Deplorable era la situación de cuantos se encontraban debajo de aquel
techo, señalado por blanco a las saetas invisibles de la muerte, pero
la de don Alonso era más desastrada que la de ninguno, peor aún que
la del mismo don Álvaro. Desde que sin reparar en medios para lograr
sus soñados planes de grandeza, había intentado la violencia de su
hija única, en Villabuena, y consentido después en el sacrificio
que su abnegación filial le había dictado en Arganza, la salud, la
alegría y la honra habían huído de su hogar, como si por un decreto
del cielo, el castigo siguiese inmediatamente a la culpa, sin darle
siquiera respiro para saborear sus terribles frutos. A la muerte de
su esposa, siguió la entrevista fatal del soto de su casa, en que
cayó la venda de sus ojos, y en seguida, como en un negro turbión,
vinieron los desastres de Cornatel, las dudas e incertidumbres de la
causa de los templarios y el desenlace fatal del caso de don Álvaro.
Cuadro tristísimo, cuyo fondo ocupaban las torturas de doña Beatriz,
y lo amargo de sus remordimientos.
Deseoso de purificar su alma, y sin más pensamiento que el contento
y la salud de aquella última prenda de su amor y su esperanza, había
emprendido su largo viaje a Viena del Delfinado, con una diligencia y
ardor incompatible al parecer con su avanzada edad. Allí, sin dejarse
vencer de los muchos obstáculos que le oponían la malevolencia de la
corte de Francia y el triste giro que la debilidad y cobardía del
papa había dado a aquel ruidoso proceso, se arrojó a los pies de
Clemente, le habló de la mucha sangre que habían vertido en defensa
de la fe los suyos, presentó al rey Felipe las cartas que llevaba de
don Juan de Lara, estimado de él por su poderío y por haberle dado
hospedaje, cuando anduvo extrañado de Castilla, y logró ser oído con
benevolencia.
Dos cosas se concertaron en su favor, además, que no le ayudaron
poco en sus propósitos. Fué la primera, el aniquilamiento total
de la pujanza del Temple en Europa, pues sus guerreros, donde no
condenados, estaban presos y desarmados; y la segunda, la llegada
de Aymerico, el inquisidor del concilio de Salamanca, que después
de haber obrado al tenor de las instrucciones de la Sede romana,
venía resuelto a cumplir la palabra dada al abad de Carracedo y a
los obispos y a seguir el impulso de su corazón, que a despecho de
sus muchas prevenciones contra el Temple, se había aficionado a la
bizarría y caballerosidad de don Álvaro, durante el juicio. Cuanto
había tenido de inflexible su conducta dictada por el rigor de la
obediencia, tuvieron ahora de fervorosos sus servicios; así fué que,
disipados los recelos que el poder de aquella arrogante milicia había
inspirado, y merced a la eficaz mediación de Aymerico, obtuvo el
señor de Arganza la anhelada dispensa en tiempo infinitamente más
breve del que buenamente pudiera esperar; con lo cual se le dobló
el contento. Tal era su ansiedad por llegar él mismo con la dichosa
nueva a los brazos de su hija, que en cortísimo espacio cruzó parte
de la Francia y la España casi entera, llevado como en alas de la
alegría, y enteramente olvidado del peso de los años. Cuál fué
el término de tan presuroso viaje ya lo vimos, pues la sangre del
corazón de doña Beatriz fué las rosas que alfombraron su camino, y el
estertor de su agonía, los festejos por su llegada. Tal había de ser
el paradero de tantos esfuerzos, y sobre esto giraban sus desolados
pensamientos, mientras sentado a los pies de la cama de su hija
aguardaba deshecho en llanto su postrer suspiro.
El reposo de la joven tuvo poco de largo y menos de sosegado, pero,
tal como fué, bastó a disipar las nubes que obscurecían su razón para
hacer más dolorosos de este modo sus postreros momentos, y derramar
al mismo tiempo un fulgor divino sobre la caída de aquel astro, en
cuyos benéficos resplandores tantos infelices habían encontrado
alivio y consuelo. Cuando abrió los ojos comenzaban a entrar por
la entreabierta ventana las pálidas claridades del alba, junto con
aquel ligero cefirillo que parece venir a despertar las plantas
adormecidas antes de la salida del sol. En el jardín de la quinta
gorjeaban jilgueros alegres, calandrias y un sin fin de pajarillos, y
las flores, abriendo sus cálices, llenaban el aire de perfumes. Desde
la cama de doña Beatriz se divisaba el oriente, donde una porción de
caprichosos celajes se coloreaban y esmaltaban con indecible pompa y
esplendor, y casi todo el lago cuya transparente llanura, reflejando
los accidentes del cielo, parecía de oro líquido y encendida púrpura.
Los lavancos y gallinetas revoloteaban tumultuosamente por su
superficie levantando a veces el vuelo con alegres aunque ásperos
graznidos, y precipitándose en seguida con sonoro ruido entre los
juncos y espadañas. En suma, el día amanecía tan risueño y alegre,
que nadie pudiera creer que en medio de su claridad hubiera de
eclipsarse una obra tan perfecta y hermosa.
Este fué el espectáculo que encontraron al abrirse los ojos de doña
Beatriz y en él se clavaron ávidamente. Tenían una especie de cerco
ligeramente azulado alrededor, con lo cual resaltaban más los rayos
que despedían: el semblante, aunque algo ajado, manifestaba la misma
pureza de líneas y angelical armonía que en sus mejores tiempos.
—¡Hermoso día!—exclamó en fin, con voz melancólica, aunque bastante
entera.
En seguida rodeó la estancia con la vista, y viendo a todos
desemblantados y la mayor parte llorosos a causa de las fatigas y
dolorosas escenas de la noche anterior, y que con ojos espantados la
miraban, las lágrimas se agolparon a sus párpados. Reprimiólas, sin
embargo, con un esfuerzo de que sólo era capaz un alma de tan subido
temple como la suya, y llamándolos con la mano en derredor de su
cama, y asiendo la de su padre, le dijo con acento sosegado:
—Esta muerte que tan de súbito me coge en la primavera de mi vida,
más me duele por vos, padre mío, por este noble y generoso don Álvaro
y por todos estos buenos amigos que han puesto en mí su cariño, que
no por mí. Al cabo, hace más de un año que una voz secreta me está
pronosticando este paradero, y aunque ayer lo sufrí con impaciencia,
queriendo volverme locamente aun contra el cielo, hoy que se han
disipado las nieblas de mi entendimiento, con humildad me postro
delante de la voluntad suprema. Ya lo veis, señor, qué pasajera es la
luz de nuestros deseos y grandezas: ¿quién le dijera a mi madre que
había de seguirla tan en breve? ¿Por qué habéis, pues, de acongojaros
de ese modo, cuando vos mismo caminaréis muy pronto por mis huellas,
adonde yo con mis hermanos y mi madre os salga a recibir para nunca
más apartarnos de vos?
—¡Oh, hija de mi dolor!—exclamó el anciano—; tú eras mi postrer
esperanza en la tierra, pero no es tu temprano fin el que abreviará
mis cortos días, sino la ponzoñosa memoria de mi falta. ¡Ah, santo
religioso—continuó volviéndose al abad—, ved, ved cómo se cumple
vuestra profecía! ¡Quiera el cielo perdonarme!
—¿Eso dudáis, padre mío—continuó doña Beatriz—cuando yo, no sólo os
he perdonado, sino que lo he olvidado todo, y cuando este joven,
harto más infeliz que yo, os respeta y venera como yo misma? ¿No es
verdad, noble don Álvaro? Acercaos, esposo mío en la muerte, venid
a decírselo vos mismo para que el torcedor del remordimiento no
atormente los escasos días que de vivir le quedan. ¿No es verdad que
le perdonáis?
—Si le perdono... ¡así me perdone Dios la desesperación que me va a
traer vuestra muerte!
—¡La desesperación!—le dijo ella como con asombro afectuoso—, ¿y por
qué así? Nuestro lecho nupcial es un sepulcro, pero por eso nuestro
amor durará la eternidad entera. ¡Ah, don Álvaro!, ¿esperábais mejor
padrino para nuestras bodas que el Dios que va a recibirme en su
seno?, ¿concierto más dulce que el de las arpas de los ángeles?,
¿cortejo más lucido que el coro de serafines que me aguarda?, ¿templo
más suntuoso que el empíreo? Si vuestros ojos estuviesen alumbrados
como los míos, por un rayo de la divina luz, seguro es que las
lágrimas se secarían en ellos o que las que corriesen serían de
agradecimiento.
Hizo aquí una breve pausa durante la cual sus ojos se clavaron en los
de su amante con expresión singular, y, por fin, le dijo:
—Leyendo estoy en ese corazón hidalgo como en un libro abierto.
¿No es verdad que querríais quedar en este mundo con el título de
mi esposo? Vuestra alma me ha seguido por mi sendero de espinas y
dolores, y ni aun en la muerte me abandona. ¡Ah, gracias, gracias!...
Padre mío—añadió dirigiéndose al señor de Arganza—, y vos, reverendo
abad, sabed que yo también quiero comparecer ante el trono del Eterno
adornada de tan hermoso dictado. Unidnos, pues, antes que se apague
la llama de mi vida.
El abad, aunque poseído de consternación, se acercó entonces, y como
para templar un poco su ardiente exaltación, le dijo cuán conveniente
era que una confesión de entrambos precediese a tan augusta ceremonia.
—Tenéis razón—contestó ella—; pero he aquí la mía, que bien puede
decirse en alta voz: Yo he amado y sufrido; cuantos beneficios han
estado en mi mano, ésos he derramado; cuantas lágrimas he podido
enjugar, ésas he enjugado; si alguna vez he odiado, sedme testigo de
que me arrepiento y perdono.
—Otro tanto sé decir de mí—añadió don Álvaro—: unos han sido nuestros
sentimientos, una nuestra vida: ¡pluguiese al cielo que la muerte nos
igualase del mismo modo!
Don Alonso hizo entonces una señal al abad para que se apresurase
a dar fin a un acto que podía servir en cierto modo de alivio a
entrambos, y el anciano juntó la mano poderosa de don Álvaro con
la débil y casi transparente de doña Beatriz, y con voz conmovida
pronunció las palabras del sacramento, después de las cuales quedaron
ya esposos ante el Dios que debía juzgar al uno de ellos dentro de
pocas horas. Las reflexiones que en seguida les hizo fueron bien
diferentes de las que en tales casos se acostumbran, pero en lugar de
hablarles del amor que podía dulcificar las amarguras de su vida, y
hacerles más llevadero el camino del sepulcro, sólo les puso delante
las esperanzas de otro mundo mejor, lo deleznable de las terrenas
felicidades y el premio inefable de la resignación y la virtud.
Acabada la sagrada ceremonia, y cual si hubiese sido un bálsamo para
su llagado corazón, doña Beatriz quedó muy sosegada y serena. A nadie
engañó, sin embargo, esta engañosa tregua de su enfermedad, y mucho
menos a la llorosa Martina, que sobradamente penetrada del riesgo
inminentísimo de su señora, no apartaba los ojos de ella ni un punto.
Advirtió la enferma su solicitud e inquietud dolorosa, y atrayéndola
a sí por la mano, y enjugándole con la suya las lágrimas, que la
atribulada doncella no acertaba a contener, le dijo:
—¡Pobre muchacha, que eras más viva y alegre que el cabritillo que
trisca por estos montes! Un año entero has pasado lleno de angustia
y de pesares, sin que tu amor y tu fidelidad se hayan desmentido ni
un instante. Tu felicidad me ha ocupado muchas veces, y ahora mismo
quiero asegurártela por entero.
El llanto y los sollozos de la pobre niña se redoblaron entonces, y
no pudo articular ni una sola palabra de agradecimiento.
—Padre mío, a vuestra liberalidad la encomiendo; mirad que he
encontrado en ella toda la sumisión de una sierva y el cariño de
una hermana. Y vos, don Álvaro, dulce esposo mío, tomadla a ella y
a su futuro marido bajo vuestro amparo, pues su lealtad y ternura
hacia vos no han sido menores, y ya que el mundo no se ha puesto de
por medio en el camino de su sencilla inclinación, gocen en paz una
vida que tal vez hubiéramos gozado nosotros, si hubiéramos vestido
su humilde hábito. Y vosotros, amigos míos—añadió dirigiéndose a los
criados (porque todos habían acudido a aquella escena de dolor, y la
presenciaban como si se les cayese las alas del corazón)—, fiel Nuño,
honrado Mendo, a todos os doy las gracias por el amor que me habéis
mostrado, y a todos os encomiendo igualmente a la generosidad de mi
padre y de mi esposo.
Aquellas pobres gentes, y sobre todo las mujeres, rompieron en
alaridos y llantos tales, que hubo que echarlos de la estancia para
que no perturbasen a la señora en sus últimos instantes.
A medida que el sol iba subiendo, las ligeras nubes que había
sembradas por el cielo, se disiparon, y por último, se quedó el
firmamento tan azul y puro, que como en el _Ensueño de Byron_, «Dios
solo se veía en medio de él.» El lago estaba terso y unido como un
espejo, y sus riberas silenciosas y solas: los pájaros del jardín
habían callado también, pero sus flores con el seno desabrochado
a los ardientes rayos del sol, inundaban el aire de aromas, que
llegaban hasta el lecho de doña Beatriz.
—¡Cuántas veces—le dijo a don Álvaro—habrás comparado mis mejillas
a las rosas, mis labios al alhelí, y mi talle a las azucenas que
crecen en ese jardín! ¿Quién pudiera creer entonces que la flor de mi
belleza y juventud se marchitaría antes que ellas? ¡Vana soberbia la
de los pensamientos humanos!
El hombre se figura rey de la naturaleza, y sin embargo, él sólo no
se reanima, ni florece con el soplo de la primavera.
La heredera de Arganza, lo mismo en medio de sus vasallos, que lejos
de ellos, era la madre de los menesterosos y el ángel consolador
de las familias: la noticia de su peligro, llenó por lo tanto de
desolación los pueblos de Lago, Villarrando y Carracedo, de los
cuales acudieron infinitas gentes a la quinta.
En una especie de plazuela que había delante de la puerta principal
se fueron juntando todos, y aunque se les encargó el silencio, era
tal su ansiedad que no podían acallar un rumor sordo sobre el cual
se alzaba de cuando en cuando un grito de alguno recién venido y que
ignoraba el encargo o de otro que no podía reprimirse.
Poco tardó en percibirlo doña Beatriz, en cuyo corazón encontraban
tanto eco todas las emociones puras, y no pudo menos de enternecerse
con aquella muestra de cariño tan sencilla y verdadera.
—¡Pobres gentes—dijo conmovida—; y cómo me pagan con creces el amor
que les he mostrado! Cierto que me echarán de menos más de una vez,
pero este es uno de los mayores consuelos que puedo recibir en este
instante.
Entonces significó a su padre y al abad por más extenso las mandas y
dádivas que en su nombre se habían de hacer, y manifestó al prelado
con vivas expresiones su agradecimiento por su amor paternal nunca
desmentido y lo mismo al anciano médico que en su larga enfermedad
había mostrado un celo que sólo la caridad podía encender en su
corazón entibiado por los años. Así mismo encargó con el mayor
encarecimiento que la enterrasen en la capilla de la quinta, a
orillas de aquel lago retirado y tranquilo tan lleno de memorias para
su corazón.
No parecía sino que aquella existencia de tantos adorada pendía
en aquella ocasión de uno de los rayos luminosos del sol, porque
declinaba hacia su ocaso al compás del astro del día. Púsose éste por
fin detrás de las montañas y entonces doña Beatriz levantando hacia
él su lánguida mirada, dijo a su esposo:
—¿Os acordáis del día que os despedísteis de mí por primera vez en
mi casa de Arganza? ¿Quién nos dijera que el mismo sol que alumbró
nuestra primera separación, había de alumbrar en tan breve espacio la
postrera? No obstante, la suerte se muestra más benigna conmigo en
este instante, pues entonces me apartaba de vuestro lado y ahora de
entre los brazos de mi esposo vuelo a los de Dios.
Al acabar estas palabras inclinó suavemente la cabeza sobre el
hombro de don Álvaro, sin hacer extremo ni movimiento alguno, como
acostumbraba en los frecuentes deliquios que padecía: pero pasado
un rato, y viendo que no se sentía su respiración, la apartó de sí
azorado. El cuerpo de la joven cayó entonces inanimado y con los ojos
cerrados sobre la cama, porque sobre su hombro acababa de exhalar el
último suspiro...
* * * * *
En la misma noche despachó correos el abad a Carracedo y al
monasterio benedictino de San Pedro de Montes, y a la mañana
siguiente acudieron un crecido número de monjes de entrambos, con
lo cual pudo hacerse el entierro de la malograda joven con toda la
suntuosidad correspondiente a su clase. Don Álvaro, que desde que vió
muerta a su esposa se encerró en un silencio pertinaz, se empeñó en
acompañar su cadáver a la capilla. Durante el oficio estuvo tranquilo
aunque echando de cuando en cuando miradas vagarosas al féretro y
a la concurrencia, pero cuando llegó el caso de depositar en el
sepulcro aquellos restos inanimados, dando un tremendo alarido se
precipitó para arrojarse en él. Acudieron al punto los circunstantes
y le detuvieron mal su grado. Viendo entonces burlado su intento
se desasió de sus brazos y sin cesar en sus alaridos y con todas
las trazas de un demente, corrió con planta ligera a emboscarse en
lo más cerrado del monte a la parte de las Médulas. Su razón había
sufrido un fiero golpe, y al cabo de algunos días, el fiel Millán
le encontró en una de las galerías de las antiguas minas con el
cabello descompuesto y la ropa desgarrada. Con gran maña lo restituyó
a la quinta donde, aplicándole muchos remedios, volvió pronto a su
juicio al cabo de algunos días. En cuanto se vió libre de su acceso
rogó que le dejasen bajar a la capilla, pero todos se opusieron
fuertemente, temerosos de que la vista de aquel sepulcro, no bien
cerrado, desatase otra vez la vena de su locura; sin embargo, tantas
y tan concertadas fueron las razones que dió, que al cabo hubieron de
dejarle cumplir aquel triste gusto. Arrodillóse sobre la sepultura
y en oración ferviente pasó más de una hora: besó por último la
losa y levantándose en seguida sin pronunciar palabra, ni hacer
extremo alguno de dolor, se salió y montando en su arrogante caballo
se partió de la quinta, sin despedirse de don Alonso y seguido de
Millán y otros dos o tres criados más antiguos, que al rumor de su
enfermedad y locura acudieron desalados a la quinta.
[Ilustración]
Apenas llegó a Bembibre hizo dejación de todos los bienes que poseía
en feudo y mejorando considerablemente la herencia de su escudero,
repartió lo demás entre sus criados y vasallos más pobres. Hecho
esto, una mañana le buscaron por todo el castillo y no pareció:
lo único que se había llevado consigo, era el bordón y sayal de
peregrino de uno de sus antepasados que había ido a la Tierra Santa
en aquel hábito, y para memoria se guardaba en una de las piezas del
castillo. De aquí dedujeron unos que él también se habría encaminado
a la Palestina, otros que no era allí sino a Santiago de Galicia
donde iba con ánimo de quedarse en algún retirado monasterio de
aquella tierra, y no faltó, por último, quien dijo que la locura
había vuelto a apoderarse de él.
El señor de Arganza, por su parte, sobrevivió poco a su interesante
y desdichada hija, como era de esperar de sus años y de su profunda
aflicción. Con su muerte se extinguió aquella casa ilustre que pasó a
unos parientes muy lejanos y quedó un vivo cuanto doloroso ejemplo de
la vanidad, de la ambición y de los peligros que suelen acompañar a
la infracción de las leyes más dulces de la naturaleza.
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