CAPÍTULO XXXVIII

Deplorable era la situación de cuantos se encontraban debajo de aquel

techo, señalado por blanco a las saetas invisibles de la muerte, pero

la de don Alonso era más desastrada que la de ninguno, peor aún que

la del mismo don Álvaro. Desde que sin reparar en medios para lograr

sus soñados planes de grandeza, había intentado la violencia de su

hija única, en Villabuena, y consentido después en el sacrificio

que su abnegación filial le había dictado en Arganza, la salud, la

alegría y la honra habían huído de su hogar, como si por un decreto

del cielo, el castigo siguiese inmediatamente a la culpa, sin darle

siquiera respiro para saborear sus terribles frutos. A la muerte de

su esposa, siguió la entrevista fatal del soto de su casa, en que

cayó la venda de sus ojos, y en seguida, como en un negro turbión,

vinieron los desastres de Cornatel, las dudas e incertidumbres de la

causa de los templarios y el desenlace fatal del caso de don Álvaro.

Cuadro tristísimo, cuyo fondo ocupaban las torturas de doña Beatriz,

y lo amargo de sus remordimientos.

Deseoso de purificar su alma, y sin más pensamiento que el contento

y la salud de aquella última prenda de su amor y su esperanza, había

emprendido su largo viaje a Viena del Delfinado, con una diligencia y

ardor incompatible al parecer con su avanzada edad. Allí, sin dejarse

vencer de los muchos obstáculos que le oponían la malevolencia de la

corte de Francia y el triste giro que la debilidad y cobardía del

papa había dado a aquel ruidoso proceso, se arrojó a los pies de

Clemente, le habló de la mucha sangre que habían vertido en defensa

de la fe los suyos, presentó al rey Felipe las cartas que llevaba de

don Juan de Lara, estimado de él por su poderío y por haberle dado

hospedaje, cuando anduvo extrañado de Castilla, y logró ser oído con

benevolencia.

Dos cosas se concertaron en su favor, además, que no le ayudaron

poco en sus propósitos. Fué la primera, el aniquilamiento total

de la pujanza del Temple en Europa, pues sus guerreros, donde no

condenados, estaban presos y desarmados; y la segunda, la llegada

de Aymerico, el inquisidor del concilio de Salamanca, que después

de haber obrado al tenor de las instrucciones de la Sede romana,

venía resuelto a cumplir la palabra dada al abad de Carracedo y a

los obispos y a seguir el impulso de su corazón, que a despecho de

sus muchas prevenciones contra el Temple, se había aficionado a la

bizarría y caballerosidad de don Álvaro, durante el juicio. Cuanto

había tenido de inflexible su conducta dictada por el rigor de la

obediencia, tuvieron ahora de fervorosos sus servicios; así fué que,

disipados los recelos que el poder de aquella arrogante milicia había

inspirado, y merced a la eficaz mediación de Aymerico, obtuvo el

señor de Arganza la anhelada dispensa en tiempo infinitamente más

breve del que buenamente pudiera esperar; con lo cual se le dobló

el contento. Tal era su ansiedad por llegar él mismo con la dichosa

nueva a los brazos de su hija, que en cortísimo espacio cruzó parte

de la Francia y la España casi entera, llevado como en alas de la

alegría, y enteramente olvidado del peso de los años. Cuál fué

el término de tan presuroso viaje ya lo vimos, pues la sangre del

corazón de doña Beatriz fué las rosas que alfombraron su camino, y el

estertor de su agonía, los festejos por su llegada. Tal había de ser

el paradero de tantos esfuerzos, y sobre esto giraban sus desolados

pensamientos, mientras sentado a los pies de la cama de su hija

aguardaba deshecho en llanto su postrer suspiro.

El reposo de la joven tuvo poco de largo y menos de sosegado, pero,

tal como fué, bastó a disipar las nubes que obscurecían su razón para

hacer más dolorosos de este modo sus postreros momentos, y derramar

al mismo tiempo un fulgor divino sobre la caída de aquel astro, en

cuyos benéficos resplandores tantos infelices habían encontrado

alivio y consuelo. Cuando abrió los ojos comenzaban a entrar por

la entreabierta ventana las pálidas claridades del alba, junto con

aquel ligero cefirillo que parece venir a despertar las plantas

adormecidas antes de la salida del sol. En el jardín de la quinta

gorjeaban jilgueros alegres, calandrias y un sin fin de pajarillos, y

las flores, abriendo sus cálices, llenaban el aire de perfumes. Desde

la cama de doña Beatriz se divisaba el oriente, donde una porción de

caprichosos celajes se coloreaban y esmaltaban con indecible pompa y

esplendor, y casi todo el lago cuya transparente llanura, reflejando

los accidentes del cielo, parecía de oro líquido y encendida púrpura.

Los lavancos y gallinetas revoloteaban tumultuosamente por su

superficie levantando a veces el vuelo con alegres aunque ásperos

graznidos, y precipitándose en seguida con sonoro ruido entre los

juncos y espadañas. En suma, el día amanecía tan risueño y alegre,

que nadie pudiera creer que en medio de su claridad hubiera de

eclipsarse una obra tan perfecta y hermosa.

Este fué el espectáculo que encontraron al abrirse los ojos de doña

Beatriz y en él se clavaron ávidamente. Tenían una especie de cerco

ligeramente azulado alrededor, con lo cual resaltaban más los rayos

que despedían: el semblante, aunque algo ajado, manifestaba la misma

pureza de líneas y angelical armonía que en sus mejores tiempos.

—¡Hermoso día!—exclamó en fin, con voz melancólica, aunque bastante

entera.

En seguida rodeó la estancia con la vista, y viendo a todos

desemblantados y la mayor parte llorosos a causa de las fatigas y

dolorosas escenas de la noche anterior, y que con ojos espantados la

miraban, las lágrimas se agolparon a sus párpados. Reprimiólas, sin

embargo, con un esfuerzo de que sólo era capaz un alma de tan subido

temple como la suya, y llamándolos con la mano en derredor de su

cama, y asiendo la de su padre, le dijo con acento sosegado:

—Esta muerte que tan de súbito me coge en la primavera de mi vida,

más me duele por vos, padre mío, por este noble y generoso don Álvaro

y por todos estos buenos amigos que han puesto en mí su cariño, que

no por mí. Al cabo, hace más de un año que una voz secreta me está

pronosticando este paradero, y aunque ayer lo sufrí con impaciencia,

queriendo volverme locamente aun contra el cielo, hoy que se han

disipado las nieblas de mi entendimiento, con humildad me postro

delante de la voluntad suprema. Ya lo veis, señor, qué pasajera es la

luz de nuestros deseos y grandezas: ¿quién le dijera a mi madre que

había de seguirla tan en breve? ¿Por qué habéis, pues, de acongojaros

de ese modo, cuando vos mismo caminaréis muy pronto por mis huellas,

adonde yo con mis hermanos y mi madre os salga a recibir para nunca

más apartarnos de vos?

—¡Oh, hija de mi dolor!—exclamó el anciano—; tú eras mi postrer

esperanza en la tierra, pero no es tu temprano fin el que abreviará

mis cortos días, sino la ponzoñosa memoria de mi falta. ¡Ah, santo

religioso—continuó volviéndose al abad—, ved, ved cómo se cumple

vuestra profecía! ¡Quiera el cielo perdonarme!

—¿Eso dudáis, padre mío—continuó doña Beatriz—cuando yo, no sólo os

he perdonado, sino que lo he olvidado todo, y cuando este joven,

harto más infeliz que yo, os respeta y venera como yo misma? ¿No es

verdad, noble don Álvaro? Acercaos, esposo mío en la muerte, venid

a decírselo vos mismo para que el torcedor del remordimiento no

atormente los escasos días que de vivir le quedan. ¿No es verdad que

le perdonáis?

—Si le perdono... ¡así me perdone Dios la desesperación que me va a

traer vuestra muerte!

—¡La desesperación!—le dijo ella como con asombro afectuoso—, ¿y por

qué así? Nuestro lecho nupcial es un sepulcro, pero por eso nuestro

amor durará la eternidad entera. ¡Ah, don Álvaro!, ¿esperábais mejor

padrino para nuestras bodas que el Dios que va a recibirme en su

seno?, ¿concierto más dulce que el de las arpas de los ángeles?,

¿cortejo más lucido que el coro de serafines que me aguarda?, ¿templo

más suntuoso que el empíreo? Si vuestros ojos estuviesen alumbrados

como los míos, por un rayo de la divina luz, seguro es que las

lágrimas se secarían en ellos o que las que corriesen serían de

agradecimiento.

Hizo aquí una breve pausa durante la cual sus ojos se clavaron en los

de su amante con expresión singular, y, por fin, le dijo:

—Leyendo estoy en ese corazón hidalgo como en un libro abierto.

¿No es verdad que querríais quedar en este mundo con el título de

mi esposo? Vuestra alma me ha seguido por mi sendero de espinas y

dolores, y ni aun en la muerte me abandona. ¡Ah, gracias, gracias!...

Padre mío—añadió dirigiéndose al señor de Arganza—, y vos, reverendo

abad, sabed que yo también quiero comparecer ante el trono del Eterno

adornada de tan hermoso dictado. Unidnos, pues, antes que se apague

la llama de mi vida.

El abad, aunque poseído de consternación, se acercó entonces, y como

para templar un poco su ardiente exaltación, le dijo cuán conveniente

era que una confesión de entrambos precediese a tan augusta ceremonia.

—Tenéis razón—contestó ella—; pero he aquí la mía, que bien puede

decirse en alta voz: Yo he amado y sufrido; cuantos beneficios han

estado en mi mano, ésos he derramado; cuantas lágrimas he podido

enjugar, ésas he enjugado; si alguna vez he odiado, sedme testigo de

que me arrepiento y perdono.

—Otro tanto sé decir de mí—añadió don Álvaro—: unos han sido nuestros

sentimientos, una nuestra vida: ¡pluguiese al cielo que la muerte nos

igualase del mismo modo!

Don Alonso hizo entonces una señal al abad para que se apresurase

a dar fin a un acto que podía servir en cierto modo de alivio a

entrambos, y el anciano juntó la mano poderosa de don Álvaro con

la débil y casi transparente de doña Beatriz, y con voz conmovida

pronunció las palabras del sacramento, después de las cuales quedaron

ya esposos ante el Dios que debía juzgar al uno de ellos dentro de

pocas horas. Las reflexiones que en seguida les hizo fueron bien

diferentes de las que en tales casos se acostumbran, pero en lugar de

hablarles del amor que podía dulcificar las amarguras de su vida, y

hacerles más llevadero el camino del sepulcro, sólo les puso delante

las esperanzas de otro mundo mejor, lo deleznable de las terrenas

felicidades y el premio inefable de la resignación y la virtud.

Acabada la sagrada ceremonia, y cual si hubiese sido un bálsamo para

su llagado corazón, doña Beatriz quedó muy sosegada y serena. A nadie

engañó, sin embargo, esta engañosa tregua de su enfermedad, y mucho

menos a la llorosa Martina, que sobradamente penetrada del riesgo

inminentísimo de su señora, no apartaba los ojos de ella ni un punto.

Advirtió la enferma su solicitud e inquietud dolorosa, y atrayéndola

a sí por la mano, y enjugándole con la suya las lágrimas, que la

atribulada doncella no acertaba a contener, le dijo:

—¡Pobre muchacha, que eras más viva y alegre que el cabritillo que

trisca por estos montes! Un año entero has pasado lleno de angustia

y de pesares, sin que tu amor y tu fidelidad se hayan desmentido ni

un instante. Tu felicidad me ha ocupado muchas veces, y ahora mismo

quiero asegurártela por entero.

El llanto y los sollozos de la pobre niña se redoblaron entonces, y

no pudo articular ni una sola palabra de agradecimiento.

—Padre mío, a vuestra liberalidad la encomiendo; mirad que he

encontrado en ella toda la sumisión de una sierva y el cariño de

una hermana. Y vos, don Álvaro, dulce esposo mío, tomadla a ella y

a su futuro marido bajo vuestro amparo, pues su lealtad y ternura

hacia vos no han sido menores, y ya que el mundo no se ha puesto de

por medio en el camino de su sencilla inclinación, gocen en paz una

vida que tal vez hubiéramos gozado nosotros, si hubiéramos vestido

su humilde hábito. Y vosotros, amigos míos—añadió dirigiéndose a los

criados (porque todos habían acudido a aquella escena de dolor, y la

presenciaban como si se les cayese las alas del corazón)—, fiel Nuño,

honrado Mendo, a todos os doy las gracias por el amor que me habéis

mostrado, y a todos os encomiendo igualmente a la generosidad de mi

padre y de mi esposo.

Aquellas pobres gentes, y sobre todo las mujeres, rompieron en

alaridos y llantos tales, que hubo que echarlos de la estancia para

que no perturbasen a la señora en sus últimos instantes.

A medida que el sol iba subiendo, las ligeras nubes que había

sembradas por el cielo, se disiparon, y por último, se quedó el

firmamento tan azul y puro, que como en el _Ensueño de Byron_, «Dios

solo se veía en medio de él.» El lago estaba terso y unido como un

espejo, y sus riberas silenciosas y solas: los pájaros del jardín

habían callado también, pero sus flores con el seno desabrochado

a los ardientes rayos del sol, inundaban el aire de aromas, que

llegaban hasta el lecho de doña Beatriz.

—¡Cuántas veces—le dijo a don Álvaro—habrás comparado mis mejillas

a las rosas, mis labios al alhelí, y mi talle a las azucenas que

crecen en ese jardín! ¿Quién pudiera creer entonces que la flor de mi

belleza y juventud se marchitaría antes que ellas? ¡Vana soberbia la

de los pensamientos humanos!

El hombre se figura rey de la naturaleza, y sin embargo, él sólo no

se reanima, ni florece con el soplo de la primavera.

La heredera de Arganza, lo mismo en medio de sus vasallos, que lejos

de ellos, era la madre de los menesterosos y el ángel consolador

de las familias: la noticia de su peligro, llenó por lo tanto de

desolación los pueblos de Lago, Villarrando y Carracedo, de los

cuales acudieron infinitas gentes a la quinta.

En una especie de plazuela que había delante de la puerta principal

se fueron juntando todos, y aunque se les encargó el silencio, era

tal su ansiedad que no podían acallar un rumor sordo sobre el cual

se alzaba de cuando en cuando un grito de alguno recién venido y que

ignoraba el encargo o de otro que no podía reprimirse.

Poco tardó en percibirlo doña Beatriz, en cuyo corazón encontraban

tanto eco todas las emociones puras, y no pudo menos de enternecerse

con aquella muestra de cariño tan sencilla y verdadera.

—¡Pobres gentes—dijo conmovida—; y cómo me pagan con creces el amor

que les he mostrado! Cierto que me echarán de menos más de una vez,

pero este es uno de los mayores consuelos que puedo recibir en este

instante.

Entonces significó a su padre y al abad por más extenso las mandas y

dádivas que en su nombre se habían de hacer, y manifestó al prelado

con vivas expresiones su agradecimiento por su amor paternal nunca

desmentido y lo mismo al anciano médico que en su larga enfermedad

había mostrado un celo que sólo la caridad podía encender en su

corazón entibiado por los años. Así mismo encargó con el mayor

encarecimiento que la enterrasen en la capilla de la quinta, a

orillas de aquel lago retirado y tranquilo tan lleno de memorias para

su corazón.

No parecía sino que aquella existencia de tantos adorada pendía

en aquella ocasión de uno de los rayos luminosos del sol, porque

declinaba hacia su ocaso al compás del astro del día. Púsose éste por

fin detrás de las montañas y entonces doña Beatriz levantando hacia

él su lánguida mirada, dijo a su esposo:

—¿Os acordáis del día que os despedísteis de mí por primera vez en

mi casa de Arganza? ¿Quién nos dijera que el mismo sol que alumbró

nuestra primera separación, había de alumbrar en tan breve espacio la

postrera? No obstante, la suerte se muestra más benigna conmigo en

este instante, pues entonces me apartaba de vuestro lado y ahora de

entre los brazos de mi esposo vuelo a los de Dios.

Al acabar estas palabras inclinó suavemente la cabeza sobre el

hombro de don Álvaro, sin hacer extremo ni movimiento alguno, como

acostumbraba en los frecuentes deliquios que padecía: pero pasado

un rato, y viendo que no se sentía su respiración, la apartó de sí

azorado. El cuerpo de la joven cayó entonces inanimado y con los ojos

cerrados sobre la cama, porque sobre su hombro acababa de exhalar el

último suspiro...

* * * * *

En la misma noche despachó correos el abad a Carracedo y al

monasterio benedictino de San Pedro de Montes, y a la mañana

siguiente acudieron un crecido número de monjes de entrambos, con

lo cual pudo hacerse el entierro de la malograda joven con toda la

suntuosidad correspondiente a su clase. Don Álvaro, que desde que vió

muerta a su esposa se encerró en un silencio pertinaz, se empeñó en

acompañar su cadáver a la capilla. Durante el oficio estuvo tranquilo

aunque echando de cuando en cuando miradas vagarosas al féretro y

a la concurrencia, pero cuando llegó el caso de depositar en el

sepulcro aquellos restos inanimados, dando un tremendo alarido se

precipitó para arrojarse en él. Acudieron al punto los circunstantes

y le detuvieron mal su grado. Viendo entonces burlado su intento

se desasió de sus brazos y sin cesar en sus alaridos y con todas

las trazas de un demente, corrió con planta ligera a emboscarse en

lo más cerrado del monte a la parte de las Médulas. Su razón había

sufrido un fiero golpe, y al cabo de algunos días, el fiel Millán

le encontró en una de las galerías de las antiguas minas con el

cabello descompuesto y la ropa desgarrada. Con gran maña lo restituyó

a la quinta donde, aplicándole muchos remedios, volvió pronto a su

juicio al cabo de algunos días. En cuanto se vió libre de su acceso

rogó que le dejasen bajar a la capilla, pero todos se opusieron

fuertemente, temerosos de que la vista de aquel sepulcro, no bien

cerrado, desatase otra vez la vena de su locura; sin embargo, tantas

y tan concertadas fueron las razones que dió, que al cabo hubieron de

dejarle cumplir aquel triste gusto. Arrodillóse sobre la sepultura

y en oración ferviente pasó más de una hora: besó por último la

losa y levantándose en seguida sin pronunciar palabra, ni hacer

extremo alguno de dolor, se salió y montando en su arrogante caballo

se partió de la quinta, sin despedirse de don Alonso y seguido de

Millán y otros dos o tres criados más antiguos, que al rumor de su

enfermedad y locura acudieron desalados a la quinta.

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Apenas llegó a Bembibre hizo dejación de todos los bienes que poseía

en feudo y mejorando considerablemente la herencia de su escudero,

repartió lo demás entre sus criados y vasallos más pobres. Hecho

esto, una mañana le buscaron por todo el castillo y no pareció:

lo único que se había llevado consigo, era el bordón y sayal de

peregrino de uno de sus antepasados que había ido a la Tierra Santa

en aquel hábito, y para memoria se guardaba en una de las piezas del

castillo. De aquí dedujeron unos que él también se habría encaminado

a la Palestina, otros que no era allí sino a Santiago de Galicia

donde iba con ánimo de quedarse en algún retirado monasterio de

aquella tierra, y no faltó, por último, quien dijo que la locura

había vuelto a apoderarse de él.

El señor de Arganza, por su parte, sobrevivió poco a su interesante

y desdichada hija, como era de esperar de sus años y de su profunda

aflicción. Con su muerte se extinguió aquella casa ilustre que pasó a

unos parientes muy lejanos y quedó un vivo cuanto doloroso ejemplo de

la vanidad, de la ambición y de los peligros que suelen acompañar a

la infracción de las leyes más dulces de la naturaleza.

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El señor de Bembibre · 第 40 / 52 题