Tan inminente peligro amenazaba a los templarios de Cornatel,
porque como no había memoria de que persona humana hubiese puesto
la planta sobre el abismo que dominaba el ángulo oriental del
castillo, ni parecía empresa asequible a la destreza humana, aquel
lado no se guardaba. Lo más que solía hacerse en tiempos de peligro
era visitar de cuando en cuando el torreón, más para registrar el
campo desde allí que para precaver ningún ataque. Una vez dueños
de él los enemigos, como ningún género de obstáculo interior
habían de encontrar, claro está que la ventaja del número había
de ser decisiva. Atacados a un tiempo por el frente y flanco y
desconcertados de aquella manera impensada y súbita, era segura la
muerte o la prisión de todos los caballeros. Sólo una rara casualidad
hizo abortar aquel plan tan ingenioso como naturalmente concebido.
Saldaña, como experimentado capitán, no se descuidaba en averiguar
por todos los medios imaginables cuanto pasaba en el real enemigo;
y sus espías, bajo mil estudiados disfraces, sin cesar le estaban
trayendo noticias muy preciosas. Aconteció, pues, que una noche se
brindó a salir de descubridor nuestro antiguo conocido Millán, y
disfrazándose con los atavíos de un montañés, muerto en el castillo
de resultas de la pasada refriega, se dirigió por la noche a las
Médulas, acompañado de otro criado del Temple, natural del país, que
conocía todas las trochas y veredas como los rincones de su casa.
La vista que ofrecía el campamento del conde en medio de aquellas
profundísimas cárcabas, cuyo color rojizo resaltaba más y más con
el trémulo resplandor de las hogueras, era sumamente pintoresca. La
mayor parte de los soldados estaban resguardados del frío en las
cuevas y restos que quedaban de las antiguas galerías subterráneas;
pero los que velaban para impedir todo rebato, encaramados en
aquellos últimos mogotes, visibles unas veces e invisibles otras,
según las llamas de los fuegos lanzaban reflejos más vivos o
apagados, pero siempre inciertos y confusos, parecían danzar como
otras tantas sombras fantásticas en aquellas escarpadas eminencias.
La forma misma de aquellos picachos, caprichosa y extraña, y la
obscuridad de los matorrales, imprimían en toda la escena un sello
indefinible de vaguedad enigmática y misteriosa.
Para el que conoce todos los ramales de las antiguas minas, fácil
cosa es, aun ahora, sustraerse a las más exquisitas indagaciones
por entre su revuelto laberinto. Así es que el compañero de Millán
le guió por medio de la más tremenda obscuridad hasta un puesto
de cabreireses en que se hablaba con mucho calor. Estaban juntos
alrededor de una gran hoguera, y uno de ellos, sentado en un tronco,
estaba diciendo en voz alta a sus compañeros:
—Pues, amigos, él se ha empeñado en venir, por más que le he dicho
que se va a desnucar por aquellos andurriales. Dios nos la depare
buena, porque si tras de esto no llegamos a entrar en el castillo,
medrados quedamos.
Como el montañés estaba de lado, no podía Millán distinguir sus
facciones; pero en el metal de la voz conoció al punto al intrépido
Andrade, y puso la mayor atención en escuchar aquel coloquio que
tanto debía interesarle.
—Lo que es por falta de cuerdas y ganchos no quedará contestó otro—,
porque tenemos un buen manojo; ¿pero el conde quiere ser de los
primeros?
—El primero quiere ser—contestó Andrade—; pero, Dios mediante,
entraremos juntos.
—Al cabo—dijo otro—yo no sé bien por dónde hemos de subir todavía.
Andrade se lo explicó claramente, mientras que Millán, sin atreverse
a respirar, estaba hecho todo oídos.
—¿Y es mañana?—preguntó uno.
—No; mañana nos acercamos todos al castillo por donde la otra vez,
con todos los pertrechos y avíos como si fuéramos a poner cerco de
veras, y pasado mañana, mientras del lado de acá levantan gran grita
y alharaca, en guisa de asaltar las murallas, nosotros nos colamos
por el lado de allá como zorros en un gallinero. Como vosotros sois
los destinados a la empresa, lo mismo será que lo sepáis un poco
antes o después, pero cuenta con el pico.
Todos se pusieron el dedo en los labios, haciendo gestos muy
expresivos, y en seguida comenzaron a cenar sendos tasajos de
cecina, acompañados de numerosos tragos. Millán entonces, dando
gracias al cielo por el descubrimiento que acababa de hacer, salió
apresuradamente de su escondite, y se volvió a Cornatel con su
compañero. Al salir de la mina, echó una ojeada hacia las hondonadas
de aquellos extraños valles, y advirtió muchas gentes que iban y
venían, unos con hachones de paja encendidos y otros cargados con
diferentes bultos. Veíanse también cruzar en una misma dirección
muchas acémilas, y en todo el real se notaba gran movimiento, con
lo cual acabó de persuadirse el buen Millán de la exactitud de las
noticias que por tan raro modo había recibido. Volvióse, pues, al
castillo con gran priesa, y en cuanto entró se fué a ver a su amo y a
contarle muy menudamente cuanto sabía. Hizo don Álvaro un movimiento
tal de alegría al escucharle y de tal manera se barrió repentinamente
de su semblante la nube de disgusto que casi siempre lo empañaba,
que el escudero no pudo menos de maravillarse. Cogióle entonces del
brazo, y mirándole de hito en hito, le dijo:
—Millán, ¿quieres hacer lo que yo te mande?
—¿Eso dudáis, señor?—respondió el escudero—; ¿pues a mí qué me toca
sino obedecer?
—Pues entonces, no digas nada al comendador sino del ataque
manifiesto.
—Pero ¿y si nos entran como intentan?
—Tú y yo solos bastamos para escarmentarlos; ¿no quieres acompañarme?
—Con el alma y la vida—contestó el ufano escudero—, y ojalá que mi
brazo fuese el de Bernardo del Carpio en Roncesvalles.
—Tal como es—le contestó don Álvaro sonriéndose—nos será de mucho
provecho. Anda y despierta al comendador, y dile todo menos el ataque
del torreón.
—¡Ah, conque él mismo viene a caer bajo mi espada!—dijo hablando
entre sí, no bien salió Millán—. ¡Cielos divinos! ¡dejadle llegar
sano y salvo hasta mí! Dadle, si es menester, las alas del águila y
la ligereza del gamo.
A la mañana siguiente volvieron los enemigos a ocupar sus antiguas
posiciones, y comenzaron los trabajos de sitio que con tanta sangre
habían regado, no hacía mucho tiempo. En esto pasaron todo el día con
grande indiferencia de los templarios, que veían todavía lejano el
momento decisivo. Al otro día, sin embargo, muy temprano comenzó a
sentirse grande agitación en el campo sitiador, y a oirse el tañido
de gaitas, trompetas y tamboriles. En todo el Bierzo son las nieblas
bastante frecuentes por la proximidad de las montañas y la abundancia
de los ríos; y la que aquel día envolvía los precipicios y laderas
de Cornatel era densísima. Así, pues, hasta que los sitiadores se
acercaron a los adarves no pudo distinguir Saldaña el buen orden
con que venían adelantándose contra el castillo y que no dejó de
inspirarle algunos temores. La misma nube de tiradores que en el
anterior asalto poblaba el aire de flechas; pero, al mismo tiempo,
buen número de soldados mejor armados, con una especie de muralla
portátil de tablones, revestida de cueros mojados para evitar el
fuego de la vez pasada, avanzaba lentamente hacia el foso. Detrás de
aquel ingenioso resguardo venían, amén de los que lo conducían, otra
porción de soldados con azadones y palas; y por encima de él se veían
asomar las extremidades de una porción de escalas cargadas en hombros
de otros. Saldaña comprendió al punto cuál podía ser el intento de
los enemigos, que, sin duda, al abrigo de aquella máquina imaginaban
cegar el foso, y aplicando las escalas en seguida por varias partes a
un tiempo, y prevaliéndose de su número, dar tantas embestidas a la
vez, que, dividiendo las fuerzas de los sitiados, hiciesen imposible
una defensa simultánea y vigorosa. Contra una acometida imaginada
con tanta habilidad, sólo un recurso ocurrió al anciano comendador:
una salida repentina y terrible, que pudiese desconcertar a los
sitiadores.
—¿Dónde está don Álvaro?—preguntó mirando en derredor suyo.
—En la barbacana me parece haberle visto entrar—respondió el
caballero Carvajal.
—Pues entonces id y decidle que tenga toda la gente a punto para
salir contra el enemigo, y que la señal se le dará como la otra vez,
con la campana del castillo.
Carvajal salió a dar las órdenes del comendador; pero, como pueden
suponer nuestros lectores, don Álvaro no estaba allí, sino como un
águila encaramada en un risco, acechando la llegada de los enemigos,
y muy especialmente la del conde.
La extraña configuración del terreno a que desde luego tuvo que
sujetarse la fortificación imposibilitada de dominarla, prolonga
extraordinariamente el castillo de ocaso a naciente. La niebla,
que tanto favorecía los pensamientos y propósitos del de Lemus,
encubriendo su peligroso asalto, no favorecía menos a don Álvaro,
que en aquel ángulo tan apartado desaparecía bajo su velo de las
miradas de los suyos. El torreón, edificado en un peñasco saliente,
forma una especie de rombo de pocos pies cuadrados y comunica con el
resto de la fortaleza por una estrecha garganta flanqueada por dos
terribles despeñaderos. En este tan reducido espacio, sin embargo,
iba a decidirse la suerte de dos personas igualmente ilustres por su
prosapia, sus riquezas y su valor; pero de todo punto diferentes, a
más no poder, por prendas morales y sentimientos caballerescos.
Aunque lo opaco de la niebla robaba a don Álvaro y a su fiel escudero
de la vista de sus enemigos, con todo, para mejor asegurar el golpe,
ambos se tendieron en el suelo a raíz de las almenas. Reinaba gran
calma en la atmósfera, y los pesados vapores que la llenaban,
transmitían fielmente todos los sonidos; de modo que Millán y su amo
iban oyendo el ruido de los ganchos de hierro que los enemigos más
delanteros iban fijando en las peñas para facilitar la subida de los
demás con cuerdas, y las instrucciones que a media voz, y con recato,
les iban dando a medida que trepaban. La voz sonora de Andrade,
por mucho cuidado que en apagarla ponía, sobresalía entre todas, y
como era el que abría aquella marcha singular y atrevida, por ella
calculaba don Álvaro la distancia que todavía les separaba de los
enemigos. Por fin, la voz se oyó muy cerca, y como en seguida calló
y no se percibió más ruido que uno como de gente que, después de
subir trabajosamente, llega a un terreno en que puede ponerse en pie;
el señor de Bembibre conjeturó, fundadamente, que el conde y Cosme
Andrade, con sus montañeses, estaban ya en la pequeña explanada que
forma la peña misma de la muralla, poco elevada en aquel sitio. El
momento decisivo había llegado ya.
Al cabo de breves minutos dos ganchos de hierro, atados en el extremo
de una escala de cuerda cada uno, cayeron dentro de la plataforma en
que estaba don Álvaro y se agarraron fuertemente a las almenas.
—¿Estás seguro?—preguntó desde abajo una voz que hizo estremecer a
don Álvaro.
—Seguro, como si fuera la escalera principal de vuestro castillo de
Monforte—replicó Andrade—; bien podéis subir sin cuidado.
No bien habían dejado de oirse estas palabras, cuando aparecieron
sobre las almenas de un lado el determinado Andrade, y por otro, el
conde. Millán, entonces, se levantó del suelo con un rápido salto, y
dando un empellón al descuidado montañés, le derribó de las murallas.
—¡Virgen santísima, valme!—dijo el infeliz cayendo por aquel tremendo
derrumbadero, mientras los suyos acompañaban su caída con un grito de
horror—. Millán, bien prevenido de antemano, desenganchó las cuerdas
y las recogió en un abrir y cerrar de ojos. El conde, temeroso de
sufrir la misma suerte que Andrade, se apresuró a saltar dentro
del torreón, y Millán, entonces, recogió su escala del mismo modo
y con igual presteza. En seguida comenzó a tirar a plomo sobre los
montañeses, poseídos de terror con la caída de su jefe, enormes
piedras de que no podían defenderse apiñados en aquel reducido
espacio y a raíz misma del muro, visto lo cual, todos tomaron la fuga
dando espantosos alaridos y despeñándose algunos con la precipitación.
Quedáronse, por lo tanto, solos aquellos dos hombres, poseídos
de un resentimiento mortal y recíproco. Por uno de aquellos
accidentes atmosféricos frecuentes en los terrenos montañosos, una
ráfaga terrible de viento que se desgajó de las rocas negruzcas de
Ferradillo comenzó a barrer aceleradamente la niebla, y algunos
rayos pálidos del sol empezaron a iluminar la explanada del torreón.
Como don Álvaro y su escudero tenían cubiertos los rostros con las
viseras, el conde les miraba atentamente, como queriendo descubrir
sus facciones.
—Soy yo, conde de Lemus—le dijo don Álvaro sosegadamente
descubriéndose.
La ira y el despecho de verse así cogido en su propio lazo,
colorearon vivamente el semblante del conde, que mirando al señor de
Bembibre con ojos encendidos, le respondió:
—El corazón me lo decía, y me alegro de que no se desmienta su voz.
Sois dos contra mí solo, y probablemente otros acudirán a vuestra
señal: la hazaña es digna de vos.
—¿Nunca acabaréis de medir la distancia que separa la ruindad de la
hidalguía?—le contestó don Álvaro con una sonrisa en que el desdén y
desprecio eran tales que rayaban en compasión—. Millán, vuélvete allá
dentro.
El escudero comenzó a mirar al conde fieramente, y no mostraba gran
priesa por obedecer.
—¡Cómo así, villano!—le dijo don Álvaro encendido en cólera—; parte
de aquí al punto y cuenta que te arrancaré la lengua si una sola
palabra se te escapa.
El pobre Millán, aunque muy mohino y volviendo la cabeza hacia
atrás, no tuvo más remedio que apartarse de allí. Este nuevo alarde
de generosidad, que tanto humillaba al conde, sólo sirvió para
escandecer más y más su altanería y soberbia. Sobrado claro veía que
su vida había estado a merced de su caballeroso enemigo al poner el
pie en aquel recinto fatal, y por de pronto en bizarría y nobleza ya
estaba vencido. Corrido, pues, tanto como sañudo, dijo a don Álvaro
desenvainando la espada:
—Tiempo es ya de que ventilemos nuestra querella, que sólo con la
muerte de uno de los dos podrá acallarse.
—No diréis que os he estorbado el paso—contestó él—; ahora que no
soy sino soldado del Temple y he renunciado a mis derechos de señor
independiente, no me abochorna igualarme con vos en esta singular
batalla.
[Ilustración]
El de Lemus, sin aguardar a más y rugiendo como un león, arremetió a
don Álvaro, que le recibió con aquella serenidad y reposado valor que
viene de un corazón hidalgo y de una conciencia satisfecha. Estaba el
conde armado a la ligera, como convenía a la expedición que acababa
de emprender, pero esto mismo le daba sobre su contrario la ventaja
de la prontitud y rapidez en los movimientos; don Álvaro, armado de
punta en blanco, no podía acosarle con el ahinco necesario, pero
como el campo era tan estrecho, poco tardó en alcanzarle al conde
un tajo en la cabeza, del cual no pudo defenderle el delgado aunque
fino capacete de acero que la cubría, y que de consiguiente dió con
él en tierra. Don Álvaro se arrojó sobre él al punto, y le dirigió la
espada a la garganta.
—¡Ah, traidor!—dijo el conde con la voz ahogada por la rabia—, peleas
mejorado en las armas y por eso me vences.
Don Álvaro apartó al punto su espada, y desenlazando el yelmo, y
arrojando el escudo, le dijo:
—Razón tenéis: ahora estamos iguales.
El conde, más aturdido que herido, se levantó al punto, y de nuevo
comenzó la batalla encarnizadamente.
Todo esto sucedía mientras el grueso de las fuerzas sitiadoras se
acercaban al castillo en los términos que dijimos, y el comendador
enviaba sus órdenes a don Álvaro con el caballero Carvajal. Poco
tardó el caballero en volver diciendo que don Álvaro no había
parecido por la barbacana. El comendador estaba notando con extrañeza
la flojedad con que los enemigos continuaban en su bien comenzado
ataque, cuando recibió esta inesperada respuesta.
—¿Dónde está, pues?—exclamó con ansiedad.
Entonces se presentó como un relámpago a su imaginación la idea de
que la arremetida, conocidamente falsa, de los enemigos, podría tener
relación con la impensada ausencia de su ahijado. La última ráfaga de
viento arrebató en aquel instante los vapores que todavía quedaban
hacia la parte oriental del castillo, y la plataforma quedó iluminada
con los rayos resplandecientes y purísimos del sol. Apenas la divisó
el cuerpo sitiador, cuando un grito de consternación se levantó de
sus filas, porque en lugar de verla coronada con sus montañeses, sólo
alcanzaron a ver a su caudillo en poder de los enemigos y peleando
con uno de ellos. Al grito volvió el comendador la cabeza, y lo
primero que hirió sus ojos fué el resplandor movible y continuo que
despedían las armas heridas por el sol. Comprendió al punto lo que
podía ser, y dijo en voz alta:
—Síganme doce caballeros, y los demás quédense en la muralla—y con
una celeridad increíble en sus años, corrió al sitio del combate,
acompañado de los doce.
—Don Álvaro—le gritó desde la estrecha garganta que separaba el
torreón del castillo—, deteneos en nombre de la obediencia que me
debéis.
El joven volvió la cabeza como un tigre a quien arrebatan su presa,
pero sin embargo se detuvo.
—Don Álvaro—le dijo de nuevo Saldaña en cuanto llegó—, este asunto no
es vuestro, sino de la Orden, y yo, que la represento aquí, lo tomo a
mi cargo. Conde de Lemus, defendeos.
—Yo también soy templario—repuso don Álvaro, que apenas acertaba a
reprimir la cólera—. Yo he comenzado esta batalla y yo la acabaré a
despecho del mundo entero.
El comendador, conociendo que la cólera le sacaba de quicio, hizo una
seña, echándose sobre él seis caballeros; le sujetaron y lo apartaron
de allí en medio de sus esfuerzos, amenazas y denuestos.
—Por fin sois nuestro, mal caballero—dijo al conde—; veremos si ahora
os valen vuestras cábalas y calumnias.
—Todavía no lo soy—respondió él desdeñosamente—. Cara os ha de costar
mi vida, porque no quiero rendirme.
—De nada os serviría—replicó el comendador con torcido rostro—. Sin
embargo, conmigo solo habéis de pelear, y si la victoria os corona,
estos caballeros respetarán vuestra persona.
Algunos de ellos quisieron interrumpirle, pero el anciano los acalló
al punto.
—Nada quiero de vosotros—replicó el conde con arrogancia—; mientras
me dure el aliento no cesará mi brazo de moverse en vuestro daño.
Sólo me duele pelear con un viejo cuitado.
—No hace mucho que huísteis de él—le dijo el comendador.
—Mentís—contestó el conde con una voz ronca y con ojos como ascuas, y
sin más palabra comenzó de nuevo el combate.
Los sitiadores, llenos de ansiedad por la suerte del conde, se habían
corrido por su derecha, y divididos del lugar de la pelea por el
despeñadero, asistían como espectadores ociosos al desenlace de aquel
terrible drama. Don Alonso, que en la ausencia de su yerno mandaba
aquellas fuerzas encaramado sobre una roca, parecía tener pendiente
el alma de un hilo.
Por grande que fuese el poder del brazo de Saldaña, como el conde le
sobrepujaba en agilidad y soltura, apenas le alcanzaban sus golpes.
Encontrando, sin embargo, una vez al anciano mal reparado, le tiró un
furioso revés que, a no haberlo evitado rápidamente, hubiera dado fin
al encuentro; pero así la espada del conde fué a dar en la muralla y
allí saltó hecha pedazos, dejándole completamente desarmado. En tan
apurado trance no le quedó más recurso que arrojarse al comendador
antes de que se recobrase y trabar con él una lucha brazo a brazo
para ver de arrojarlo al suelo y allí rematarle con su puñal. Este
expediente, sin embargo, tenía más de desesperado que de otra cosa,
porque el viejo era mucho más robusto y fornido. Así fué que, sin
desconcertarse por la súbita acometida, aferró al conde de tal modo
que casi le quitó el aliento, y alzándole en seguida entre sus brazos
dió con él en tierra tan tremendo golpe, que tropezando la cabeza en
una piedra perdió totalmente el sentido. Asióle entonces por el cinto
el inexorable viejo y, subiéndose sobre una almena y levantando su
voz que parecía el eco de un torrente en medio del terrífico silencio
que reinaba, dijo a los sitiadores:
—¡Ahí tenéis a vuestro noble y honrado señor!
Y diciendo esto, lo lanzó como pudiera un pequeño canto en el abismo
que debajo de sus pies se extendía. El desgraciado se detuvo un
poco en su caída, porque su ropilla se prendió momentáneamente en
un matorral de encina; pero doblado éste, continuó rodando cada vez
con más celeridad, hasta que por fin, ensangrentado, horriblemente
mutilado y casi sin figura humana, fué a parar en el riachuelo del
fondo.
Un alarido espantoso se levantó entre sus vasallos, helados de
terror a vista de tan trágico suceso. Todos siguieron con los
cabellos erizados y desencajados los ojos el cuerpo de su señor en
sus horribles tumbos, hasta que lo vieron parar en lo más profundo
del derrumbadero. Entonces, los que más obligados tenía con sus
beneficios y larguezas, rompieron unos en lamentos, y otros,
profiriendo imprecaciones y amenazas, quisieron ir contra el castillo
y embestirlo a viva fuerza. Don Alonso, que a despecho de todas
sus quejas y sinsabores, había visto con grandísimo dolor el fin
de aquel poderoso de la tierra, no por eso olvidó sus deberes de
capitán. Recogiendo, pues, su gente con buen orden y levantando el
sitio con todos sus aprestos bélicos, volvió al campo atrincherado
de las Médulas resuelto a entablar medios puramente pacíficos y
templados con aquellos guerreros altivos y valerosos, que no se
hubieran avenido en tiempo alguno a las injustas pretensiones del
conde. Por violenta que le pareciese la conducta del comendador, no
dejaba de conocer los atroces agravios que la Orden había sufrido del
difunto y los ruines medios de que había echado mano para dañarla
y socavar su crédito. Así, pues, envió un mensaje al comendador,
comedido y caballeroso, manifestándole su deseo de que amigablemente
se arreglasen aquellas lastimosas diferencias, y al punto recibió
una respuesta cortés y cordial en que Saldaña le encarecía el gran
consuelo que era para ellos tenerle por mediador en la desgracia que
les amenazaba. Concluía rogándole que pasase a habitar el castillo,
donde sería recibido con todo el respeto debido a sus años, carácter
y nobleza.
Comenzados los tratos que podían dar una solución honrosa a tan
inútil contienda, don Alonso envió los restos mortales de su yerno
al panteón de sus mayores en Galicia. Los cabreireses que habían
bajado de su peligrosa expedición, recogieron su cadáver a la
orilla del riachuelo, y en unas andas hechas de ramas le subieron
con gran llanto al real. Desde allí se volvieron a Cabrera con el
valiente Cosme Andrade, que no había muerto, como presumirán nuestros
lectores, de su caída, porque unas matas protectoras le tuvieron
colgado sobre el abismo, de donde a sus gritos le echaron unas
cuerdas los del castillo, con las que se ató y pudieron subirle.
Así y todo, no salió sin señales, porque se rompió un brazo y sacó
bastantes contusiones y araños. Hecha, pues, la primer cura, se
partió con los suyos más agradecido que nunca de los templarios y
deseoso de probárselo en la primera ocasión.
El pecho del buen cabreirés era terreno excelente para quien quisiera
sembrar en él beneficios y finezas.
Por lo que hace al conde, poco tardó también en partir su cadáver
depositado en un ataúd cubierto con paños de tartarí negro con
franjas de oro. Sus deudos y vasallos le acompañaban con las picas
vueltas y los pendoncillos arrastrando. Así atravesaron parte de sus
Estados, donde, lejos de ser sentida su muerte, sólo el temor detenía
la alegría que generalmente se asomaba a los semblantes.
Tal fué el fin de aquel hombre notable por su ingenio, su valor y
su grandeza; pero que, por desgracia, convirtió todos estos dones
en daño de su fama, y sólo usó su poder para hacerle aborrecible,
contrariando así su más noble y natural destino.
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