Voy á trascribir la referente al hábil político, como valiente
caudillo, Silang, tal como se conserva en la leyenda popular, que
suministra curiosos datos á las crónicas filipinas [107].
Silang logró inspirar temor á los de Vigan. Su casa se asentaba
sobre la cumbre de la colina, situada al SE. de la Ciudad Fernandina,
que hoy se conoce con el nombre de Pantok ni Silang.
Éste encerró en las bodegas de su casa [108] á muchos Religiosos
Agustinos Calzados y Clérigos, por lo que los españoles querían
castigarle; pero se frustraban todas sus tentativas de subir á la
colina, porque grandes trozos de piedra, arrojados por los criados
de Silang, aplastaban á los que osaban acercarse á sus faldas.
Entonces los españoles encargaron á Vicos, amigo íntimo de Silang,
único que podía subir á la colina, que le matase.
Y una tarde en que estaban paseándose amistosamente en la sala de
su casa Silang y Vicos, éste dió algunos pasos hácia atrás y disparó
contra él algunos tiros de pistola que le dejaron muerto en el suelo.
Silang sólo pudo decir estas palabras:
¡Matáyakon, Bernabela! (Ya me muero, Bernabela.) Así se llamaba
su esposa.
Ésta se propuso vengar el asesinato, de su marido y llevó sus riquezas
al Abra, para unir un considerable peloton de tinguianes é igorrotes.
Mientras tanto, los españoles se dirigieron á la colina á libertar
á los cautivos de Silang y elevaron gracias á Dios, rogando por el
mal éxito de las tentativas de aquella.
Ésta, en efecto, logró reunir muchos infieles, capaces de aniquilar
á los pocos españoles, que guardaban la Villa Fernandina, como antes
se llamaba Vigan.
Pero gracias á un milagro de Dios, los infieles retrocedieron.
Cuando llegaron ellos á la Bocana del Abra, creyeron, por una ilusión
óptica, que todos los sotos y cercados de Vigan eran tropas armadas
de fusiles, que tanto temían. Por esto regresaron despavoridos á sus
respectivas rancherías.