Es en vano querer cosechar fuera de nosotros. Nos hallaríamos vacías
las manos, o llenas de espigas hueras. Tientan nuestro afán creador
muchos caminos, pero solo hay uno nuestro, aunque después se bifurque:
El del hallazgo del propio autor.
Cada mujer, cada libro, cada paisaje, traza su huella en nuestro
tablero emocional. Puede ser un hondo surco, que no logre borrar
esponja alguna; puede ser leve estela disipada con la primera ráfaga
de una hora nueva que se nos va saltando. Surco o caricia, tienen un
auténtico valor vital, son gérmenes de emoción en la lejanía del arte,
donde han de ser fecundados. Pero es preciso amar a esa mujer, a ese
libro, a ese paisaje, hasta hacerlos nuestros. Es preciso recoger
en nosotros toda su luz. No podríamos revelarlo en nuestra cámara
interior, si la visión fuese borrosa o ligera.
El arte es todo amorosa vigilia. La emoción es la amante que no llega
sino después de soñarla mucho. Ella espera largamente la fiesta
nupcial. Y puede no amarse a las mujeres, a los libros, al paisaje;
pero, entonces, al tratar de filtrar la emoción de unas y de otros,
veremos el vacío en nuestra obra. O será una obra de ironía o de
piedad, virtudes o estados de las cumbres. Y el artista nada ha de
mirar desde la cumbre. Aunque en la lejanía, todo debe quedar «a la
altura del pecho».
La ironía y la piedad fueron inventadas por unos hombres muy sagaces
que no sabían amar, o se cansaban de amar.