Director de «La España Oriental.»

Al concluir la publicación de mi predilecto libro, respondiendo á un

deseo invencible, hijo de la admiración y el agradecimiento, quiero

dar á conocer íntimamente á mis lectores al Director de La España

Oriental, el Sr. D. Juan Atayde, con las noticias particulares que

han llegado á mí por ser del dominio público.

Ya como inspirado poeta, se le conocía hace tiempo en la república

de las letras. Como Jefe retirado del Ejército, ostenta entre varias

condecoraciones la placa de S. Hermenegildo, que representa una vida

de inmaculados servicios, unida á la historia militar de Filipinas,

con delicadas y brillantes comisiones confiadas á su talento y

pericia. En su trato particular se vé siempre la caballerosidad,

la esmerada educación y vasta instrucción, habiendo recorrido muchos

paises del estranjero, por lo que se le han dado comisiones especiales

por el Ministerio de Ultramar, siendo una de ellas, la de Jurado en

la Exposición Colonial de Amsterdam, y otra, la de secretario con el

Senador D. Manuel Fernandez de Castro en una alta Junta que presidía

el Excmo. Sr. Marqués de la Habana.

Como Director de la Revista La España Oriental,... eso toca juzgar

á los lectores, que han seguido la marcha de esta publicación hasta

encontrar el carácter que ahora ya tiene fijado.

Solo diré que sobre sus muchos conocimientos está su excesiva

modestia, pues no hubiera de ningun modo aceptado este cargo, sino

por apremiantes circunstancias, sosteniéndolo por pura dignidad y

patriotismo; y prueba de ello es que hizo publicar su condición

provisional, esperando poder declinarlo en persona de especial

competencia. ¿Pero quién reemplazaría al que parece nacido para llevar

La España Oriental por el derrotero de progreso y patriotismo, en

cuyos ideales está colocada? Tendría que tener las mismas dotes de

talento y prudencia.

Con ellas ha levantado á esta Revista cuando estaba en decadencia;

y ya con vida propia, ha podido extenderse á publicar una edición

bilingüe, para la ilustración del pueblo indígena.

En una y otra edición, no le inspira más que el amor á Filipinas

unido á España, para el mutuo engrandecimiento de paises que forman

una sola pátria.

Con este lema, no ha tenido necesidad de hacer alardes ni ruidosas

propagandas, bastando para atraer la adhesión y simpatía al periódico,

sus artículos llenos de prudencia, al par que de energía y decisión

para abogar por los intereses de Filipinas.

Debo á este propósito de La España Oriental la razonada defensa

que hizo de mí, cuando fuí objeto de injustificados ataques, por

sostener lealmente aspiraciones del país. Y aprovecho ésta ocasión,

que encuentro muy oportuna, para rendir tributo eterno de gratitud

á mis buenos paisanos, por la espontánea demostración de afecto que

hicieron hácia mi humilde persona, suscribiéndose en masa al periódico

que me había defendido.

Y por esta cariñosa defensa que no olvidaré nunca y por el estímulo

y la acogida que me ha prestado en la publicación de este Folk-Lore

Filipino, reciba el Sr. Atayde, Director-propietario de La España

Oriental, con el artículo que á continuación le dedico, el homenage

del más profundo agradecimiento.

Isabelo de los Reyes.

I

Isio (Dionisio) había estudiado en un colegio de Manila; pero no pudo

concluir su carrera, porque murió su padre y hubo de regresar á su

pueblo natal (Unión,) por no poder sostenerse en esta capital.

No tardó en seguir á la tumba su madre, y viéndose ya el jóven Isio

huérfano y sólo en medio del mundo, hizo esfuerzos para reconstruir

los pocos restos de la fortuna de sus padres, que se desvaneció,

ora por su prodigalidad, ora por el cargo de gobernadorcillo que su

padre había desempeñado.

La horfandad de Isio fué una continua série de crueles tormentos:

figuraos que se había criado entre relativa comodidad, para más tarde

venir á la pobreza, sufriendo privaciones á que no estaba acostumbrado.

Sin embargo, con resignación apuró hasta las heces la copa de amargura

con que su hado implacable le brindara. Y habiendo empezado por

dedicarse en pequeña escala al negocio del añil y arroz, al principio

con peculio propio y más tarde en sociedad con otros, no tardó en

convencerse de que el trabajo y la buena fé continuados suelen hacer

milagros. Y en efecto, al cabo de diez años tuvo la dicha de ver

recuperada casi toda la fortuna que había perdido su padre.

Pero un día, cuando más ocupado estaba en las tareas del campo,

recibe una comunicación del gobernadorcillo en que se le notificaba

su nombramiento de cabeza de barangay, y él, en vez de deshacerse en

insultos y perseguir con un palo al alguacil que llevaba el pliego,

cual lo hacen muchos, como si el pobre tuviese la menor culpa de ello,

le dijo:

--Bueno, déjame el expediente, que ya iré á ver al señor

Gobernadorcillo.

Y en efecto, fué para decirle:

--Señor, no tengo inconveniente en servir al Estado, porque reconozco

en él perfectísimo derecho para exigir á todos y á cada uno de los

ciudadanos algún servicio, faltando el cual, ni hay Estado, ni sociedad

para la que fuimos criados, como demuestran nuestra natural debilidad

y la imprescindible necesidad que sentimos del apoyo ajeno. En una

palabra, acepto gustoso la cabecería, y hasta con agradecimiento por

haberse dignado Vdes. inscribirme en la lista de los principales

(especie de nobleza), y soy de los que pagan las contribuciones é

impuestos, sin hacer muecas; pero para tranquilidad de mi conciencia

y satisfacción de mi honradez, exijo como condición que se me rindan

claritas las cuentas; quiero decir, que V. me convenza de que las que

figuran en el padrón ó lista de tributantes que me ha de entregar,

verdaderamente existen ó hay posibilidad de cobrarles aquí, porque ni

yo consiento que mi fortuna, adquirida á fuerza de grandes trabajos,

se pierda por abonar lo que deben los ausentes, ni puedo ir á buscarlos

en otras provincias, ni...

--Hombre, hombre,--le interrumpió el pedáneo.-- ¿Está V. en su

juicio? Quieras que no, forzosamente ha de aceptar el cargo, y

ahora mismo acabo de mandar pregonar en bandillos que sus bienes no

se pueden enagenar, pues ya están hipotecados para responder á la

Hacienda Pública de las obligaciones de su cabecería.

--Pero, señor gobernadorcillo, ¿quién los ha hipotecado? ¡Es posible

que haya otro más que yo, con derecho á gravar mis bienes!

--Claro, hombre: varios principales y yo informamos que tal casa y

cuales terrenos pertenecen á Vd., y el gobernador de la provincia,

en vista de este informe, de cuya veracidad hemos de responder con

nuestras cosas, ha firmado su nombramiento de cabeza, y sin que lo

sepa V., ya lo es.

--Mil gracias por haberse Vds. presentado como fiadores mios; pero

ni esa casa ni esos terrenos son del todo míos, sino de mi socio

X. parte de ellos.

--Nada, ya es V. cabeza, y no cabe réplica.

--Acepto gustoso la cabecería, pero con la condición de que haya

posibilidad de colocar las cédulas, que forzosamente he de abonar,

y sin este requisito no firmo la notificación, ni acepto el padrón

ni las cédulas.

--Si yo considerara su manera de contestar como falta de respeto,

ahora mismo estaría Vd. en el calabozo; pero gracias que conozco su

apacible carácter y comprendo su ignorancia; Vds. los negociantes

creen que todo se arregla con cuentas claras. Están equivocados;

y no sea V. tonto rechazando la cabecería, el padrón y las cédulas,

porque eso no quita que sea V. cabeza, y en el día de pagar á la

Administración lo que debe su cabecería, usted haya cobrado ó nó,

aceptado ó no el cárgo, tendrá, forzosamente que abonarlo todo, como

si hubiera colocado todas las cédulas. Con que, amigo mio, V. sabe

en cuánto le aprecio, y si cree, como supongo, en mis palabras,

es mejor que V. se lleve las cédulas para ver de colocarlas, y así

abonará poco ó mucho, pero no todo.

--Entonces, déme V. dos días de plazo para meditar lo que más me

convenga.--Contestó Isio, y se fué derechito á consultar con un

anciano ex-gobernadorcillo, y por consiguiente muy ducho en el asunto.

El Folk-lore Filipino (Tomo I) · 第 205 / 232 题