CONCLUSIÓN

El manuscrito de que hemos sacado esta lamentable historia, anda

muy escaso en punto a noticias sobre el paradero de los demás

personajes, en cuya suerte tal vez no faltarán lectores benévolos que

se interesen. Por desgracia no pocos de ellos eran viejos cuando les

conocimos, y así el manuscrito ya citado se contenta con decirnos que

después de la extinción final del Temple, que Clemente V decretó en

el concilio de Viena, no por vía de sentencia, sino como providencia

de buen gobierno, la mayor parte de los caballeros fueron destinados

a monasterios de diferentes órdenes, y entre ellos el anciano

maestre de Castilla, don Rodrigo Yáñez, vino a concluir sus breves

días a Carracedo. Díjose, y no sin fundamento, que la desgracia de

su sobrino, añadida a los infinitos pesares que le había traído el

triste fin de su Orden, acortó el hilo de su vida. El buen abad tardó

poco en seguirle, colmado de bendiciones por todos sus vasallos a

quienes miraba como a hijos.

Por lo que hace al comendador Saldaña, fiel a su propósito, abandonó

la Europa degenerada y cobarde, como siempre la llamaba, y pasó a

la Siria donde acabó sus días en una revuelta de los cristianos

oprimidos que caudillaba. En resumen, el tal manuscrito no parece

sino un libro de defunciones; porque, según él, hasta el mismo Mendo

el palafrenero, fué víctima de una apoplejía fulminante que le trajo

su obesidad, cada vez mayor.

De la suerte posterior del señor de Bembibre, de la linda Martina,

de Millán y de Nuño, nada más de lo que sabemos contenía; pero en el

año pasado de 1842, visitando en compañía de un amigo las montañas

meridionales del Bierzo hicimos en el archivo del monasterio de San

Pedro de Montes un hallazgo de grandísimo precio sobre el particular,

que nos aclaró nuestras dudas. Era el tal una especie de códice

antiguo, escrito en latín por uno de los monjes de la casa, pero como

los sucesos que en él se refieren exigen cierto conocimiento de los

lugares, nuestros lectores pueden perdonarnos, mientras les enteramos

de lo más preciso, haciéndose cargo de que habiendo tenido paciencia

para seguirnos hasta aquí, bien pueden decir con el refrán vulgar:

«dónde se fué el mar que se vayan las arenas».

El monasterio de San Pedro de Montes es antiquísimo, pues se remonta

su origen a San Fructuoso y San Valerio, santos ambos de la época

gótica; y su restauración después de la invasión sarracénica,

pertenece a San Genadio, obispo de Astorga, cuya es la iglesia

que aún en el día se conserva, con traza de durar no pocos años.

Su situación, en medio de las asperísimas sierras que ciñen el

Bierzo por el lado de mediodía, revela bien el terrible ascetismo

de sus fundadores, pues está montado sobre un precipicio que da al

riachuelo Oza y por todas partes le cercan montes altísimos, riscos

inaccesibles y obscuros bosques. El rumor de aquel arroyo encerrado

en su hondísimo y peñascoso cauce, tiene un no sé qué de lastimero,

y los pájaros que comúnmente se ven son las águilas y buitres que

habitan en las rocas. El pico de la Aquiana, cubierto de nieve

durante siete u ocho meses y el más alto de todos los del Bierzo,

domina el monasterio casi a vista de pájaro y dista poquísimo por el

aire; pero son tales los derrumbaderos que por aquel lado lo cercan,

que el camino para llegar allá tiene que serpentear en la ladera

por espacio de más de una legua y tomar además grandes rodeos. Esta

montaña es muy pelada, pero está cubierta de plantas medicinales

y tiene en su misma cresta una ermita medio enterrada a causa de

las nieves y ventarrones, en que se adoraba hasta la extinción del

monasterio, la imagen de Nuestra Señora de la Aquiana, cuya función

se celebraba el 15 de Agosto y era concurridísima romería.

La vista que desde aquella altísima eminencia se descubre, es

inmensa, pues domina la dilatada cuenca del Bierzo llena de

accidentes a cuál más pintorescos y hermosos, y desde allí se

extiende la mirada hasta los tendidos llanos de Castilla por el lado

de oriente y por el occidente hasta el valle de Monterey, semiadentro

de Galicia. La Cabrera, altísima y erizada de montañas le hace

espalda, y es, en suma, uno de los puntos de vista más soberbios de

que puede hacer alarde la España, a pesar de que el lago de Carucedo

y los barrancos y picachos encarnados de las Médulas, adornos de

los más raros y preciosos que el Bierzo tiene, desaparecen detrás

de las vecinas rocas de Ferradillo. Este, sin embargo, es pequeño

inconveniente, porque están situadas a corta distancia de la ermita,

y con un paseo se puede gozar de la perspectiva de entrambos objetos.

Hechas, pues, estas explicaciones que hemos juzgado necesarias,

volvamos al códice latino cuyas palabras vamos a traducir fielmente

haciendo antes una profunda cortesía a nuestros lectores, en señal de

despedida, ya que después de ellas nada podemos contarles de nuevo.

Dice así:

«Por los años de 1320, ocho después que el santo padre Clemente V,

de santa memoria, disolvió la orden y caballería del Temple, acaeció

que un peregrino que volvía de visitar el sepulcro del Salvador, mal

perdido por los pecados de los fieles, apareció en la portería de

esta santa casa, y habiendo pedido que le llevasen a la cámara del

abad, así lo hicieron. Largo rato duró la plática con su reverencia,

la cual al cabo vino a dar por resultado que el forastero de todo el

mundo desconocido tomase el santo hábito del glorioso patriarca San

Benito a los dos días con grande admiración de todos nosotros; pero

el abad, con quien, según oímos de sus labios, se había confesado

el peregrino, pasó por encima de todos los trámites y requisitos

acostumbrados para entrar en religión, y nos impuso silencio con la

voz de su autoridad. El nuevo monje podía tener como hasta treinta y

dos años, y era alto, bien dispuesto y de hermosas facciones; pero

las penitencias, sin duda, y tal vez los disgustos, le doblaban la

edad al parecer. Era muy austero y taciturno, y su aire a veces

parecía como de quien en el siglo había sido un poderoso de la

tierra. Esto, sin embargo, no dañaba a la modestia y suavidad de

trato que con todos usaba, si bien por muy poco tiempo disfrutamos el

suyo.

Pocos días antes de su misteriosa llegada había fallecido el ermitaño

de la Aquiana, santo varón muy dado a la penitencia; pero como la

ermita está cubierta de nieve gran parte del año y la cerca tan

grande soledad y desamparo, ninguno se sentía con fuerzas para vida

tan áspera y rigurosa. Como quiera el nuevo religioso no bien se

hubo enterado de lo más necesario al reciente estado, se partió con

consentimiento del abad a morar en la ermita, dejando avergonzada

nuestra flaqueza con su valerosa resolución. Era esto a principios

del otoño cuando caen en aquella eminencia las primeras nieves,

y nubarrones casi continuos comienzan a ceñirla como un ropaje

flotante; pero sin arredrarse por eso, tomó posesión al punto de su

nuevo cargo.

Los resplandores de su virtud y caridad no pudieron estar largo

tiempo ocultos, y así, pronto se convirtió en el ídolo de la

comarca. Partía con los pastores pobres su escasa ración de groseros

alimentos, y cuando se arrecían con el frío, les cedía la porción

de vino que le daban en el convento y que sin duda recibía con

este objeto, pues nunca lo llegaba a los labios. Acontecía algunas

veces que una res vacuna o alguna cabra se perdía a boca de noche

en aquellas soledades, y él entonces, a trueque de ahorrar a su

dueño el disgusto de su pérdida, salía de la ermita pisando la nieve

endurecida y la llevaba al pueblo a riesgo de ser devorado de los

lobos, osos y otras alimañas de que tan gran abundancia se cría en

estas breñas.

Con estas y otras buenas obras, de tal manera se llevó tras sí el

respeto y los corazones de esta gente sencilla, que sus palabras eran

para ellos como las que Moisés oyó de boca del Señor en el monte

Oreb. El los consolaba en sus aflicciones, componía sus diferencias,

les daba instrucciones para sus cacerías como persona muy entendida,

y era, por fin, como la luz de estas obscuras y enriscadas asperezas.

Los fríos del invierno y el rigor de sus penitencias acabaron de

destruir su salud ya quebrantada: así es que la dulce estación de

la primavera no le restauró en manera alguna. Sin embargo, salía

muy a menudo de la ermita, y paseando, aunque con trabajo, llegaba

a las rocas de Ferradillo, desde donde se registran las cárcabas y

pirámides de las Médulas y el plácido y tranquilo lago de Carucedo.

Allí se pasaba las horas como arrobado, y hasta que se declinaba

el día casi nunca volvía a su estrecha celda. El abad, viendo cómo

decaían sus fuerzas, le rogó repetidas veces que dejase vida tan

penosa y bajase a recobrarse al monasterio, pero nunca lo pudo

recabar de él.

Por fin, la noche antes de los idus de Agosto (14), víspera de la

función de la Virgen de la Aquiana, se oyó tocar a deshora la campana

del ermitaño con gran priesa, como pidiendo socorro. Alborotóse con

esto, no sólo la comunidad, sino el pueblo entero, y apresuradamente

subieron a la ermita; pero por priesa que se dieron, cuando llegaron

los delanteros ya le encontraron muerto. Grandes llantos se hicieron

sobre él, pero aunque registraron su pobre ajuar, no encontraron

sino una cartera destrozada, con una porción de páginas desatadas al

parecer y sin concierto, llenas de doloridas razones y sembradas de

algunas tristísimas endechas, por las cuales nada podían rastrear

sobre el nombre y calidad del desconocido.

Al otro día, según dejamos dicho, era la romería de Nuestra Señora,

y tanto para que recayesen sobre el difunto las oraciones de los

fieles, cuanto por ver si había alguno que le conociese entre aquel

numeroso concurso, lo pusieron en unas andas tendidas de negro a los

pies de la ermita, amortajado con su propio hábito y con la cartera

de seda encima.

Las gentes que vinieron aquel año fueron muchísimas; pero entre ellas

llegó una familia que por el vistoso arreo de su traje llamaba la

atención. Componíase de un anciano que pasaba ya de los sesenta; de

un mozo como de treinta y dos, muy gallardo; de una mujer como de

veinticinco, rubia, de ojos azules y tez blanca, de extraordinaria

gracia y gentileza, que traía de la mano, después que se apearon de

sus yeguas, una niña como de siete años, con una túnica blanca de

lienzo y una gran vela de cera en la mano. La especie de mortaja que

la cubría, la ofrenda que llevaba en la mano, y más que todo su color

un poco quebrado, pero que en nada menguaba su hermosura de ángel,

daban a conocer que venía con sus padres a cumplir algún voto hecho

a la Virgen en acción de gracias, por haberla sacado de las garras

de la muerte en alguna enfermedad no muy lejana. Era una familia en

cuya vista se recreaba el ánimo involuntariamente, porque se conocía

que la paz del corazón y los bienes de fortuna contribuían a hacerlos

dichosos en este valle de lágrimas.

Los cuatro, pues, entraron en la ermita, y viendo tanta gente

agolpada alrededor del muerto, se acercaron, también llevados a un

tiempo de la curiosidad y de la piedad. Trabajo les costó romper

el cerco de aldeanos para rodear aquel humilde ataúd; pero apenas

llegaron a él los dos jóvenes esposos, cuando fijando ella la vista

en la cartera y él en el semblante del muerto, se pintó en sus

rostros al mismo tiempo la sorpresa y el terror. Estaba la cartera

muy descolorida, como si sobre ella hubiesen caído muchas gotas de

agua, y el cadáver, como es uso entre los monjes, tenía cubierto

el rostro hasta la barba con la capucha; pero así y todo, y con la

seguridad que una voz interior los daba, abalanzóse él a descubrir

la cara del muerto, y ella se apoderó con ansia de la cartera, que

comenzó a registrar.

—¡Virgen Santísima de la Encina!—exclamó la mujer dando un

descompasado grito—: ¡la cartera de mi pobre y querida ama doña

Beatriz Ossorio!

—Dios soberano—gritó él por su parte abrazándose estrechamente con el

cadáver—¡mi amo, mi generoso amo, el señor de Bembibre!

—¿Quién decís?—exclamó el viejo atropellando por la gente—¿el esposo

de aquel ángel del cielo que yo vi nacer y morir? Los tres entonces,

asiéndose de las manos y del hábito del difunto, comenzaron un tierno

y doloroso llanto, en que muchos de los circunstantes, conmovidos a

vista del no pensado caso, no tardaron en acompañarles.

—Madre—preguntó la niña con los ojos llenos también de lágrimas, y

medio aturdida con lo que veía—¿es este aquel señor tan bueno de que

hablas tantas veces con mi padre?

—Sí, Beatriz mía, hija de mi alma—exclamó su madre alzándola en sus

brazos—, ese es vuestro bienhechor. Besa, alma mía, besa el hábito de

ese santo, porque si esta virgen divina te ha concedido la salud y

guardádote a nuestro amor, fué porque él, sin duda, se lo pedía.

Los romeros entonces dijeron ser Nuño García, montero que había

sido del señor Arganza, Martina del Valle, camarera de su hija doña

Beatriz, y Millán Rodríguez, escudero paje de lanza de don Álvaro

Yáñez, señor de Bembibre, que era el que allí muerto a la vista

tenían. En esto llegó el abad de esta santa casa, vestido con ropa de

iglesia para bajar en procesión la santa imagen, según era costumbre,

y diciendo muchas palabras de consuelo a los afligidos criados, les

aseguró ser cierto lo que veían y creían. Don Álvaro, según lo que

contó, había ido a meterse fraile a un convento de la Tierra Santa;

pero habiéndolo entrado los infieles a saco antes de cumplir el año

del noviciado, fatigado del deseo de la patria, y atraído por la

sepultura de su esposa, había venido a Montes, donde había confiado

todas estas cosas al abad bajo secreto de confesión, hasta que otro

no descubriese su nombre.

Comoquiera el pesar que aquellas gentes recibieron, fué muy grande,

y aun Millán pidió que le dejasen llevar el cuerpo a Bembibre, pero

el abad no lo consintió, así por no ir contra la voluntad expresa del

difunto, que quería ser enterrado entre sus hermanos, como porque

creía que sus reliquias habían de traer bien a este monasterio. A

los huéspedes los agasajó y regaló con mucho amor, y en especial

al viejo Nuño, a quien vió afligidísimo el día del entierro de

doña Beatriz, y cobró afición muy particular desde entonces por su

lealtad. El pobre montero, viejo ya y sin familia, se vió desamparado

de todo punto cuando se acabó la casa de su amo, dado que rico con

sus mandas y larguezas; y se fué a vivir con Martina y Millán, en

cuya casa pasaba los últimos años de su vida muy querido y estimado.

Al cabo de dos días se volvieron todos a Bembibre, donde vivían bien

y holgadamente colmados de regalos y finezas.

Tal fué este extraño suceso que me pareció conveniente asentar

aquí, y que duró mucho tiempo en la memoria de estas gentes. De

los ya nombrados criados, tengo oído decir a muchas personas que

aunque vivieron muy dichosos, rodeados de hijos muy hermosos y bien

inclinados, y muy ricos para su clase, sin embargo, aun pasados

muchos años, se les anublaban los ojos en lágrimas cuando recordaban

el fin que tuvieron sus buenos amos, y, sobre todo, el señor de

Bembibre.»

[Ilustración]

El señor de Bembibre · 第 41 / 52 题