellas; cuadras enteras había marchado pisando con la punta del
pie; trepábase en seguida a las murallas bajas, cruzaba un sitio y
volvía para atrás. Calíbar lo seguía sin perder la pista; si le sucedía
momentáneamente extraviarse, al hallarla de nuevo exclamaba: «¡Dónde te
_mi-as-dir_!» Al fin llegó a una acequia de agua en los suburbios, cuya
corriente había seguido aquél para burlar al rastreador... ¡Inútil!
Calíbar iba por las orillas sin inquietud, sin vacilar. Al fin se
detiene, examina unas hierbas, y dice: «¡Por aquí ha salido; no hay
rastro, pero estas gotas de agua en los pastos lo indican!» Entra en una
viña; Calíbar reconoció las tapias que la rodeaban, y dijo: «Adentro
está». La partida de soldados se cansó de buscar, y volvió a dar cuenta
de la inutilidad de las pesquisas. «No ha salido» fué la breve respuesta
que sin moverse, sin proceder a nuevo examen, dió el rastreador. No
había salido, en efecto, y al día siguiente fué ejecutado. En 1830
algunos presos políticos intentaban una evasión; todo estaba preparado:
los auxiliares de fuera prevenidos; en el momento de efectuarla, uno
dijo: «¿Y Calíbar?» «¡Cierto!--contestaron los otros anonadados,
aterrados--. ¡Calíbar!» Sus familias pudieron conseguir de Calíbar que
estuviese enfermo cuatro días, contados desde la evasión, y así pudo
efectuarse sin inconveniente.
¿Qué misterio es éste del rastreador? ¿Qué poder microscópico se
desenvuelve en el órgano de la vista de estos hombres? ¡Cuán sublime
criatura es la que Dios hizo a su imagen y semejanza!
Después del rastreador viene el baqueano, personaje eminente y que tiene
en sus manos la suerte de los particulares y de las provincias. El
baqueano es un gaucho grave y reservado, que conoce a palmos veinte mil
leguas cuadradas de llanuras, bosques y montañas. Es el topógrafo más
completo, es el único mapa que lleva un general para dirigir los
movimientos de su campaña. El baqueano va siempre a su lado. Modesto y
reservado como una tapia, está en todos los secretos de la campaña; la
suerte del Ejército, el éxito de una batalla, la conquista de una
provincia, todo depende de él.
El baqueano es casi siempre fiel a su deber; pero no siempre el general
tiene en él plena confianza. Imagináos la posición de un jefe condenado
a llevar un traidor a su lado y a pedirle los conocimientos
indispensables para triunfar. Un baqueano encuentra una sendita que hace
cruz con el camino que lleva: él sabe a qué aguada remota conduce; si
encuentra mil, y esto sucede en un espacio de cien leguas, él las conoce
todas, sabe de dónde vienen y adónde van. El sabe el vado oculto que
tiene un río, más arriba o más abajo del paso ordinario, y esto en cien
ríos o arroyos; él conoce en los ciénagos extensos un sendero por donde
pueden ser atravesados sin inconveniente, y esto en cien ciénagos
distintos.
En lo más obscuro de la noche, en medio de los bosques o en las llanuras
sin límites, perdidos sus compañeros, extraviados, da una vuelta en
círculo de ellos, observa los árboles; si no los hay, se desmonta, se
inclina a tierra, examina algunos matorrales y se orienta de la altura
en que se halla, monta en seguida, y les dice para asegurarlos: «Estamos
en dereseras de tal lugar, a tantas leguas de las habitaciones; el
camino ha de ir al sur», y se dirige hacia el rumbo que señala,
tranquilo, sin prisa de encontrarlo, y sin responder a las objeciones
que el temor o la fascinación sugiere a los otros.
Si aun esto no basta, o si se encuentra en la pampa y la obscuridad es
impenetrable, entonces arranca pastos de varios puntos, huele la raíz y
la tierra, las masca, y después de repetir este procedimiento varias
veces, se cerciora de la proximidad de algún lago, o arroyo salado, o de
agua dulce, y sale en su busca para orientarse fijamente. El general
Rosas, dicen, conoce por el gusto el pasto de cada estancia del sur de
Buenos Aires.
Si el baqueano lo es de la pampa, donde no hay caminos para atravesarla,
y un pasajero le pide que lo lleve directamente a un paraje distante
cincuenta leguas, el baqueano se para un momento, reconoce el horizonte,
examina el suelo, clava la vista en un punto y se echa a galopar con la
rectitud de una flecha, hasta que cambia de rumbo por motivos que sólo
él sabe, y galopando día y noche, llega al lugar designado.
El baqueano anuncia también la proximidad del enemigo, esto es, diez
leguas, y el rumbo por donde se acerca, por medio del movimiento de los
avestruces, de los gamos y guanacos que huyen en cierta dirección.
Cuando se aproxima observa los polvos, y por su espesor cuenta la
fuerza: «son dos mil hombres»--dice--, «quinientos», «doscientos», y el
jefe obra bajo este dato, que casi siempre es infalible. Si los cóndores
y cuervos revolotean en un círculo del cielo, él sabrá decir si hay
gente escondida, o es un campamento recién abandonado, o un simple
animal muerto. El baqueano conoce la distancia que hay de un lugar a
otro; los días y las horas necesarias para llegar a él, y a más una
senda extraviada e ignorada por donde se puede llegar de sorpresa y en
la mitad del tiempo; así es que las partidas de montoneras emprenden
sorpresas sobre pueblos que están a cincuenta leguas de distancia, que
casi siempre las aciertan. ¿Creeráse exagerado? ¡No! El general Rivera,
de la Banda Oriental, es un simple baqueano, que conoce cada árbol que
hay en toda la extensión de la República del Uruguay. No la hubieran
ocupado los brasileños sin su auxilio, y no la hubieran libertado sin él
los argentinos. Oribe, apoyado por Rosas, sucumbió después de tres años
de lucha con el general baqueano, y todo el poder de Buenos Aires, hoy
con sus numerosos ejércitos que cubren toda la campaña del Uruguay,
puede desaparecer destruído a pedazos, por una sorpresa, por una fuerza
cortada mañana, por una victoria que él sabrá convertir en su provecho,
por el conocimiento de algún caminito que cae a retaguardia del enemigo,
o por otro accidente inapercibido o insignificante.
El general Rivera principió sus estudios del terreno el año 1804, y
haciendo la guerra a las autoridades entonces, como contrabandista, a
los contrabandistas después como empleado, al rey en seguida como
patriota, a los patriotas más tarde como montonero, a los argentinos
como jefe brasilero, a éstos como general argentino, a Lavalleja como
presidente, al presidente Oribe como jefe proscripto, a Rosas, en fin,
aliado de Oribe, como general oriental, ha tenido sobrado tiempo para
aprender un poco de la ciencia del baqueano.
El Gaucho Malo: éste es un tipo de ciertas localidades, un _outlaw_, un
_squatter_, un misántropo particular. Es el _Ojo del Alcón_, el
_Trampero_ de Cooper, con toda su ciencia del desierto, con toda su
aversión a las poblaciones de los blancos, pero sin su moral natural y
sin sus conexiones con los salvajes. Llámanle el Gaucho Malo, sin que
este epíteto le desfavorezca del todo. La justicia lo persigue desde
muchos años; su nombre es temido, pronunciado en voz baja, pero sin odio
y casi con respeto. Es un personaje misterioso: mora en la pampa, son su
albergue los cardales, vive de perdices y _mulitas_; si alguna vez
quiere regalarse con una lengua, enlaza una vaca, la voltea solo, la
mata, saca su bocado predilecto y abandona lo demás a las aves
montesinas. De repente se presenta el Gaucho Malo en un pago de donde la
partida acaba de salir, conversa pacíficamente con los buenos gauchos,
que lo rodean y lo admiran; se prevee _de los vicios_, y si divisa la
partida, monta tranquilamente en su caballo y lo apunta hacia el
desierto, sin prisa, sin aparato, desdeñando volver la cabeza. La
partida rara vez lo sigue; mataría inútilmente sus caballos, porque el
que monta el Gaucho Malo es un parejero _pangaré_ tan célebre como su
amo. Si el acaso lo echa alguna vez de improviso entre las garras de la
justicia, acomete a lo más espeso de la partida, y a merced de cuatro
tajadas que con su cuchillo ha abierto en la cara o en el cuerpo de los
soldados, se hace paso por entre ellos, y tendiéndose sobre el lomo del
caballo para sustraerse a la acción de las balas que lo persiguen,
endilga hacia el desierto, hasta que, poniendo espacio conveniente entre
él y sus perseguidores, refrena su trotón y marcha tranquilamente. Los
poetas de los alrededores agregan esta nueva hazaña a la biografía del
héroe del desierto, y su nombradía vuela por toda la vasta campaña. A
veces se presenta a la puerta de un baile campestre con una muchacha que
ha robado; entra en el baile con su pareja, confúndese en las mudanzas
del _cielito_, y desaparece sin que nadie se aperciba de ello. Otro día
se presenta en la casa de la familia ofendida, hace descender de la
grupa a la niña que ha seducido, y desdeñando las maldiciones de los
padres que le siguen, se encamina tranquilo a su morada sin límites.
Este hombre divorciado de la sociedad, proscrito por las leyes; este
salvaje de color blanco, no es en el fondo un ser más depravado que los
que habitan las poblaciones. El osado prófugo que acomete una partida
entera, es inofensivo para con los viajeros. El Gaucho Malo no es un
bandido, no es un salteador; el ataque a la vida no entra en su idea,
como el robo no entraba en la idea del _Churriador_; roba, es cierto,
pero ésta es su profesión, su tráfico, su ciencia. Roba caballos. Una
vez viene al real de una tropa del interior, el patrón propone comprarle
un caballo de tal pelo extraordinario, de tal figura, de tales prendas,
con una estrella blanca en la paleta. El gaucho se recoge, medita un
momento, y después de un rato de silencio, contesta: «No hay actualmente
caballo así.» ¿Qué ha estado pensando el gaucho? En aquel momento ha
recorrido en su mente mil estancias de la pampa, ha visto y examinado
todos los caballos que hay en la provincia, con sus marcas, color,
señas particulares, y convencido de que no hay ninguno que tenga una
estrella en la paleta; unos la tienen en la frente, otros una mancha
blanca en el anca. ¿Es sorprendente esta memoria? ¡No! Napoleón conocía
por sus nombres doscientos mil soldados, y recordaba al verlos todos los
hechos que a cada uno de ellos se referían. Si no se le pide, pues, lo
imposible, en día señalado, en un punto dado del camino, entregará un
caballo tal como se le pide, sin que el anticiparle el dinero sea un
motivo de faltar a la cita. Tiene sobre este punto el honor de los
tahúres sobre la deuda.
Viaja a veces a la campaña de Córdoba, a Santa Fe. Entonces se le ve
cruzar la pampa con una tropilla de caballos por delante; si alguno lo
encuentra, sigue su camino sin acercársele, a menos que él lo solicite.
El cantor. Aquí tenéis la idealización de aquella vida de revueltas, de
civilización, de barbarie y de peligros. El gaucho cantor es el mismo
bardo, el vate, el trovador de la Edad Media, que se mueve en la misma
escena, entre las luchas de las ciudades y del feudalismo de los campos,
entre la vida que se va y la vida que se acerca. El cantor anda de pago
en pago, «de tapera en galpón», cantando sus héroes de la pampa
perseguidos por la justicia, los llantos de la viuda a quien los indios
robaron sus hijos en un malón reciente, la derrota y la muerte del
valiente Rauch, la catástrofe de Facundo Quiroga y la suerte que cupo a
Santos Pérez. El cantor está haciendo candorosamente el mismo trabajo de
crónica, costumbres, historia, biografía, que el bardo de la Edad Media,
y sus versos serían recogidos más tarde como los documentos y datos en
que habría de apoyarse el historiador futuro, si a su lado no estuviese
otra sociedad culta con superior inteligencia de los acontecimientos que
la que el infeliz despliega en sus rapsodias ingenuas. En la República
Argentina se ven a un tiempo dos civilizaciones distintas en un mismo
suelo: una naciente, que, sin conocimiento de lo que tiene sobre su
cabeza, está remedando los esfuerzos ingenuos y populares de la Edad
Media; otra que, sin cuidarse de lo que tiene a sus pies, intenta
realizar los últimos resultados de la civilización europea. El siglo XIX
y el siglo XII viven juntos: el uno dentro de las ciudades, el otro en
las campañas.
El cantor no tiene residencia fija; su morada está donde la noche lo
sorprende, su fortuna en sus versos y en su voz; dondequiera que el
_cielito_ enreda sus parejas sin tasa; dondequiera que se apure una copa
de vino, el cantor tiene su lugar preferente, su parte escogida en el
festín. El gaucho argentino no bebe si la música y los versos no lo
excitan[22], y cada pulpería tiene su guitarra para poner en manos del
cantor, a quien el grupo de caballos estacionados en la puerta anuncia
a lo lejos dónde se necesita el concurso de su gaya ciencia.
El cantor mezcla entre sus cantos heroicos la relación de sus propias
hazañas. Desgraciadamente el cantor, con ser el bardo argentino, no está
libre de tener que habérselas con la Justicia. También tiene que dar la
cuenta de sendas puñaladas que ha distribuído, una o dos _desgracias_
(¡muertes!) que tuvo y algún caballo o alguna muchacha que robó. El año
1840, entre un grupo de gauchos y a orillas del majestuoso Paraná,
estaba sentado en el suelo, y con las piernas cruzadas, un cantor que
tenía azorado y divertido a su auditorio con la larga y animada historia
de sus trabajos y aventuras. Había ya contado lo del rapto de la querida
con los trabajos que sufrió, lo de la _desgracia_ y la disputa que la
motivó; estaba refiriendo su encuentro con la partida y las puñaladas
que en su defensa dió, cuando el tropel y los gritos de los soldados le
avisaron que esta vez estaba cercado. La partida, en efecto, se había
cerrado en forma de herradura; la abertura quedaba hacia el Paraná que
corría 20 varas más abajo: tal era la altura de la barranca. El cantor
oyó la grita sin turbarse; viósele de improviso sobre el caballo,
echando una mirada escudriñadora sobre el círculo de soldados con las
tercerolas preparadas, vuelve el caballo hacia la barranca, le pone el
poncho en los ojos y clávale las espuelas. Algunos instantes después se
veía salir de las profundidades del Paraná el caballo sin freno, a fin
de que nadase con más libertad, y el cantor tomado de la cola volviendo
la cara quietamente, cual si fuera en un bote de ocho remos, hacia la
escena que dejaba en la barranca. Algunos balazos de la partida no
estorbaron que llegase sano y salvo al primer islote que sus ojos
divisaron.
Por lo demás, la poesía original del cantor es pesada, monótona,
irregular, cuando se abandona a la inspiración del momento. Más
narrativa que sentimental, llena de imágenes tomadas de la vida
campestre, del caballo y las escenas del desierto, que la hacen
metafórica y pomposa. Cuando refiere sus proezas o las de algún afamado
malévolo, parécese al improvisador napolitano, desarreglado, prosaico de
ordinario, elevándose a la altura poética por momentos para caer de
nuevo al recitado insípido y casi sin versificación. Fuera de esto, el
cantor posee su repertorio de poesías populares, quintillas, décimas y
octavas, diversos géneros de versos octosílabos. Entre éstos hay muchas
composiciones de mérito y que descubren inspiración y sentimiento.
Aún podría añadir a estos tipos originales muchos otros igualmente
curiosos, igualmente locales, si tuviesen, como los anteriores, la
peculiaridad de revelar las costumbres nacionales, sin lo cual es
imposible comprender nuestros personajes políticos ni el carácter
primordial y americano de la sangrienta lucha que despedaza a la
República Argentina. Andando esta historia, el lector va a descubrir por
sí solo dónde se encuentra el rastreador, el baqueano, el gaucho malo,
el cantor. Verá en los caudillos cuyos nombres han traspasado las
fronteras argentinas y aun en aquéllos que llenan el mundo con el horror
de su nombre, el reflejo vivo de la situación interior del país, sus
costumbres, su organización.
CAPÍTULO III
ASOCIACIÓN.--LA PULPERÍA
Le _Gaucho_ vit de privations,
mais son luxe est la liberté. Fier
d'une indépendance sans bornes,
ses sentiments sauvahes comme sa
vie, sont pourtant nobles et bons.
HEAD.
En el capítulo primero hemos dejado al campesino argentino en el momento
en que ha llegado a la edad viril tal cual lo ha formado la naturaleza y
la falta de verdadera sociedad en que vive. Le hemos visto hombre,
independiente de toda necesidad, libre de toda sujeción, sin ideas de
gobierno, porque todo orden regular y sistemado se hace de todo punto
imposible. Con estos hábitos de incuria, de independencia, va a entrar
en otra escala de la vida campestre que, aunque vulgar, es el punto de
partida de todos los grandes acontecimientos que vamos a ver
desenvolverse muy luego.
No se olvide que hablo de los pueblos esencialmente pastores; que en
éstos toma la fisonomía fundamental, dejando las modificaciones
accidentales que experimentan para indicar a su tiempo los efectos
parciales. Hablo de la asociación de estancias, que, distribuídas de
cuatro en cuatro leguas más o menos, cubren la superficie de una
provincia.