XXXVII

Es en vano querer cosechar fuera de nosotros. Nos hallaríamos vacías

las manos, o llenas de espigas hueras. Tientan nuestro afán creador

muchos caminos, pero solo hay uno nuestro, aunque después se bifurque:

El del hallazgo del propio autor.

Cada mujer, cada libro, cada paisaje, traza su huella en nuestro

tablero emocional. Puede ser un hondo surco, que no logre borrar

esponja alguna; puede ser leve estela disipada con la primera ráfaga

de una hora nueva que se nos va saltando. Surco o caricia, tienen un

auténtico valor vital, son gérmenes de emoción en la lejanía del arte,

donde han de ser fecundados. Pero es preciso amar a esa mujer, a ese

libro, a ese paisaje, hasta hacerlos nuestros. Es preciso recoger

en nosotros toda su luz. No podríamos revelarlo en nuestra cámara

interior, si la visión fuese borrosa o ligera.

El arte es todo amorosa vigilia. La emoción es la amante que no llega

sino después de soñarla mucho. Ella espera largamente la fiesta

nupcial. Y puede no amarse a las mujeres, a los libros, al paisaje;

pero, entonces, al tratar de filtrar la emoción de unas y de otros,

veremos el vacío en nuestra obra. O será una obra de ironía o de

piedad, virtudes o estados de las cumbres. Y el artista nada ha de

mirar desde la cumbre. Aunque en la lejanía, todo debe quedar «a la

altura del pecho».

La ironía y la piedad fueron inventadas por unos hombres muy sagaces

que no sabían amar, o se cansaban de amar.

Ejercicios · 第 39 / 51 题