Vagaban indolentes por la terraza, como si hicieran tiempo, Pez, Rosalía
y la hermana del intendente. Esta fue a la vivienda del sumiller, y la
elegante pareja se quedó sola... El pobre D. Manuel era en verdad digno
de lástima. La monomanía religiosa de su mujer llegaba ya a tan enfadoso
extremo que no era posible soportarla... «¿Qué cree usted?, me
incocoraba tanto oír a Serafinita el cuento, ya tan viejo y resobado de
sus penalidades, que estaba deseando echar a correr... Aquella voz de
canturria de coro y aquellos suspiros de funeral me atacan los
nervios... Yo soy religioso y creo cuanto la Iglesia manda
creer; pero esta gente que _se acuesta con Dios y con Dios se levanta_
se me sienta en la boca del estómago. Esa Serafinita es la que le ha
sorbido los sesos a mi pobre Carolina, es la autora de mi desgracia y
del aborrecimiento que tengo a mi propio domicilio... ¡Oh!, amiga mía,
no sabe usted qué enfermedad tan triste es esa del horror a la casa...
Felizmente no la conoce usted... Yo quisiera estar fuera todo el día, y
no parecer por allí... Insensiblemente me acostumbro a considerar como
casa propia la casa de mi amigo, y ni un instante se me va del
pensamiento la comparación entre el calor cordial de aquí y la frialdad
seca de allá... Soy hombre que no puede vivir sin cariño. Es para mí tan
necesario como el aire. Sin él me asfixio, me muero. Allí donde lo
encuentro, armo mi tienda y allí me quedo...».
Isabelita y Alfonsín pasaron corriendo. Iban sofocados, sudorosos, de
tanto como habían bregado en la galería del piso tercero con Irene y las
chicas del jefe de cocinas. «¡Hija, cómo estás!...--dijo Rosalía,
deteniendo a la niña--. Tienes la cara como un cangrejo cocido... Ahora
corre aire... métete en casa; no te constipes... ¿Y este granuja...? ¿Ve
usted cómo viene?, todo roto y hecho un Adán. Mire usted qué rodillas...
Si se le pusiera traje de hierro lo mismo lo rompería...».
«¡Qué gracioso barbián! Es de la piel del diablo... Este será
un hombre»--indicó Pez besándole, y besando también a la niña.
--Dame cuartos--dijo el pequeño con descaro.
--¿Ve usted qué pillete?... ¡chico!... ¿qué es eso?... No haga usted
caso. Tiene la mala costumbre de pedir cuartos a todo el mundo. No sé
dónde habrá aprendido tales mañas. Es una risa... Una tarde que les
llevé a que les viera Su Majestad... ¡bochorno mayor no he pasado en mí
vida! No había medio de hacerles hablar una palabra: de repente, este
bribón se planta, mira a la Reina con la mayor desvergüenza del mundo, y
alargando su manocita... «dame cuartos». Su Majestad rompió a reír.
--Bien, señorito precoz, toma cuartos.
--¿Qué hace usted? Si los quiere para comprar porquerías... Esta tonta
no pide; pero cuando se los dan los toma. No crea usted que es
gastadora. ¡Quia! Todo lo va guardando en su hucha y tiene ya un
capital. Esta sale...
--Sale a papá...
--Vaya, a casa, que os enfriáis aquí... ¡Cómo sudas, hija!... Allá voy
en seguida.
De cuatro brincos se pusieron en la puerta de la escalera de Cáceres, y
por allí pasaron a su casa. Pez dio un suspiro. Rosalía llevaba en su
mano una rosa medio estrujada, olorosísima, en cuyo cáliz introducía la
nariz de rato en rato, cual si quisiera aspirar de una vez todo el aroma
contenido en ella. Tal flor era digna funda de nariz tan
bonita.
«Porque usted--dijo Pez volviendo a su tema quejumbrón--tendrá al fin
que echarme de su casa... tan pegajoso e impertinente soy».
Ella debió de contestar que no había para qué expulsar a nadie, y él,
animándose, pidió perdón de su apego a la familia Bringas... Privarle
del consuelo de tales afecciones habría sido una crueldad; y hablando en
plata, el foco de atracción... sí, esta era la palabra, el foco de
atracción... «no encuentro que esté tanto en mi buen amigo como en mi
amiga incomparable. Usted me comprende mejor que él y que nadie. Es
particular; el día en que no puedo cambiar dos palabras con usted parece
que me falta algo, parece que no tienen jugo que beber las raíces de la
vida, parece que se seca la savia del ser...». Tiraba Pez hacia lo
poético y filosófico, y Rosalía, oyéndole con henchimiento de vanidad y
de nariz, aplastaba contra esta la rosa, cuya fragancia les envolvía a
entrambos.
«Esta simpatía irresistible es más fuerte que yo. Prohíbame usted venir,
y verá cómo se extingue una vida consagrada en otro tiempo a la familia,
y siempre al servicio del país...; hará usted el mayor daño que se puede
hacer a un hombre... sin provecho de nadie...».
No debió ella de mostrarse muy arisca, porque el otro expresó su deseo
de que se vieran más a menudo... Cuando el pobrecito Bringas
se curase, ¿por qué no habían de verse con frecuencia y de modo que
pudieran hablar con alguna libertad...?
Aún había mucho que decir; pero no era posible prolongar el paseíto. Al
llegar a la puerta de la casa, salió Isabelita al encuentro de su mamá
gritando con inocente júbilo: «¡Papá ve, papá ve!». Entraron
apresuradamente Rosalía y Pez, poseídos de gozo por tan buena nueva, y
vieron a D. Francisco que se paseaba de largo a largo en Gasparini con
la venda alzada, gesticulando, tan nervioso y excitado que parecía
demente.
«Nada más que un poco de escozor, una penita... Pero todo lo veo... A
usted, querido Pez, le encuentro más joven... Pues mi mujer se ha
quitado quince años... ¡Por vida del sayo de las once mil vírgenes...!
Estoy loco de alegría... Nada más que un borde rojizo en los objetos,
nada más... la claridad me ofende un poco... Cuestión de algunos días...
Abrázame, mujer, abrazarme todos...».
--No cantes victoria, no cantes victoria tan pronto--indicó Rosalía,
flechada súbitamente por un pensamiento triste en medio de su alegría--.
Hay que temer la recaída... A ser tú, yo no me quitaría la venda.
--¿Qué es esto?--dijo el médico, que entró sin anunciarse--. ¿Jarana
tenemos? ¿Qué correrías son esas, amigo Bringas? La venda...
No hay que fiar todavía.
--Claro es que no conviene. Un poco más de paciencia, hombre. Luego los
baños...
--¿Qué baños?... yo no voy a baños--aseguró Thiers dejándose poner la
venda por las autorizadas manos del médico--. No los necesito. No me
vengan con papas.
--Eso lo veremos--manifestó el doctor con bondad--. Ahora a la cárcel
otra vez. No se me escape usted antes de tiempo, que podría suceder que
la prisión se alargase más de lo regular. Vamos muy bien, vamos muy
bien, y llegaremos si seguimos despacio.
La luz crepuscular con la cual nuestro querido Thiers había tenido el
gusto inmenso de probar el restablecimiento de sus funciones ópticas, se
desvanecía lentamente. Por fin, la habitación se alumbraba sólo con el
resplandor que el sol había dejado en el cielo detrás de la Casa de
Campo, y aquel era tan fuerte como el llamear de un incendio. Rosalía
quiso encender luz, pero Bringas saltó vivamente con la observación de
que la luz no hacía falta para nada... «Eso es, lamparita para que nos
asemos de calor... Dispense usted, Sr. D. Manuel; pero me parece que
estamos mejor a oscuras... Paquito, abre toda la ventana. Que entre el
aire, aire, aire...».
Poco después, Bringas, cansado de oír las anécdotas
universitarias que su hijito le contaba, dijo en voz alta: «Sr. de
Pez... ¿No está?».
«No está»--observó Paquito.
--¡Rosalía!
--¡Mamá!--gritó el joven llamando.
Poco después apareció Rosalía. Su majestuosa figura, fantasma blanco en
medio de la sombra, traía como un misterio teatral a la solitaria
habitación en que el padre y el hijo estaban, rodeados de tinieblas e
invisibles.
«¿Se ha marchado D. Manuel?».
--No, está en el balcón de la Saleta, contemplando... siento que no lo
puedas ver... contemplando el resplandor que ha dejado el sol hacia
Poniente... Es como si se estuviera quemando medio mundo.
--Ve, no le dejes solo... Hoy le hice una pequeña indicación acerca del
ascenso del niño, y me parece que no lo ha tomado mal. Dijo un _veremos_
que me ha olido a _sí_... ¡Ah!, no olvides que a las nueve menos cuarto
hemos de cenar.
A dicha hora despidiose Pez, y Rosalía, trocando su galana bata por otra
de trapillo y sus zapatos bajos por unas zapatillas de suela de cáñamo,
empezó a disponer la cena. Quejábase de un fuerte dolor de cabeza y no
tomaría más que un poco de menestra. Su marido le rogaba que se
recogiera; más ella «tenía harto que hacer para acostarse tan
temprano...». ¡Ay!, la tertulia de doña Tula y aquel charla que te
charla de Pez y Serafinita, habíanle puesto su cabeza como un
bombo... Luego el D. Manuel era capaz de dar jaqueca al gallo de la
Pasión con la cantinela de sus lamentaciones. Ya eran tantas sus
calamidades que Job se quedaba tamañito.
--En fin, hija, acuestate, para que descanses de toda esa monserga... Es
preciso oír con paciencia todo lo que Pez nos quiera contar, porque...
ya ves lo que dice. Somos su paño de lágrimas, y aquí viene el pobre a
desahogar sus penas.
Hizo al fin Rosalía lo que su esposo le ordenaba. Levantados los
manteles, se apagaron las luces, y encargado Paquito de dar a su papá
las medicinas que tomaba más tarde, la cabeza de la ilustre dama buscó
descanso en las almohadas. El sueño, no obstante, vino tarde, tras un
largo rato de cavilación congestiva.