XVIII

La prosa, entre las manos del artista se convierte de instrumento

en creación. El pensamiento es la maroma tensa, vibrátil —acaso de

alambre robusto de acero— que mantiene enhiesta la arquitectura de la

frase; pero de uno al otro extremo se entrelazan armoniosamente las

cintas paralelas de la imagen. No de otro modo, la voluptuosa ligazón

de los colores nos hace olvidar toda intención temática del pintor.

El error académico estriba en engrosar infantilmente un acervo de

vocablos para mejor disponer la aparatosa epifanía de un trivial

concepto. En la vaga región de la fantasía brotan borrosas intenciones

inútiles para el arte. En el oscuro subsuelo se dan la mano muchas

«ideas poéticas» —hay zonas del sentimentalismo abiertas al sabio y al

mozo de cordel—. Pero nada de eso existe, mientras no logre su bella y

peculiar estructura. Con la forma comienza a vivir la intención.

Otros hicieron de la prosa cierto sudoroso remero que empuja

penosamente la nave: Prosa ancilaria que el arte desdeña. De la obra,

aun de la lograda con más fatiga, debe restañarse toda gota de sangre y

de sudor.

Lo mejor es hacer de la prosa una ágil góndola empujada por el aliento

de la idea. Y si el viento «sopla donde quiere» y cuando quiere, que

halle siempre a su paso esa cuna primorosa donde marcar el contorno de

su ritmo invisible, de su voluptuosa ondulación. Solo la ciencia cruza

las ondas, muy a cubierto de la inquietud de los meteoros, encerrada en

monótonos camarotes, o sentada entre fardos y emigrantes. La ciencia

prefiere a la gracia de un velero, la pesadez de un acorazado.

Pocas veces surca la alta serenidad esa deliciosa góndola bergsoniana,

trayendo a bordo, entre mástiles y festones encendidos, el arcón bien

labrado del pensamiento.

Ejercicios · 第 20 / 51 题