Puede el aforismo ser cuna o ataúd, alfa u omega del pensamiento:
Semilla hirviente de vidas futuras o postre refinado por hábiles
manipulaciones. Pero siempre nos defrauda un poco. Si el aforismo
es solo grano rubio de trigo, quisiéramos ver la espiga crujiente,
en campo ondulante, de oro viejo. Si el aforismo es fruta madura y
sabiamente preparada por artes de repostería, quisiéramos ver mejor
un huerto en pleno abril, recostarnos en un tronco estremecido por
la savia, hundir los dientes curiosos en la primera fruta, en agraz.
Es bello seguir la ágil curva del pensamiento; saltar unas veces
el gracioso alcor y hundirnos otras en la dulce penumbra de las
hondonadas. Llegar cansados, pero alegres de haber vivido cada momento
del viaje.
Es el aforismo una amante infantil que salta a nuestro cuello,
secretea deliciosamente, en nuestro oído, un instante, y huye. Quizá
luego retorne, trayéndonos oculto el cucurucho del ingenio, para hundir
en nuestra boca, de modo insospechado, un delicioso bombón. Pero es
mejor que ella se ciña a nuestro pecho desde el inicio del viaje, y
llevarla gentilmente todo él, hasta la última estación. No importa que
con los postreros chisporroteos de su risa —cohetes ya agotados— vaya
posándose en nuestros hombros un poco de ceniza.
Un libro de aforismos es nada, si no es un bello cofrecillo de
sorpresas. Tal vez de menudos cristales que no lograron tejer nunca
la presentida y luminosa araña. Pero, a un estuche de sorpresas, es
preferible casi siempre una cadena de oro. A la fruta cogida al azar,
el cestillo bien repleto donde no falte el vino vehemente y el pan
en sazón. Dejemos a los que prefieren llenar su cestillo de esas
pardas madejas académicas, de lazadas previstas, de nudos ingenuos,
que tanto embarazan el limpio camino del arte: ovillos manufacturados,
tan distantes de la fina urdimbre nueva donde la imagen no debe hacer
sombra; donde la imagen no debe ser injerto, sino brote acelerado por
la rítmica onda de savia, espuma verde, paralela al ímpetu del aliento
vital.
En esta urdimbre nueva, el alto pensamiento no debe ser tienda alzada
en un páramo del espíritu, con pretexto de cobijar en ella cierto
borroso tropel de palabras.
Es el aforismo, alfa u omega de ese tablero donde la mente engarza sus
ideales polinomios. Puede estar en el umbral de una intuición o a la
zaga de una lenta cabalgata reflexiva. Pero es tan pobre recoger en un
libro un haz de promesas, como un puñado de frutas caídas de la rama,
en evidente caducidad. Excesiva inquietud o notoria decadencia. O
pereza de alzar una sólida arquitectura, aun teniendo ya esparcidos en
torno bloques magníficos.
Solo perdonaremos al aforismo cuando su ráfaga prenda en nuestros ojos
una llama tan viva que ya no se advierta el negror del intervalo. Si
al extremo de un radio hay engarzada una auténtica estrella, cuando la
rueda gire, solo veremos un aro luminoso. Solo el poeta puede atravesar
«de un brinco» lo que el pensador debe «franquear al paso».
Y, entonces, que no nos hablen de pequeño y gran poema. El buen poema
no tiene extensión. El malo no vale la pena de medirlo. Si el viejo
filósofo cuenta por «términos» —se han contado hasta cuatro, y el tedio
es el cuarto—, el poeta solo cuenta un «término»: el primero y el
único. Su proposición es siempre una «mayor» indemostrable.
Pero ha de olvidarse toda borla doctoral. Del aforismo cuelgan
siempre, solapadamente, algunos flecos. Entonces debemos condenarle
al laborioso desarrollo de todo el silogismo. El que sube a la tarima
del aula, debe explicar bien toda la lección. Aunque se duerman los
discípulos.