«¿No le preguntaste si se han casado?»--dijo Rosalía a su esposo, cuando
volvió apresuradamente al lado de él.
--Tuve la palabra en la boca más de una vez para preguntárselo; pero no
me atreví, por temor a que me dijese que no, y tomase yo un berrinchín.
--He tenido que contenerme, para no ponerla en la calle--declaró la dama
haciendo todo lo necesario para mostrarse poseída de un furor sacro,
hijo legítimo del sentimiento de la dignidad--. Es osadía metérsenos
aquí y venir con recados estúpidos de la buena pieza de su hermanita...
otra que tal. ¡Ni qué nos importa que Amparo se interese o no por
nosotros!... Pues los sentimientos de Agustín también me hacen gracia...
Una gente para quien el catecismo es como los pliegos de aleluyas... Yo
estaba volada oyéndola. No sé cómo tú tenías paciencia para aguantar tal
retahíla de mentiras y sandeces... Y ahora se sale con vender
novedades... ¡qué porquerías serán esas! Te aseguro que me daba un
asco...
La entrada del Sr. de Pez cortó la serie de observaciones que sin duda
habían de ilustrar el asunto. Poco después, Bringas, que no se cansaba
nunca de dar órdenes, dispuso que de allí en adelante se comiese a la
una o una y media, a usanza española, cenando a las nueve de la noche.
Esto no sólo era más cómodo en la estación calorosa, sino más económico,
porque se gastaba menos carbón. La cena debía de ser de cosa ligera.
Recomendó mi hombre las lentejas, menestras de acelgas y guisantes,
aunque fueran de caldo negro, las sopas de ajo, y abstinencia de carne
por las noches. Este plan no tenía más inconveniente que la necesidad de
añadir a los estómagos, de tarde, el peso de un chocolatito,
cuya carga, por la circunstancia de haberse pegado doña Cándida a la
familia como una lapa, se hacía punto menos que insoportable. Verdad es
que Dios iba siempre en ayuda de Thiers, porque doña Tula, que en verano
adoptaba el mismo sistema de comidas, hacía todas las tardes un
chocolate riquísimo y casi siempre mandaba al enfermo una jícara, bien
custodiada de mojicón y bizcochos.
«Esta doña Tula--decía Bringas cuando sentía entrar a la criada de su
vecina--, es una persona muy atenta...».
Rosalía pasaba a la vivienda de Doña Tula, y rara vez faltaba Pez al
chocolate de las seis y media.. Allí se encontraban otras personas muy
calificadas de la ciudad, como la hermana del intendente, un señor
capellán a veces, el oficial segundo de la mayordomía, el inspector
general, el médico y otros. Milagros no ponía nunca los pies en la casa
de su hermana, pues hacía algún tiempo que no se trataban. Hablando de
la marquesa, solía doña Tula designarla con alguna reticencia; pero sin
pasar de aquí. María estaba casi siempre, y todos se encantaban con
ella, mimándola. La de Bringas hacía allí público alarde de su vestido
_mozambique_ y Cándida lucía el suyo de gro negro, único que conservaba
en buen estado. Ocioso será decir que hallándose presente el Sr. de Pez,
ningún otro mortal podía atreverse a levantar el gallo en una
conversación de política o sobre cualquier asunto de sustancia. Por mi
parte confieso que el modo de hablar de aquel señor tan guapín y de
palabras tan bien medidas, ejercía no sé qué acción narcótica sobre mis
nervios. Lo mismo era ponerse él a explicar el por qué de su
consecuencia con el partido moderado, ya me parecía que un dulce beleño
se derramaba en mi cerebro, y el sillón de doña Tula, acariciándome en
sus calientes brazos, me convidaba a dormir la siesta. La cortesía, no
obstante, obligábame a luchar con el maldito sueño, de lo que resultaba
un estado semejante al que los médicos llaman _coma vigil_, un ver sin
ver, transición de imagen a fantasma, un oír sin oír, mezcla de son y
zumbido. La pintoresca habitación, que a causa del calor estaba medio
cerrada y en la sombra; la luz que entraba filtrada por la tela de los
trasparentes, iluminando con tropical coloración las enormes flores de
estos; el tono bajo de tapiz descolorido que tenían todas los cosas en
aquella soñolienta cavidad; los ligeros carraspeos de doña Cándida y sus
bostezos, discretamente tapados con la palma de la mano; la hermosura de
María Sudre que no parecía cosa de este mundo; el _mozambique_ de
Rosalía con pintitas que mareaban la vista, y finalmente el lento
arrullo de las mecedoras y el _chis chas_ de los abanicos de cinco o
seis damas, eran otros tantos agentes letárgicos en mi
cerebro. Como brillaban las lentejuelas de algunos abanicos, así
relucían los conceptos uno tras otro... El verano se anticipaba aquel
año y sería muy cruel... Los generales habían llegado a Canarias... Prim
estaba en Vichy... La Reina iría a la Granja y después a Lequeitio... Se
empezaban a llevar las colas algo recogidas, y para baños las colas
estaban ya proscritas... González Bravo estaba malo del estómago...
Cabrera había ido a ver al _Niño terso_...
Últimamente se destacaba la voz de Pez, de un tono íntimamente
relacionado con su áureo bigote, que por la igualdad de los pelos
parecía artificial, y el efecto narcótico crecía... El tal no podía ver
sin amarga tristeza la situación a que habían llegado las cosas por
culpa de unos y otros... La revolución con su _todo o nada_ y los
moderados con su _non possumus_ ponían al país al borde de la pendiente,
al borde del abismo, al borde del precipicio. Estaba el buen señor
desilusionado, y no creía que hubiera ya remedio para el mal. Este era
un país de perdición, un país de aventuras, un país dividido entre la
conspiración y la resistencia. Así no podía haber progreso ni adelanto,
ni mejoras, ni tampoco administración. Él lo estaba diciendo siempre:
«más administración, más administración»; pero era predicar en desierto.
Todos los servicios públicos estaban en mantillas. Tenía Pez un ideal
que acariciaba su mente organizadora, ¿pero cómo realizarlo?
Su ideal era montar un sistema administrativo perfecto, con ochenta o
noventa Direcciones generales. Que no hubiera manifestación alguna de la
vida nacional que se escapara a la tutela sabia del Estado. Así andaría
todo bien. El país no pensaba, el país no obraba, el país era idiota.
Era preciso, pues, que el Estado pensase y obrase por él, porque sólo el
Estado era inteligente. Como esto no podía realizarse, Pez se recogía en
su espíritu siempre triste, y afectaba aquella soberana indiferencia de
todas las cosas. Considerábase superior a sus contemporáneos, al menos
veía más, columbraba otra cosa mejor, y como no lograba llevarla a la
realidad, de aquí su flemática calma. Consolábase acariciando
mentalmente sus principios, en medio del general desconcierto. Para
contemplar en su fantasía la regeneración de España, apartaba los ojos
de la corrupción de las costumbres, de aquel desprecio de todas las
leyes que iba cundiendo... ¡Oh!, Pez se conceptuaba dichoso con el
depósito de principios que tenía en su cuerpo. Adoraba la moral pura, la
rectitud inflexible, y su conciencia le indemnizaba de las infamias que
veía por doquier... Quisiera Dios que aquel ideal no se apartase de su
alma... pues, que no se le desvaneciera al contacto de tanta pillería;
quisiera Dios...
No sé el tiempo que trascurrió entre aquel segundo _quisiera_ y un
discreto golpecito que me dio doña Cándida en la rodilla...
«¿Está usted distraído?»--me dijo.
--No, no, quia, señora... estaba oyendo a don Manuel, que...
--Si D. Manuel ha salido a la terraza. Es Serafinita de Lantigua que
cuenta la muerte de su marido. Estoy horripilada...
--¡Ah!, yo también... horripiladísimo.