XXVII

«¿No le preguntaste si se han casado?»--dijo Rosalía a su esposo, cuando

volvió apresuradamente al lado de él.

--Tuve la palabra en la boca más de una vez para preguntárselo; pero no

me atreví, por temor a que me dijese que no, y tomase yo un berrinchín.

--He tenido que contenerme, para no ponerla en la calle--declaró la dama

haciendo todo lo necesario para mostrarse poseída de un furor sacro,

hijo legítimo del sentimiento de la dignidad--. Es osadía metérsenos

aquí y venir con recados estúpidos de la buena pieza de su hermanita...

otra que tal. ¡Ni qué nos importa que Amparo se interese o no por

nosotros!... Pues los sentimientos de Agustín también me hacen gracia...

Una gente para quien el catecismo es como los pliegos de aleluyas... Yo

estaba volada oyéndola. No sé cómo tú tenías paciencia para aguantar tal

retahíla de mentiras y sandeces... Y ahora se sale con vender

novedades... ¡qué porquerías serán esas! Te aseguro que me daba un

asco...

La entrada del Sr. de Pez cortó la serie de observaciones que sin duda

habían de ilustrar el asunto. Poco después, Bringas, que no se cansaba

nunca de dar órdenes, dispuso que de allí en adelante se comiese a la

una o una y media, a usanza española, cenando a las nueve de la noche.

Esto no sólo era más cómodo en la estación calorosa, sino más económico,

porque se gastaba menos carbón. La cena debía de ser de cosa ligera.

Recomendó mi hombre las lentejas, menestras de acelgas y guisantes,

aunque fueran de caldo negro, las sopas de ajo, y abstinencia de carne

por las noches. Este plan no tenía más inconveniente que la necesidad de

añadir a los estómagos, de tarde, el peso de un chocolatito,

cuya carga, por la circunstancia de haberse pegado doña Cándida a la

familia como una lapa, se hacía punto menos que insoportable. Verdad es

que Dios iba siempre en ayuda de Thiers, porque doña Tula, que en verano

adoptaba el mismo sistema de comidas, hacía todas las tardes un

chocolate riquísimo y casi siempre mandaba al enfermo una jícara, bien

custodiada de mojicón y bizcochos.

«Esta doña Tula--decía Bringas cuando sentía entrar a la criada de su

vecina--, es una persona muy atenta...».

Rosalía pasaba a la vivienda de Doña Tula, y rara vez faltaba Pez al

chocolate de las seis y media.. Allí se encontraban otras personas muy

calificadas de la ciudad, como la hermana del intendente, un señor

capellán a veces, el oficial segundo de la mayordomía, el inspector

general, el médico y otros. Milagros no ponía nunca los pies en la casa

de su hermana, pues hacía algún tiempo que no se trataban. Hablando de

la marquesa, solía doña Tula designarla con alguna reticencia; pero sin

pasar de aquí. María estaba casi siempre, y todos se encantaban con

ella, mimándola. La de Bringas hacía allí público alarde de su vestido

_mozambique_ y Cándida lucía el suyo de gro negro, único que conservaba

en buen estado. Ocioso será decir que hallándose presente el Sr. de Pez,

ningún otro mortal podía atreverse a levantar el gallo en una

conversación de política o sobre cualquier asunto de sustancia. Por mi

parte confieso que el modo de hablar de aquel señor tan guapín y de

palabras tan bien medidas, ejercía no sé qué acción narcótica sobre mis

nervios. Lo mismo era ponerse él a explicar el por qué de su

consecuencia con el partido moderado, ya me parecía que un dulce beleño

se derramaba en mi cerebro, y el sillón de doña Tula, acariciándome en

sus calientes brazos, me convidaba a dormir la siesta. La cortesía, no

obstante, obligábame a luchar con el maldito sueño, de lo que resultaba

un estado semejante al que los médicos llaman _coma vigil_, un ver sin

ver, transición de imagen a fantasma, un oír sin oír, mezcla de son y

zumbido. La pintoresca habitación, que a causa del calor estaba medio

cerrada y en la sombra; la luz que entraba filtrada por la tela de los

trasparentes, iluminando con tropical coloración las enormes flores de

estos; el tono bajo de tapiz descolorido que tenían todas los cosas en

aquella soñolienta cavidad; los ligeros carraspeos de doña Cándida y sus

bostezos, discretamente tapados con la palma de la mano; la hermosura de

María Sudre que no parecía cosa de este mundo; el _mozambique_ de

Rosalía con pintitas que mareaban la vista, y finalmente el lento

arrullo de las mecedoras y el _chis chas_ de los abanicos de cinco o

seis damas, eran otros tantos agentes letárgicos en mi

cerebro. Como brillaban las lentejuelas de algunos abanicos, así

relucían los conceptos uno tras otro... El verano se anticipaba aquel

año y sería muy cruel... Los generales habían llegado a Canarias... Prim

estaba en Vichy... La Reina iría a la Granja y después a Lequeitio... Se

empezaban a llevar las colas algo recogidas, y para baños las colas

estaban ya proscritas... González Bravo estaba malo del estómago...

Cabrera había ido a ver al _Niño terso_...

Últimamente se destacaba la voz de Pez, de un tono íntimamente

relacionado con su áureo bigote, que por la igualdad de los pelos

parecía artificial, y el efecto narcótico crecía... El tal no podía ver

sin amarga tristeza la situación a que habían llegado las cosas por

culpa de unos y otros... La revolución con su _todo o nada_ y los

moderados con su _non possumus_ ponían al país al borde de la pendiente,

al borde del abismo, al borde del precipicio. Estaba el buen señor

desilusionado, y no creía que hubiera ya remedio para el mal. Este era

un país de perdición, un país de aventuras, un país dividido entre la

conspiración y la resistencia. Así no podía haber progreso ni adelanto,

ni mejoras, ni tampoco administración. Él lo estaba diciendo siempre:

«más administración, más administración»; pero era predicar en desierto.

Todos los servicios públicos estaban en mantillas. Tenía Pez un ideal

que acariciaba su mente organizadora, ¿pero cómo realizarlo?

Su ideal era montar un sistema administrativo perfecto, con ochenta o

noventa Direcciones generales. Que no hubiera manifestación alguna de la

vida nacional que se escapara a la tutela sabia del Estado. Así andaría

todo bien. El país no pensaba, el país no obraba, el país era idiota.

Era preciso, pues, que el Estado pensase y obrase por él, porque sólo el

Estado era inteligente. Como esto no podía realizarse, Pez se recogía en

su espíritu siempre triste, y afectaba aquella soberana indiferencia de

todas las cosas. Considerábase superior a sus contemporáneos, al menos

veía más, columbraba otra cosa mejor, y como no lograba llevarla a la

realidad, de aquí su flemática calma. Consolábase acariciando

mentalmente sus principios, en medio del general desconcierto. Para

contemplar en su fantasía la regeneración de España, apartaba los ojos

de la corrupción de las costumbres, de aquel desprecio de todas las

leyes que iba cundiendo... ¡Oh!, Pez se conceptuaba dichoso con el

depósito de principios que tenía en su cuerpo. Adoraba la moral pura, la

rectitud inflexible, y su conciencia le indemnizaba de las infamias que

veía por doquier... Quisiera Dios que aquel ideal no se apartase de su

alma... pues, que no se le desvaneciera al contacto de tanta pillería;

quisiera Dios...

No sé el tiempo que trascurrió entre aquel segundo _quisiera_ y un

discreto golpecito que me dio doña Cándida en la rodilla...

«¿Está usted distraído?»--me dijo.

--No, no, quia, señora... estaba oyendo a don Manuel, que...

--Si D. Manuel ha salido a la terraza. Es Serafinita de Lantigua que

cuenta la muerte de su marido. Estoy horripilada...

--¡Ah!, yo también... horripiladísimo.

La de Bringas · 第 27 / 50 题