Probablemente Litao fué el anito del mar y de los ríos, y nó la Sirena:
la idea de ésta fué introducida en Filipinas por los españoles [14];
lo cual confirman las mismas tradiciones ilocanas, y además la sirena
es nombre español, y no tiene equivalente en ilocano.
La sirena, al decir de los ilocanos, era al principio una niña hermosa;
vivía con su madre en un tugurio, asentado en las orillas de un río,
cuyas aguas bañaban el zaguan de la referida casucha; un día en que
estaban cosiendo ellas, cayó la aguja de la niña y ésta intentó bajar
á buscarla; pero su madre se opuso á ello, diciendo á su hija dejase
ya el objeto perdido, pues temía que el litao (deidad varon de las
aguas) la raptase con sus encantamentos ó poderes sobrenaturales. Sin
embargo, la niña, viendo su aguja en el fondo del agua cristalina,
se bajó furtivamente, cuando su madre estaba distraida y apenas puso
sus lindísimos piés en el líquido, éste la tragó produciendo muy
grandes burbujas. Desde entonces quedó dotada del poder de encantar ó
hacer cuanto guste. La sirena de los ilocanos es muy diferente de la
sirena de la tradición española, según la describe una colaboradora del
Folk-Lore Andaluz, y creo que muchos de los caracteres de la ilocana,
proceden del antiguo anito, llamado Litao.
Este ha perdido su importancia desde que la sirena se ha introducido
en las preocupaciones ilocanas, y hoy está casi olvidado del todo,
Litao. Este, según he oido en Vígan, es un varon pequeño, que vive en
las ramas de las cañas, que se encuentran en las riberas de los ríos;
es el marido de la sirena, y él fué quién la dió el poder sobrenatural
que tiene.
¡Qué curiosa combinación de fábulas ó consejas, la española é
ilocana! Los Agustinos Buzeta y Bravo dicen que «como los filipinos
no creen posible vivir sin muger, á cada Dios dan también una diosa.»
Los ilocanos dicen que la sirena vive en un magnífico palacio de oro
(¿domus aurea?) submarino ó que está debajo del agua de un río. Es
creencia bastante comun en Vígan que en el horno, que según me
aseguran, está dentro del río hácia la parte Norte del Palacio
Episcopal, vive la reina de las aguas.
En toda la comarca ilocana ninguno (hasta los indígenas ilustrados)
he oido que se haya atrevido á gritar ó hablar de la sirena estando
en un río. Temen que salga á matarles.
La sirena siempre lleva desplegada sobre las espaldas una exhuberante
cabellera, cuyas extremidades las arrastra en el suelo.
Ella suele ir al pueblo á cazar víctimas humanas; se presenta en forma
de mujer hermosísima é invita á ir al río con pretextos y halagos;
y allí ya, el agua la ayuda en su empresa con una súbita crecida ó
con descomunales remolinos y burbujas, como dicen. Y con sus uñas
fenomenalmente largas, mata á su víctima; pero si ésta no tiene
antigua culpa á la sirena, como por ejemplo, si no ha hablado mal
de ella, le perdona la vida y allí agasaja con manjares exquisitos,
regalándole prendas valiosas y contándole su pasado.
Cuéntase que una mujer fué llevada á su magnifica morada por un
cetáceo, y al llegar, éste la presentó á su augusta soberana, quien
le había confiado aquella órden.
Apareció la sirena y se mostró sobremanera afable, diciéndole que
nada temiese, que no iba á ser asesinada por su bondad y virtudes
extraordinarias. Y en efecto, la sirena la trató como una amiga ó
hermana y no la hizo nada desagradable, sinó al contrario.
La cautiva tuvo vivas ansias de ver á su familia y pidió permiso á
la sirena. Ésta se lo concedió con órden de volver, so pena de morir
ahogada. La ingrata ya no regresó y temerosa de su culpa, no quiso
bañarse nunca en ningun río ó mar; pero se lavó en una artesa y murió
ahogada en ella.
A veces, dicen, se vé á la sirena detrás del carro de la Virgen en las
procesiones; anda majestuosa, grave y con los ojos fijos en el suelo.
Cuando sale del fondo del agua, ésta se divide en dos muros dándola
paso, como á un Moisés, que pasa con los piés enjutos.
La sirena tiene por sirvientes á los peces; es hermosísima en toda
la plenitud del pensamiento, pero tiene el olor desagradable de los
pescados podridos. En su cabellera está el quid encantador, el poder
preternatural. Si alguien puede arrancarle una hebra, á él pasará la
virtud de encantar ú omnipotencia; Su cabellera es poderosa como una
red metálica con que envuelve y arrastra á su víctima.
A pesar de estar en el fondo de su babilónica habitación, puede oir
todas las conversaciones sobre ella.
Si me tomara la molestia de contar sus hazañas, llenaría muchas
páginas. Citaré solo una muy curiosa.
Cundía la noticia en 185... de que la sirena prestaba febril actividad
á sus cazas (en Ilocos nadie muere ahogado que no sea por la dichosa
sirena) y que todas las madrugadas aparecía al Norte de la Catedral
de Vigan. Varios jóvenes acordaron ir á cogerla (¡qué valientes! iban
á jugar con fuego.... sobrenatural): la empresa era atrevida, pero
en fin la llevaron á cabo.
Llegó, la hora de la cita; la sirena, en efecto, estaba ¡qué
horror! habrá sabido los propósitos de sus adversarios y salió á su
encuentro. Los jóvenes avanzaban y retrocedían con los pelos erizados;
más por un esfuerzo lograron acercarse á la sirena y conseguir la
captura de la soberana de las aguas... ¡supuesta! Era una soltera,
que estaba esperando á su amante.