CAPÍTULO XXVIII

Tan inminente peligro amenazaba a los templarios de Cornatel,

porque como no había memoria de que persona humana hubiese puesto

la planta sobre el abismo que dominaba el ángulo oriental del

castillo, ni parecía empresa asequible a la destreza humana, aquel

lado no se guardaba. Lo más que solía hacerse en tiempos de peligro

era visitar de cuando en cuando el torreón, más para registrar el

campo desde allí que para precaver ningún ataque. Una vez dueños

de él los enemigos, como ningún género de obstáculo interior

habían de encontrar, claro está que la ventaja del número había

de ser decisiva. Atacados a un tiempo por el frente y flanco y

desconcertados de aquella manera impensada y súbita, era segura la

muerte o la prisión de todos los caballeros. Sólo una rara casualidad

hizo abortar aquel plan tan ingenioso como naturalmente concebido.

Saldaña, como experimentado capitán, no se descuidaba en averiguar

por todos los medios imaginables cuanto pasaba en el real enemigo;

y sus espías, bajo mil estudiados disfraces, sin cesar le estaban

trayendo noticias muy preciosas. Aconteció, pues, que una noche se

brindó a salir de descubridor nuestro antiguo conocido Millán, y

disfrazándose con los atavíos de un montañés, muerto en el castillo

de resultas de la pasada refriega, se dirigió por la noche a las

Médulas, acompañado de otro criado del Temple, natural del país, que

conocía todas las trochas y veredas como los rincones de su casa.

La vista que ofrecía el campamento del conde en medio de aquellas

profundísimas cárcabas, cuyo color rojizo resaltaba más y más con

el trémulo resplandor de las hogueras, era sumamente pintoresca. La

mayor parte de los soldados estaban resguardados del frío en las

cuevas y restos que quedaban de las antiguas galerías subterráneas;

pero los que velaban para impedir todo rebato, encaramados en

aquellos últimos mogotes, visibles unas veces e invisibles otras,

según las llamas de los fuegos lanzaban reflejos más vivos o

apagados, pero siempre inciertos y confusos, parecían danzar como

otras tantas sombras fantásticas en aquellas escarpadas eminencias.

La forma misma de aquellos picachos, caprichosa y extraña, y la

obscuridad de los matorrales, imprimían en toda la escena un sello

indefinible de vaguedad enigmática y misteriosa.

Para el que conoce todos los ramales de las antiguas minas, fácil

cosa es, aun ahora, sustraerse a las más exquisitas indagaciones

por entre su revuelto laberinto. Así es que el compañero de Millán

le guió por medio de la más tremenda obscuridad hasta un puesto

de cabreireses en que se hablaba con mucho calor. Estaban juntos

alrededor de una gran hoguera, y uno de ellos, sentado en un tronco,

estaba diciendo en voz alta a sus compañeros:

—Pues, amigos, él se ha empeñado en venir, por más que le he dicho

que se va a desnucar por aquellos andurriales. Dios nos la depare

buena, porque si tras de esto no llegamos a entrar en el castillo,

medrados quedamos.

Como el montañés estaba de lado, no podía Millán distinguir sus

facciones; pero en el metal de la voz conoció al punto al intrépido

Andrade, y puso la mayor atención en escuchar aquel coloquio que

tanto debía interesarle.

—Lo que es por falta de cuerdas y ganchos no quedará contestó otro—,

porque tenemos un buen manojo; ¿pero el conde quiere ser de los

primeros?

—El primero quiere ser—contestó Andrade—; pero, Dios mediante,

entraremos juntos.

—Al cabo—dijo otro—yo no sé bien por dónde hemos de subir todavía.

Andrade se lo explicó claramente, mientras que Millán, sin atreverse

a respirar, estaba hecho todo oídos.

—¿Y es mañana?—preguntó uno.

—No; mañana nos acercamos todos al castillo por donde la otra vez,

con todos los pertrechos y avíos como si fuéramos a poner cerco de

veras, y pasado mañana, mientras del lado de acá levantan gran grita

y alharaca, en guisa de asaltar las murallas, nosotros nos colamos

por el lado de allá como zorros en un gallinero. Como vosotros sois

los destinados a la empresa, lo mismo será que lo sepáis un poco

antes o después, pero cuenta con el pico.

Todos se pusieron el dedo en los labios, haciendo gestos muy

expresivos, y en seguida comenzaron a cenar sendos tasajos de

cecina, acompañados de numerosos tragos. Millán entonces, dando

gracias al cielo por el descubrimiento que acababa de hacer, salió

apresuradamente de su escondite, y se volvió a Cornatel con su

compañero. Al salir de la mina, echó una ojeada hacia las hondonadas

de aquellos extraños valles, y advirtió muchas gentes que iban y

venían, unos con hachones de paja encendidos y otros cargados con

diferentes bultos. Veíanse también cruzar en una misma dirección

muchas acémilas, y en todo el real se notaba gran movimiento, con

lo cual acabó de persuadirse el buen Millán de la exactitud de las

noticias que por tan raro modo había recibido. Volvióse, pues, al

castillo con gran priesa, y en cuanto entró se fué a ver a su amo y a

contarle muy menudamente cuanto sabía. Hizo don Álvaro un movimiento

tal de alegría al escucharle y de tal manera se barrió repentinamente

de su semblante la nube de disgusto que casi siempre lo empañaba,

que el escudero no pudo menos de maravillarse. Cogióle entonces del

brazo, y mirándole de hito en hito, le dijo:

—Millán, ¿quieres hacer lo que yo te mande?

—¿Eso dudáis, señor?—respondió el escudero—; ¿pues a mí qué me toca

sino obedecer?

—Pues entonces, no digas nada al comendador sino del ataque

manifiesto.

—Pero ¿y si nos entran como intentan?

—Tú y yo solos bastamos para escarmentarlos; ¿no quieres acompañarme?

—Con el alma y la vida—contestó el ufano escudero—, y ojalá que mi

brazo fuese el de Bernardo del Carpio en Roncesvalles.

—Tal como es—le contestó don Álvaro sonriéndose—nos será de mucho

provecho. Anda y despierta al comendador, y dile todo menos el ataque

del torreón.

—¡Ah, conque él mismo viene a caer bajo mi espada!—dijo hablando

entre sí, no bien salió Millán—. ¡Cielos divinos! ¡dejadle llegar

sano y salvo hasta mí! Dadle, si es menester, las alas del águila y

la ligereza del gamo.

A la mañana siguiente volvieron los enemigos a ocupar sus antiguas

posiciones, y comenzaron los trabajos de sitio que con tanta sangre

habían regado, no hacía mucho tiempo. En esto pasaron todo el día con

grande indiferencia de los templarios, que veían todavía lejano el

momento decisivo. Al otro día, sin embargo, muy temprano comenzó a

sentirse grande agitación en el campo sitiador, y a oirse el tañido

de gaitas, trompetas y tamboriles. En todo el Bierzo son las nieblas

bastante frecuentes por la proximidad de las montañas y la abundancia

de los ríos; y la que aquel día envolvía los precipicios y laderas

de Cornatel era densísima. Así, pues, hasta que los sitiadores se

acercaron a los adarves no pudo distinguir Saldaña el buen orden

con que venían adelantándose contra el castillo y que no dejó de

inspirarle algunos temores. La misma nube de tiradores que en el

anterior asalto poblaba el aire de flechas; pero, al mismo tiempo,

buen número de soldados mejor armados, con una especie de muralla

portátil de tablones, revestida de cueros mojados para evitar el

fuego de la vez pasada, avanzaba lentamente hacia el foso. Detrás de

aquel ingenioso resguardo venían, amén de los que lo conducían, otra

porción de soldados con azadones y palas; y por encima de él se veían

asomar las extremidades de una porción de escalas cargadas en hombros

de otros. Saldaña comprendió al punto cuál podía ser el intento de

los enemigos, que, sin duda, al abrigo de aquella máquina imaginaban

cegar el foso, y aplicando las escalas en seguida por varias partes a

un tiempo, y prevaliéndose de su número, dar tantas embestidas a la

vez, que, dividiendo las fuerzas de los sitiados, hiciesen imposible

una defensa simultánea y vigorosa. Contra una acometida imaginada

con tanta habilidad, sólo un recurso ocurrió al anciano comendador:

una salida repentina y terrible, que pudiese desconcertar a los

sitiadores.

—¿Dónde está don Álvaro?—preguntó mirando en derredor suyo.

—En la barbacana me parece haberle visto entrar—respondió el

caballero Carvajal.

—Pues entonces id y decidle que tenga toda la gente a punto para

salir contra el enemigo, y que la señal se le dará como la otra vez,

con la campana del castillo.

Carvajal salió a dar las órdenes del comendador; pero, como pueden

suponer nuestros lectores, don Álvaro no estaba allí, sino como un

águila encaramada en un risco, acechando la llegada de los enemigos,

y muy especialmente la del conde.

La extraña configuración del terreno a que desde luego tuvo que

sujetarse la fortificación imposibilitada de dominarla, prolonga

extraordinariamente el castillo de ocaso a naciente. La niebla,

que tanto favorecía los pensamientos y propósitos del de Lemus,

encubriendo su peligroso asalto, no favorecía menos a don Álvaro,

que en aquel ángulo tan apartado desaparecía bajo su velo de las

miradas de los suyos. El torreón, edificado en un peñasco saliente,

forma una especie de rombo de pocos pies cuadrados y comunica con el

resto de la fortaleza por una estrecha garganta flanqueada por dos

terribles despeñaderos. En este tan reducido espacio, sin embargo,

iba a decidirse la suerte de dos personas igualmente ilustres por su

prosapia, sus riquezas y su valor; pero de todo punto diferentes, a

más no poder, por prendas morales y sentimientos caballerescos.

Aunque lo opaco de la niebla robaba a don Álvaro y a su fiel escudero

de la vista de sus enemigos, con todo, para mejor asegurar el golpe,

ambos se tendieron en el suelo a raíz de las almenas. Reinaba gran

calma en la atmósfera, y los pesados vapores que la llenaban,

transmitían fielmente todos los sonidos; de modo que Millán y su amo

iban oyendo el ruido de los ganchos de hierro que los enemigos más

delanteros iban fijando en las peñas para facilitar la subida de los

demás con cuerdas, y las instrucciones que a media voz, y con recato,

les iban dando a medida que trepaban. La voz sonora de Andrade,

por mucho cuidado que en apagarla ponía, sobresalía entre todas, y

como era el que abría aquella marcha singular y atrevida, por ella

calculaba don Álvaro la distancia que todavía les separaba de los

enemigos. Por fin, la voz se oyó muy cerca, y como en seguida calló

y no se percibió más ruido que uno como de gente que, después de

subir trabajosamente, llega a un terreno en que puede ponerse en pie;

el señor de Bembibre conjeturó, fundadamente, que el conde y Cosme

Andrade, con sus montañeses, estaban ya en la pequeña explanada que

forma la peña misma de la muralla, poco elevada en aquel sitio. El

momento decisivo había llegado ya.

Al cabo de breves minutos dos ganchos de hierro, atados en el extremo

de una escala de cuerda cada uno, cayeron dentro de la plataforma en

que estaba don Álvaro y se agarraron fuertemente a las almenas.

—¿Estás seguro?—preguntó desde abajo una voz que hizo estremecer a

don Álvaro.

—Seguro, como si fuera la escalera principal de vuestro castillo de

Monforte—replicó Andrade—; bien podéis subir sin cuidado.

No bien habían dejado de oirse estas palabras, cuando aparecieron

sobre las almenas de un lado el determinado Andrade, y por otro, el

conde. Millán, entonces, se levantó del suelo con un rápido salto, y

dando un empellón al descuidado montañés, le derribó de las murallas.

—¡Virgen santísima, valme!—dijo el infeliz cayendo por aquel tremendo

derrumbadero, mientras los suyos acompañaban su caída con un grito de

horror—. Millán, bien prevenido de antemano, desenganchó las cuerdas

y las recogió en un abrir y cerrar de ojos. El conde, temeroso de

sufrir la misma suerte que Andrade, se apresuró a saltar dentro

del torreón, y Millán, entonces, recogió su escala del mismo modo

y con igual presteza. En seguida comenzó a tirar a plomo sobre los

montañeses, poseídos de terror con la caída de su jefe, enormes

piedras de que no podían defenderse apiñados en aquel reducido

espacio y a raíz misma del muro, visto lo cual, todos tomaron la fuga

dando espantosos alaridos y despeñándose algunos con la precipitación.

Quedáronse, por lo tanto, solos aquellos dos hombres, poseídos

de un resentimiento mortal y recíproco. Por uno de aquellos

accidentes atmosféricos frecuentes en los terrenos montañosos, una

ráfaga terrible de viento que se desgajó de las rocas negruzcas de

Ferradillo comenzó a barrer aceleradamente la niebla, y algunos

rayos pálidos del sol empezaron a iluminar la explanada del torreón.

Como don Álvaro y su escudero tenían cubiertos los rostros con las

viseras, el conde les miraba atentamente, como queriendo descubrir

sus facciones.

—Soy yo, conde de Lemus—le dijo don Álvaro sosegadamente

descubriéndose.

La ira y el despecho de verse así cogido en su propio lazo,

colorearon vivamente el semblante del conde, que mirando al señor de

Bembibre con ojos encendidos, le respondió:

—El corazón me lo decía, y me alegro de que no se desmienta su voz.

Sois dos contra mí solo, y probablemente otros acudirán a vuestra

señal: la hazaña es digna de vos.

—¿Nunca acabaréis de medir la distancia que separa la ruindad de la

hidalguía?—le contestó don Álvaro con una sonrisa en que el desdén y

desprecio eran tales que rayaban en compasión—. Millán, vuélvete allá

dentro.

El escudero comenzó a mirar al conde fieramente, y no mostraba gran

priesa por obedecer.

—¡Cómo así, villano!—le dijo don Álvaro encendido en cólera—; parte

de aquí al punto y cuenta que te arrancaré la lengua si una sola

palabra se te escapa.

El pobre Millán, aunque muy mohino y volviendo la cabeza hacia

atrás, no tuvo más remedio que apartarse de allí. Este nuevo alarde

de generosidad, que tanto humillaba al conde, sólo sirvió para

escandecer más y más su altanería y soberbia. Sobrado claro veía que

su vida había estado a merced de su caballeroso enemigo al poner el

pie en aquel recinto fatal, y por de pronto en bizarría y nobleza ya

estaba vencido. Corrido, pues, tanto como sañudo, dijo a don Álvaro

desenvainando la espada:

—Tiempo es ya de que ventilemos nuestra querella, que sólo con la

muerte de uno de los dos podrá acallarse.

—No diréis que os he estorbado el paso—contestó él—; ahora que no

soy sino soldado del Temple y he renunciado a mis derechos de señor

independiente, no me abochorna igualarme con vos en esta singular

batalla.

[Ilustración]

El de Lemus, sin aguardar a más y rugiendo como un león, arremetió a

don Álvaro, que le recibió con aquella serenidad y reposado valor que

viene de un corazón hidalgo y de una conciencia satisfecha. Estaba el

conde armado a la ligera, como convenía a la expedición que acababa

de emprender, pero esto mismo le daba sobre su contrario la ventaja

de la prontitud y rapidez en los movimientos; don Álvaro, armado de

punta en blanco, no podía acosarle con el ahinco necesario, pero

como el campo era tan estrecho, poco tardó en alcanzarle al conde

un tajo en la cabeza, del cual no pudo defenderle el delgado aunque

fino capacete de acero que la cubría, y que de consiguiente dió con

él en tierra. Don Álvaro se arrojó sobre él al punto, y le dirigió la

espada a la garganta.

—¡Ah, traidor!—dijo el conde con la voz ahogada por la rabia—, peleas

mejorado en las armas y por eso me vences.

Don Álvaro apartó al punto su espada, y desenlazando el yelmo, y

arrojando el escudo, le dijo:

—Razón tenéis: ahora estamos iguales.

El conde, más aturdido que herido, se levantó al punto, y de nuevo

comenzó la batalla encarnizadamente.

Todo esto sucedía mientras el grueso de las fuerzas sitiadoras se

acercaban al castillo en los términos que dijimos, y el comendador

enviaba sus órdenes a don Álvaro con el caballero Carvajal. Poco

tardó el caballero en volver diciendo que don Álvaro no había

parecido por la barbacana. El comendador estaba notando con extrañeza

la flojedad con que los enemigos continuaban en su bien comenzado

ataque, cuando recibió esta inesperada respuesta.

—¿Dónde está, pues?—exclamó con ansiedad.

Entonces se presentó como un relámpago a su imaginación la idea de

que la arremetida, conocidamente falsa, de los enemigos, podría tener

relación con la impensada ausencia de su ahijado. La última ráfaga de

viento arrebató en aquel instante los vapores que todavía quedaban

hacia la parte oriental del castillo, y la plataforma quedó iluminada

con los rayos resplandecientes y purísimos del sol. Apenas la divisó

el cuerpo sitiador, cuando un grito de consternación se levantó de

sus filas, porque en lugar de verla coronada con sus montañeses, sólo

alcanzaron a ver a su caudillo en poder de los enemigos y peleando

con uno de ellos. Al grito volvió el comendador la cabeza, y lo

primero que hirió sus ojos fué el resplandor movible y continuo que

despedían las armas heridas por el sol. Comprendió al punto lo que

podía ser, y dijo en voz alta:

—Síganme doce caballeros, y los demás quédense en la muralla—y con

una celeridad increíble en sus años, corrió al sitio del combate,

acompañado de los doce.

—Don Álvaro—le gritó desde la estrecha garganta que separaba el

torreón del castillo—, deteneos en nombre de la obediencia que me

debéis.

El joven volvió la cabeza como un tigre a quien arrebatan su presa,

pero sin embargo se detuvo.

—Don Álvaro—le dijo de nuevo Saldaña en cuanto llegó—, este asunto no

es vuestro, sino de la Orden, y yo, que la represento aquí, lo tomo a

mi cargo. Conde de Lemus, defendeos.

—Yo también soy templario—repuso don Álvaro, que apenas acertaba a

reprimir la cólera—. Yo he comenzado esta batalla y yo la acabaré a

despecho del mundo entero.

El comendador, conociendo que la cólera le sacaba de quicio, hizo una

seña, echándose sobre él seis caballeros; le sujetaron y lo apartaron

de allí en medio de sus esfuerzos, amenazas y denuestos.

—Por fin sois nuestro, mal caballero—dijo al conde—; veremos si ahora

os valen vuestras cábalas y calumnias.

—Todavía no lo soy—respondió él desdeñosamente—. Cara os ha de costar

mi vida, porque no quiero rendirme.

—De nada os serviría—replicó el comendador con torcido rostro—. Sin

embargo, conmigo solo habéis de pelear, y si la victoria os corona,

estos caballeros respetarán vuestra persona.

Algunos de ellos quisieron interrumpirle, pero el anciano los acalló

al punto.

—Nada quiero de vosotros—replicó el conde con arrogancia—; mientras

me dure el aliento no cesará mi brazo de moverse en vuestro daño.

Sólo me duele pelear con un viejo cuitado.

—No hace mucho que huísteis de él—le dijo el comendador.

—Mentís—contestó el conde con una voz ronca y con ojos como ascuas, y

sin más palabra comenzó de nuevo el combate.

Los sitiadores, llenos de ansiedad por la suerte del conde, se habían

corrido por su derecha, y divididos del lugar de la pelea por el

despeñadero, asistían como espectadores ociosos al desenlace de aquel

terrible drama. Don Alonso, que en la ausencia de su yerno mandaba

aquellas fuerzas encaramado sobre una roca, parecía tener pendiente

el alma de un hilo.

Por grande que fuese el poder del brazo de Saldaña, como el conde le

sobrepujaba en agilidad y soltura, apenas le alcanzaban sus golpes.

Encontrando, sin embargo, una vez al anciano mal reparado, le tiró un

furioso revés que, a no haberlo evitado rápidamente, hubiera dado fin

al encuentro; pero así la espada del conde fué a dar en la muralla y

allí saltó hecha pedazos, dejándole completamente desarmado. En tan

apurado trance no le quedó más recurso que arrojarse al comendador

antes de que se recobrase y trabar con él una lucha brazo a brazo

para ver de arrojarlo al suelo y allí rematarle con su puñal. Este

expediente, sin embargo, tenía más de desesperado que de otra cosa,

porque el viejo era mucho más robusto y fornido. Así fué que, sin

desconcertarse por la súbita acometida, aferró al conde de tal modo

que casi le quitó el aliento, y alzándole en seguida entre sus brazos

dió con él en tierra tan tremendo golpe, que tropezando la cabeza en

una piedra perdió totalmente el sentido. Asióle entonces por el cinto

el inexorable viejo y, subiéndose sobre una almena y levantando su

voz que parecía el eco de un torrente en medio del terrífico silencio

que reinaba, dijo a los sitiadores:

—¡Ahí tenéis a vuestro noble y honrado señor!

Y diciendo esto, lo lanzó como pudiera un pequeño canto en el abismo

que debajo de sus pies se extendía. El desgraciado se detuvo un

poco en su caída, porque su ropilla se prendió momentáneamente en

un matorral de encina; pero doblado éste, continuó rodando cada vez

con más celeridad, hasta que por fin, ensangrentado, horriblemente

mutilado y casi sin figura humana, fué a parar en el riachuelo del

fondo.

Un alarido espantoso se levantó entre sus vasallos, helados de

terror a vista de tan trágico suceso. Todos siguieron con los

cabellos erizados y desencajados los ojos el cuerpo de su señor en

sus horribles tumbos, hasta que lo vieron parar en lo más profundo

del derrumbadero. Entonces, los que más obligados tenía con sus

beneficios y larguezas, rompieron unos en lamentos, y otros,

profiriendo imprecaciones y amenazas, quisieron ir contra el castillo

y embestirlo a viva fuerza. Don Alonso, que a despecho de todas

sus quejas y sinsabores, había visto con grandísimo dolor el fin

de aquel poderoso de la tierra, no por eso olvidó sus deberes de

capitán. Recogiendo, pues, su gente con buen orden y levantando el

sitio con todos sus aprestos bélicos, volvió al campo atrincherado

de las Médulas resuelto a entablar medios puramente pacíficos y

templados con aquellos guerreros altivos y valerosos, que no se

hubieran avenido en tiempo alguno a las injustas pretensiones del

conde. Por violenta que le pareciese la conducta del comendador, no

dejaba de conocer los atroces agravios que la Orden había sufrido del

difunto y los ruines medios de que había echado mano para dañarla

y socavar su crédito. Así, pues, envió un mensaje al comendador,

comedido y caballeroso, manifestándole su deseo de que amigablemente

se arreglasen aquellas lastimosas diferencias, y al punto recibió

una respuesta cortés y cordial en que Saldaña le encarecía el gran

consuelo que era para ellos tenerle por mediador en la desgracia que

les amenazaba. Concluía rogándole que pasase a habitar el castillo,

donde sería recibido con todo el respeto debido a sus años, carácter

y nobleza.

Comenzados los tratos que podían dar una solución honrosa a tan

inútil contienda, don Alonso envió los restos mortales de su yerno

al panteón de sus mayores en Galicia. Los cabreireses que habían

bajado de su peligrosa expedición, recogieron su cadáver a la

orilla del riachuelo, y en unas andas hechas de ramas le subieron

con gran llanto al real. Desde allí se volvieron a Cabrera con el

valiente Cosme Andrade, que no había muerto, como presumirán nuestros

lectores, de su caída, porque unas matas protectoras le tuvieron

colgado sobre el abismo, de donde a sus gritos le echaron unas

cuerdas los del castillo, con las que se ató y pudieron subirle.

Así y todo, no salió sin señales, porque se rompió un brazo y sacó

bastantes contusiones y araños. Hecha, pues, la primer cura, se

partió con los suyos más agradecido que nunca de los templarios y

deseoso de probárselo en la primera ocasión.

El pecho del buen cabreirés era terreno excelente para quien quisiera

sembrar en él beneficios y finezas.

Por lo que hace al conde, poco tardó también en partir su cadáver

depositado en un ataúd cubierto con paños de tartarí negro con

franjas de oro. Sus deudos y vasallos le acompañaban con las picas

vueltas y los pendoncillos arrastrando. Así atravesaron parte de sus

Estados, donde, lejos de ser sentida su muerte, sólo el temor detenía

la alegría que generalmente se asomaba a los semblantes.

Tal fué el fin de aquel hombre notable por su ingenio, su valor y

su grandeza; pero que, por desgracia, convirtió todos estos dones

en daño de su fama, y sólo usó su poder para hacerle aborrecible,

contrariando así su más noble y natural destino.

[Ilustración]

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El señor de Bembibre · 第 30 / 52 题