rodean las ciudades y penetremos en la vida interior de sus habitantes.
Ya he dicho que en muchas provincias el límite forzoso es el desierto
intermedio y sin agua. No sucede así, por lo general, con la campaña de
una provincia, en la que reside la mayor parte de su población. La de
Córdoba, por ejemplo, que cuenta 160.000 almas, apenas 20 están dentro
del recinto de la aislada ciudad; todo el grueso de la población está en
los campos, que, así como por lo común son llanos, casi por todas
partes son pastosos, ya estén cubiertos de bosques, ya desnudos de
vegetación mayor, y en algunas con tanta abundancia y de tan exquisita
calidad, que el prado artificial no llegaría a aventajarles. Mendoza y
San Juan, sobre todo, se exceptúan de esta peculiaridad de la superficie
inculta, por lo que sus habitantes viven principalmente de los productos
de la agricultura. En todo lo demás, abundando los pastos, la cría de
ganado es, no la ocupación de los habitantes, sino su medio de
subsistencia. Ya la vida pastoril nos vuelve impensadamente a traer a la
imaginación el recuerdo de Asia, cuyas llanuras nos imaginamos siempre
cubiertas aquí y allá de las tiendas del calmuco, del cosaco o del
árabe. La vida primitiva de los pueblos, la vida eminentemente bárbara y
estacionaria, la vida de Abraham, que es la del beduíno de hoy, asoma en
los campos argentinos, aunque modificada por la civilización de un modo
extraño.
La tribu árabe que vaga por las soledades asiáticas vive reunida bajo el
mando de un anciano de la tribu o un jefe guerrero; la sociedad existe,
aunque no esté fija en un punto determinado de la tierra; las creencias
religiosas, las tradiciones inmemoriales, la invariabilidad de las
costumbres, el respeto a los ancianos, forman reunidos un código de
leyes, de usos y prácticas de gobierno, que mantienen la moral, tal como
la comprenden, el orden y la asociación de tribu. Pero el progreso está
sofocado, porque no puede haber progreso sin la posesión permanente del
suelo, sin la ciudad, que es la que desenvuelve la capacidad industrial
del hombre y le permite extender sus adquisiciones.
En las llanuras argentinas no existe la tribu nómade; el pastor posee
el suelo con títulos de propiedad; está fijo en un punto que le
pertenece; pero para ocuparlo ha sido necesario disolver la asociación y
derramar las familias sobre una inmensa superficie. Imagináos una
extensión de 2.000 leguas cuadradas cubierta toda de población, pero
colocadas las habitaciones a cuatro leguas de distancia unas de otras, a
ocho a veces, a dos las más cercanas. El desenvolvimiento de la
propiedad mobiliaria no es imposible; los goces del lujo no son del todo
incompatibles con este aislamiento; puede la fortuna levantar un
soberbio edificio en el desierto; pero el estímulo falta, el ejemplo
desaparece, la necesidad de manifestarse con dignidad que se siente en
las ciudades, no se hace sentir allí, en el aislamiento y la soledad.
Las privaciones indispensables justifican la pereza natural, y la
frugalidad en los goces trae en seguida todas las exterioridades de la
barbarie. La sociedad ha desaparecido completamente; queda sólo la
familia feudal, aislada, reconcentrada; y no habiendo sociedad reunida,
toda clase de gobierno se hace imposible: la municipalidad no existe, la
policía no puede ejercerse y la justicia civil no tiene medios de
alcanzar a los delincuentes.
Ignoro si el mundo moderno presenta un género de asociación tan
monstruoso como éste. Es todo lo contrario del municipio romano, que
reconcentraba en un recinto toda la población y de allí salía a labrar
los campos circunvecinos. Existía, pues, una organización social fuerte,
y sus benéficos resultados se hacen sentir hasta hoy y han preparado la
civilización moderna. Se asemeja a la antigua slobada esclavona, con la
diferencia de que aquélla era agrícola y, por tanto, más susceptible de
gobierno; el desparramo de la población no era tan extenso como éste. Se
diferencia de la tribu nómade, en que aquélla anda en sociedad
siquiera, ya que no se posesiona del suelo. Es, en fin, algo parecido a
la feudalidad de la Edad Media, en que los barones residían en el campo
y desde allí hostilizaban las ciudades y asolaban las campañas; pero
aquí faltan el barón y el castillo feudal. Si el poder se levanta en el
campo, es momentáneamente, es democrático: ni se hereda, ni puede
conservarse, por falta de montañas y posiciones fuertes. De aquí resulta
que aun la tribu salvaje de la pampa está organizada mejor que nuestras
campañas para el desarrollo moral.
Pero lo que presenta de notable esta sociedad, en cuanto a su aspecto
social, es su afinidad con la vida antigua, con la vida espartana o
romana, si por otra parte no tuviese una desemejanza radical. El
ciudadano libre de Esparta o de Roma echaba sobre sus esclavos el peso
de la vida material, el cuidado de proveer a la subsistencia, mientras
que él vivía libre de cuidados en el foro, en la plaza pública,
ocupándose exclusivamente de los intereses del Estado, de la paz, la
guerra, las luchas de partido. El pastoreo proporciona las mismas
ventajas, y la función inhumana del ilota antiguo la desempeña el
ganado. La procreación espontánea forma y acrece indefinidamente la
fortuna; la mano del hombre está por demás; su trabajo, su inteligencia,
su tiempo, no son necesarios para la conservación y aumento de los
medios de vivir. Pero si nada de esto necesita para lo material de la
vida, las fuerzas que economiza no puede emplearlas como el romano;
fáltale la ciudad, el municipio, la asociación íntima, y, por tanto,
fáltale la base de todo desarrollo social; no estando reunidos los
estancieros, no tienen necesidades públicas que satisfacer; en una
palabra: no hay _res pública_.
El progreso moral, la cultura de la inteligencia descuidada en la tribu
árabe o tártara, es aquí no sólo descuidada, sino imposible. ¿Dónde
colocar la escuela para que asistan a recibir lecciones los niños
diseminados a diez leguas de distancia en todas direcciones? Así, pues,
la civilización es del todo irrealizable, la barbarie es normal[18], y
gracias si las costumbres domésticas conservan un corto depósito de
moral. La religión sufre las consecuencias de la disolución de la
sociedad; el curato es nominal, el púlpito no tiene auditorio, el
sacerdote huye de la capilla solitaria o se desmoraliza en la inacción y
en la soledad; los vicios, el simoniaquismo, la barbarie normal,
penetran en su celda y convierten su superioridad moral en elementos de
fortuna y de ambición, porque al fin concluye por hacerse caudillo de
partido.
Yo he presenciado una escena campestre digna de los tiempos primitivos
del mundo, anteriores a la institución del sacerdocio. Hallábame en la
Sierra de San Luis, en casa de un estanciero cuyas dos ocupaciones
favoritas eran rezar y jugar. Había edificado una capilla en la que los
domingos por la tarde rezaba él mismo el rosario, para suplir al
sacerdote y el oficio divino de que por años habían carecido. Era aquél
un cuadro homérico: el sol llegaba al ocaso; las majadas que volvían al
redil hendían el aire con sus confusos balidos; el dueño de la casa,
hombre de sesenta años, de una fisonomía noble, en que la raza europea
pura se ostentaba por la blancura del cutis, los ojos azulados, la
frente espaciosa y despejada, hacía coro, a que contestaban una docena
de mujeres y algunos mocetones, cuyos caballos, no bien domados aún,
estaban amarrados cerca de la puerta de la capilla. Concluído el
rosario, hizo un fervoroso ofrecimiento. Jamás he oído voz más llena de
unción, fervor más puro, fe más firme, ni oración más bella, más
adecuada a las circunstancias que la que recitó. Pedía en ella a Dios
lluvia para los campos, fecundidad para los ganados, paz para la
República, seguridad para los caminantes... Yo soy muy propenso a
llorar, y aquella vez lloré hasta sollozar, porque el sentimiento
religioso se había despertado en mi alma con exaltación y como una
sensación desconocida, porque nunca he visto escena más religiosa; creía
estar en los tiempos de Abraham, en su presencia, en la de Dios y de la
naturaleza que lo revela; la voz de aquel hombre candoroso e inocente me
hacía vibrar todas las fibras y me penetraba hasta la medula de los
huesos.
He aquí a lo que está reducida la religión en las campañas pastoras: a
la religión natural; el cristianismo existe, como el idioma español, en
clase de tradición que se perpetúa, pero corrompido, encarnado en
supersticiones groseras, sin instrucción, sin culto y sin convicciones.
En casi todas las campañas apartadas de las ciudades ocurre que, cuando
llegan comerciantes de San Juan o de Mendoza, les presentan tres o
cuatro niños de meses y de un año para que los bauticen, satisfechos de
que por su buena educación podrán hacerlo de un modo válido; y no es
raro que a la llegada de un sacerdote se le presenten mocetones, que
vienen domando un potro, a que les ponga el óleo y administre el
bautismo _sub conditione_.
A falta de todos los medios de civilización y de progreso, que no pueden
desenvolverse sino a condición de que los hombres estén reunidos en
sociedades numerosas, ved la educación del hombre en el campo. Las
mujeres guardan la casa, preparan la comida, trasquilan las ovejas,
ordeñan las vacas, fabrican los quesos y tejen las groseras telas de que
se visten; todas las ocupaciones domésticas, todas las industrias
caseras las ejerce la mujer; sobre ella pesa casi todo el trabajo, y
gracias si algunos hombres se dedican a cultivar un poco de maíz para el
alimento de la familia, pues el pan es inusitado como manutención
ordinaria. Los niños ejercitan sus fuerzas y se adiestran por placer en
el manejo del lazo y de las boleadoras, con que molestan y persiguen sin
descanso a las terneras y cabras; cuando son jinetes, y esto sucede
luego de aprender a caminar, sirven a caballo en algunos quehaceres; más
tarde, y cuando ya son fuertes, recorren los campos cayéndose y
levantándose, rodando a designio de las vizcacheras, salvando
precipicios y adiestrándose en el manejo del caballo; cuando la pubertad
asoma se consagran a domar potros salvajes, y la muerte es el castigo
menor que les aguarda si un momento les faltan las fuerzas o el coraje.
Con la juventud primera viene la completa independencia y la
desocupación.
Aquí principia la vida pública, diré, del gaucho, pues que su educación
está ya terminada. Es preciso ver a estos españoles, por el idioma
únicamente y por las confusas nociones religiosas que conservan, para
saber apreciar los caracteres indómitos y altivos que nacen de esta
lucha del hombre aislado con la naturaleza salvaje, del racional con el
bruto; es preciso ver estas caras cerradas de barba, estos semblantes
graves y serios, como los de los árabes asiáticos, para juzgar del
compasivo desdén que les inspira la vista del hombre sedentario de las
ciudades, que puede haber leído muchos libros, pero que no sabe aterrar
un toro bravío y darle muerte, que no sabrá proveerse de caballo a
campo abierto, a pie y sin el auxilio de nadie; que nunca ha parado un
tigre, recibídolo con el puñal en una mano y el poncho envuelto en la
otra, para meterlo en la boca, mientras le traspasa el corazón y lo deja
tendido a sus pies. Este hábito de triunfar de las resistencias, de
mostrarse siempre superior a la naturaleza, de desafiarla y vencerla,
desenvuelve prodigiosamente el sentimiento de la importancia individual
y de la superioridad. Los argentinos, de cualquier clase que sean,
civilizados o ignorantes, tienen una alta conciencia de su valer como
nación; todos los demás pueblos americanos les echan en cara esta
vanidad, y se muestran ofendidos de su presunción y arrogancia. Creo que
el cargo no es del todo infundado, y no me pesa de ello. ¡Ay del pueblo
que no tiene fe en sí mismo! ¡Para ése no se han hecho las grandes
cosas! ¿Cuánto no habrá podido contribuir a la independencia de una
parte de la América la arrogancia de estos gauchos argentinos que nada
han visto bajo el sol mejor que ellos, ni el hombre sabio ni el
poderoso? El europeo es para ellos el último de todos, porque no resiste
a un par de corcovos del caballo[19]. Si el origen de esta vanidad
nacional en las clases inferiores es mezquino, no son por eso menos
nobles las consecuencias, como no es menos pura el agua de un río porque
nazca de vertientes cenagosas e infectas. Es implacable el odio que les
inspiran los hombres cultos, e invencible su disgusto por sus vestidos,
usos y maneras. De esta pasta están amasados los soldados argentinos, y
es fácil imaginarse los hábitos que de este género pueden dar en valor y
sufrimiento para la guerra; añádase que desde la infancia están
habituados a matar las reses, y que este acto de crueldad necesaria los
familiariza con el derramamiento de sangre, y endurece su corazón contra
los gemidos de las víctimas.
La vida del campo, pues, ha desenvuelto en el gaucho las facultades
físicas, sin ninguna de las de la inteligencia. Su carácter moral se
resiente de su hábito de triunfar de los obstáculos y del poder de la
naturaleza; es fuerte, altivo, enérgico. Sin ninguna instrucción, sin
necesitarla tampoco, sin medios de subsistencia como sin necesidades, es
feliz en medio de su pobreza y de sus privaciones, que no son tales para
el que nunca conoció mayores goces, ni extendió más altos sus deseos; de
manera que si esta disolución de la sociedad radica hondamente la
barbarie por la imposibilidad y la inutilidad de la educación moral e
intelectual, no deja, por otra parte, de tener sus atractivos. El gaucho
no trabaja; el alimento y el vestido lo encuentra preparado en su casa;
uno y otro se lo proporcionan sus ganados, si es propietario; la casa
del patrón o del pariente, si nada posee. Las atenciones que el ganado
exige se reducen a correrías y partidas de placer. La hierra, que es
como la vendimia de los agricultores, es una fiesta cuya llegada se
recibe con transportes de júbilo; allí es el punto de reunión de todos
los hombres de veinte leguas a la redonda; allí la ostentación de la
increíble destreza en el lazo. El gaucho llega a la hierra al paso lento
y mesurado de su mejor _parejero_, que detiene a distancia apartada; y
para gozar mejor del espectáculo, cruza la pierna sobre el pescuezo del
caballo. Si el entusiasmo lo anima, desciende lentamente del caballo,
desarrolla su lazo y lo arroja sobre un toro que pasa con la velocidad
del rayo a cuarenta pasos de distancia; lo ha cogido de una uña, que era
lo que se proponía, y vuelve tranquilo a enrollar su _cuerda_.
CAPÍTULO II
ORIGINALIDAD Y CARACTERES ARGENTINOS.--EL RASTREADOR.--EL BAQUEANO.--EL
GAUCHO MALO.--EL CANTOR
Ainsi que l'océan, les steppe
remplissent l'esprit du sentiment
de l'infini.
HUMBOLDT.
Si de las condiciones de la vida pastoril, tal como la ha constituído la
colonización y la incuria, nacen graves dificultades para una
organización política cualquiera, y muchas más para el triunfo de la
civilización europea, de sus instituciones, y de la riqueza y libertad,
que son sus consecuencias, no puede, por otra parte, negarse que esta
situación tiene su costado poético, fases dignas de la pluma del
romancista. Si un destello de literatura nacional puede brillar
momentáneamente en las nuevas sociedades americanas, es el que resultará
de la descripción de las grandiosas escenas naturales, y, sobre todo, de
la lucha entre la civilización europea y la barbarie indígena, entre la
inteligencia y la materia; lucha imponente en América, y que da lugar a
escenas tan peculiares, tan características y tan fuera del círculo de
ideas en que se ha educado el espíritu europeo, porque los resortes
dramáticos se vuelven desconocidos fuera del país donde se toman, los
usos sorprendentes y originales los caracteres.
El único romancista norteamericano que haya logrado hacerse un nombre
europeo es Fenimore Cooper, y eso porque transportó la escena de sus
descripciones fuera del círculo ocupado por los plantadores, al límite
entre la vida bárbara y la civilizada, al teatro de la guerra en que las
razas indígenas y la raza sajona están combatiendo por la posesión del
terreno.
No de otro modo nuestro joven poeta Echeverría ha logrado llamar la
atención del mundo literario español con su poema titulado _La Cautiva_.
Este bardo argentino dejó a un lado a Dido y Arjea, que sus predecesores
los Varelas trataron con maestría clásica y estro poético, pero sin
suceso y sin consecuencia, porque nada agregaban al caudal de nociones
europeas, y volvió sus miradas al desierto, y allá en la inmensidad sin
límites, en las soledades en que vaga el salvaje, en la lejana zona de
fuego que el viajero ve acercarse cuando los campos se incendían, halló
las inspiraciones que proporciona a la imaginación el espectáculo de una
naturaleza solemne, grandiosa, inconmensurable, callada; y entonces el
eco de sus versos pudo hacerse oír con aprobación aun por la península
española.
Hay que notar de paso un hecho, que es muy explicativo, de los fenómenos
sociales de los pueblos. Los accidentes de la naturaleza producen
costumbres y usos peculiares a estos accidentes, haciendo que donde
estos accidentes se repiten vuelvan a encontrarse los mismos medios de
parar a ellos, inventados por pueblos distintos. Esto me explica por qué
la flecha y el arco se encuentran en todos los pueblos salvajes,
cualesquiera que sea su raza, su origen y su colocación geográfica.
Cuando leía en _El último de los Mohicanos_, de Cooper, que Ojo de Alcón
y Uncas habían perdido el rastro de los Mingos en un arroyo, dije: «Van
a tapar el arroyo.» Cuando en _La Pradera_, el Trampero mantiene la
incertidumbre y la agonía mientras el fuego los amenaza, un argentino
habría aconsejado lo mismo que el Trampero sugiere al fin, que es
limpiar un lugar para guarecerse, e incendiar a su vez, para poderse
retirar del fuego que invade sobre las cenizas del que se ha encendido.
Tal es la práctica de los que atraviesan la pampa para salvarse de los
incendios del pasto. Cuando los fugitivos de _La Pradera_ encuentran un
río, y Cooper describe la misteriosa operación del Pawnie con el cuero
de búfalo que recoge, va a hacer la _pelota_, me dije a mí mismo:
lástima es que no haya una mujer que la conduzca, que entre nosotros son
las mujeres las que cruzan los ríos con la _pelota_ tomada con los
dientes por un lazo. El procedimiento para asar una cabeza de búfalo en
el desierto es el mismo que nosotros usamos para _batear_ una cabeza de
vaca o un lomo de ternera. En fin, otros mil accidentes que omito
prueban la verdad de que modificaciones análogas del suelo traen
análogas costumbres, recursos y expedientes. No es otra la razón de
hallar en Fenimore Cooper descripciones de usos y costumbres que parecen
plagiadas de la pampa; así, hallamos en los hábitos pastoriles de la
América, reproducidos, hasta los trajes, el semblante grave y
hospitalidad árabes.
Existe, pues, un fondo de poesía que nace de los accidentes naturales
del país y de las costumbres excepcionales que engendra. La poesía para
despertarse, porque la poesía es como el sentimiento religioso, una
facultad del espíritu humano, necesita el espectáculo de lo bello, del
poder terrible, de la inmensidad de la extensión, de lo vago, de lo
incomprensible, porque sólo donde acaba lo palpable y vulgar empiezan
las mentiras de la imaginación, el mundo ideal. Ahora yo pregunto: ¿Qué
impresiones ha de dejar en el habitante de la República Argentina el
simple acto de clavar los ojos en el horizonte, y ver... no ver nada?
Porque cuanto más hunde los ojos en aquel horizonte incierto, vaporoso,
indefinido, más se aleja, más lo fascina, lo confunde y lo sume en la
contemplación y la duda. ¿Dónde termina aquel mundo que quiere en vano
penetrar? ¡No lo sabe! ¿Qué hay más allá de lo que ve? La soledad, el
peligro, el salvaje, la muerte. He aquí ya la poesía. El hombre que se
mueve en estas escenas, se siente asaltado de temores e incertidumbres
fantásticas, de sueños que le preocupan despierto.
De aquí resulta que el pueblo argentino es poeta por carácter, por
naturaleza. ¿Ni cómo ha de dejar de serlo, cuando en medio de una tarde
serena y apacible una nube torva y negra se levanta sin saber de dónde,
se extiende sobre el cielo mientras se cruzan dos palabras, y de repente
el estampido del trueno anuncia la tormenta que deja frío al viajero, y
reteniendo el aliento por temor de atraerse un rayo de dos mil que caen
en torno suyo? La obscuridad se sucede después a la luz; la muerte está
por todas partes; un poder terrible, incontrastable, le ha hecho en un
momento reconcentrarse en sí mismo y sentir su nada en medio de aquella
naturaleza irritada; sentir a Dios, por decirlo de una vez, en la
aterrante magnificencia de sus obras. ¿Qué más colores para la paleta de
la fantasía? Masas de tinieblas que anublan el día; masas de luz lívida,
temblorosa, que ilumina un instante las tinieblas y muestra la pampa a
distancias infinitas, cruzándolas vivamente el rayo, en fin, símbolo del
poder. Estas imágenes han sido hechas para quedarse hondamente grabadas.
Así, cuando la tormenta pasa, el gaucho se queda triste, pensativo,
serio, y la sucesión de luz y tinieblas se continúa en su imaginación,
del mismo modo que cuando miramos fijamente el sol nos queda por largo
tiempo su disco en la retina.
Preguntadle al gaucho, a quien matan con preferencia los rayos, y os
introducirá en un mundo de idealizaciones morales y religiosas,
mezcladas de hechos naturales, pero mal comprendidos, de tradiciones
supersticiosas y groseras. Añádase que, si es cierto que el flúido
eléctrico entra en la economía de la vida humana y es el mismo que
llaman flúido nervioso, el cual excitado subleva las pasiones y enciende
el entusiasmo, muchas disposiciones debe tener para los trabajos de la
imaginación el pueblo que habita bajo una atmósfera recargada de
electricidad hasta el punto que la ropa frotada chisporrotea como el
pelo contrariado del gato.
¿Cómo no ha de ser poeta el que presencia estas escenas imponentes:
«Gira en vano, reconcentra
su inmensidad, y no encuentra
la vista en su vivo anhelo
do fijar su fugaz vuelo
como el pájaro en la mar.
Doquier campo y heredades
del ave y bruto guaridas;
doquier cielo y soledades
de Dios sólo conocidas,
que El sólo puede sondar»[20],
o el que tiene a la vista esta naturaleza engalanada?:
«De las entrañas de América
dos raudales se destacan:
el Paraná, faz de perlas,
y el Uruguay, faz de nácar.
Los dos entre bosques corren
o entre floridas barrancas,
como dos grandes espejos
entre marcos de esmeraldas.
Salúdanlos en su paso
la melancólica pava,
el picaflor y jilguero,
el zorzal y la torcaza.
Como ante reyes se inclinan
ante ellos seibos y palmas,
y le arrojan flor del aire,
aroma y flor de naranja;
luego en el Guazú se encuentran,
y reuniendo sus aguas,
mezclando nácar y perlas,
se derraman en el Plata»[21].
Pero ésta es la poesía culta, la poesía de la ciudad; hay otra que hace
oír sus ecos por los campos solitarios: la poesía popular, candorosa y
desaliñada del gaucho.
También nuestro pueblo es músico. Esta es una predisposición nacional
que todos los vecinos le reconocen. Cuando en Chile se anuncia por la
primera vez un argentino en una casa, lo invitan al piano en el acto, o
le pasan una vihuela, y si se excusa diciendo que no sabe pulsarla, o
extrañan y no le creen, «porque siendo argentino--dicen--debe ser
músico». Esta es una preocupación popular que acusa nuestros hábitos
nacionales. En efecto: el joven culto de las ciudades toca el piano o
la flauta, el violín o la guitarra; los mestizos se dedican casi
exclusivamente a la música, y son muchos los hábiles compositores e
instrumentistas que salen de entre ellos. En las noches de verano se oye
sin cesar la guitarra en la puerta de las tiendas, y tarde de la noche
el sueño es dulcemente interrumpido por las serenatas y los conciertos
ambulantes.
El pueblo campesino tiene sus cantares propios.
El _triste_, que predomina en los pueblos del Norte, es un canto frigio,
plañidero, natural al hombre en el estado primitivo de barbarie, según
Rousseau.