Después de la malograda empresa que acabamos de describir, el conde
mandó a pedir refuerzos a sus estados de Galicia, firme en su
propósito de lavar con la toma de Cornatel la afrenta recibida. Antes
de que llegasen, sin embargo, las mesnadas de Arganza y Carracedo,
cruzaron el Sil al mando de don Alonso Ossorio, y fueron a engrosar
sus diezmadas filas: socorro oportunísimo en aquellas circunstancias
poco favorables, no sólo por el número y calidad de sus guerreros,
sino por el prestigio que el señor de Arganza disfrutaba en el país,
y, sobre todo, por el sello de religión que parecía poner en la
demanda la intervención del abad de Carracedo, justamente respetado
por sus austeras virtudes. La confianza volvió a renacer con esto
en su pequeño ejército, y como a pocos días de Cabrera comenzaron a
venir nuevas bandas otra vez, florecieron en el conde sus antiguas y
risueñas esperanzas.
La entrevista de suegro y yerno fué, como pueden figurarse nuestros
lectores, muy ceremoniosa, porque delante de sus respectivos
vasallos debían dar ejemplo de unión y concierto de voluntades, que
tanto provecho podría traer a la causa que defendían.
No era la menor de las contrariedades que sufría impaciente don
Alonso la de servir debajo del mando de un hombre que, unido a él
por los lazos del parentesco más inmediato, distaba infinito de su
corazón por las fealdades que le manchaban. El conde, conociendo
harto bien la dificultad de purgarse de sus culpas a los ojos de su
suegro, y, por otra parte, viendo bajo sus banderas los vasallos de
Arganza, que era uno de los blancos a que se encaminaba desde muy
atrás su calculada perfidia, se encastilló en su altanería, y no
quiso entrar con su suegro en ningún género de explicaciones. Este,
por su lado, guardó una conducta en todo parecida, y aunque delante
de los suyos y en todos los actos públicos le trataba con deferencia
y aun con cordialidad, cuando la casualidad les juntaba a solas
acostumbraban a hablar únicamente de los asuntos militares propios
de la empresa que habían acometido: situación para entrambos penosa,
pero sobre todo para don Alonso, cuyo carácter franco y noble se
avenía mal con semejantes falsías y dobleces. Comoquiera, el deseo
de ocultar a los ojos del vulgo los pesares y desabrimientos de su
familia, le obligaba a devorar en silencio su amargura, por desgracia
demasiado tardía, y que hacía más insufrible todavía la comparación
que a cada punto se le presentaba de la suerte de su hija, con la que
otra elección más acertada pudiera haberle proporcionado.
Algo más tardaron en llegar los refuerzos de Galicia, tanto por la
mayor distancia, cuanto porque el conde, escarmentado con el pasado
suceso, y convencido de que Cornatel no era para ganado de una
embestida, había hecho traer trabucos y otras máquinas de guerra que
embarazaron no poco la marcha de las tropas. Durante este tiempo
sobrevinieron graves sucesos que aceleraron el desenlace de aquel
drama enmarañado y terrible. Los templarios de Aragón, abandonados de
todos sus aliados, y en lucha con un trono más afianzado y poderoso
que el de Castilla, a duras penas podían resistir, encerrados en
Monzón y en algún otro de sus castillos, las armas de toda aquella
tierra concitadas en contra suya, y andaban ya en tratos para
rendirse. El rey de Portugal, por su parte, a pesar del apego con que
miraba aquella noble Orden, conociendo la dificultad de calmar la
opinión general y temeroso por otra parte de los rayos del Vaticano,
había cedido en su propósito más generoso que político, y aconsejado
a don Rodrigo Yáñez y al lugarteniente de Aragón que, aceptando
su mediación y confiándose a la justificación de los concilios
provinciales, entregasen desde luego sus castillos y bienes, en
obediencia de las bulas pontificias. Tal había sido la opinión del
maestre de Castilla en un principio, pero los ultrajes hechos a la
Orden, por una parte; la conmoción difícil de calmar introducida
entre sus caballeros, por otra, y, por último, la imprudencia del
rey Fernando el Cuarto, en elegir para capitán de aquella facción al
enemigo más encarnizado del Temple en el reino de León, le habían
retraído de ponerla en planta. De todos modos, ahora la inexorable
mano del destino parecía indicarle esta senda, y por lo mismo envió
cartas a Saldaña, noticiándole lo que pasaba y exhortándole a que,
atajando la efusión de sangre, entrase en capitulaciones honrosas
con el conde. El anciano comendador dió por respuesta que el encono
y rencor implacable del de Lemus imposibilitaban todo término justo
y decoroso de avenencia, pues sólo soñaba y respiraba venganza del
revés que había experimentado delante de sus murallas: que con
semejante hombre, ajeno de toda hidalguía, no podía responder de las
vidas de sus caballeros, y, finalmente, que si el rey traspasaba a
otro cualquiera de sus ricos hombres el cargo y autoridad por él
ejercida, desde luego entablaría las pláticas necesarias.
De estas noticias las más esenciales se derramaron brevemente por el
campo sitiador, y el conde no dejó de aprovecharlas para sus intentos
de odio y de venganza. Don Alonso no pudo menos de recordarle cuán
ajeno era de la ley de la caballería negar todo acomodo honroso a
unas gentes que tan ilustre nombre dejaban, sobre todo cuando tantos
daños podían venir a la desventurada Castilla de la prolongación de
una lucha fratricida; pero el conde le respondió que sus órdenes
eran terminantes y su único papel la obediencia. Separáronse, pues,
más desabridos que nunca, y el señor de Arganza le amenazó con que
pondría de manifiesto ante los ojos del rey la preferencia que daba
a sus rencillas e intereses particulares sobre el procomún de la
tierra y de la corona. El conde, que en el fondo no desconocía la
justicia y prudencia de semejantes reclamaciones, temió con razón que
la corte accediese a ellas, y como por otra parte sus tropas estaban
ya provistas y reforzadas, se decidió a dar la última embestida a
Cornatel.
Poco tardó en averiguar que los jinetes que habían destrozado su
caballería habían salido del castillo y no venido de Ponferrada como
en un principio se figuró. Así, pues, procuró conocer la misteriosa
puerta que sin duda daba al precipicio, deseoso de herir a un
contrario por los mismos filos. Mandó llamar para esto al intrépido
Andrade, que gracias a su serenidad y a los hábitos de cazador, podía
andar por sitios inaccesibles a la mayor parte de las gentes, y al
mismo tiempo poseía gran astucia y sagacidad.
—Cosme—le dijo en cuanto le vió en su presencia—, ¿te parece que
podremos entrar en ese infernal castillo por el lado del derrumbadero?
—Por muy difícil lo tengo, señor—respondió el montañés dando vueltas
entre las manos a su gorro de pieles—, a menos que no nos den las
alas de las perdices y milanos; ¿pero hay más que verlo, señor?
—Sí, pero en eso está el peligro, porque con una peña que echen a
rodar de arriba pueden aplastaros en semejantes angosturas.
—De manera es que no hay atajo sin trabajo—respondió el animoso
Andrade—y no estaré mucho peor que en aquel maldito puente que
parecía el del infierno.
Frunció el conde el ceño con este importuno recuerdo de su derrota;
pero conteniéndose como pudo explicó sus deseos al montañés, que con
la agudeza propia de aquellas gentes los comprendió al momento.
—Así, y con la ayuda de Dios—concluyó el caudillo—presto daremos
cuenta de esos ruines hechiceros que sólo con sus malas artes se
defienden.
—En eso habéis de perdonar, señor—replicó el sincero montañés—,
porque si el diablo los asiste, no se ayudan ellos menos con sus
brazos, que a fe que no son de pluma. Y sobre todo, mágicos o no,
en sus manos me tuvieron con una porción de los míos, y pudiendo
colgarnos al sol para que nos comieran los cuervos, nos dejaron ir en
paz y nos regalaron sobre esto.
Y en seguida contó al conde la escena de la poterna y la largueza del
comendador. Mordióse el conde los labios de despecho al ver que en
todo le vencían y sobrepujaban aquellos soberbios enemigos, y deseoso
de borrar su liberalidad, dijo al cazador:
—Doscientas doblas te daré yo si encuentras modo de que entremos en
el castillo.
—Eso haré yo sin las doscientas doblas—respondió Andrade—porque las
ciento que me dió Saldaña todas las he repartido entre los heridos y
viudas de los pobres que murieron aquel día. A mí, Dios sea bendito,
nada me hace falta, mientras tenga mi ballesta y haya osos y jabalíes
por Cabrera.
Con esto, y después de recibir las instrucciones del conde, se salió
de su tienda, y juntando una docena de los más esforzados de los
suyos bajó por detrás de Villavieja hasta el riachuelo y se acercó a
la raíz misma de las asperezas que por allí defienden el castillo.
Con sus ojos acostumbrados a los acechos nocturnos, comenzaron a
registrar las matas y peñascos; y entre una quiebra formada por dos
de ellos y medio cubierta por los arbustos, tardaron poco en divisar
los barrotes de hierro de la reja; pero no bien se habían acercado,
cuando una flecha salió silbando de la obscuridad e hirió de soslayo
a uno de ellos en un brazo. Apartáronse al punto conociendo que
era imposible toda sorpresa con hombres tan vigilantes, y que una
embestida a viva fuerza por la misma sería tan temeraria como inútil.
Comenzaron, por lo tanto, a retirarse; pero al pasar por debajo
del ángulo oriental del castillo paróse Andrade y comenzó a mirar
atentamente las grietas y matorrales de aquel escarpado declive.
Por lo visto hubo de satisfacerle su reconocimiento; pues comenzó
a trepar por aquella escabrosidad asiéndose a cualquier arbusto y
asentando el pie en la menor prominencia del peñasco, hasta que
llegó, con asombro de los mismos suyos, a una especie de plataforma
poco distante ya del torreón. Allí se puso a escuchar con gran ahinco
por ver si sentía los pasos del centinela, y después de observar
cuidadosamente durante otro rato todos los accidentes, formas y
proyecciones del terreno, se volvió a bajar del mismo modo que había
subido, aunque con mayor trabajo. En cuanto llegó a la margen del
arroyo encomendó el silencio a sus compañeros, y apretando el paso,
poco tardaron en llegar a los barrancos de las Médulas. Dormía el
conde a la sazón, pero en cuanto se presentó Andrade a la entrada de
la tienda, al punto le despertó un paje y no tardó en introducir al
montañés. Hízole sentar el conde, y después de ofrecerle una copa de
vino, que sin ceremonia trasegó a su estómago, le pidió cuenta de su
expedición.
—Hemos dado con la puerta—contestó Andrade—, pero está defendida y
por allí no hay que pensar en meterles el diente.
—Bien debí presumirlo—respondió el conde—, pero la impaciencia me
ciega y me consume.
—No os dé pena por eso, señor—respondió el montañés—, porque he
descubierto otro boquete algo mejor y más seguro.
—¿Y cuál?—preguntó el conde con ansiedad.
—El torreón del lado del naciente—respondió el cazador muy ufano.
El conde le miró con ceño y le dijo ásperamente:
—¿Estás loco, Andrade? Ni los corzos y rebezos de tus montañas son
capaces de trepar por allí.
—Pero lo somos nosotros—replicó él con un poco de vanidad reprimida—.
¿Loco, eh? En verdad que para vos y los vuestros debe de ser locura
llegar por aquel lado a pocas varas de la muralla.
—¿Pues no decías que eran menester las alas de las perdices paro eso?
—Es que si entonces dije eso, ahora digo otra cosa; que como decía mi
abuela, de sabios es mudar de consejo, y además no soy yo el río Sil
para no poder volverme atrás de mis juicios cuando van descaminados.
Os digo que de allí al castillo no hay más que una mediana escala o
unas brazas de cuerda con un garfio a la punta.
—Pero ¿crees tú que no tendrán allí escuchas ni centinelas? Cuenta
con que dos hombres solos podrían desbaratarnos desde aquel sitio.
—Más de una hora estuve escuchando—repuso el montañés, que ya
comenzaba a impacientarse con tantas objeciones—, y no oí ni cantar,
ni rezar, ni silbar, ni ruido de armas o de pasos.
—¡Ah!—respondió el conde poniéndose en pie con júbilo feroz—; míos
son, y de esta vez no se me escaparán. Pídeme lo que más estimes de
mi casa y de mis tierras, buen Andrade, que por quien soy, te lo daré
al instante.
—No es eso lo que tengo que demandaros, señor—replicó el cabreirés—,
sino la vida del comendador en especial y de todos los demás
caballeros que prendamos. A mí y a los míos nos conservaron la que
nos sustenta, y como sabéis, sin duda mejor que yo, el que no es
agradecido no es bien nacido.
Quedóse como turbado el conde con tan extraña petición; pero
recobrando sus naturales e iracundas disposiciones, le dijo
rechinando los dientes y apretando los puños:
—¡La vida de ese perro de Saldaña! ¡Ni el cielo ni el infierno me lo
arrancarían de entre las manos!
—Pues entonces—replicó resueltamente el montañés—ya veremos cómo
vuestros gallegos, que tienen la misma agilidad que los sapos, se
encaraman por aquellos caminos carreteros, porque yo y los míos
mañana mismo nos volvemos a nuestros valles.
—Quizá no volváis—respondió el conde con una voz ahogada por la
rabia—porque quizá yo os mande amarrar a un árbol y despedazaros las
carnes a azotes hasta que muráis. Vuestra obligación es servirme,
como vasallos míos que sois.
El montañés le respondió con templanza, pero valientemente:
—Durante la temporada del invierno, que es la de nuestras batidas
y cacerías, ya sabéis que, según costumbre inmemorial y fuero de
vuestros mayores, no estamos obligados a serviros. Lo que ahora
hacemos es porque no se diga que el peligro nos arredra. En cuanto a
eso que decís de atarme a un árbol y mandarme azotar—añadió mirándole
de hito en hito—, os libraréis muy bien de hacerlo, porque es castigo
de pecheros, y yo soy hidalgo como vos y tengo una ejecutoria más
antigua que la vuestra y un arco y un cuchillo de monte con que
sostenerla.
El conde, aunque trémulo de despecho, por uno de aquellos esfuerzos
propios de la doblez y simulación de su alma, conociendo la necesidad
que tenía de Andrade y de los suyos, cambió de tono al cabo de un
rato y le dijo amigablemente:
—Andrade, os otorgo la vida de esos hombres que caigan vivos en
vuestro poder; pero no extrañéis mi cólera, porque me han agraviado
mucho.
—Los rendidos nunca agravian—respondió Cosme—; ahora nos tenéis a
vuestra devoción hasta morir.
—Anda con Dios—le dijo el conde—, y dispón todo lo necesario para
pasado mañana al amanecer.
Salió el montañés en seguida, y el conde exclamó entonces con irónica
sonrisa:
—¡Pobre necio! ¿Y cuando yo los tenga entre mis garras, serás tú
quien me los arranque de ellas?
[Ilustración]
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