LA FILIPINA EN LOS PRIMITIVOS TIEMPOS

La influencia de la mujer sobre el varón data de la época primitiva.

No es cierto, es pura invención, lo que el elegante escritor filipino,

Dr. Paterno, en su libro La Antigua Civilización de Filipinas, escribe

relativo á que «Iday, Sinang, Titay y Daga han dirigido y gobernado

el pueblo luzónico [56] á impulsos de sus femeniles sentimientos.»

Pero hay mucha verdad en el fondo.

Como ocurre siempre en las naciones jóvenes ó nacientes, Filipinas

estaba dominado por la aniteria ó fetiquismo malayo, y naturalmente

los sacerdotes ejercían influencia sobre el pueblo, hecho juguete de

sus oráculos. Pues bien, la mayoría de esos ministros eran mujeres.

Estas sacerdotisas se llamaban entre los tagalos Katalonan, entre

los visayas Babailan, entre los monteses de Abra Baglan, y entre los

pangasinanes, managanito.

Las sacerdotisas eran astutas y muy listas, aunque su buena fé y

decoro andaban por los suelos.

En los sacrificios vestían unos estrambóticos trajes con una cabellera

amarilla postiza, sobre la cual ostentaban una especie de diadema,

llevando en la mano un abanico de paja. Y la que servía de sacristana

ó ayudante, que era una jóven, aprendiz y aspirante á babailan,

llevaba una caña delgada, como los maestros de ceremonias su varita.

En casos de enfermedad se sacrificaban cerdos ó gallinas, según los

recursos del paciente. Comenzaban dichos sacrificios colocándose,

en un altar convenientemente adornado, la víctima con otros

comistrajos y bebidas. En esto, la sacerdotisa rompía á bailar al

són de ensordecedores tambores, ramas de palmera y trompetas de caña,

haciendo ademanes y visajes muy análogos á los que hasta ahora se vea

en las batallas de las comedias filipinas y alzaba con frecuencia los

ojos á lo alto, fingiendo ver y hablar con siniestras visiones. Da

ella una lanzada á la víctima y con la sangre los concurrentes se

mojan la frente y untan al enfermo. Baila otra vez y cae al suelo

como extasiada cierto tiempo, y una vez recobrada la razón cuenta

las inspiraciones que dice haber recibido de los dioses durante su

éxtasis, cuyas inspiraciones son ambiguas, de tal modo que sea cual

fuese el resultado ó desenlace de la enfermedad, tenía siempre la

sacerdotisa subterfugio y era en vano tratar de cogerla una mentirosa

profecía. Despues limpiaban y asaban la víctima y se la repartían,

correspondiendo á la sacerdotisa la mejor parte, ademas de la paga que

recibía. Estos sacrificios se practican hasta ahora por los monteses

de Luzón.

A veces, cuando el enfermo era un principal (especie de noble),

se inmolaban hasta esclavos para aplacar la ira de los anitos, y en

Cebú la sacerdotisa atravesaba con una lanza á las víctimas.

Tambien intervenían las sacerdotisas en las ceremonias de la boda y

de la purificación de los que habían estado en el cautiverio.

Y eran al propio tiempo curanderas.

Otra prueba de que la mujer filipina siempre ha ejercido cierta

influencia sobre los varones, es que figuran diosas en su Mitología

primitiva, como Bugan, Buhas, Dalingay, Daungen, Baingan, Libongan,

Libugon, Limoan y otras.

Hasta hoy dia en Filipinas se respetan, mucho por miedo á las supuestas

mangkukulam y asuang (mujeres endemoniadas.)

Cuando en 1521 llegaron los españoles á Filipinas, éste no era ya

un pueblo salvaje. Ya los habitantes estaban agrupados en pueblos;

sostenían relaciones mercantiles con China, Japon y los musulmanes de

Borneo, Molucas y otros paises malayos del Asia; usaban armas de fuego,

hasta cañones; imponían derechos de aduana, profesaban una religión,

que denotaba no mucho atraso, pues conocían el alma; poseían escritura

propia y tenían una constitución social y legislación consuetudinaria

ó basada en los usos.

Según dicha constitución, había cinco clases de personas: 1.a la

principalía, especie de nobleza; 2.a la de los libres (kailian ó

kabalangay); 3.a libertos ó timaua (algunos autores refunden la 2.a

y 3.a clase en una sola); 4.a aparceros ó aliping namamahay; y 5.a

esclavos ó aliping sagigilir. Y dentro de esta división general cabían

algunas subdivisiones.

A la 1.a clase pertenecían aquellos que ya por sus riquezas, ya por

sus fuerzas físicas ó sagacidad se distinguían en los pueblos; los

ricos y sus familias, que nunca fueron esclavos. Esta clase gozaba

de ciertos privilegios, estando exenta de prestar los servicios que

tributaban los timaoas y era el plantel de los aris (régulos) y de

sús ancianos consejeros.

Un régulo dominaba en una provincia, disponía de vidas y haciendas;

pero no de una manera muy arbitraria, recibiendo tributo de sus

vasallos.

El poder, se decía que era hereditario: pero la verdad era que

se conquistaba ó arrebataba á viva fuerza. El P. Rada, que vino á

Filipinas con Legaspi en 1564, escribe: «casi todos los caciques son

tiranos que han conquistado su puesto por el pillaje y fechorías.»

Si, muerto el régulo, no dejaba más herederos que alguna pobre mujer,

el principal más poderoso, no tardaba en arrebatarla el trono.

Pero las herederas eran muy listas y procuraban casarse cuanto antes

con un poderoso principal que pudiera sostener sus derechos en el

campo de batalla, como lo hizo la hija del cacique de Cebú Hamabao,

y hasta obligaban, una vez casadas, a sus padres régulos, si éstos

eran ya decrépitos, á abdicarles el poder en vida. Pero sólo entraban

heredar el poder las hijas en defecto de herederos varones.

El mirar la mujer de los principales, ó el pasar por el lugar donde

se estaba bañando ella, se castigaba con la esclavitud.

Ésta era más benigna para las mujeres. Los tomatabanes de los visayas

estaban obligados á trabajar cinco días al mes en beneficio de su

señor en las faenas agrícolas, pagando además un tributo anual de

cinco fanegas de arroz. Y las mujeres de la misma clase tejían é

hilaban, cuando lo ordenaba el amo, medio dia, siendo la otra mitad

en beneficio propio.

Las mujeres tumarampoke y halon (clases inferiores de la esclavitud)

trabajaban constantemente en las casas de sus señores; pero éstos

estaban obligados á alimentarlas.

Hé aquí las ocupaciones de las filipinas en general, en la época de

la conquista española.

«Labores de aguja, de que son muy curiosas, y todo género de

costura. Y tejen mantas, y hilan algodon, sirven las casas de sus

maridos y padres. Pilan el arroz que se ha de comer, y aderesan lo

demás. Crían gallínas y lechones, y guardan las casas entretanto que

los hombres entienden en las labores del campo y en sus pesquerías,

navegaciones y granjerías.» [57]

Para los efectos de las leyes tradicionales no valían las

circunstancias de sexo y edad.

En Luzón se practicaba la monogamia y en varios puntos de Visayas se

admitía la poligamia.

La mujer no aportaba dote ni otra cosa alguna á la sociedad conyugal,

sino en todo caso, lo que la correspondía de herencia en los bienes

dejados por sus parientes difuntos. El varón era el que tenía

obligación de llevar al matrimonio considerables donaciones propter

nuptias, para asegurar el porvenir de su futura esposa.

Los bienes gananciales se repartían en partes iguales, disuelto el

matrimonio. Si el divorcio era por culpa de la mujer, se quedaba

sin las donaciones propter nuptias: en otro caso eran para ella; si

ésta moría, dichas donaciones pasaban á sus hijos y en su defecto,

al padre de ella; y si el esposo fué el que murió, la mujer heredaba

dichas donaciones. Por lo regular, éstos eran los únicos bienes del

esposo; y como, se vé, la mujer estaba muy favorecida por los usos

legales de los antiguos filipinos.

Un borracho que hubiese prometido á una mujer casarse y luego,

recobrada la razón, se retractaba, tenía que pagar una multa.

Si un principal ó liberto había tenido acceso con una esclava que

no era suya, pagaba al señor medio tae [58] de oro por el peligro

del parto y por dejar de trabajar durante el tiempo de su preñez,

siendo el hijo mitad libre y mitad esclavo, si el padre lo alimentaba,

y si no, se quedaba verdadero esclavo del señor de su madre. Si la

violada era una mujer principal, la indemnización era cuantiosa y

generalmente el pleito se arreglaba en una sangrienta lucha, si no

intervenían los ancianos.

En una palabra, las leyes costumbres de Filipinas eran muy generosas

para las mujeres, lo cual indica que desde entonces data la influencia

actual que ejercen sobre los varones.

En cuanto á las costumbres, la madre era la llamada á dar nombre á

sus hijos recien nacidos.

Terminaremos este punto, con dos palabras acerca de la primitiva

indumentaria de las mujeres.

Éstas traían, en la coronilla el moño graciosamente enlazado: las

visayas lo dividían en dos, y las de Cebú llevaban guirnaldas de flores

á veces. Cuidaban de que el cabello tuviese un negro brillante, usando

para ello de lavatorios de cáscaras de ciertos árboles, aceite de coco

mezclado con almizcle, y otros perfumes, el gogo (Entada pursaeta, De

Candolle), legía de arroz, etc. Bruñían y afilaban desde la infancia

su dentadura, la barnizaban de negro y guarnecían de oro. Las visayas

la embutían con este metal agujereando los dientes.

Adornaban sus orejas con grandes aretes de oro, para lo cual

agujereaban los lóbulos desde niñas y tanto más rasgados y abiertos

los agujeros, eran para ellos más vistosos. Estos eran dos en cada

oreja para un pendiente pequeño y para otro grande.

Las filipinas rodeaban sus cuellos de muchas cadenas de oro; brazaletes

de idem y márfil llamados kalombigas aprisionaban sus antebrazos, y

algunas llevaban sartas de piedras cornerinas, ágatas y otras azules,

y blancas de su estima. En las piernas llevaban por cenogiles sartas de

muchas piedras, y muchas cuerdas teñidas de negro que las rodeaban. En

los dedos sortijas de oro y piedras.

Llevaban una especie de sayuelo de diversos colores con mangas muy

cortas, y una saya igualmente ancha de arriba abajo que llegaba

hasta los piés, con pliegues que recogían en la cintura, echándolas

á un lado. Y cuando salían de casa, llevaban por abrigo ó velo unas

mantellinas de varios colores, siendo las de las principales, de

seda carmesí ú otras telas tejidas con oro y guarnecidas con ricos

franjones.

El Folk-lore Filipino (Tomo I) · 第 96 / 232 题