Yo creo que los ilocanos conocieron una especie de alma porque hasta
ahora dicen que hay una cosa incorporal, llamada karkarmá innata
al hombre; pero que se la puede perder en los bosques y jardines,
y el hombre que la pierde se queda sin razón (ya sabemos que hombre
sin alma es hombre sin razón) y como loco ó maniático, callado, como
si estuviera pensando en una cosa muy profunda, no habiendo nada que
le distraiga: abstraido. Y el que pierda su alma ó karkarmá, no tiene
sombra, de modo que el karkarmá parece ser la misma sombra del hombre.
Los ilocanos cuando se retiran de un bosque ó campo exclaman: intayón,
intayón (vámonos, vámonos), llamando á su karkarmá, para evitar que
éste se distraiga, se quede en aquel sitio y se pierda. Cuando uno
se queda loco meditabundo ó maniático, creen los ilocanos que ha
perdido su karkarmá y sus parientes acuden á los curanderos, para
que éstos lleven al loco á los lugares por donde haya andado y allí
gritan ¡intayon, intayon!, con objeto de que el karkarmá extraviado
vuelva al cuerpo del que lo ha perdido.
Hay otra razón para creer que los antiguos ilocanos conocieron una
especie de alma. Es indudable que las supersticiosas creencias
de los ilocanos, de hoy, que no fueron introducidas por los
españoles y asiáticos, son heredadas de los antiguos ilocanos, sus
ascendientes. Pues bien, hay en el día una preocupación ilocana de que
los espectros (no quiero decir almas según las ideas cristianas; el
alma del Catolicismo tiene nombre en el idioma ilocano, que es kararua)
de los difuntos al tercero y noveno día de su muerte, visitan su casa y
todos los lugares por donde hayan estado en vida. Los ahullidos de los
perros, anuncian la presencia de un invisible espectro y para verlo,
debemos poner legañas de perro en nuestros ojos. Este espectro se
llama al-aliá, arariá y anioa-ás, en ilocano.
Además, los ilocanos aseguran que las almas de los difuntos suelen
entrar en el cuerpo de algún vivo y que allí se las oye hablar con
su propia voz. Me han dicho algunos campesinos que una mujer sin
causa alguna cayó desvanecida, tiritando como si sintiera frío. Los
presentes comprendieron que era un alma que se introdujo en el cuerpo
y que deseaba hacer algún encargo: por eso, se apresuraron á cubrir
con un lambong (velo de negro brillante) á la atacada, y empezaron, á
hacer preguntas al alma ó almas (porque eran muchas las que entraron)
y éstas contestaron con voces iguales á las que tenían en vida. Dejo
á los lectores el adivinar si aquella pícara atacada, merecía palos
ó era ventrílocua, ó si la credulidad de los campesinos les engañó.
De estas supersticiosas preocupaciones muy comunes en Ilocos, se
deduce que los ilocanos conocieron una especie de alma, pero grosera
ó absurda, esto es, que además de ser espiritual, era susceptible
de caracteres materiales como la voz, su visibilidad en algunas
ocasiones etc.