La prosa, entre las manos del artista se convierte de instrumento
en creación. El pensamiento es la maroma tensa, vibrátil —acaso de
alambre robusto de acero— que mantiene enhiesta la arquitectura de la
frase; pero de uno al otro extremo se entrelazan armoniosamente las
cintas paralelas de la imagen. No de otro modo, la voluptuosa ligazón
de los colores nos hace olvidar toda intención temática del pintor.
El error académico estriba en engrosar infantilmente un acervo de
vocablos para mejor disponer la aparatosa epifanía de un trivial
concepto. En la vaga región de la fantasía brotan borrosas intenciones
inútiles para el arte. En el oscuro subsuelo se dan la mano muchas
«ideas poéticas» —hay zonas del sentimentalismo abiertas al sabio y al
mozo de cordel—. Pero nada de eso existe, mientras no logre su bella y
peculiar estructura. Con la forma comienza a vivir la intención.
Otros hicieron de la prosa cierto sudoroso remero que empuja
penosamente la nave: Prosa ancilaria que el arte desdeña. De la obra,
aun de la lograda con más fatiga, debe restañarse toda gota de sangre y
de sudor.
Lo mejor es hacer de la prosa una ágil góndola empujada por el aliento
de la idea. Y si el viento «sopla donde quiere» y cuando quiere, que
halle siempre a su paso esa cuna primorosa donde marcar el contorno de
su ritmo invisible, de su voluptuosa ondulación. Solo la ciencia cruza
las ondas, muy a cubierto de la inquietud de los meteoros, encerrada en
monótonos camarotes, o sentada entre fardos y emigrantes. La ciencia
prefiere a la gracia de un velero, la pesadez de un acorazado.
Pocas veces surca la alta serenidad esa deliciosa góndola bergsoniana,
trayendo a bordo, entre mástiles y festones encendidos, el arcón bien
labrado del pensamiento.